El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
Había una vez una pobre viuda
llamada Soberana que tenía un solo hijo de nombre Juanito y una vaca
lechera que apodaban Buruquena, por una de sus manchas que parecía
un cangrejo. Después de la muerte de su esposo en la guerra
hispanoamericana, o por lo menos, después de nunca más saber de él,
lo único que tenían para vivir era su casa rústica y la leche que
ordeñaban de la vieja vaca, la que vendían en el mercado todo los
días. Una mañana, esa ubre amaneció seca y a pesar de que
exprimían y apretaban bien duro las tetas, no volvió a escupir una
gota.
–¿Qué haremos Juanito? ¿Qué
haremos? –preguntaba la viuda desconsolada.
–Hay mami, por dios, tranquilízate.
Mañana mismo salgo y busco trabajo.
–Ajá. Sí. Claro. Como si no
hubieses tratado eso antes. La cosa está mala, mijo, y si no es con
pala o padrino, no te van a coger en ningún sitio.–respiró
profundo y luego de una larga meditación, dictó convencida–:
Nada. Tenemos que vender la vaca esa; a ver cuanto nos dan por ella.
Con eso chavos vamos a montar un negocio. ¿Qué se yo? Una tienda de
chucherías o algo.
–Dale. Sí. Vamos a vender
alcapurrias y vinos tintos, o bacalaítos con champaña. Ya tú
verás. El mercado está abierto hoy. Voy ya mismo pa’ allá a
venderla.
Así emprendió Juanito hacia el
mercado, arrastrando la vaca cansada detrás de él. No había andado
mucho en el camino, famoso por las trampas y los pillos, cuando se
topó con un viejo orejudo, quien lo saludó por su primer nombre.
–Buenos días, Juanito.
–¿Buenas? –contestó,
preguntándose de dónde conocía al viejo o como sabía su nombre.
–Oye Juanito. ¿A dónde vas?
–Eh...Voy de camino al mercado a
vender la vaca loca ésta. ¿Por qué?
–Ah, ya veo, ya veo. Sin duda tú
eres el tipo perfecto para venderla. No me conoces, pero yo soy
poeta. ¿Te gustaría escuchar un poema? –dijo el viejo. Juanito
desconfiaba inicialmente de sus intenciones, pero viendo que era un
viejo de hombros encogidos, barrigón y descuidado, no sintió
amenaza alguna.
–¿Ahora? Pero es que tengo prisa.
–Mira. El mercado a penas esta
abierto. Una vaca vieja como esa te va a costar trabajo conseguir un
comprador. Vas a tener que rebajar mucho el precio y sabes dios que
otros compromisos. Te propongo algo. Si escuchas mi poema, yo mismo
te compro la vaca ahora.
–¿Ajá? ¿Pero es muy largo?
–No, no. Escucha esto y me dices lo
que piensas:
Un burro
escalando una
montaña,
lentamente,
vibrando bajo el peso de las
banastas.
(Sus orejas optimistas
se inclinan hacia la
cumbre).
Un albañil
colocando ladrillo sobre
ladrillo.
(Su tararear es
monótono,
interminable).
Dios,
bregando con las
estrellas.
(su silencio es profundo).
Terminó de recitar el poema dibujando
una débil sonrisa debajo del bigote que cepillaba sus labios. Dos
lunares hambrientos trepaban por el lado izquierdo de su cara.
Juanito entendió nada. Aparentemente el viejo estaba más loco de lo
que aparentaba.
–¿Bueno? ¿Verdad?
–Sí, sí. Muy bueno. ¿Me vas a
comprar la vaca, sí o no?
–Je..je...Claro que sí. Coge, te
doy cinco habichuelas por ella –dijo, extrayendo los granos de su
bolsillo con pelusa y todo.
–¡Ja! ¡Ya tu quisieras! ¡Salte
del medio, viejo borrachón!
–Ah...pero es que tu no sabes que
estas habichuelas son mágicas. –El viejo miraba intensamente desde
sus lóbregos ojos, socavados por tremendas ojeras.– Si las
siembras hoy, mañana crecerán hasta chocar contra el cielo.
–¿En serio? ¿Y qué hay allá
arriba?
–Todas las cosas a las que aspiras:
una vida libre y más rica. Los habitantes del cielo te enseñarán
como es que se vive de verdad. A ellos no les importa que vengas de
acá abajo, de la tierra y el polvo; te darán la oportunidad, igual.
–Juanito trataba de digerir todo eso con la boca abierta.– Mira
–continuó elucubrando el viejo–, si no funcionan como te
digo...je...je siempre puedes volver a buscarme para que te devuelva
la vaca. Es tu elección. ¿Qué crees? –Y Juanito eligió. Entregó
las riendas de Buruquena al poeta ebrio, empuñó fuerte las
habichuelas y salió a recibir su felicidad.
Una vez devuelto a su casa, el pobre
Juanito se quedó sin cena esa noche. Cuando la viuda se enteró que
vendió la vaca por granos de habichuela, lo sacudió a bofetadas y
lo insultó con las peores palabras que jamás había escuchado. En
medio de la tormenta de pescozones, las habichuelas salieron volando
de sus manos, que usaba para escudarse de los golpes. La viuda
atacaba con rabia a la vez que lloraba, desconsolada por la
estulticia de su hijo, por la maldad del viejo jaiba en el camino y
por lo que pesan siempre las cadenas del destino. Juanito pasó
muchas horas de esa noche en vela, también llorando, porque no
entendía el coraje de su madre. Las habichuelas eran mágicas. Si
las hubiesen sembrado, como dijo el viejo poeta, habría llovido
dinero por la mañana. Finalmente, el sueño lo venció y quedó
rendido sobre su colchón en el ático. Desconocía el paradero de
las infames semillas.
Al día siguiente, no despertó con
la claridad usual de la única ventana en el ático. Rayos de sol,
provenientes de otro lugar, jugaban al escondite en su rostro. En
dirección a la ventana solo había una gran mancha. Tardó un poco
en descubrir que el origen de la luz traviesa
estaba encima de su cama. Un inmenso roto en el techo era
parcialmente eclipsado por un tallo verde y pubescente que brotaba
del primer piso de la casa, por el mismo medio de su cuarto y parecía
no tener ápice. Juanito salió corriendo en busca de su mamá, que
de seguro, ya andaba despierta e igual de asombrada. Apenas pudo
bajar por la escalera angosta que llega al ático. El tallo era tan
ancho que parapetaba parcialmente la entrada a los escalones.
Encontró a su mamá lamentando.
–¿Qué vamos a hacer Juanito? ¿Qué
vamos a hacer?
–¿Viste mami? ¡El viejo tenía
razón! ¡El cabrón viejo tenía razón!
–Lo que veo es que nuestra única
casa, la que heredamos de tus abuelos, tiene ahora tremendos rotos en
los pisos y en el techo. Lo que veo es que si llueve se nos van a
mojar las cosas, que subir y bajar escaleras o siquiera entrar a la
cocina, va a ser cada vez más difícil. ¿Por qué nos ocurren estas
cosas? –Aun desconsolada, la viuda del hidalgo miraba hacia el
futuro y veía esperanza, pero había que trabajar.– Anda, vete
busca el hacha para que lo amueles. Yo me encargo del machete. A ver
cuanto tiempo nos va a tomar desarmar el engendro este. ¡Apuesto a
que mide como seiscientas millas de alto!
–Pero mami, esto es lo que
queríamos. Esto fue lo que prometió el viejo borrachón en el
camino. El dijo que allá arriba, donde termina el tallo,
encontraremos riquezas y que están disponibles a cualquiera que vaya
a reclamarlas. No vamos a cortarlo todavía. Déjame intentar
treparlo, a ver a dónde llega. –La
viuda no cesaba de menear la cabeza, más incrédula por la
ignorancia de su hijo, que por la nefasta semilla que germinó en el
medio de su sala. Al parecer, no hacia falta tierra ni surcos para
sembrar los granos, solo requerían una superficie
llanay dura para echar
raíces.
Juanito se disparó por las
escaleras para treparse en la verga inmensa que ultrajó su casa. Comenzó su ascenso por la
planta velluda y rápido dio cuenta de la dificultad de la tarea. El
tallo era resbaladizo en muchas partes y a veces cogía giros
inesperados. Aun así, él trepó y trepó, arrimado al sueño que le
vendió un poeta tramposo e ignorando la posibilidad de la caída,
hasta que al fin traspasó el vapor de una nube blanca y espesa. Una
vez encima, saltó de inmediato del bejuco que, allá arriba, se
dividía en dos gigantescas hojas romboides. Caminó perdido, por
mucho tiempo, sobre el suelo blanco y frío de aquel país ajeno.
Vagaba solo y sin rumbo. A veces, se topaba con extraños letreros
que no eran de mucha ayuda ya que él no entendía el lenguaje. A
punto de rendirse y retornar con las manos vacías a la planta,
entró, sin querer, en la boca abierta de un amplio camino
pavimentado y limpio que, cómodamente, lo llevó hasta la entrada de
una gigantesca casa. Allí, frente a la puerta encumbrada, encontró
a un hombre de iguales proporciones, que lo miraba fijamente. Juanito
habló primero.
–Buenos días, don. Mire, yo no
vengo a buscar problemas, ni nada. Lo que pasa es que estoy perdido y
tengo mucha hambre. ¿Usted sería tan amable de darme un poco de
almuerzo?
–¿Almuerzo? No hay tal cosa como un
almuerzo gratis. Si quieres almuerzo, tienes que darme algo a cambio.
¿Tienes algo para canjear?
–Eh...pues...creo que no. No tengo
nada ahora mismo.
–¿Cómo llegaste hasta aquí?
–Escalando una mata de habichuelas
mágica.
–Ahh...¿Entonces, sembraste una de
mis semillas en tu casa y seguiste el tallo hasta aquí? Bien. Pues
mira lo que vamos a hacer. –Los ojos azules del gigante rubio
brillaban intensamente en la clara luz del día.– Hay que cuidar de
esa planta y protegerla. Tienes que estar pendiente a los ácaros y
las orugas, que vienen a comerse las hojas. También aparecen moscas
blancas, cuyas larvas son bien destructivas. Si ves alguna, la matas.
Tampoco dejes que hagan ruido; atraen a las demás. Si haces esto, te
daré almuerzo todo los días y también te pagaré con más de mis
habichuelas mágicas, que son riquísimas en un guiso. ¿Qué crees?
A Juanito le pareció una estupenda
idea. No solo mató el hambre que lo torturaba en ese momento, sino
que también cargó con un bolso de habichuelas para que su madre las
cocinara en un guiso por la noche. Quedaron en volverse a encontrar
frente a las hojas gigantes, al día siguiente. Juanito descendió
temerariamente por el tallo hasta llegar nuevamente a su cuarto en el
ático. Su madre lo había esperado ansiosamente todo el día. El
contó todo lo que había pasado y los detalles del trato que hizo
con el gigante, pero ella, que seguía preocupada por la mata
engordando dentro de su casa, no se vio tan entusiasmada. Al otro día
por la mañana, Juanito emprendió la difícil y arriesgada tarea de
volver a escalar la mata hacia el cielo. Un vez arriba, encontró al
gigante, que misteriosamente, sin hablar y sin saludarlo, comenzó a
bajar por el mismo tallo que él acababa de trepar.
Así pasaron los días, que después
se volvieron semanas, meses y años. Juanito subía a cuidar de la
planta y bajaba por las tardes con una bolsa de habichuelas. El
gigante y él se encontraban a veces, siguiendo trayectorias
contrarias: por las mañanas descendía, mientras Juanito escalaba, y
por las tardes, al inverso, el gigante subía cargando bolsas
colmadas de cosas que Juanito no podía descifrar. En la vieja casa,
con el paso del tiempo, el tallo adquirió tal proporción que apenas
había espacio para caminar. Algunos de los cuartos quedaron
permanentemente clausurados por el estorbo de la gigantesca osamenta.
Por el tallo, que prácticamente había demolido lo que quedaba del
techo, bajaba un torrente de agua cada vez que llovía, por mas
ligera que fuera la llovizna. El huerto quedó desatendido, desde que
había que escurrirse para llegar a la puerta del patio y desde que
en la cocina, todas las noches, invadía el aroma irresistible del
guiso de habichuelas.
–Juanito. Tenemos que cortar esta
mata. Hay que arrancarla de aquí, mijo. La casa está destruida;
irreparable. ¡Coño!¿Tú no vez que nos está asfixiando?
–¡Ay mami! ¿Vas a seguir con la
misma cantaleta? –gritó Juanito, hastiado de la súplica diaria de
su madre–. Yo se que se puso bien grande y que hay unos cuartos que
ya no sirven, y todo eso, pero ¿qué
importa?, si estamos comiendo y siempre regreso con más habichuelas
en los bolsillos. ¿Qué sería de nosotros sin esta mata, sin
habichuelas para guisar? ¿Ah? ¿Qué comeríamos? ¿Te has
preguntado eso? No mami. Ahora no es el momento para cortarla.
Tiempo después, Juanito dejó de
escuchar el reclamo de su madre. Tal vez fue que la vieja se cansó
de ser ignorada, o tal vez, quedó sepultada en uno de los cuartos.
Juanito, nuca supo la verdad y tampoco la procuró. Un día, a punto
de regresar a los escombros de su casa, vio al gigante que regresaba
de la tierra de abajo cargando sus sacos llenos de cosas. Juanito
notó que una de las bolsas tenía una pequeña raja
por donde, poco a poco, algunos motetes se caían. Juanito corrió
detrás del gigante y fue recogiendo los artefactos para
devolvérselos.
–Oiga. Gigante. Se le cayeron unas
cosas de la bolsa. –llamó Juanito recogiendo lo que parecía ser
un arpa dorado y una gallina mansa y otras cosas que brillaban como
el oro.
–¡Ja! ¡Muchas gracias! Nunca me
iba a dar cuenta.
–Si no le molesta...¿Qué son todas
estas cosas? ¿De dónde las saca?
–¿Esto? Son cosas que encuentro
allá abajo. Mira esta por ejemplo. Esta gallina cuando pone huevos,
los pone de oro. Y pone muchos también.
–Que suerte que yo la encontré
antes de que se pierda. ¡Debe valer mucho!
–Nah...tengo un montón más como
esa. –dijo el gigante sin mayor pena.
–¿Y qué hace con todos esos
huevos?
–Nada. Los guardo. Me gusta el
resplandor del oro.
–¿Hay más cosas como esas allá
abajo?¿Dónde?
–Habían muchas, pero ya se están
agotando. –contestó el gigante a la vez que giraba para marcharse.
Al otro día, Juanito despertó
aplastado entre el inmenso tallo y la última pared que quedaba de
pie en la casa. No encontraba manera de escapar; a penas se podía
mover. Respirar era cada vez más difícil. Justo antes de que la
mata le exprimiera la última gota de vida, comenzó a temblar la
tierra. El gigantesco tallo se sacudía y vibraba, y con cada
espasmo, golpeaba a Juanito contra la pared. Poco a poco, la
estructura entera comenzó a ceder y a elevarse. Juanito podía
escuchar las raíces salir explotadas desde el piso de abajo.
Desesperado y sin saber quien lo rescataba, comenzó a gritar.
–¡La mata no! ¡La mata no! ¡Tumben
la pared, que me quedo sin mis habichuelas!
Nadie le haría caso. El gigante,
desde bien arriba, arrancaba el tallo de raíz.
Aprovecho la visita de Tony Iommi en la última entrada, para reseñar un poco de su larga carrera. La vida del hombre de hierro fue marcada por una gran ironía. Según cuenta el destino, Tony había renunciado a su puesto en la fábrica que debió haber consumido el resto de su vida. Escaso en años, había decidido escapar prematuramente de esa sentencia y comenzar una gira por Europa con sus amigos. Tony sería músico. Al menos, esos eran los planes que la vida truncó tajantemente: en su último día de trabajo una máquina le rebanó los dedos. Meses después que las vendas se soltaron, Tony permanecía inmerso en una depresión profunda. Fue entonces que una mano lacerada, como la suya, con pocos dedos funcionando, lo rescató del abismo. La música de Django Reinhardt, el gitano virtuoso, inspiró a Tony retomar el instrumento. Pero antes, ciertas modificaciones fueron necesarias. Primero, había que inventar cuerdas mucho más finas y suaves. Segundo, la distancia al diapasón y la tensión debían ser mínimas. Tercero, los acordes era mejor tocarlos en su raíz quinta, donde el meñique podía sustituir los dedos molidos. Tal fue la receta para un sonido nuevo. Arroje esas trampas en un caldero y combine con una revolución y una guerra. Añada mucho licor, nieve y ácido. Condimente con el dolor de pisar cada nota. Bata al fuego lento de una muerte nuclear que nunca llegó (hasta ahora) y vea brotar un vapor oscuro y misterioso. Muchos pensarán que es satánico. El resto es historia. Han pasado muchos años de aquel metal filoso y pesado, y sigue hirviendo la maldita olla. Esa segunda generación de rockeros británicos (Black Sabbath, Deep Purple, Led Zeppelin) ya promedian casi setenta años y, al parecer, nadie nunca sacará a esos demonios de sus cabezas.
En mi casa abren dos puertas. La
principal es de pino y la otra de metal ligero, de aluminio. Esta
última da la terraza, luego de una escalera corta y un descanso.
Aquella noche, un lobo malvado, como el del cuento, trató de
derribarlas. No solo las puertas, sino también las paredes y las
ventanas. Soplaba con el furor
de una bestia vengativa, demandando justicia por un crimen que
ignorábamos. Lo escuché, por ratos, jugar con los muebles de la
terraza. Temblaba el techo cada vez que los arrojaba. A veces salía
corriendo (no se a donde) y dejaba una estela de ramas y hojas
sueltas en su rastro. A su paso, también arrancaba cables y
letreros; nos dejó sin electricidad y telefonía. El agua potable no
se atrevió a regresar. Pero el monstruo sí retornaba y con mayor
fuerza, rugiendo, raspando y mordiendo las paredes. En muchas de
ellas dejó su marca. Fue tarde en la noche cuando, hastiado de las
tronadas y los sacudidas violentas de las ventanas, decidí
enfrentarlo. Corrí a la entrada principal y halé con toda mi fuerza
aquella puerta. Apenas se despegó del marco, pero por esa ranura
diminuta entró su grito amplificado. La puerta no cedía. Se
rehusaba a abrir. Subí corriendo a la terraza a tratar la otra. Al
tope de la escalera, la puerta de metal pulsaba violentamente. Latía
como el corazón de la casa. Con cada espasmo, el metal gemía. Resistía el soplo del lobo demoledor, zumbando. Parecía cantar. No pude
abrirla. Mientras más fuerte halaba la perilla, más resistencia
oponía. Entendí entonces que la casa nos protegía, que no me
dejaba salir para salvar mi vida. No había mas que hacer, solo
pensar que la casa resistiría el embate. El resto de la noche, no
junté los párpados. No pude. Permanecí sentado al fondo de la
escalera, en el descanso, encogido y con las rodillas al pecho. Veía
a la puerta doblarse y temblar. Impedía el paso a la furia. La
escuchaba cantar su canción metálica. Nunca olvidaré aquella
música. Era como el zumbido lento de una plaga devorando todo a su
paso, como un réquiem que Ligeti debió haber escrito.
Todavía un niño,
jugabas con las teclas de un piano. Tanteabas patrones; pescabas melodías. Un maestro especial te enseñó a descifrar los símbolos de
una matemática fantástica, una
magia
asombrosa, que habla el lenguaje de los sonidos en el papel. Jimmy Page te hizo esclavo de la guitarra: el mejor instrumento del mundo.
Blackmore te inició en el misticismo. En poco tiempo domaste las
vibraciones de las cuerdas. Desde Berkley, comenzaste la tarea
imposible de transcribir a Frank Zappa. El genio rebelde del oeste te
acogió bajo su ala. Juntos, navegaron los paisajes mas complejos y
perversos. Arribaste,
maduro, a una era de innovadores. Van Halen juró ignorar las reglas y Malmsteen no puede prescindir de ellas y tú, Steve Vai, los relevaste
magistralmente a ambos. Brillaste con luz propia desde la
tarima, bajo sombras de gigantes. Ven y regresa a tu choza armónica, donde el estante infinito sigue creciendo en
ideas acaparadas. Haz que la música suene como tú quieres: excéntrica y virtuosa,
compleja y radical. Quiero
escuchar una
conversación entre extraterrestres. Quiero
que sueñes con
serpientes. Exhala
una canción
al
respirar.Saluda a Stravinsky de mi parte y por el amor de dios,
sigue extrayendo notas al éter y al sonido de las flores contra la
ventana.
Espero
se encuentre saludable un día como hoy. No me conoce, ni yo a usted,
pero le prometo que, si lee esta carta hasta el final, me dedicaré a estudiar
su obra. Devoraré todas sus páginas impresas y electrónicas. Haré
notas; buscaré símbolos. Mi crítica será cruel, pero honesta.
Nuestros debates serán extensos y fogosos. Nos admiraremos
mutuamente. En el espíritu de esa amistad por concretarse, le
escribo para solicitar algo inusual. No se preocupe, no necesito
dinero, por lo menos no ahora. Le escribo para pedirle que me
escriba. Deseo habitar una de sus obras. Engendre, le suplico, un
personaje y enséñele a hablar como usted cree que yo hablo. Que
nazcaen
las páginas de un cuento o una novela (no sabría como vivir
en un poema). Debe ser arrogante y socialmente torpe. Puede comenzar
narrando su eterna lucha con los vicios, pero destaque los más
nocivos. También puede mencionar algunas virtudes, aunque tendrá
que escarbar ardua y pacientemente. Añada modestia, si quiere.
Resalte el malgasto de los pocos tesoros que cayeron en sus manos
durante el camino. Cuente como desatendió sus mejores talentos en
favor de distracciones banales. Puede usar la guitarra como ejemplo.
Haga una lista de todas las oportunidades que desconoció, detrás de la
comodidad malvada. Achaque síntomas y dolores que va
descubriendo. Infle su abdomen en varias tallas. Despinte su cabello
e invente un síndrome genético para explicar cómo aclaró prematuramente. Que
use un disfraz de astronauta, sino que practique la ingeniería.
Igualmente puede fungir detrás de una barra sirviendo tragos
ardientes o recogiendo y coleccionando basura. De punto culminante,
que se vea de rodillas frente a una encrucijada, como una madeja de
caminos cuyos destinos la niebla y el polvo del desierto ocultan bajo
sus pliegues. Hágale sufrir una crisis de identidad. Como en la
película de Nolan, que el germen de una idea contamine su alma. Que
no soporte lo que es, ni quiera ser lo que pensó quería ser. Opaque
el lustre de todas las cosas que tiene, y transfórmelas en piedras
grandes y pesadas, como la de Sísifo. En el proceso, deje que se
autodestruya, que poco a poco, eche todo a perder. Ese capítulo será
aterrador. Se que es mucho lo que pido. De no ser posible, si mi vida
no es apta para ser publicada, le ruego entonces que al menos,
estimado escritor o escritora, me diga que ocurre después de la
encrucijada.
Allí estaba, tendida sobre la mesa,
desnuda y sumisa, esperando paciente la tortura. El instrumento
flotaba sobre ella, amenazante, en mano de quién la hizo prisionera.
Su cuerpo temblaba levemente al menor roce, al menor suspiro. Quería imaginar que, a la larga, parte del dolor se confunde con placer. Surgieron dudas en la mente de violador; temor y
respeto inspiraban la profunda inocencia de aquella criatura pura. Aun así, sin remordimientos, sin más
preámbulos, comenzó a raspar la piel blanca. Cada tajo añadía
letras rojas
a una
palabra.
Cada palabra completada, dolía más que la anterior. Se detuvo y vio lo
que había hecho. No sabía si era bueno o malo. Pensó rajarla.
Ella se defendió como pudo. Extasiada
del dolor y rendida, comenzó a susurrar: “Allí estaba, tendida sobre la mesa,
desnuda y sumisa....”.
Despertó
envuelto de una obscuridad absoluta y seguro de estar
paralizado. Había estado soñando que era artista y que sufría de hambre y sed
insoportables. En el sueño, respiraba con dificultad, tendido en la silla de un balcón diminuto. Se alimentaba del resplandor verde de
los bosques en la distancia. R ayos tibios de sol anestesiaban su laringe, hasta que un eclipse comenzó a opacar el cielo. Se quedó sin aliento. El aire parecía huir con la luz. Justo antes de la asfixia, abrió la boca hasta
hacer un ángulo imposible con su quijada, pero en vez de aspirar,
dejó escapar, por fin, al gigantesco escarabajo atrapado en su
garganta. De ese sueño brincó a otro más aterrador. Flotaba
calmado, sin hacer ondas sobre la superficie tersa de un lago, hasta que sintió
un halón. Un enorme remolino crecía y se lo tragaba. El agua,
acelerada, daba vueltas, enroscando un anillo de espuma alrededor del agujero negro. Su
cuerpo, indefenso, entraba por el ojo a una tormenta. Se precipitaba por el eje
de un túnel sin rozar las paredes, o las
paredes del túnel rebasaban su cuerpo detenido. Daba igual. No veía
luz al final. Parecía no tener fondo o salida. No habían ladrillos ni peldaños ni marcas de ningun tipo para contar la distancia hacia el infinito. De repente, la misma fuerza misteriosa y obstinada que lo había arrebatado, lo detuvo en la presente circunstancia.
Juraba
tener los ojos bien
abiertos, pero ni
el más insignificante destello captaban sus retinas. Las
tinieblas creaban un vacío perfecto. Desconocía
las reglas de ese juego. Arriba era gemelo
de abajo. Cerca
era igual a un millón de años luz. Podía estar encerrado en una
almeja, como también suelto en
el centro de un universo añejo y moribundo, donde toda luz fue hace
mucho tiempo extinta. Estaba solo
con sus pensamientos, libre de toda
distracción física. Se enfrentaba
aterrorizado a su imaginación.La primera de esas ideas que ganó la
batalla, era absurda y espantosa: había
extraviado su cuerpo. Ignoraba
la posición de sus miembros. Lo que pensaba era el pie izquierdo
podía ser el derecho, un codo o una rótula. No
tenía donde anclar su consciencia. Temía diluirse en la inmensidad
negra. Luchó por no desintegrarse. Desde la ceguera absoluta,
buscaba las
señales tenues de otros sentidos. Fue así que, poco a poco, el contorno de un
cuerpo comenzó dibujarse. Ciertas
incomodidades se manifestaban:
cosquillas suaves donde recordaba la nariz, picores, también
inalcanzables, recorriendo lo que, dedujo, era su espalda. A veces,
una corriente extraña erizaba la piel
de lo que debía ser la
nuca. Comenzóa
compilar y clasificar cada una de esas sensaciones remotas y
efímeras, como si fueran las piezas de un rompecabezas: pedacitos de lo que fue su cuerpo, para
armar.
Esto
no era otro sueño; había llegado a esa conclusión. Los
sueños desdeñanlos detalles.
Omiten las
sutiles molestias de existir. Por ejemplo: olvidan
el hormigueo en
las manos entumecidas que despiertan
paulatinamente. Las suyas se sentían, al igual que
los pies, como dos yunques. La parálisis estaba cediendo. La cosquilla
era insoportable. Con esfuerzo, logró abrir
lentamente uno de sus puños. Luego, pudo mover un
brazo y, más tarde, estirar una pierna. Comenzó a tantear el
espacio con sus extremidades. Pateando y golpeando a la oscuridad, con puños y patadas invisibles, pretendía tropezar con algo que revelara pistas
de su entorno. Algunas cosas ya las daba por hechos: no dormía sobre su lecho y ni siquiera estaba en su alcoba a oscuras. Sus pies no alcanzaban el piso, pero tampoco sentía un mueble debajo de su espalda o glúteos. Era como levitar: la continua sensación de estar en el punto más alto de un columpio, justo antes de que cambie de dirección. Siguió arrojando sus extremidades al vacío. En una de esas
sacudidas, más o menos coordinada,
su pie, al fin, tropezó con una barrera invisible.
Al
principio, extendía y retiraba la mano instintivamente, con fobia a la extraña
sensación de lo que tocaba. Después, comenzó a explorarla con mas
convicción. La había confirmado a todo su
alrededor. Tuvo
la impresión de que era tibia. La sentía lisa excepto por
periódicos
frunces, que
sus dedos detectaban al recorrerla.Al
contacto, parecía más orgánica,
que de metal o
plástico. La presionó en varios sitios,
primero con uno o dos dedos. Sintió que estiraba un poco, pero luego
se retractaba. Conectó un primer golpe
tímido, inseguro de lo que pasaría si la atravesaba. No sucedió. Continuó impactando la barrera con más golpes, incrementando en
fuerza. Era inútil. No lograba quebrar la
envoltura, pero tampoco estaba completamente
seguro de querer romperla. No sabía lo que iba a encontrar al otro lado. Podía
estar en el fondo del mar o en el vacío de una órbita alrededor de un planeta.
Estaba seguro de que había sido secuestrado, pero
desconocía quién o quiénes eran sus
captores y, peor aún, sus motivos.
Quiso
dejar de pensar en esa cosas; solo le causaba ansiedad. Con los
brazos más lúcidos, se dedicó entonces a
explorar su cuerpo. Pudo confirmar que, en
efecto, estaba desnudo. Tocó la punta de
su nariz y llegó a apretar
el meñique de
uno de sus pies. También aseguró la presencia de sus genitales. Sentía la piel embalsamada,
aceitosa. Notó de inmediato, que todo su cuerpo había sido
depilado, excepto el cráneo. Descubrió algo aterrador en
su abdomen. De allí, brotaba
una manga larga y flexible que, al parecer, conectaba directo a la
membrana que lo envolvía. Entre brazadas y patadas, asustado
einvadido, se
enredó varias veces con
ella. Trató futilmente de arrancarla. Era plana y resbaladiza por
fuera; difícil de agarrar. Donde
se unía a la envoltura, se desparramaba
en finitas raíces alrededor del tronco principal. Desistió
de la tarea. El miedo se transformó en
indignación y luego en coraje. Comenzaba a tramar un plan de escape cuandocayó en cuenta que las
paredes de su prisión hermética se
encogían.
El
espacio que ocupaba se hacía cada vez más pequeño.
Sentía nausea y mareo, como
resultado de impulsos cortos que, con mayor regularidad, lo
estrellaban contra la barrera. Su mundo temblaba con mayor frecuencia,aturdiéndolo.
Por primera vez, escuchó
ruidos afuera. Algunos
eran como truenos en la distancia, otros,
como golpes en la puerta. A través de la membrana encogida,
comenzó a experimentar
punzadas y toques de objetos
duros que lo empujaban y lo apretaban. En varias
ocasiones
percibió extrañasvibraciónes que lo traspasaban.Al finalizar uno de tales eventos,
particularmente largo, tuvo la premonición de que había algo cerca
de su cara. Todavía a ciegas y con el miedo reinstalado, alzó una mano para salir
de dudas. Descubrió un objeto largo y puntiagudo cerca de su oreja izquierda. Era frío y definitivamente metálico. No pudo adivinar
que función servía. Tampoco supo en que momento se
retiró de su espacio. Un cansancio demoledor lo adormecía.
Soñaba que nadaba en un mar de letras. Buscaba pescar una palabra con sus manos.
Cuando por fin la atrapó, se deshizo en una escuela de peces
coloridos que fueron a formar otra palabra. Un temblor, más severo,
lo sacudió del trance. La membrana estaba ya tan reducida que apenas
podía moverse. Su cuerpo estaba siendo aplastado, sus rodillas
presionaban fuerte contra el esternón. El espacio para maniobrar se había
agotado. El ruido se había amplificado afuera. De repente, un
zumbido agudo reventó sus oídos. Su corazón palpitaba
desenfrenado. Una tenue luz, sin foco, se colaba en su cárcel, a la
vez que su respiración comenzaba a fallar. Hacia buches, pero ya no encontraba el oxígeno. Una enorme fuerza lo empujaba. Un aparato metálico le exprimía la cabeza y lo arrancaba
fuera de la membrana. La luz se tornó blanca y segadora. Sintió un
frío inconsolable. Lo sujetaban por la piernas, desnudo en el aire
helado. Le cortaron la manga del vientre. Lo cargaron con desdén
hasta una mesa. Allí le insertaron más instrumentos por la nariz,
la boca y el ano. Varias veces lo voltearon. Luego lo llevaron a otra
superficie mucho más cálida y placentera. Allí logró respirar
nuevamente. Parecía que lo peor había pasado, pero nunca recordará
el terror que experimentó cuando escuchó aquellas palabras
insólitas.
Mas que insólito, fue un evento sin precedente. Llegaron sin avisar. Procedían de un lugar tan
lejos que medir la distancia en millas era tan inútil como contar granos
de arena en la playa. Tenían una apariencia arácnida y famélica. Su cuerpo era, principalmente, un eje tubular y desproporcionado que
abría en una boca amplia de miles de dientecitos cristalinos y afilados.
De la circunferencia de la boca brotaban media docena de largos
tentáculos. Dicen que, al igual que las anémonas, tenían
micro-receptores y glándulas neuro-tóxicas en las puntas de esos
miembros. Se movían dentro de burbujas mecanizadas por una extraña tecnología que permitían parcialmente ver hacia dentro y que flotaban en el
aire, bajo algún control igualmente extraño. Las burbujas estaban insufladas, ahora
sabemos, con gases de amoniaco. Habían interceptado nuestra primera
transmisión desde Arecibo, décadas atrás. Les tomó poco tiempo
encontrar una ruta eficiente hacia nuestro sol pálido. Durante el
viaje se dedicaron a descifrar los idiomas principales (siguiendo su antiguo y probado protocolo) y aprendieron mucho sobre nosotros, interceptando las señales con las que contaminamos
el espacio. Habían escuchado de las Naciones Unidas y de Bruselas,
pero al final decidieron (unánimemente) atracar en Jerusalén, en la
periferia del monte Zión. Se cantaron inofensivos y creo que en
verdad lo eran. Los miembros del comité conjunto de recepción
fueron muy amables y, podría apostar, hasta sinceros. Todo iba de
maravilla hasta que, casi al final de ese primer encuentro, alguien
hizo la más impertinente de las preguntas. —¿Ustedes
creen en Dios? —Los visitantes no titubearon al contestar. La pantalla
gigante iluminó una ristra de letras: ENTENDIDO PREGUNTA CULTURAS HUMANAS PIENSAN FENÓMENO SOBRENATURAL NOSOTROS BIOLOGÍA GENÉTICA INMORTAL NO RAZÓN ESPÍRITU NOSOTROS CUERPO SIEMPRE NO MUERTE. Las criaturas concluyeron su discurso
aludiendo a que tampoco heredaban un pecado original a causa de
género, ya que siempre fueron asexuales y se clonaban a sí mismos.
Después que la última letra se dibujó en la pantalla, un silencio
abismal arropó aquel salón de conferencias y en un instante, al
planeta. Días más tarde, los líderes se reunieron. Semanas
después, la gente también lo hizo. Las mayorías fueron abrumadoras,
despóticas. La cruzada la organizaron todas las sectas juntas
(todas), unidas por un fin común. Como dije al principio, fue algo que jamás había sucedido. El vaticano se encargó de la logística y los asuntos legales. Los musulmanes de la ciencia y la ingeniería. A los judíos les tocó
el armamento y la táctica militar. Los protestantes pusieron el
capital humano. No pudieron obligar a los budistas, que preferían
inmolarse antes de participar. Las finanzas nunca quedaron claras. Los
despegues hacia Zeta Herculis comenzaron en noviembre. Solo espero
que sobrevivan.