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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
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miércoles, 16 de mayo de 2018

Creencia (05/2018)


 




“La última vida será mejor para ti que la primera.”
Corán 93:04

“Aquellos que son sabios no se lamentan por los vivos ni por los muertos.”
Bhagavad-Gita 02:11

“For me, it is far better to grasp the universe as it really is
than to persist in delusion, however satisfying and reassuring.”
Carl Sagan – The Demon Haunted World

–Me voy con el Boko Haram.

      Estaba recostada sobre la estufa. Con una mano sorbía el café de una taza mientras manufacturaba el desayuno con la otra. Entre sorbos, hincaba la pantalla de su móvil con el meñique y la pantalla obedecía arrastrando desde la internet imágenes y textos de noticias recientes y de artículos de interés. La información fluía a sus órdenes. Habían correos de la oficina esperando, el teléfono insistía en recordárselo, pero no los leería hasta después de vencer el tráfico. Primero era el café, el desayuno y ahora esa voz entusiasmada a su espalda que demandaba atención.

–Dime, que no te estaba escuchando.
–Que... voy... a... u… nir… me… al... Boko… Haram –sentenció la voz, cuyo epicentro era un rostro mortalmente serio.

      Ahora sí llegó el mensaje. Era inverosímil para ella, pero esa postura y expresión; el ceño levemente fruncido, la mirada fija, encajada en la suya; la convencieron de que estaba poseído por una idea. Lo conocía muy bien y sabía que no sería fácil de desentrañar. Con paciencia, la poca acumulada en ciernes de una semana, aceptó participar del juego. Depositó la taza de porcelana sobre la encimera y giró lentamente, con una mano asegurando la apertura de su bata. Enfrentó a su hijo de once años.

–OK. ¿Y por qué? ¿Qué te dio?
–Nada. Es que estaba pensando muchas cosas.
–¿Y qué tiene que ver eso con un grupo terrorista?
–¡No son un grupo terrorista! Los noticieros, acá, le dicen así. Es más fácil pa’ ellos. ¡No entienden al profeta!
–¿Ah no? ¿Invadir pueblos, matar gente y tomar rehenes, especialmente mujeres, no son actos de terror?
–No son malos. Combaten la injusticia. La injusticia que nosotros mismos causamos allá. Por eso los pintan de malos, pa’ que la gente no los apoye.
–¿Qué injusticia?¿De qué estás hablando?
–Por siglos nos hemos comido a África y le dejamos los huesos y las cáscaras a los nativos. Alguien tenía que enfrentar al capitalismo ese, salvaje, que lo que hace es destruir para hacer ricos a los más ricos.
Esa última respuesta le pareció a ella sospechosamente ensamblada para una agenda.

–Todavía no veo porqué tú y yo somos responsables de lo que pasa por allá.
–Sí mami, tenemos la culpa porque nos beneficiamos de todo eso: del petroleo, los diamantes, los minerales. ¿Ya se te olvidó la esclavitud?
–Bueno, está bien. Eso es cierto, pero por lo que he leído, el Boko Haram viene a hacer lo mismo con su gente. No vienen a salvar a nadie. Vienen a destruir, a robar y a esclavizar.
–No, mami, no. El Boko Haram viene a unir comunidades no destruirlas. ¿Tú sabes cual es uno de los cinco principios del jihad? Se llama tawhid: la unidad que solo se logra en el conocimiento de Alá. ¿Viste? Y tú siempre dices que lo que falta es que la gente se una.

      Terminó así su discurso, que parecía leído de un panfleto, a la expectativa de una reacción a sus palabras, pero recibió nada a cambio. Quedó satisfecho. Había hecho su caso y triunfado. La montaña de su argumento era demasiado grande y pesada para ser movida. El profeta había hablado. Hacía un mes, el joven había recibido un correo electrónico con remitente desconocido. Contra el fondo blanco de un mensaje vacío de palabras, un enlace misterioso suplicaba ser pulsado. Con el leve movimiento de un dedo, había invocado el portal secreto. La página virtual estaba abierta, repleta de colores y sonidos, y de decenas de otros enlaces para activar. El escogió el más grande y brillante. Parecía ser un video. En él, un hombre joven, de veinte-tantos años, hablaba un lenguaje desconocido. Por suerte, la acción era subtitulada en el idioma que sí entendía bien. Los hombres y mujeres de occidente son arrogantes. Creen que pueden entender a dios y al universo por su propia voluntad. Proponen que la mente es más poderosa que su espíritu. Pero, lo único que hacen es satisfacer sus vicios, se consumen en su decadencia hedonista. El mensaje se repetía entre visuales nuevos y variados: machacaba una letanía en su ojos. La vida aquí es dura y el futuro incierto. Alá nos promete una vida eterna en el paraíso. La voluntad del hombre es corrupta y sus impulsos, destructivos. El bien y el mal son caminos confusos, que se bifurcan. Déjate llevar; Alá será tu guía. Ríndete y descansa. La voluntad de Alá será tu vida. El Boko Haram lo había reclutado en ese momento.

      Ella dio un paso al frente, menguando el espacio entre ambos. Primero, se apoyó del espaldar de una silla, parte del juego de la cocina, y luego se dejó caer en ella. Si hubiera tenido la taza en la mano, de seguro hubiese explotado en el piso, como su mente. Veía la intensidad del joven. Confirmó que no era, ni remotamente, una broma o un ataque provocado por otra cosa. No eran ganas de joder; su sinceridad era obvia y no tendría más remedio que ahogarse en esa disputa. Era lunes y el Boko Haram estaba en la agenda de ninguna madre. Respiró profundamente buscando fuerza en el aire, fuerza para cohibirse y evitar rajarle la cabeza al muchacho: una salida fácil, aunque temporera. El joven era listo y tozudo, no abandonaría su causa sin dar la batalla, aún le costara chichones o ronchas en los glúteos. Eso estaba probado. Ella tendría que vencer su idea con otra.

–Contéstame esto: ¿Por qué el Boko Haram? ¿Por qué el islam? Hay otras religiones.
–El hombre no escoge una religión. La religión lo escoge a él.
–¿El hombre? ¿En serio? –El comentario había mordido una fibra nerviosa.
–Tú sabes lo que quiero decir: ...el ser humano.
– Ah… más vale. Explícame cómo es eso de que ahora eres un... escogido.
–Nada. No te lo había dicho porque sé como eres con estas cosas, pero tuve una visión. ¿OK? Un ángel se me apareció por la noche y me habló. Me dijo que yo estaba perdido, que tenía que buscar el camino, que todavía podía salvarme. Con la ayuda del todo poderoso, quién nos creó y nos dió inteligencia, no tenía que temer a nada, ni siquiera al futuro. Dijo otras cosas que no recuerdo o no entendí muy bien, pero antes de irse me abrazó bien fuerte y sentí algo que nunca había sentido. Sentí que no estaba solo, que había alguien poderoso a mi lado, pendiente a lo que me pasaba, protegiéndome y que se preocupaba por mí.
 
     Esa confesión causó en ella mucho dolor. Criar a un hijo, sin el padre, fue un reto que ella emprendió desde el amor. Siempre trató de balancear su vida profesional con la hogareña y jamás imaginó que el niño se sintiera tan solo. El remordimiento era insoportable. Muchas cosas tendrían que cambiar y pronto. Ella haría el sacrificio por él. Por el momento, y con toda razón, no podía permitir que su hijo se uniera a un grupo terrorista, africano o de cualquier etnicidad. No tuvo más remedio que volver al ataque.

–¿Cómo sabes que no era una mentira?
–¿Cómo que una mentira? No entiendo.
–¿El ángel que te visitó, era un ángel de verdad? ¿Se aparece alguien en tú cuarto y te dice que es un ángel y tú le crees? Pudo haber sido… ¿qué se yo?… Lucifer disfrazado, tratando de engañarte, o un extraterrestre del planeta Krypton haciéndose pasar por un ángel. Hasta Mahoma se equivocó una vez. ¿Sabías eso? –Era un argumento legítimo, pero el joven no toleró el sarcasmo.
–Lucifer es un ángel –dijo, haciendo énfasis en el verbo– y Krypton ya no existe… explotó hace siglos… y no hables así del profeta –corrigió el muchacho, visiblemente molesto por la provocación.
–Ese no es el punto. El punto es que te cerraste a cualquier otra explicación antes y después de ese evento. De hecho, hay otra posibilidad que no has considerado todavía.
–¿Cuál?
–Que nada de eso pasó.
–¿Yo me lo inventé todo? –Esta vez, su madre había ido demasiado lejos.
–Piénsalo. ¿Cómo era tu ángel? ¿Era alto? ¿Tenía alas?
–No me acuerdo. Estaba medio dormido. Solo recuerdo que flotaba en el aire.
–Claro, por eso no me desperté con el ruido de pasos por el pasillo. Sabes que hace un eco horrible y que tengo el sueño bien liviano. ¿Y cómo entró a la casa? No recuerdo que la alarma se activara, así que no abrió ninguna puerta.
–No se, pero vi que traspasó la pared del cuarto cuando se iba. Era como un fantasma o un espíritu o algo así. Era un ángel, mami. ¿Qué querías, que llegara en Uber y tocara el timbre?
–Bájame el tono, cariño. Bájame el tono… OK… ¿Cómo era su voz? ¿Qué idioma hablaba? ¿No lo grabaste en el celular?
–Eh...no, no pensé... No sé. Me cogió de sorpresa.
–Increíble. Hasta cuando se lavan los dientes se toman un video y lo ponen en las redes y a ti no se te ocurrió grabar algo durante un evento tan extraño. –El joven no mordió la carnada. Esas críticas de su madre eran harto comunes.
–Pues no, no se me ocurrió en el momento. Como quiera que sea no recuerdo una voz ni que hacia ruido. Era como si me hablara directo a mi mente.
–¿Y el perro, qué hacia? ¿No se despertó?
–No, creo que no… que yo recuerde.
–¿No ha vuelto a aparecer? Me encantaría hablar con esa criatura que visita el cuarto de mi hijo por la noche.
–No, no a vuelto. ¿OK?
–Mira… ¿Te das cuenta de que no hay manera de corroborar o por lo menos que otra persona dé su versión de los hechos? ¿Ves lo que te digo?
–Sí... no… más o menos.
–Me dices que hay un ángel que nadie, nada más que tú, puede ver, que no se puede tocar porque traspasa las paredes, que no tiene peso ya que va flotando por el aire y que ni siquiera un perro puede oler y escuchar. Dime mijo, ¿Qué diferencia hay entre ese ángel y un ángel que no existe?
–Ajá… ¿y?… Tú no lo sabes todo. Esa lógica tuya tampoco prueba que no existe, que no estuvo allí. No me vas a convencer.
–No tengo que hacerlo. Tú eres el que está reclamando que vivió un evento extraordinario, hasta sobrenatural. Tú tienes que traer las pruebas. Eres tu, cariño, el que tiene que convencer al resto de nosotros que sí estuvo y, por lo que veo, se te va a hacer bien difícil.
–¡Ya! ¡Tú eres la experta en decirle a todo el mundo que están mal, en hacer que uno se sienta como un loco, como un bruto! Pero… pero… nunca ha salido de ti ni una sola idea, ni una explicación, que yo recuerde. Lo único que haces es probar que todos los demás no saben lo que dicen. ¡Pero tú no crees en nada!

      Salió disparado de la cocina, rojo y enfurecido, como la misma imagen apócrifa de un Djin. Pero, había presentido esa derrota. Habían hablado así, antes. Ella solía tener esos debates, esporádicos, con compañeros de trabajo, con vecinos y especialmente con las pobres almas que llegaban a la casa a regalar sus revistitas. Nunca la había visto abdicar. No aceptaba una premisa, por más inofensiva que fuera, sin el escrutinio de su lógica, de su ristra de preguntas y respuestas. Los más civilizados trataban de escapar al impasse con un trueque, como si se pudiera negociar un pedacito de la realidad por otro: “bueno, entiendo, pero por lo menos estamos de acuerdo en que existe el bien y el mal, ¿verdad?” Los menos, salían convencidos de que algún día ella vería la razón que predicaban: la más correcta de las verdades. Ese día la recibirían con los brazos abiertos, arrepentida y pidiendo disculpas por su arrogancia. Él estaba seguro que ella disfrutaba luchar esas pequeñas batallas. Era cruel lo que hacía: el robo de tu identidad y todos tus sueños. Cualquier madre podía ser perversa en ocasiones. Todos los hijos sabían eso. Pero, desmantelar a un ser humano de esa manera, hasta el tuétano, era el placer de alguien insensible y antipático. Él jamás haría algo así a otra persona.
      Semanas después, había una botella de Chardonnay sudando efusivamente sobre la mesa de la cocina. Era la escena de todos los viernes en la tarde. Los tacones se habían estrellado en algún lugar de la sala. La blusa estaba abierta dos botones más abajo y el sostén flotaba desamarrado, pero en su sitio. El celular yacía inerte y bocabajo sobre el mantel. No tuvo más remedio que extinguirlo, no quería callarse ni dejaba de vibrar. El padre del niño quería algo y con insistencia. Ella seguía saboreando su vino en buches. Cada vez que tragaba el néctar dorado, ahogaba una ansiedad específica: el jefe cuestionando los atrasos en los proyectos para los cuales asignó pocos recursos y dinero, el estudiante de internado que seguía viendo pornografía en su computadora y el padre, tratando de cambiar las fechas de visitación, nuevamente. Para eso se inventó el vino. Era viernes y había que liquidar la semana. Ya renacería el lunes el ciclo inevitable de todo lo que es estulto: el tráfico, el cubículo, los jefes y los ex-maridos.
      El eco de pasos por el pasillo entre los cuartos, la sacó del trance. Le pareció extraño ya que se suponía estuviera sola. El padre iba recoger al muchacho en la escuela y lo devolvía el domingo. Por eso es que me estaba llamando. Cabrón. Eso es que de repente tiene planes con alguna de sus estudiantes, como siempre, y no se quiere quedar con él. El joven se aproximaba despacio, como si tratara de no hacer ruido, excepto que el murmullo de algo arrastrándose por el piso lo delataba. Salió de la penumbra del pasillo y se asomó a la claridad de la cocina. Ella seguía postrada sobre la mesa, de espalda a él, embelesada con el resplandor del vino blanco y dulce que bailaba en su copa. El menisco del licor ya marcaba la mitad de la botella. Su coraje iba creciendo. Los planes se habían arruinado. En vez de una película y unas copas, serían las asignaciones y las prácticas de fútbol. La tina no se llenaría de burbujas este fin de semana, pero la casa estaría llena de muchachos impetuosos e hiperactivos. Iban a colonizar la televisión (más fútbol) y la nevera. No escuchan Jazz, pero harían vibrar las paredes con la monotonía de su reggaeton. Ensuciarían los pisos y los muebles con migajas y con salpicadura de jugos y salsas. Lo peor vendría cuando se fuera el último: quedaría ella sola con él, para volver a explicar el porqué su papa hacía lo que hacía.

–¿Que pasó? ¿Que dijo tu padre esta vez?
–Pues… yo no sé. Dijo que él no tenía tiempo para estas cosas y me trajo aquí. Que después hablaba contigo.

      Antes de que la maldiciones explotaran como lava por su boca, logró girar su cuerpo lo suficiente para atisbar al muchacho y entendió, en ese instante, la reacción de su ex-marido. Allí estaba su hijo, a la entrada de la cocina, excepto que no era el hijo que llevó a la escuela temprano en la mañana. Era otra criatura. Tenía la cabeza completamente rapada y su única prenda de ropa era una bata albina que, al parecer, quedaba un poco grande y rozaba el piso. Sin derramar una sola gota de la copa que aprisionaba en su mano, completó la maniobra de giro sobre la silla y quedó frente al avatar que pretendía hablar por su hijo.

–Namasté, mami, namasté.
–Por favor, por favor… dime que es un disfraz para Halloween o que estás en una obra de teatro o algo así. Por favor, dime eso.
–No mami, no es un disfraz. No estoy jugando. Es un dhotti. Es la ropa que usamos los nuevos bhakta, los que somos neófitos en la consciencia de Krishna. ¡Hare Krishna!
–Ah... eso lo explica todo…Mira, si tu quieres ir así a la escuela… ese es tu problema. Pero sabes que la vas a pasar mal y no quiero excusas con las notas.
–Mami, yo no voy a volver a la escuela –afirmó, dibujando una sonrisa leve en sus labios.
–¿Ah no? ¿Y que vas a hacer de ahora en adelante?
–Lo que tengo que hacer, para lo que vinimos a este mundo. Me voy a dedicar a educar mi alma.
–¿De qué carajos estás hablando? ¡Deja de estar creyendo esas cosas! ¡Tu no tienes alma! ¡Esas cosas no existen! –respondió ella, desde su frustración.
–Ay mami, sabía que ibas a decir algo así. Lo sabía. La otra vez que hablamos, tengo que admitir que tú tenías razón. Pero, esta vez, yo te voy a convencer a ti. Ya tu verás.
–¿De qué? ¿De unirme a una secta religiosa?
–No somos una secta, mami. El Hare Krishna es mejor que una religión. Las religiones requieren fe y la fe se puede mover o acabar. El Hare Krishna es entender que la consciencia de Krishna es la consciencia de todos los seres vivientes del universo. Por eso es la única y verdadera religión.

      Un leve mareo comenzó a aturdir a la madre. De primera instancia, descartó al vino como la causa. La proporción de alcohol en su sangre se mantenía, todavía, debajo de los estándares para un viernes en la tarde. Debía ser, entonces, el efecto de aquellas palabras incomprensibles que salían por la boca del monje enano, quien continuó entusiasmado con su discurso.

–En verdad no importa en que dios creas. Solo Krishna es la verdadera forma de dios. Lo que sí importa es el alma, mami, el alma. Por eso es que estamos aquí, para purificarnos a través del servicio a otros, para evolucionar, por medio de la reencarnación y, finalmente, volver a estar con Krishna. ¿Tú no ves que hace sentido? Esto contesta todas las preguntas. No hay cielo, no hay infierno, ni injusticia, todo se explica con el karma: recibes lo que siembras… tarde o temprano.
–Mira –pausó, más por falta de aire que de palabras–, eso que dices esta muy bien y todo, pero el alma es un concepto muy viejo que se hizo para explicar cosas que ahora sabemos que son puramente biológicas y físicas. ¿OK? Ahora sabemos del hipocampo y su importancia para crear y organizar memorias y –el aire tardaba en llegar a sus pulmones– de las células gliales que tienen que ver con la consciencia. –No llegó a pronunciar la última palabra.

      El mareo se había hecho insoportable y no podía resistir sus nauseas. Apenas podía abrir la boca. La garganta ardía y raspaba y sus ojos hinchados perdían visión cada minuto. Una migraña agresiva se iba apoderando de toda su cabeza y cada respiración era más laboriosa que la anterior. Sintió miedo mientras se desplomaba de la silla. La copa explotó en el suelo. Segundos después de la caída, como por instinto, logró la fuerza mínima para recostar el torso de una de las patas de la mesa. La parálisis era casi completa. Entre párpados levemente abiertos, vio a su hijo, de rodillas, acercándose. La abrazaba y le acariciaba el pelo suavemente. Vio que estaba ahogado en lágrimas cuando por fin despegó su cabecita de la blusa manchada en vino y vómito. Intentaba decirle algo que ella jamás imaginó.

–No te preocupes mami, no te preocupes. Ya tú verás que todo va a salir bien. Todo va a salir bien. Ya tú verás que yo tenía razón. Cuando estemos allá, en el plano astral, te voy a buscar y te vas a dar cuenta que yo tenía razón, que tu tienes alma, y yo también, y vamos a reencarnar juntos otra vez y otra vez. Ya tú verás.

      Con el último aliento de la madre, el joven neófito se despegó del cuerpo inerte, se levantó y bebió de la botella hasta agotar el vino. Siempre fue muy inteligente. Le gustaba mucho la química. En la escuela había aprendido de ciertos solventes, como el etilenglicol, que reducían el punto de congelación del agua. Por eso lo usaban en la fabricación de anticongelantes para motores. Era incoloro y sin olor y mezclaba bien con el alcohol. Se conseguía fácil en la internet. Solo pagó veinticinco dólares por un litro, usando la tarjeta de crédito de su mamá. También tenía un sabor dulce y pensó que a ella le gustaría que fuera así.



jueves, 8 de febrero de 2018

La trampa (02/2018)



“Before, he was unable to make a choice because he didn't know what would happen. Now that he knows what will happen, he is unable to make a choice.” El viejo Nemo, Mr. Nobody

     Hace unos días le tendí una trampa. Verás, me asecha una criatura. No puedo describirla. Nunca la he visto, no, solo sus ojos pardos cuando flotan en la oscuridad. El resto de su cuerpo es invisible. Por las noches rodea mi cama mientras pretendo que duermo. Hace temblar el colchón y eleva la temperatura del cuarto hasta que sudo sin control. También ataca de día, cuando hay nadie a mi alrededor, en el carro camino al trabajo o desde la pantalla de mi computadora. Donde me encuentre, sujeta mis pies y manos. Me tapa la boca. No me deja dar un paso. Siento que me observa cuando estoy inmóvil. Se alimenta de mi parálisis. Luego comienza a inyectar imágenes, como películas para joder la mente. Son cosas que no han pasado todavía, cosas terribles que finalmente pueden suceder. Otras veces, me hace recordar eventos que aborrezco. Me golpea si resisto sus proyecciones, si trato de pensar en otra cosa. Justo antes que la tortura me mate, desaparece como vino, pero siempre regresa para hacer su daño. Las veces que he logrado zafarme, me encuentra después y me puya en el pecho con su aguijón invisible y escapa satisfecha. Deja una gran roncha picante supurando en mi piel. Su veneno asfixia y causa un dolor intenso, como el desamor o la vergüenza. 
     Me creía capaz de atraparla. Mi estrategia era simple: ella entraría, como siempre, sigilosa y sin invitación, buscándome, pero esta vez encontraría una distracción. La esperaría en casa, de noche, cuando más disfruta visitar. Colocaría una carnada en el pasillo, justo antes de la puerta, algo que captara su atención, aunque sea por unos segundos. En ese corto instante, le explotaría la cabeza con mi Glock 9mm desde mi escondite en la sombra. Me ocultaría cerca, no más de cinco o seis yardas. Apuntaría justo abajo del resplandor de sus ojos. Halaría el gatillo sin titubear. Intuía que era la única de su especie. No vendrían otras a vengarse.
     El primer intento fue un fracaso. Ignoró la carnada que coloqué y fue directo a atormentarme. Volví a intentarlo días después, obteniendo el mismo resultado. El problema, pensé entonces, era la carnada. Posteriormente traté otras: una camisa sudada, un mechón de pelo y hasta un vaso de orina. Ninguna funcionó. La criatura esquivaba cada trampa y cuando me encontraba, se lanzaba sobre mí para asfixiarme. Con cada intento y cada fracaso, crecían en violencia sus ataques. Me paralizaba cada vez que eyaculaba sus imágenes dentro de mi cabeza. Cedía mi cuerpo a su control. A veces lo usaba para lastimarme. No actuaba yo, era ella. Temía hacer daño a mis vecinos y a la gente que quería. Dudaba de mí. A la misma vez, sentía terror de que alguien diera cuenta de mi pobre estado. Nadie iba a creer mi historia. Me hubiesen acusado de desquicio.  Dejé de dormir. Apenas comía y me alimentaba solo de licor. Poco a poco, me volví un fiambre. En las noches, cuando la luna rehusaba entrar a mi cuarto, mi cuerpo débil y flaco tiritaba en el suelo, en la sombra, incapaz de vivir, esperando la próxima visita.
     Es por eso que decidí intentarlo una vez más. El problema de la carnada se resolvió por sí solo. Sucedió aquella noche, mientras me embriagaba (como todos los días) en la barrita frente a la oficina. Eran como las dos de la madrugada. Balanceaba columnas de vasos sobre la barra. Estaba mojada, salpicada de gajos de limón y servilletas ensopadas. El estupor me dio la solución: identificó a la víctima. Lo conocía personalmente, de mi niñez, aunque por años no tuvimos mucho contacto. Una vez fue alguien destacado en su campo. Estaba tan ebrio que apenas pudo aterrizar de su banqueta. Imaginé el desastre que pintó en el baño. Lo esperé afuera con las llaves de su Mercedes-Benz (se le cayeron del bolsillo cuando fue a orinar), y lo convencí de que estaba demasiado borracho para guiar. Camino a casa se rindió a una profunda sinfonía de ronquidos, eructos y frases incompletas.
     En casa, lo arrojé sobre mi butaca favorita. Respiraba profundo por la boca abierta. Me escondí detrás, debajo de la mesa del comedor, apuntando con mi pistola por entre las patas de las sillas. Antes, había cerrado todas las ventanas. La criatura prefería la oscuridad. No tardó llegar. Escuché sus pasos ligeros por el pasillo entre los cuartos. El reflejo de sus ojos alumbraba débilmente la mobiliaria. Se detuvo en la butaca, como había anticipado. Orbitaba lentamente en torno al mueble. De repente, antes de que pudiera apuntar bien el arma, comenzó a despedazar el cuerpo inerte. Pellejos salían volando. Llovía cuero y sangre sobre la alfombra. Él luchaba como podía. Arrojaba puños y patadas a la oscuridad. Me dio mucha pena, pero sabía que ese era mi momento; tenía que actuar. Marqué el blanco y casé mi dedo en el gatillo, pero justo antes de que pudiera halar, sus ojos me enfocaron. Mi cuerpo se congeló. Es mínima la distancia que esa palanquita tiene que viajar para explotar la bala, pero mi dedo estaba paralizado. Continuaba la carnicería y la lucha y yo era el público cautivo. No soporté más. Con todas las fuerzas de vida que alguna vez tuve, con toda la voluntad que jamás haya logrado invocar, contraje el dedo índice lo suficiente para desatar la bala. Di en el blanco. Ella hizo su trabajo mortal.
     Han pasado varias horas de aquel evento. Mi sala sigue ensangrentada. Siento mucho que hayas pasado por eso. De jóvenes, siempre fuiste el guerrero, el sobreviviente. Yo te seguía. Ahora no sé si fue la decisión correcta. Te confieso que, de haber tenido el valor, hubiese hecho las cosas diferentes. Siento a la criatura a mi lado mientras escribo estas palabras, respirando su aliento ácido sobre mi nuca. Mis vellos se enroscan; mis poros sudan. Siempre va a estar ahí y nunca será domada. Lo siento mucho. Perdóname por haberte matado.



miércoles, 17 de enero de 2018

Metales Preciosos: Los Zombis



 
 Los Zombis
(Josue Montijo)

Es lo más aterrador que he leído en mucho tiempo. No logro escapar a este relato que, fiel a la naturaleza de los monstruos que contiene, continua devorando lentamente mi cabeza. Montijo traza una raya muy fina entre lo real y lo ficticio. Recuerdo una reseña que leí de una novela de Cormac McCarthy, No Country for Old Men, donde el crítico concluye que la obra era más que una alerta desesperada, era un presagio: “escribe poderosamente acerca de padres e hijos, de la responsabilidad por uno mismo, por nuestras familias y nuestras comunidades, como un patrimonio que la verdadera esencia de la modernidad puede haber dañado sin remedio, mutada tan horriblemente que un nuevo tipo de humano, sin alma, un ángel destructor, no solo puede estar ya suelto entre nosotros, sino que puede ser lo que estamos destinados a convertirnos." Ambos autores dan testimonio de estas criaturas. Yo también las he visto merodeando y al asecho. Se multiplican. Temo lo que son capaces de hacer en grandes números. No importa como las quieran llamar. Sean ángeles, zombis o demonios, todas carecen de alma y cerebro.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Las habichuelas mágicas(12/2017)

     Había una vez una pobre viuda llamada Soberana que tenía un solo hijo de nombre Juanito y una vaca lechera que apodaban Buruquena, por una de sus manchas que parecía un cangrejo. Después de la muerte de su esposo en la guerra hispanoamericana, o por lo menos, después de nunca más saber de él, lo único que tenían para vivir era su casa rústica y la leche que ordeñaban de la vieja vaca, la que vendían en el mercado todo los días. Una mañana, esa ubre amaneció seca y a pesar de que exprimían y apretaban bien duro las tetas, no volvió a escupir una gota.

–¿Qué haremos Juanito? ¿Qué haremos? –preguntaba la viuda desconsolada.
–Hay mami, por dios, tranquilízate. Mañana mismo salgo y busco trabajo.
–Ajá. Sí. Claro. Como si no hubieses tratado eso antes. La cosa está mala, mijo, y si no es con pala o padrino, no te van a coger en ningún sitio.–respiró profundo y luego de una larga meditación, dictó convencida–: Nada. Tenemos que vender la vaca esa; a ver cuanto nos dan por ella. Con eso chavos vamos a montar un negocio. ¿Qué se yo? Una tienda de chucherías o algo.
–Dale. Sí. Vamos a vender alcapurrias y vinos tintos, o bacalaítos con champaña. Ya tú verás. El mercado está abierto hoy. Voy ya mismo pa’ allá a venderla.

      Así emprendió Juanito hacia el mercado, arrastrando la vaca cansada detrás de él. No había andado mucho en el camino, famoso por las trampas y los pillos, cuando se topó con un viejo orejudo, quien lo saludó por su primer nombre.

–Buenos días, Juanito.
–¿Buenas? –contestó, preguntándose de dónde conocía al viejo o como sabía su nombre.
–Oye Juanito. ¿A dónde vas?
–Eh...Voy de camino al mercado a vender la vaca loca ésta. ¿Por qué?
–Ah, ya veo, ya veo. Sin duda tú eres el tipo perfecto para venderla. No me conoces, pero yo soy poeta. ¿Te gustaría escuchar un poema? –dijo el viejo. Juanito desconfiaba inicialmente de sus intenciones, pero viendo que era un viejo de hombros encogidos, barrigón y descuidado, no sintió amenaza alguna.
–¿Ahora? Pero es que tengo prisa.
–Mira. El mercado a penas esta abierto. Una vaca vieja como esa te va a costar trabajo conseguir un comprador. Vas a tener que rebajar mucho el precio y sabes dios que otros compromisos. Te propongo algo. Si escuchas mi poema, yo mismo te compro la vaca ahora.
–¿Ajá? ¿Pero es muy largo?
–No, no. Escucha esto y me dices lo que piensas:

Un burro
escalando una montaña,
lentamente,
vibrando bajo el peso de las banastas.
(Sus orejas optimistas
se inclinan hacia la cumbre).

Un albañil
colocando ladrillo sobre ladrillo.
(Su tararear es monótono,
interminable).

Dios,
bregando con las estrellas.
(su silencio es profundo).

      Terminó de recitar el poema dibujando una débil sonrisa debajo del bigote que cepillaba sus labios. Dos lunares hambrientos trepaban por el lado izquierdo de su cara. Juanito entendió nada. Aparentemente el viejo estaba más loco de lo que aparentaba.

–¿Bueno? ¿Verdad?
–Sí, sí. Muy bueno. ¿Me vas a comprar la vaca, sí o no?
–Je..je...Claro que sí. Coge, te doy cinco habichuelas por ella –dijo, extrayendo los granos de su bolsillo con pelusa y todo.
–¡Ja! ¡Ya tu quisieras! ¡Salte del medio, viejo borrachón!
–Ah...pero es que tu no sabes que estas habichuelas son mágicas. –El viejo miraba intensamente desde sus lóbregos ojos, socavados por tremendas ojeras.– Si las siembras hoy, mañana crecerán hasta chocar contra el cielo.
–¿En serio? ¿Y qué hay allá arriba?
–Todas las cosas a las que aspiras: una vida libre y más rica. Los habitantes del cielo te enseñarán como es que se vive de verdad. A ellos no les importa que vengas de acá abajo, de la tierra y el polvo; te darán la oportunidad, igual. –Juanito trataba de digerir todo eso con la boca abierta.– Mira –continuó elucubrando el viejo–, si no funcionan como te digo...je...je siempre puedes volver a buscarme para que te devuelva la vaca. Es tu elección. ¿Qué crees? –Y Juanito eligió. Entregó las riendas de Buruquena al poeta ebrio, empuñó fuerte las habichuelas y salió a recibir su felicidad.

      Una vez devuelto a su casa, el pobre Juanito se quedó sin cena esa noche. Cuando la viuda se enteró que vendió la vaca por granos de habichuela, lo sacudió a bofetadas y lo insultó con las peores palabras que jamás había escuchado. En medio de la tormenta de pescozones, las habichuelas salieron volando de sus manos, que usaba para escudarse de los golpes. La viuda atacaba con rabia a la vez que lloraba, desconsolada por la estulticia de su hijo, por la maldad del viejo jaiba en el camino y por lo que pesan siempre las cadenas del destino. Juanito pasó muchas horas de esa noche en vela, también llorando, porque no entendía el coraje de su madre. Las habichuelas eran mágicas. Si las hubiesen sembrado, como dijo el viejo poeta, habría llovido dinero por la mañana. Finalmente, el sueño lo venció y quedó rendido sobre su colchón en el ático. Desconocía el paradero de las infames semillas.
      Al día siguiente, no despertó con la claridad usual de la única ventana en el ático. Rayos de sol, provenientes de otro lugar, jugaban al escondite en su rostro. En dirección a la ventana solo había una gran mancha. Tardó un poco en descubrir que el origen de la luz traviesa estaba encima de su cama. Un inmenso roto en el techo era parcialmente eclipsado por un tallo verde y pubescente que brotaba del primer piso de la casa, por el mismo medio de su cuarto y parecía no tener ápice. Juanito salió corriendo en busca de su mamá, que de seguro, ya andaba despierta e igual de asombrada. Apenas pudo bajar por la escalera angosta que llega al ático. El tallo era tan ancho que parapetaba parcialmente la entrada a los escalones. Encontró a su mamá lamentando.

–¿Qué vamos a hacer Juanito? ¿Qué vamos a hacer?
–¿Viste mami? ¡El viejo tenía razón! ¡El cabrón viejo tenía razón!
–Lo que veo es que nuestra única casa, la que heredamos de tus abuelos, tiene ahora tremendos rotos en los pisos y en el techo. Lo que veo es que si llueve se nos van a mojar las cosas, que subir y bajar escaleras o siquiera entrar a la cocina, va a ser cada vez más difícil. ¿Por qué nos ocurren estas cosas? –Aun desconsolada, la viuda del hidalgo miraba hacia el futuro y veía esperanza, pero había que trabajar.– Anda, vete busca el hacha para que lo amueles. Yo me encargo del machete. A ver cuanto tiempo nos va a tomar desarmar el engendro este. ¡Apuesto a que mide como seiscientas millas de alto!
–Pero mami, esto es lo que queríamos. Esto fue lo que prometió el viejo borrachón en el camino. El dijo que allá arriba, donde termina el tallo, encontraremos riquezas y que están disponibles a cualquiera que vaya a reclamarlas. No vamos a cortarlo todavía. Déjame intentar treparlo, a ver a dónde llega. –La viuda no cesaba de menear la cabeza, más incrédula por la ignorancia de su hijo, que por la nefasta semilla que germinó en el medio de su sala. Al parecer, no hacia falta tierra ni surcos para sembrar los granos, solo requerían una superficie llana y dura para echar raíces.

      Juanito se disparó por las escaleras para treparse en la verga inmensa que ultrajó su casa. Comenzó su ascenso por la planta velluda y rápido dio cuenta de la dificultad de la tarea. El tallo era resbaladizo en muchas partes y a veces cogía giros inesperados. Aun así, él trepó y trepó, arrimado al sueño que le vendió un poeta tramposo e ignorando la posibilidad de la caída, hasta que al fin traspasó el vapor de una nube blanca y espesa. Una vez encima, saltó de inmediato del bejuco que, allá arriba, se dividía en dos gigantescas hojas romboides. Caminó perdido, por mucho tiempo, sobre el suelo blanco y frío de aquel país ajeno. Vagaba solo y sin rumbo. A veces, se topaba con extraños letreros que no eran de mucha ayuda ya que él no entendía el lenguaje. A punto de rendirse y retornar con las manos vacías a la planta, entró, sin querer, en la boca abierta de un amplio camino pavimentado y limpio que, cómodamente, lo llevó hasta la entrada de una gigantesca casa. Allí, frente a la puerta encumbrada, encontró a un hombre de iguales proporciones, que lo miraba fijamente. Juanito habló primero.

–Buenos días, don. Mire, yo no vengo a buscar problemas, ni nada. Lo que pasa es que estoy perdido y tengo mucha hambre. ¿Usted sería tan amable de darme un poco de almuerzo?
–¿Almuerzo? No hay tal cosa como un almuerzo gratis. Si quieres almuerzo, tienes que darme algo a cambio. ¿Tienes algo para canjear?
–Eh...pues...creo que no. No tengo nada ahora mismo.
–¿Cómo llegaste hasta aquí?
–Escalando una mata de habichuelas mágica.
–Ahh...¿Entonces, sembraste una de mis semillas en tu casa y seguiste el tallo hasta aquí? Bien. Pues mira lo que vamos a hacer. –Los ojos azules del gigante rubio brillaban intensamente en la clara luz del día.– Hay que cuidar de esa planta y protegerla. Tienes que estar pendiente a los ácaros y las orugas, que vienen a comerse las hojas. También aparecen moscas blancas, cuyas larvas son bien destructivas. Si ves alguna, la matas. Tampoco dejes que hagan ruido; atraen a las demás. Si haces esto, te daré almuerzo todo los días y también te pagaré con más de mis habichuelas mágicas, que son riquísimas en un guiso. ¿Qué crees?

      A Juanito le pareció una estupenda idea. No solo mató el hambre que lo torturaba en ese momento, sino que también cargó con un bolso de habichuelas para que su madre las cocinara en un guiso por la noche. Quedaron en volverse a encontrar frente a las hojas gigantes, al día siguiente. Juanito descendió temerariamente por el tallo hasta llegar nuevamente a su cuarto en el ático. Su madre lo había esperado ansiosamente todo el día. El contó todo lo que había pasado y los detalles del trato que hizo con el gigante, pero ella, que seguía preocupada por la mata engordando dentro de su casa, no se vio tan entusiasmada. Al otro día por la mañana, Juanito emprendió la difícil y arriesgada tarea de volver a escalar la mata hacia el cielo. Un vez arriba, encontró al gigante, que misteriosamente, sin hablar y sin saludarlo, comenzó a bajar por el mismo tallo que él acababa de trepar.
      Así pasaron los días, que después se volvieron semanas, meses y años. Juanito subía a cuidar de la planta y bajaba por las tardes con una bolsa de habichuelas. El gigante y él se encontraban a veces, siguiendo trayectorias contrarias: por las mañanas descendía, mientras Juanito escalaba, y por las tardes, al inverso, el gigante subía cargando bolsas colmadas de cosas que Juanito no podía descifrar. En la vieja casa, con el paso del tiempo, el tallo adquirió tal proporción que apenas había espacio para caminar. Algunos de los cuartos quedaron permanentemente clausurados por el estorbo de la gigantesca osamenta. Por el tallo, que prácticamente había demolido lo que quedaba del techo, bajaba un torrente de agua cada vez que llovía, por mas ligera que fuera la llovizna. El huerto quedó desatendido, desde que había que escurrirse para llegar a la puerta del patio y desde que en la cocina, todas las noches, invadía el aroma irresistible del guiso de habichuelas.

–Juanito. Tenemos que cortar esta mata. Hay que arrancarla de aquí, mijo. La casa está destruida; irreparable. ¡Coño!¿Tú no vez que nos está asfixiando?
–¡Ay mami! ¿Vas a seguir con la misma cantaleta? –gritó Juanito, hastiado de la súplica diaria de su madre–. Yo se que se puso bien grande y que hay unos cuartos que ya no sirven, y todo eso, pero ¿qué importa?, si estamos comiendo y siempre regreso con más habichuelas en los bolsillos. ¿Qué sería de nosotros sin esta mata, sin habichuelas para guisar? ¿Ah? ¿Qué comeríamos? ¿Te has preguntado eso? No mami. Ahora no es el momento para cortarla.

      Tiempo después, Juanito dejó de escuchar el reclamo de su madre. Tal vez fue que la vieja se cansó de ser ignorada, o tal vez, quedó sepultada en uno de los cuartos. Juanito, nuca supo la verdad y tampoco la procuró. Un día, a punto de regresar a los escombros de su casa, vio al gigante que regresaba de la tierra de abajo cargando sus sacos llenos de cosas. Juanito notó que una de las bolsas tenía una pequeña raja por donde, poco a poco, algunos motetes se caían. Juanito corrió detrás del gigante y fue recogiendo los artefactos para devolvérselos.

–Oiga. Gigante. Se le cayeron unas cosas de la bolsa. –llamó Juanito recogiendo lo que parecía ser un arpa dorado y una gallina mansa y otras cosas que brillaban como el oro.
–¡Ja! ¡Muchas gracias! Nunca me iba a dar cuenta.
–Si no le molesta...¿Qué son todas estas cosas? ¿De dónde las saca?
–¿Esto? Son cosas que encuentro allá abajo. Mira esta por ejemplo. Esta gallina cuando pone huevos, los pone de oro. Y pone muchos también.
–Que suerte que yo la encontré antes de que se pierda. ¡Debe valer mucho!
–Nah...tengo un montón más como esa. –dijo el gigante sin mayor pena.
–¿Y qué hace con todos esos huevos?
–Nada. Los guardo. Me gusta el resplandor del oro.
–¿Hay más cosas como esas allá abajo?¿Dónde?
–Habían muchas, pero ya se están agotando. –contestó el gigante a la vez que giraba para marcharse.

      Al otro día, Juanito despertó aplastado entre el inmenso tallo y la última pared que quedaba de pie en la casa. No encontraba manera de escapar; a penas se podía mover. Respirar era cada vez más difícil. Justo antes de que la mata le exprimiera la última gota de vida, comenzó a temblar la tierra. El gigantesco tallo se sacudía y vibraba, y con cada espasmo, golpeaba a Juanito contra la pared. Poco a poco, la estructura entera comenzó a ceder y a elevarse. Juanito podía escuchar las raíces salir explotadas desde el piso de abajo. Desesperado y sin saber quien lo rescataba, comenzó a gritar.

–¡La mata no! ¡La mata no! ¡Tumben la pared, que me quedo sin mis habichuelas!

      Nadie le haría caso. El gigante, desde bien arriba, arrancaba el tallo de raíz.