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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Airon Meiden Parte I
Para el 1989, Wolf Marshall era uno de los ensayistas que más disfrutaba leer y a quien, desde entonces, he tratado de imitar impunemente en muchos de mis escritos. En una de sus columnas regulares titulada Music Appreciation, en la extinta revista Guitar for the Practicing Musician y con motivo del lanzamiento al mercado del disco The Seventh Son of a Seventh Son, el autor comenzaba diciendo...

miércoles, 28 de junio de 2017

El Heavy Metal nuestro de cada día: Dream Theater


Agradezco a Dream Theater la canción que prestaron para mi última entrada. Subliminalmente inspiró una historia de cambios y el cambio es el germen de sus composiciones. De eso se puede escribir una tesis. Recuerdo la primera ocasión en que asaltaron mis oídos desde una cinta magnetofónica que tomé prestada (sin permiso) de mi hermano. Las pequeñas bocinas atadas a mis orejas disparaban una tormenta de sonidos: pentatónicas en Re o Mi Menor desbocándose por el pentagrama, silencios abruptos, acordes de jazz y ritmos latinos o célticos fundiéndose con la furia del rock pesado. La guitarra de Petrucci cortaba notas más rápido que el sonido. Los aullidos de Labrie alcanzaban las notas mas altas de la escala. La percusión de Portnoy (ahora Mangini) marcaba el paso, sincopada y siempre encontrando un espacio entre cada nota, por más ínfimo. Myung, en el bajo, narraba una historia tras bastidores con la agilidad de sus dedos. Kevin Moore en el teclado (ahora Rudess), creaba atmósferas y melodías evocando a Bach, Bartok o a Stravinksy. Berkely los juntó, pero no pudo aguantarlos: virtuosismo que explotó en todas direcciones. Lo que desde un principio fue majestuoso, se convirtió entonces en un teatro de sueños. Se logró una semilla fértil de música que clona a sus integrantes continuamente para proyectos alternos de diversidad sonora aun más impredecibles. Exempli gratia: el experimento de tensión líquida (Liquid Tension Experiment) y el cine de pesadillas (Nightmare Cinema), su ego alterno. Brillan hoy como ejemplo para músicos más jóvenes (o más viejos) de que el talento, por sí solo, no enciende la mecha. Hay que trabajar muy duro. Hay que frotar mucho y seguido las piedras. Solo arde la llama, si se que quema el combustible en las venas, si se ama lo que se trabaja.


martes, 6 de junio de 2017

Del barco y la farola (06/2017)


Moved by desire and fear
he takes a few steps away.”
Dream Theater

      Un pequeño bajel flotaba cómodo, manso en su arena blanda y pegajosa, a la orilla de un mar inmenso. Vivía así los días, enumerando aves y esculpiendo nubes, intrigado por todas las cosas que veía a su alrededor. Desde aquella orilla, solía cuestionar la razón de ese lugar y que había más allá de las olas infinitas, en el horizonte, donde formas aparecían y se desvanecían aleatoriamente. Imaginaba al mundo como una lámina entre puesta a dos bóvedas gigantes: dos mitades de una burbuja inmensa, ambas llenas de fluídos que no mezclan. Muchas veces pensaba echarse al agua y remar hasta tocar el enigma de aquella raya que separaba ambos universos. Pero, su fascinación por esos misterios estaba subordinada a fuerzas más elementales, más prácticas. No lo hacía por temor a sumergirse en el éter salado. No lo intentaba por dudar de su propia boyancia, porque desconfiaba de las corrientes y por temor a que una coriolis maligna lo dejara ahogado debajo del menisco infinito. La oscuridad impenetrable, la sensación desamparada de desconocer el fondo, la idea insoportable de flotar desasido en incertidumbre, lo ataban a la orilla con más fuerza que todas las anclas más densas.

      Ocurrió que un día, en un mogote cercano que por años estuvo desolado y que, al final de las tardes en ciertas épocas, dibujaba una sombra fresca y tenue sobre su proa, un carpintero y una dama emprendieron la tarea de construir una torre sobre el promontorio desyerbado. La pequeña farola pronto creció y comenzó a alumbrar la playa con su luz estroboscópica. Desde su punto de vista elevado, también se maravillaba de lo inmenso que era el universo y de los misterios que velaba el horizonte. ¿Donde termina? ¿Donde empieza? Imaginaba que si hubiera podido correr tras él, se alejaría a igual velocidad, por siempre. Muchas veces teorizaba que si en verdad el mar y el aire son infinitos y, dentro de la infinidad no se agotan las cosas, entonces la arena, la madera y el agua serían igualmente inagotables y pudieran construir infinidad de islas, de barcos y farolas como ella, quizás separadas por otros horizontes. Esa playa que ella iluminaba todas las noches, se repetiría intacta o con pequeñas variaciones, eternamente: islas atrapadas en sus propias esferas de cristal, flotando como un enjambre de burbujas dentro de otro mar más infinito todavía. Todas esas vidas paralelas serían permitidas porque no se encontraban, porque transcurrían rectas hacia donde los hechos se vuelvan probabilidad.

      Muchas páginas más tarde en el calendario y tal vez hipnotizado por el pulso de luz, el bajel se deslizó un día por la arena cenagosa hasta una ola que rompía. Sobrevivió el embate de la espuma y a los arañazos de las algas. Emergió mojado, oliendo a sal. Una vez consumado el bautismo, se acostumbró a remar diariamente en circunferencias alrededor de la torre, haciendo piruetas juguetonas en el agua y chapaleteando, pero no se alejaba mucho de la arenas tibias de su orilla. A pesar de no tocar el fondo y de sentir las corrientes retozonas halándolo por el codaste hacia aguas más oscuras, estaba convencido de no poder extraviarse. La luz que latía con un ritmo arrullador siempre marcaría el camino a casa.

      Así pasó los años, en órbita alrededor de aquella luz vector, flotando seguro en el agua menos turbia cercana a la orilla. La farola se había acostumbrado a su compañía. Lo cotidiano se había vuelto indispensable. Eran seres muy distintos, pero juntos, de inmediato, por una cartografía que ataba lazos invisibles entre ellos. A través de esas redes efímeras donde se arrebujaban, se sentían inmortales. Cada cual daba vida al otro. La luz en el ojo de la torre tenía donde reposar: a quién reflejar y guiar a casa. Años más tarde, persistiría el recuerdo etéreo de ese conocimiento. Y cuando las olas finalmente azoten la orilla desolada y arremoline los escombros de lo que fueron, torre y bajel, quedarían sus sombras fosilizadas sobre la arena. Sobrevivirían en la memoria de aquel sentimiento calcado con la sal que alguna vez oxidó el hierro en sus venas. Eso daban por sentado.

      Todavía, de vez en cuando, el pequeño barco se atrevía a atisbar el horizonte. Lo hacía más con nostalgia que con deseo. Podía soñar en llegar hasta allá, pero lo asumía como una empresa inútil, ya imposible y demasiado riesgosa. La erosión, emisaria del tiempo, había acumulado sobre su pequeña cubierta inmensos cristales de silicio y sal, que aumentaron mucho su peso y su resistencia a boyar. El soplo continuo y afilado del viento había devorado con paciencia la roda, creando astillas en el tajamar y debilitando sus varengas. Cicatrices y manchas de herrumbre se habían dibujado sobre su casco. Si antes desconfiaba de sobrevivir a la aventura, ahora, de seguro se desintegraría en alta mar. Era la excusa perfecta, una que, al igual que el horizonte, quedaba fuera de su alcance.

      Fue extraño que una mañana, igual que todas las demás, algo era distinto. El pequeño bote no merodeaba por la orilla, ni jugaba con la espuma de las crestas. Tampoco reposaba en la arena. La farola continuó el sondado de las aguas en la periferia. Comenzó a parpadear su luz más rápido y amplificó la potencia de su rayo, pero aun así no descubrió rastro de su compañero. Justo antes de que entrara en pánico, apareció bailando entre las olas, como si nada hubiese ocurrido. Al cuestionar sobre su paradero, él simplemente alegó que fue a ninguna parte, que estuvo allí en frente toda la mañana.

     Eventos similares y con el mismo desenlace, se comenzaron a repetir esporádicos. El barco reaparecía sin constancia de la desaparición e ignorando el tiempo que había transcurrido. Era como si el mar lo tragara cuando quería y lo devolvía, al parecer, intacto, pero disueltos pequeños fragmentos de su memoria en el agua. Un día, durante uno de esos juegos a las escondidas, cada vez más frecuentes, había tardado más de lo usual en reaparecer entre las olas. La farola comenzó a imaginar lo más terrible, aunque sentía algo de alivio mientras no veía tablas rotas ni evidencia de un naufragio en las orillas. Decidió entonces ampliar el radio de su búsqueda y enfocar su monóculo en regiones cada vez más distantes. Fue en el límite del reflejo de su luz que divisó la efigie de su compañero. Lo vió navegando errático hacia el horizonte por el cual siempre estuvo fascinado y aterrado a la misma vez. Parecía un diminuto caculo boca arriba, a la deriva entre olas cada vez más gigantes. Ella permanecía allí indefensa, incapaz de poder rescatarlo. Vió su eslora dibujándose minúscula contra aquel lienzo azul inalcanzable que poco a poco, un pintor demente iba manchando con nubes de púrpura y sombras negras de lluvia.



Epílogo:

     Una brújula ebria sirve de muy poco en un mar interminable, donde el agua busque sumergir y diluir las cosas. De nada tampoco le sirven las latitudes y los mapas si desconoce que anda a la deriva, si a pesar del raspe furioso de la lluvia y los puños del viento en la porta, está convencido de que juega con la arena blanda en un día soleado y azul. Relámpagos dorados seguirán escurriéndose sobre el mar con cierta frecuencia, develando la oscura lontananza. Pero el mundo seguirá siendo lo que fue: una orilla cómoda y segura, construida con los mejores recuerdos rescatados al mar. Desde el horizonte, verá la vida en estampas que se iluminan antes de cada trueno, como fotogramas de un largometraje añejo. Entre las escenas de lejana nostalgia, seguirán creciendo sombras que opaquen un sueño.