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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

lunes, 21 de noviembre de 2016

Airon Meiden - Parte III



          Heaven Can Wait (1986) es un recorrido por el túnel de la muerte, narrado desde el punto de vista singular de una persona común.  La travesía por el plano astral comenzó con un acorde sintetizado de La Menor mientras las cuerdas intercambiaban notas y silencios, creando una atmósfera misteriosa y futurista. Nicko McBrain se unió a la marcha con sus toques precisos. Las notas se fundieron en acordes con igual premura, cuando entró Bruce Dickinson en otro vestuario. El primer solo de guitarra fue de las manos de Dave Murray, esquivando el ritmo complejo que hacían Smith y Gers. Es un arreglo complicado: la canción sufre varios cambios de ritmo, tiempo y tono antes de regresar a los acordes del principio. En el interludio, miles de voces cantaron el épico coro “Oh, Oh, Oh…” junto con el tumulto de técnicos, afinadores y sonidistas que invadieron la tarima. Varios fanáticos de la banda en Puerto Rico también fueron invitados al escenario, acompañados de la hija de Harris con una bandera boricua, bien orientada en esta ocasión. En su apertura del concierto, la juvenil Lauren Harris fue engatusada a participar de un esquema de mercadeo estulto, irrisorio y harto repetido, pero que siempre funciona en Puerto Rico. De hecho, es casi una regla no escrita que cualquier artista foráneo que se presente en la isla debe desdoblar la mono-estrellada en tarima, para avivar y recurrir a un sentimiento patrio tan efímero como el que generan los boxeadores y las reinas de belleza. La pobre niña ignoraba (y ninguno de esos buitres de mercadeo que la obligaron a hacerlo le aconsejó, ni por honor a la bandera) por donde se agarraba la tela y la proyectó al revés durante su breve intervención en la apertura, ante la boca abierta de los fanáticos.
          El coro inconfundible de Can I Play with Madness? (1988) tronó en el coliseo. La canción, que es uno de los intentos más comerciales de la banda, ostenta un coro fuerte y melódico; el verso es pegajoso y se movía al ritmo exacto de los platillos y el timbal de Nicko McBrain. Componer de esta manera no es venderse a la industria o al mercado, sino la evolución de tres magníficos escritores: Harris, Dickinson y Smith. La música es pura de Iron Maiden. Debo destacar el increíble trabajo que hace Nicko McBrain en la percusión. Su habilidad para hacer que los tambores participen de las melodías, que compartan el protagonismo de las cuerdas, ha servido de inspiración a bateristas más jóvenes como Mike Portnoy (Dream Theater) y Scott Rockenfeld (Queensryche). Todo el mundo concuerda en que Clive Burr era también un excelente percusionista antes de sufrir el terrible accidente biológico de la esclerosis múltiple. Pero, Nicko no solo continuó el estilo único de batería de Burr, sino que lo evolucionó en un arte propio y original de Iron Maiden.  Los golpes, acentuando a las guitarras y al bajo, nota por nota, son la firma clara de McBrain. Su parte en esta canción es una de mis favoritas. No solo mantuvo el ritmo fuerte debajo de la voz de Bruce Dickinson, sino que aprovechó los silencios para improvisar cortes, a veces en contra del ritmo. El gran Nicko lo hace ver todo tan fácil, acompañando la música con muecas juguetonas y esculpiendo una amplia sonrisa sobre las arrugas de su cara, mientras toca las cosas más imposibles.
          El disco (en vivo) A Real Live One (1993) definió para la posteridad el rol protagónico que tendrían que asumir los fanáticos en futuros conciertos de Iron Maiden. En Fear of the Dark (1992) la multitud se tornó un instrumento adicional de la canción, tal y como lo hicieron los histéricos finlandeses en aquel disco. Dice mucho de Steve Harris, como escritor, que cientos de miles de fanáticos a través de los años y las tarimas se han memorizado cada nota musical de una canción suya, al punto que la pueden vocalizar junto a los instrumentos en vivo. El efecto se sintió intacto en el Choliseo. El sepulcral lamento plural de “Oh”, casi como un mantra, erizó la piel. La línea principal de la suave melodía estuvo en manos del germánico Janick Gers, que usualmente es el anárquico y ruidoso. Bruce Dickinson cantó la estrofa con un dramatismo burlón. Las guitarras estuvieron exactas, especialmente en el interludio, cuando los fanáticos nos unimos a Dave Murray y al alemán en otra cascada de “Oh”, siguiendo a la melodía. Después de los solos, continuamos recitando afónicos el coro para Bruce que lo exigía con su tradicional “Scream for me Puerto Rico! Scream for me!”.
          La emblemática Iron Maiden (1980) nos tomó por sorpresa, todavía envueltos en el furor de Fear of the Dark. Las primeras líneas de la guitarra, que siempre inicia Dave Murray, son casi tan reconocidas como la canción anterior. El sonido estuvo claro, especialmente cuando se unieron en armonía las tres guitarras, parecido a esto: 


La mejor parte ocurrió después del segundo coro cuando Murray exploró una escala derivada de La Menor, para ser opuesta por la melodía contraria de Smith, Gers y Harris: 


El contrapunto terminó en un corto solo de bajo, donde Harris hizo alarde de la velocidad de su mano derecha. Al entrar en el tercer coro apareció en tarima el icónico Eddie el Muerto, en su encarnación futurista de Somewhere in Time (1986). La gigantesca marioneta recorría la tarima amenazando a los músicos y esquivando los ataques de Dickinson con el asta del micrófono. El zombi cibernético de Riggs bailaba, corría y perseguía a Dickinson entre los músicos y la topografía de la tarima. Admito que, de las apariciones de Eddie que he presenciado, esta fue la mejor en términos de la calidad del muñeco y la facilidad con la que se desplazaba y movía las coyunturas.  Me quede esperando, sin embargo, la otra marioneta más gigante aun, que se suponía irrumpiera por detrás de la cortina del trasfondo, con llamas en los ojos. En la gira de 1985, esta misma canción culmina con una gigantesca momia que surge por encima del baterista agitando los brazos. Desconozco porque decidieron no incluir este artefacto en la escenografita para esa ocasión. En cualquier caso, terminó la canción con un solo Eddie en tarima y con ella la primera parte del concierto, cuando se fingió que era el final para entrar en la cadencia.
En medio de la furiosa letanía de “Maiden, Maiden, Maiden”, reapareció la banda en tarima, levemente refrescada. El intenso periodo desde las notas finales de Iron Maiden hasta que Adrian Smith comenzó su magistral interpretación de Moonchild (1988) en la guitarra sintetizada, fue insoportable. El patrón melódico (riff) hecho por Smith, recalcado por los acordes precisos de Murray y Gers, expiró al entrar en uno de los versos más divertidamente satánicos que jamás haya escuchado:

“I am he, the bornless one,
The fallen angel watching you.
Babylon’s the scarlet whore.
I’ll infiltrate your gratitude.
Don’t you dare to save your son.
Kill him now and save the young ones.
Be the mother of a birth strangled babe.
Be the devil’s own, Lucifer’s my name.”

El concierto fue interrumpido brevemente por los fanáticos puertorriqueños en conspiración con Bruce Dickinson para cantar feliz cumpleaños a un bien perspirado Steve Harris, quien sumaba 52 años ese mismo día. Harris saludó y se notó sorprendido. Al parecer, nunca había escuchado a más de quince mil personas entonar happy birthday al mismo tiempo. Una vez terminada la corta celebración, comenzó inmediatamente su ataque del bajo en el solo que introduce a The Clairvoyant (1988). La melodía de las guitarras era clara y dulce, flotando sobre el derroche de notas del bajo eléctrico. En el verso, un arpegio suave de Re Menor iba de mano con la vocal. Harris y McBrain mantuvieron el ritmo veloz y preciso, mientras las guitarras adornaban y rellenaban con escasas notas alargadas. En el coro, las luces se hincharon y los fanáticos se veían brincar al ritmo de la canción entre destellos de luz y oscuridad:

“There’s a time to live and a time to die,
When it’s time to meet the maker.
There’s a time to live, but isn’t it strange,
that as soon as you’re born, you’re dying.”

          El sombrío campanazo anunció el final del concierto con la canción que mejor representa la música de Iron Maiden, tal vez su canción más importante. Dickinson asumió la posición que siempre asume: sentado, cabizbajo como la estatua de Rodin. La campana de McBrain seguía marcando el paso del tiempo, cómplice de las guitarras en cuenta regresiva, presagiando la muerte. Dickinson comenzó la contemplación, acompañado de otras miles de voces unísonas:

“I’m waiting in my cold cell,
When the bell begins to chime.
Reflecting on my past life,
And it doesn’t have much time.

‘Cause at five o’clock they take me
To the gallows’s pole.
The sands of time, for me
Are running low…”

Hallowed Be Thy Name (1982) es una obra de arte. Eruditos del rock pesado han llegado a afirmar que es la mejor canción del género de todos los tiempos. Desde su comienzo lento y tenebroso, con las guitarras practicando armonias en Mi Menor, 


hasta su final (¿heroico?), la composición sufre varios cambios de ritmo y tono, a la vez que expone diferentes temas melódicos entre verso y verso. La línea melódica principal, que utiliza algo del vocabulario barroco, la cantaron las guitarras:


La lírica es acelerada. En el galopante primer verso el protagonista condenado interroga la existencia de Dios y su papel en la vida del hombre. Los solos de guitarra transcurrieron desatados sobre otro arreglo completamente diferente que, escuchado fuera de contexto, parecería otra canción.  Dickinson hizo un último y magno esfuerzo de su garganta, demostrando tanto, su amplio rango vocal, como su fuerza, al entonar el gemido que expiró el protagonista al morir. Nunca sabremos cual fue su suerte al otro lado de la vida, o si llegó a desechar el escepticismo que de seguro lo llevó a la condena. Lo único que nos dejó el infortunado fue el testamento ambiguo de una exclamación rugida con la soga estrangulando el cuello: “Hallowed be thy name!
Sin lugar a dudas, fue un concierto digno de recordar y tal vez, de grabar en formato digital. No obstante, me hubiese gustado escuchar otras canciones que surgen también de esa época ochentona. ¿Qué pasó con Infinite Dreams (1988), donde Harris explora el existencialismo de la reencarnación y que es quizás mi canción favorita de Iron Maiden? Otros clásicos que pudieron haber interpretado son: The Phantom of the Opera (1979), Wrathchild (1981), Children of the Damned (1982), The Flight of Icarus (1983), To Tame a Land (1983), donde Harris se acomete a la imposible tarea de resumir Dune en unos pocos versos, con o sin permiso de Herbert. Extrañé las inagotables armonías de guitarra en The Loneliness of the Long Distance Runner (1986), el mandato de Filipo el Macedonio en Alexander the Great (1986), el sonido medieval de The Prophecy (1988) y el pre-coro a The Evil That Men Do (1988). Aunque Fear of the Dark fue tocada, ninguna otra canción de ese disco se escuchó, como por ejemplo Wasting Love y su exposición poética de la adicción al sexo, The Apparition, donde Harris retoma el tema de la vida después de la muerte en la voz de un simpático fantasma y Judas Be My Guide, con su melódica armonía vocal. Tampoco se detuvieron en el disco No Prayer for the Dying (1990), publicado antes que Fear of the Dark. Canciones como Tailgunner, Assasin y Mother Russia son excelentes ejemplos de la música de Iron Maiden a finales de los años ochenta.
          Ni hablar entonces del Iron Maiden del siglo XXI. La hermosa Ghost of the Navigator (2001) hubiese maltratado la garganta de los fanáticos aún más, como también el coro de Out of the Silent Planet (2001), que está basada más en la película Forbidden Planet, que en la novela de C.S. Lewis. Del disco Dance of Death (2003), Rainmaker me sirvió de inspiración para un cuento. Me hubiese encantado gritar Montsegur y desangrarme con los Cátares, corroer mis balas con mi llanto en Paschendale y descifrar el enigma de The Face in the Sand. De su disco A Matter of Life and Death (2006) sobresalen These Colours Don’t Run, The Longest Day, que narra el desembarque en Normandía, Brighter than a Thousand Suns, que es la historia de una bomba y The Reincarnation of Benjamin Bregg.
          Más que un espectáculo musical, fue un testimonio claro de la importancia cultural que tiene el Heavy Metal en las generaciones que lo vieron nacer y que coronaron al histórico quinteto (ahora sexteto) como sus monarcas supremos. Somos un grupo exigente de oyentes que escoge lo que escucha. Evidencia clara de ese impacto social, específico de Iron Maiden, la encontré en Chile, tres días antes del concierto, cuando la banda y yo coincidimos en Santiago. En horas de la mañana, cuando caminaba por la cuidad, descubrí que los edificios viejos y estáticos de la antigua metrópolis servían de marco para lo nuevo, para los jóvenes con sus camisetas invariablemente negras y para su música, descrita en el argot urbano: dura como el metal. Me impactó la imagen de familias completas (incluyendo niños y niñas) ataviadas con ropas que proyectaban las violentas encarnaciones de Eddie. Recuerdo haber tenido la sensación de contemplar un fenómeno social y cultural que trasciende a la música que lo germina. Iron Maiden es más que música; el grupo ostenta su propia mitología del siglo XX. Los artistas han dado una profundidad temática a cada composición que tienta a la meditación y a la reflexión particular de cada letra. En adición, Derek Riggs, el silencioso séptimo miembro de la agrupación, ha extendido el lenguaje y las ideas en cada una de las pinturas que adornan los discos. Antes de que me regañe Steve Harris: la música sigue siendo el principio y el fin. Pero también es un motivo para tantear con la historia, el existencialismo, la ciencia ficción y el ocultismo. Por todo lo que inspiran y como diría un irónico Buzz Morrison, gracias a Dios que existe Iron Maiden.


martes, 15 de noviembre de 2016

Airon Meiden - Parte II





La introducción a The Trooper (1983) vio a Dickinson pasar por el primero de varios disfraces. La gigantesca efigie de Eddie en el trasfondo de la tarima, uniformado como soldado y cargando la bandera del “unión Jack” mutilada y sangrienta, parecía imitar las poses del cantante diminuto abajo. ¿Quién era la marioneta y quien el titiritero? El público boricua bramó al borde de sus pulmones las primeras estrofas a cappella. Una cascada de notas ligadas, en otra armonía de las tres guitarras, inundó al coliseo. Dickinson ondulaba la bandera rubí-celeste al mismo ritmo violento, pero preciso, de las guitarras en Mi Menor y el bajo supersónico de Steve Harris. Ese ritmo galopante, patentizado por Iron Maiden, evocaba explosiones, muerte y  desesperanza, en fin, narraba la guerra. La canción fue inspirada por el poema épico de Tennyson (The Charge of the Light Brigade) que, a su vez, está basado en los hechos de la guerra de Crimea. Steve Harris vive obsesionado con el tema bélico, especialmente con la primera y segunda guerra mundial, como evidencian una larga lista de composiciones: Where Eagles Dare (1983), Run Silent, Run Deep (1990)(basadas en la novelas de Alistair McClain), Aces High (1984), Tailgunner (1990) (¿Inspirada en el breve poema de Emily Dickinson?), Afraid to Shoot Strangers (1992), Paschendale (2003), The Longest Day (2006), Mother of Mercy (2010), etc. Hace muchos años un buen amigo y yo habíamos arribado a la conclusión lógica de que Steve Harris era maestro de historia antes de cargar el bajo.
          Adrian Smith es un artista muy interesante. Aprendió a tocar guitarra por su buen amigo y vecino Dave Murray, quien le vendió una usada por cinco libras esterlinas y años más tarde lo invitó a formar parte de Iron Maiden. En el 1989 se separó de la banda por diferencias creativas y comenzó su proyecto de música progresiva en los noventa. Regresó en el 1999, gracias a la intervención de Bruce Dickinson, para integrar uno de los pocos tríos de guitarra en la historia del rock (pesado, o no). De su autoría son varios de los clásicos más queridos de la banda como 22 Acacia Avenue (1982) y The Prisoner (1982), aunque prefiero cuando explora la ciencia ficción y el futuro, a lo Stranger in a Strange Land (1986). Wasted Years (1986) fue el único éxito comercial de Iron Maiden en los años ochenta. La canción comenzó con un veloz patrón de notas sobre la cuerda prima al aire que a la larga dibujaron una de escala derivada de Mi Menor. Disfruté mucho las poses trincas que asume Smith siempre que toca en vivo. A juzgar por su cara, parece que sufre por la concentración y el esfuerzo. El bajo de Harris sonó claro y profundo contra la guitarra bien procesada y limpia de Smith. La voz de Bruce hizo el trabajo en el coro, cuya dificultad estriba en lo alto del registro. El solo de guitarra es uno de mis preferidos de todos los tiempos, principalmente por el desenlace dulcemente melódico, cuando la guitarra se disuelve con la voz del cantante en el coro final. Es Adrian Smith quien siempre trae un toque moderno, técnico y melódico, a lo que de otra manera sería la música duramente gótica y oscura de Harris y Murray. He visto en su estilo de tocar y de componer, la evidencia clara de cambio y evolución a través del tiempo. No es de extrañar que en el futuro, en algún planeta lejano, todavía sea admirado por supervillanos intergalacticos.
La oscuridad arropó al coliseo por segunda vez y se escuchó la voz tenebrosa de Barry Clayton personificando a Vincent Price, quien rehusó originalmente grabar la introducción a este tema, basada en Apocalipsis 13:18:

Woe to You Oh Earth and Sea
for the Devil sends the beast with wrath
because he knows the time is short.
Let him who hath understanding
reckon the number of the beast
for it is a human number
and its number is six hundred and sixty-six.”

Ninguna otra estrategia de mercadeo ha sido tan exitosa en la historia de la humanidad (excepto, tal vez, el tema del fin del mundo), como lo ha sido la idea de Satanás.  En el 1982, Rod Smallwood dio cuenta de esto y tentó a los medios para que desataran una tormenta de promoción negativa, intolerante y puritana, que tuvo el efecto contrario de catapultar a Iron Maiden a la fama mundial. The Number of the Beast (1982) no es una de mis canciones preferidas de la banda. Digo esto a riesgo de desencadenar la ira de muchos fanáticos. Pero, mi juicio no tiene que ver con la controversial letra, sino con la música. De hecho, la lírica de esta canción es quizás lo más interesante que posee y ese, precisamente, es el problema. Que nadie cuestione los recursos literarios de Harris y su curiosidad temática. Muy pocas personas pueden fundir un poema de Robert Burns (Tam O’ Shanter) con una pesadilla acerca del hijo del diablo. Estrofa tras estrofa, la narración crea un suspenso aterrador. Sin embargo, en términos musicales, la canción utiliza solo los elementos más básicos y menos refinados del idioma de Harris, en esencia: la escala de Re Menor y el tono pedal al aire. La canción sirve como un espécimen efectivo del género del Heavy Metal, pero no debe ser considerada el emblema de Iron Maiden, ni por mucho.
En Run to the Hills (1982), Harris abandonó a los demonios y regresó al tema de la invasión y la guerra. En esta ocasión nos arrojó al otro lado del Atlántico, donde los nativos norteamericanos luchaban por su vida y su patria contra los invasores europeos. Desde que era pequeño podía tararear la pegajosa introducción a la canción sin saber, hasta años mas tarde, de donde provenía la melodía. En ésta, los fanáticos enloquecimos gritando el coro. A pesar de lo divertida y popular que es la canción, la clasifico igual que a The Number of the Beast: buena, pero no de lo mejor. Insisto que su hermana Invaders (1982) en el mismo disco, es mucho mejor canción.
Paul Bruce Dickinson es un hombre del renacimiento. El multifacético cantante, no solo ha actuado con Iron Maiden y de solista por más de tres décadas, sino que también volaba jets para la aerolínea Astraeus en Inglaterra. Fue él quien aterrizo el 757 de Iron Maiden en San Juan, proveniente de Chile. Ha competido internacionalmente en esgrima y fundado su propia compañía de equipo para ese deporte (Duellist). Es autor de dos novelas: The Adventures of Lord Iffy Boatrace (1990) y The Missionary Position (1992).  Se le acredita un guión para el largometraje titulado A Chemical Wedding (2007), que cuenta con la actuación Simon Callow. Ha sido locutor para la BBC y anfitrión frecuente en el Discovery Channel y ha encarnado papeles menores en series de televisión británica. En el 2011 recibió un doctorado honoris causa de su alma mater, Queens College en Londres y recientemente comenzó a experimentar con la alquimia, elaborando una nueva formulación de cerveza que lleva de nombre The Trooper. Su talento sobre y fuera de la tarima, es innegable.
Bruce Dickinson es también una persona difícil. Nadie lo ha resumido mejor que la autodenominada “verdadera dama de hierro”, Sharon Osbourne (esposa de Ozzy Osbourne), cuando se refirió a él como “this big prick of a little man.” Desde sus comienzos como músico y cantante, Dickinson, más que otros en el género, ha creado fama de altercados con su público. En una gira en Brasil, de uno de sus discos como solista, se le escucha maldecir al gerente de tarima por dejar las puertas abiertas al frío y en Detroit, hace años, lo pude ver apuntar una gigantesca linterna para alumbrar e insultar a unas pobres muchachas que aparentemente salían del espectáculo en busca de cerveza o un baño. En una entrevista en Los Angeles arremetió contra un periodista que confundió a Janick Gers con Adrian Smith: “You don’t know your ass from your elbow, do you?” En Puerto Rico, nadie se sorprendió de sus regaños y enfurecimientos contra aquellos que tomaban fotos con los teléfonos y cámaras digitales. En un momento por poco pierde la entrada a una canción por estar insultando despiadadamente a un fanático que seguía tomando fotos, en vez de, como insistía Dickinson, disfrutar de la música. Unas canciones mas adelante, el vocalista reprobó a un guardia de seguridad por no permitir que los fanáticos se acercaran a la tarima. Al parecer nadie está salvo de su ira.
Es una tradición que Bruce Dickinson aproveche el descanso de los instrumentistas, para ofrecer unos de sus discursos. El tema y la naturaleza de estos cortos interludios han variado mucho a través de los años y de concierto a concierto. En el original de 1985, Dickinson atrapa el micrófono y comienza a especular con la reina Victoria, insinuando que usaba marihuana para amortiguar los dolores de la menstruación. En otra oportunidad acusó a Samuel Taylor Coleridge de escribir bajo la influencia del opio. En Puerto Rico abordó el tema más actualizado del ambiente, narrando que la última vez que había estado en la isla (Bayamon-1992) recordaba ver muchos más pelícanos en San Felipe del Morro. En cualquier caso, la tradición fue honrada.
El monólogo de Dickinson tiene otro propósito bien conocido por los seguidores de la banda: sirve de introducción a The Rime of the Ancient Mariner (1984). Esta es una de las composiciones más complejas en la historia del grupo y tal vez del género. La canción, con sus trece minutos de duración, pertenece a una corta lista de obras maestras de larga duración como Stairway to Heaven (Led Zeppelin), Diary of a Madman (Ozzy Osbourne) y Metropolis Part I (Dream Theater). En ella Harris explora y extiende su vocabulario más pesado y melódico. La canción es una letanía de contrastes entre el galopante ritmo de los versos y las cortas, pero melódicas, intervenciones de las guitarras en armonía. Fiel al estilo de Harris, el verso transcurrió lento y pesado, solo para ser interrumpido por los cortos destellos armónicos de las guitarras. Dickinson apareció fantasmagórico, esta vez como un espectro arrebullado en trapos, un demonio del mar en frente del nuevo trasfondo de la tarima: la proa del barco.
La lírica de la canción está basada obviamente en el poema épico y homónimo de Coleridge y es nada fácil de cantar, especialmente cuando Harris, hábilmente, inyectó trozos enteros del poema original en la letra. Dickinson no decepcionó. Su dicción estuvo impecable, cantando líneas del inglés del siglo dieciocho con métricas que a veces superaban las quince silabas. El sonido de las guitarras era excepcional en las armonías, como también el bajo de Harris en el verso. En el muy esperado interludio, Harris deleitó con el sonido claro y limpio de su Fender Precision, mientras Smith y Murray hacían ruidos tenebrosos con sus guitarras frente al arpegio cristalino de Gers. Esta es una de las partes más preciadas de la composición y es un ejemplo digno del genio creativo de Harris: su habilidad de mezclar lo violento y lo oscuro, con lo suave y hermoso. El efecto que logra esta parte, sin lugar a dudas, es el de las olas de un mar pasivo y de noche. En medio de la calma, Dickinson, en una de sus muchas voces ásperas y antiguas, comenzó a recitar a Coleridge palabra por palabra, al oído de cada uno de los miles de fanáticos:

“One after one, by the star-dogged Moon,
Too quick for groan or sigh,
Each turned his face with a ghastly pang,
And cursed me with his eye.

Four times fifty living men,
(And I heard nor sigh nor groan)
With heavy thump, a lifeless lump,
They dropped down one by one.”
Samuel Taylor Coleridge
The Rime of the Ancient Mariner (1797)
Parte III, 15ta y 16ta estrofas

La noche culminó para el marino, todos sus compañeros muertos por la maldición del albatros, cuando comenzó a salir el sol a través del horizonte de agua negra. La destreza única de Steve Harris punteaba un solo; las notas del bajo eléctrico haciendo un pedal en Re Mayor:


Luego de ocho compases, se sumó Dickinson, paralelo a la melodía del bajo, exclamando la moraleja de la historia. Las guitarras comenzaron su ritmo de staccato y luego la canción estalló en una serie de temas diversos y casi sinfónicos. Siempre he acusado a Harris de tantear con la música clásica. Canciones como The Phantom of the Opera (1979), Ghengis Khan (1981), Losfer Worlds (1984) y The Sign of the Cross (1994) son solo algunos de los ejemplos que puedo conjurar. No caben dudas de que, en un futuro no muy lejano, algún director arriesgado fraguará el arreglo de esta canción para una orquesta sinfónica. La intervención terminó con Coleridge, ventrílocuo del marino, repitiendo su arrepentimiento ante los huéspedes de una boda antigua e inmemorable y conmigo de pie, con la boca abierta, aplaudiendo y gritando con toda la fuerza de mis pulmones. En algún otro concierto que escuché, y como antesala a la famosa canción, Dickinson simple y sencillamente había dicho: “This is what not to do, if a bird shits on you.”
          El tema egipcio de la gira original y de la actual, se debe a una composición de Bruce Dickinson titulada Powerslave (1984), aunque estoy seguro que Harris y Murray contribuyeron mucho a la musicalización del arreglo. Bruce es como siempre, brillante en sus letras, flotando en el ritmo sincopado:

“Into the abyss I fall, the eye of Horus.
Into the eyes of the night, watching me go.
Green is the cat’s eye that glows in this temple.
So enter the risen Osiris, risen again.”

El desesperante lamento del faraón desconocido viene cargado por un arreglo que sabe al Nilo. Murray y Smith ejecutaron efectivamente una melodía a octavas que suena al viento del Sahara y a ecos en las piedras de las pirámides, especialmente en el pre-coro:


En el interludio, los instrumentos de cuerda entraron en un plácido fluir de blues donde el guitarrista Dave Murray rindió tributo a sus raíces musicales de los años sesenta y setenta. Después, Harris y las tres guitarras se envolvieron en un complicado arreglo de armonía en oposición al bajo que es muy interesante. Los últimos compases de la canción vieron a Bruce Dickinson, enmascarado en una visión de Thoth, gritar el clamor del faraón adicto a la vida:

“Tell me why I had to be a power slave.
I don’t want to die. I’m a God. Why can’t I live on?
When the life giver dies, all around is laid waste.
And in my last hour I’m a slave to the power of death.”



(continuará)