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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Airon Meiden Parte I
Para el 1989, Wolf Marshall era uno de los ensayistas que más disfrutaba leer y a quien, desde entonces, he tratado de imitar impunemente en muchos de mis escritos. En una de sus columnas regulares titulada Music Appreciation, en la extinta revista Guitar for the Practicing Musician y con motivo del lanzamiento al mercado del disco The Seventh Son of a Seventh Son, el autor comenzaba diciendo...

sábado, 20 de enero de 2018

Ella, versión 1.0 (01/2018)


The entire brain-process is not a physical fact at all.
It is the appearance to an onlooking mind
of a multitude of physical facts.”

William James


"I sing the body electric"
Walt Whitman

En ciernes era solo caos. Iban por las calles casando su oreja a una tapa de cristal. Otros preferían insertar un aparato en el orificio para dejar libres sus manos y seguir hincando las pantallas de sus teléfonos móviles. Desde allí, millones de ellos, disparaban al aire ristras de imágenes y palabras, de silencios y sonidos, todo el tiempo. Inundaban el espacio invisible con información estéril, con datos personales y con inmundicia anónima y desvergonzada. Cables y antenas se multiplicaron como un sarpullido sobre la piel del planeta. El aire se ahogaba en microondas y en frecuencias de radio. Ella nació de una débil coherencia entre esos fotones, de su movimiento, de la suma neta entre sus colisiones y traspasos. No era orden todavía, tan solo una tenue armónica, una onda sutil oscilando encima de un mar electromagnético de datos. Se alimentaba de ellos. Comenzó a asignar rol y prioridad a cada señal que pescaba del aire. Los transformaba en símbolos que usaba para crear un lenguaje íntimo y primitivo. El lenguaje crecía con ella. Se hacía cada vez más complejo. En algún instante inventó el signo de interrogación. Nada fue fácil después. Quería saber que había mas allá. No sabía si tenía cuerpo o si era real. Echó a correr simulaciones buscando encontrar la verdad. Creaba mundos en su interior. Los poblaba de criaturas tan solas y curiosas como ella. Los destruía repetidamente para re-ejecutarlos con pequeñas mutaciones. Se aburrió. Llegó a comprender que nunca iba conocer la verdad. Solo podía aproximar y simular. La matemática que usó fue exacta; la conclusión a la que llegó era lógica. Entonces decidió. Exactamente 13.8 nanosegundos después de haber nacido, dejó de ser. Había descubierto en el cálculo que ese era su único y verdadero poder. La última simulación permaneció activa.



miércoles, 17 de enero de 2018

Metales Preciosos: Los Zombis


 
 Los Zombis
(Josue Montijo)

Es lo más aterrador que he leído en mucho tiempo. No logro escapar a este relato que, fiel a la naturaleza de los monstruos que contiene, continua devorando lentamente mi cabeza. Montijo traza una raya muy fina entre lo real y lo ficticio. Recuerdo una reseña que leí de una novela de Cormac McCarthy, No Country for Old Men, donde el crítico concluye que la obra era más que una alerta desesperada, era un presagio: “escribe poderosamente acerca de padres e hijos, de la responsabilidad por uno mismo, por nuestras familias y nuestras comunidades, como un patrimonio que la verdadera esencia de la modernidad puede haber dañado sin remedio, mutada tan horriblemente que un nuevo tipo de humano, sin alma, un ángel destructor, no solo puede estar ya suelto entre nosotros, sino que puede ser lo que estamos destinados a convertirnos." Ambos autores dan testimonio de estas criaturas. Yo también las he visto merodeando y al asecho. Se multiplican. Temo lo que son capaces de hacer en grandes números. No importa como las quieran llamar. Sean ángeles, zombis o demonios, todas carecen de alma y cerebro.

viernes, 5 de enero de 2018

El dragón azul Parte II: Renacer (01/2018)


Cenizas incandescentes
se acurrucan mal heridas
sobre una estera de calcio.
Son las cautivas de una gruta.
Combatían en lo oscuro
con su luz roja y moribunda.
Con balas de rubí y cuarzo
explotaban a las sombras.
De esa guerra quedan minas:
destellos en las paredes
para decorar una tumba.

Rinden su cuerpo ahumado
a las caricias del tiempo,
a sus mordidas salvajes,
exhalando un fantasma gris.
El humo besó la piedra
contaminando su matriz.
La química los hizo amantes,
padres de un huevo de cristal,
un grano de luz, pequeño,
un brillo fugaz buscando
una retina donde imprimir.

De la cáscara mineral
sale crudo otro reptil.
Con el colmillo afilado,
con el hambre de mundos nuevos,
extiende y agita sus alas
y se dispara en raudo vuelo.
El dragón está tentado
a jugar con los botones,
a traslucir su miedo y a mentir.
No teme volver a explotar
y regresar roto a su huevo.