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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

domingo, 27 de septiembre de 2026

1010 - Casual Day (09/2026)



 

lunes

Tienes nueve años. Tu madre te arranca de la cama. Estas tarde para una cita que no quieres concretar. El desayuno está servido. Anda apúrate. Ponte el uniforme nuevo, el de la escuela nueva. Semanas atrás tus padres decidieron, unilateralmente, que te iban a cambiar de escuela; algo que ver con tus notas y con ciertas amistades que, según ellos, no te hacían bien. No hubo despedida. Se perdieron para siempre los ojos verde de Grisel, los juegos de canicas con Junito y los consejos de Ramón, que te iba a enseñar como hablar con las chicas y como robarles un beso. Se perdieron para siempre las escapadas del salón con Andy, quien era mucho mayor que tu, pero te estaba enseñando como robar boberías y como hacer maldades sin que te atrapen. Las maestras estaban hartas de halarlos por las orejas a los dos, porque seguían escondiéndose debajo de las escaleras para espiar las bragas a las niñas cuando subían. Entre ustedes, no quedó un baño sin vandalizar en aquella escuela vieja, que estaba a corta distancia de tu casa, de tus amigos y en el corazón del Monte Carlo. Bienvenido a Country Club.


Vas subiendo las escaleras hacia el vestíbulo. Hay un alacrán inmenso en la columna. Todo está mojado y húmedo. Hay mucha gente haciendo fila para la matrícula. Traes un juguete para entretener mientras tu madre completa los trámites, un muñeco de la serie de He-Man, pero no es Adam. Tu favorito es Man-at-Arms, porque tiene muchos aparatos y armas, en especial un mazo de oro sólido. Tambien te gusta Stratos porque sabe y puede volar. Alguien quiere jugar contigo. Se llama Angelito y te pide prestado el muñeco. Se lo prestas, pero con sospecha. Angelito comienza a moverle los brazos y hacer ruidos con su boca (mal hechos a tu entender). Quieres la figurita de vuelta. Temes por su seguridad. Angelito se niega. Tratas de alcanzarla pero el te esquiva. Angelito sale corriendo con tu muñeco. Vas tras de él. Eres rápido, pero no tan rápido. Angelito mide al menos seis pies cuatro pulgadas y pesa por lo menos doscientas veinte libras, pero en su mente es tan niño como tu. Su madre es maestra y el acostumbra merodear por los pasillo mientras ella da clases. Cada paso suyo atraviesa el doble de los tuyos. Angelito llega a la quebrada detrás de la escuela. Tu le estas gritando. Angelito te mira con sus ojos extraviados y arroja el muñeco a la quebrada. No te preocupes, mas tarde lo vas a recuperar, pero el mazo dorado se perdió para siempre.


martes

Esa niña no te deja de molestar. Se pasa todo el tiempo de detrás de ti y no sabes por qué. Se pasa diciendo a todo el mundo que son novios y se van a casar. Hoy trajo el coche de su hermanito y le está contando a las otras chicas que es su hijo y el tuyo. Se llama Nitza. Apenas la conoces. De cara es bonita, pero no te gustan la gorditas y menos ella, que tiene la cabeza rapada completamente. No lo entiendes. De hecho, tardarás años en entender. No puedes ver el terrible demonio que le respira en la nuca. No puedes oler el veneno que recorre su sangre ni escuchar el dolor que causa. No puedes palpar la sal en sus lágrimas cuando está en el hospital, cuando una aguja mas le penetra la piel y la radiación le arranca el cabello. Los doctores harán lo que puedan. Tratarán de salvar una vida, destruyendo un cuerpo.


miercoles

Estan en la biblioteca. Por alguna razón la clase es allí hoy. Los varones estan sentados juntos en la misma mesa. Son solo cinco contra veintitantas mujeres. La maestra esta dando clases. Habla de un tipo llamado Dewey. Un día de estos ese señor te va a yudar a encontrar tu primer libro: Las mil y una noches. En tu mesa se comienza un juego nuevo. Consiste en bajarse los pantalones y enseñar las pelotas sin que la maestra se de cuenta. El que no lo haga es maricón. Julio es el primero: cremallera abierta y el pene afuera. Los turnos se juegan a favor de las manecillas del reloj. Despues va Joel y luego Javier. Te toca. Tu no eres maricón. Eso se le llama a la gente que es traicionera, que te chotea a la menor oportunidad. Tu no vas a ser maricón. La maestra está de espaldas. Te abres los pantalones y estiras el calzoncillo. Tienes los huevos al aire, debajo de la mesa. Las niñas del al lado se están riendo. Tus compañeros también, pero se están riendo de ti. No es por el tamaño porque hasta donde puedes atisbar, estan en la misma liga. Julio te lo explica. No tienes vellos. Tienes once años y eres mas alto que todos ellos, excepto Joel, pero alla abajo eres un niño todavía. Dos años mas tarde todavía eres el chico nuevo, el tímido, ese muchacho alto y esquelético que ahora resulta que también es lampiño. Bueno, al menos no eres maricón.


jueves

Hoy se descarta el uniforme. Es "casual day". Pagas un pesito y puedes pasear por los salones en la ropa que mas te guste. Para ti es irrelevante, pero aun así te pones tus mejores pantalones: unos cordoroys verde que habías comprado en Gap hace un tiempo. Te quedan bien y no tienen ruedo. Es tu vestido de elegancia; eso y una guayabera que tu madre cosió en su vieja máquina Singer. Abres la puerta del carro y te bajas frente a la escuela. Tu madre lo sigue hacia el trabajo. La escena es bien distinta a otros días. Las niñas se quitaron las faldas y optaron por mahones. Sol vino en unos cortos que serían censurados en el cine y la televisión. Vas caminando lento hacia la entrada y te subes al vestíbulo. Los estudiantes te siguen con la mirada. Poco a poco, se van acumulando: estrañas muecas, comentarios disimulados y una que otra risa suelta. No lo entiendes. Nunca entiendes nada. El rumor llega a tu oído: “pato". Se hace cada vez mas fuerte y repetido, mas como un coro que insultos realengos. Los estudiantes se van juntando y te siguen. La risa es menos disimulada ya. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" es el estribillo que comienza a ahogar tus pensamientos. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" El eco lo hace mas insoportable. Es para tí. Es de tí que se estan riendo. Tú eres la mofa. pero tú no eres pato. Los patos son enclenques y afeminados, son cobardes y pusilánimes. Tú no eres pato. Sigues caminando, no sabes a donde. No hay donde esconderse. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" Como un virus, el canto va infectando a los otros que ni siquiera prestaban atención. Tan pronto te ven se unen a la masa y siguen cantando "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!". Estas corriendo ahora. Vas en dirección a la quebrada. Todavia desconces por qué. Parece que toda la escuela viene detrás de tí. Dos pobres maestras tratan de alcanzarlos. Cruzas por el parque de pelota, por la selva de pasto donde otro día vendrás a cazar arañas inmensas y coloridas. La yerba es tan alta como tú pero no sirve de parapeto. La hueste se acerca. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" Llegaste axfisiado al puente de la quebrada. El coro esta cerca pero se detiene. Dejan de cantar. Una maestra logró llegar al frente, pero no fue ella quien los mandó a callar. Estas parado sobre la varanda. Tienes una pierna en el aire. La maestra te está gritando algo. Los niños siguen callados, atónitos. El mundo da vueltas. Sientes vértigo. Ves el fondo pedregoso de la quebrada claramente. Pero no lo haces. Estas loco, pero no eres pendejo. En cualquier caso no hay suficiente altura para hacerte justicia. Solo lograrías romperte una pierna o la dos. Te bajas de la varanda. La maestra sale corriendo y te abraza. Alguien está tratando de conseguir a tus padres. Días después se aclara el misterio: “los jueves no se viste de verde. Eso es de patos”. Así será.

 


 

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

0000 - Las Cabañas (09/2026)

  


[NOTA: Este sería el primer cápitulo de unas memorias que estoy compilando tituladas "Aguavivas".]
Salió el sol. Se cuela por entre las hojas de las ventanas. El matre y la pared están pintados ya en franjas de claro y oscuro. No hay tiempo que perder. Los tres niños se lanzan desde sus literas al suelo rústico y arenoso de la cabaña. Los trajes de baño (aun húmedos del día anterior) trepan apresurados por los cuerpecitos de los tres aventureros (¿había alguien mas?) Los padres apenas se levantan (madrugando en sus vacaciones) cuando la pesada puerta de madera (¿o era de aluminio?) ruge y explota abierta dejando escapar a los pequeños intrépidos, que se van escurriendo veloz, por entre las otras cabañas, todavía durmiendo.

Es octubre, creo, pasado el tiempo de verano. El cielo esta gris y el mar picado y ruidoso. Pero a ellos poco le importa. No saben qué los atrae. Solo saben que el agua es rica y que con la arena mojada se hacen tremendos proyectiles que explotan en las espaldas de los insospechados, sin causar daño. El mayor de los mosqueteros llega primero a la orilla y se zambulle. El agua está caliente, como siempre en las noches y en las mañanas. Pasará décadas bajo el sol caliente de Borinquen, antes de que pueda entender por qué.

La corriente es fuerte y las olas le superan en estatura. No le interesa. No se amedrenta. Lleva en esa relación lejana y peligrosa desde que usaba pañales. Hasta donde sabía, había nacido en ese lugar, en alguna de esas cabañas. El sol del oeste, ese faro abrumador que ciega y quema, siempre será una de sus primeras visiones y el calmado arrullo de esa playa con poca espuma (cuando estaba de buenas)  siempre será uno de sus primeros recuerdos.

Las olas se estrellan fuerte y repetido. El agua es insondable; demasiada arena suspendida por la corriente. Pero algo está mal. Algo es diferente. Tarda unos minutos en dar cuenta de que no está flotando solo en el agua turbia de otoño. Podrían ser algas, que tampoco agradan. Abre los ojos, se enfoca y ve, al fin, a los monstruos. Entonces, escapa como un torpedo hacia la orilla, hacia la tierra firme. En su afán de ser el primero en el agua, había ignorado las cientos y cientos de criaturas traslucientes, con su distintivo patrón de círculos violeta en el lomo, que lo rodeaban y parecían perseguirlo. Ya comenzaban a amontonarse sobre la arena. Aguavivas, por todos lados, incontables, le rozaron la piel y al pisarlas, la sensación de hacer presión contra algo que no es enteramente sólido, que es elástico, frío y resbaladizo, será el origen de su más terrible fobia. Ya a salvo en la arena mojada (otra cosa mas que irónicamente desagrada) entendió el insólito panorama: un ejército de extrañas formas, invadiendo su costa, dificultando su paso y creando una barrera cada vez mas impenetrable al disfrute que tenía planificado. Un patrón se quebranta: la playa, de súbito, ya no era para él.

Aparece un viejo, flaco y jorobado, su piel seca y estirada, como cuero carbonizado por el sol. Desde la orilla, va entrando tranquilamente al agua, aparentemente inmune y ajeno a la invasión. Un cigarrillo, prácticamente hecho ceniza, protuye de sus labios cerrados. El agua ya le llega a la cintura famélica. Los niños se detienen a observarlo, guardando su distancia, maravillados. No da importancia al enjambre que lo asecha. De seguro lo vio. No parece sentir el mismo miedo que ellos. De la nada, sumerge su mano izquierda en el agua gris y cuando la saca, la eleva por encima de su cabeza hacia el sol, cargando en su palma uno de esos frágiles monstruos, su cuerpo deforme, rendido a la gravedad. Lo observa por un momento, la luz refractada al atravesarlo, y lo descarta hacia la arena. El viejo, sabiendo lo que hace, lo había secuestrado por el lomo, por la parte cóncava, alejando los venenosos tentáculos de su piel. Los niños aprenden la lección y adoptan la técnica. Proceden el resto de la mañana a practicar, felices, la imposible tarea de limpiar la playa de esa hueste.

El mayor procede con cautela, siempre con cautela, devuelta al mar. No confía en lo que ha visto ni en lo que hacen los otros. ¿Que vio? Gelatinas que se van acumulando sobre la arena (¿muertas?) para luego derretirse con el tiempo y diluirse, fantasmas flotando en el agua que varían de color y forma de acuerdo al ángulo de la mirada, burbujas llenas de un aire añejo, que pueden esconder veneno. Te pueden rozar la piel y lacerar, no por su voluntad, sino por el descuido de quién las maneja y ese dolor perdura. El joven, sigue sumergiéndose. Algún día llegará mucho mas hondo en ese mar. Por el momento, y a pesar de su terquedad, se detiene a pescar aguavivas en la playa de Boquerón.