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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

viernes, 2 de octubre de 2026

Primera Dama (10/2026)

 

-- So you feel no emotion?

-- On the contrary, we have emotions just like you have. We choose not to let them control us. We train ourselves to listen only to our rational mind. It is the only way. But tell me, what is the strongest human emotion? – Vok’s gaze fixes on Trip, commander Charles Tucker III, chief engineer of the starship Enterprise.

-- Regret. – Trip did not hesitate.



   

 

 

 

 

    Nos conocimos el día de San Valentín. ¿Recuerdas? Era mi primera actuación en esa empresa de las serenatas que montaba Banda y Orquesta todos los años para esas fechas. Novios, por deber y temor, otros que solo por añoranza y expectativa, pagaban unos pesitos para que unos coristas, acompañados de algunas guitarras y violines, le cantaran al objeto de su deseo, irrumpiendo la clase de cualquier profesor. Creo que fuimos mas exitosos en exacerbar la ira de esos profesores que en crear lazos de amor... Mi favorita, y creo que la tuya también, siempre fue Madrigal. Es tan poderosa. Nunca sentí mucho por las canciones de Luis Miguel. Las de Glen me gustaban porque eran mas como Billy Joel o Brian Adams.

    Te noté de inmediato: tu voz dulce, el color de tu piel, las ondas de tu cabello. Me impresionó la forma en que asumías el control del corillo cuando se distraía en los ensayos, en especial las guitarras (o sea yo), que siempre estaban pachangeando. Te hacías fuerte cuando tenías que serlo; eras suave y dulce el resto del tiempo.

    Un día de esos, entre ensayos y rostros de profesores airados, gasté el valor que había guardado por semanas, para hablarte. No recuerdo qué dije, pero funcionó. Aceptaste mi invitación a una cena. Creo que fue en el Siglo XX o en Pizza Hut (no contaba con mucho dinero). La pasamos bien. No sé si diste cuenta de lo nervioso que yo estaba. Siempre fui torpe con la palabra hablada y con los gestos. Me tuviste demasiada paciencia.

    Una cita llevó a la otra. Un roce llevó a un agarre de manos y a paseos por entre los robles florecidos del recinto en primavera. Hicimos la costumbre de esperarnos luego de nuestros respectivos ensayos, allá, en la pista vieja, para seguir conociéndonos, para seguir enamorándonos. Me encantaba verte cantar. Un día, siguiendo el consejo de un buen amigo, planifiqué la mejor de las citas. Te llevaría al faro en Cabo Rojo. Me habían asegurado que era el lugar mas romántico del mundo, especialmente de noche. Fuimos en tu carro porque yo andaba a pie. Tardamos una hora en llegar hasta la orilla del bosque y luego veinte minutos por caminos de tierra y fango que tu pequeño Sentra de seguro objetó. Yo había traído un Zinfandel blanco y unos sándwiches de mezcla. Estacionamos y abrimos las puertas, excitados, para explorar la noche. Una nube densa de mosquitos nos arropó. Inhalamos mosquitos como si fueran moléculas de aire. Obviamente, mi amigo nunca había estado allí... Pero no importó. Nos encerramos en tu carro y pasamos horas entre besos y caricias, entre abrazos y estrujones. Fue de las mejores noche de mi vida, aun con las ronchas y el comezón que vinieron después.

    Recuerdo la primera vez que me entraste a tu apartamento, el penthouse de aquel elegante edificio frente a la plaza con vista al mar. Me enseñaste tu pecera y me fascinó. Desde ese día, todavía, he tenido una como la tuya y hasta mas grande, donde quiera que he vivido. Conocí a tu compañera de cuarto, Tere, y me cayó bien. Te confieso que sentí un poco de envidia de tu espacio, de los cómodos muebles, las cortinas largas, las alfombras, del techo alto y de la vista, porque yo vivía en una cueva con seis cavernícolas. Mis visitas se hicieron mas frecuentes. Ensayábamos. Nos ayudábamos con algunas tareas y tu me corregías en la música. Hacíamos comida. Me hablabas de tu familia y yo de la mía. Una vez te obligué a escuchar a Iron Maiden, orgulloso, y dijiste que el cantante desafinaba. ¿Lo recuerdas?

    Solíamos pasar horas en tu cama que servía de sofá para ver la tele. Acurrucados, siempre terminamos besándonos. De las caricias, cada vez mas apasionadas, caíamos al roce violento y rítmico de dos cuerpos entrelazados. Siempre, cuando llegaba a ese punto, yo intentaba detenerte porque no podía mas con el placer que, tarde o temprano, me iba a matar. --"Espera, ¡necesito un break!"-- Tu siempre acatabas mi súplica, siempre, hasta el día aquel que te enfermaste.

    Llegué por la tarde, casi de noche, a poner la palma de mi mano sobre tu frente, en tu pecho. Bajo la manta, vestías unos cortos de suave algodón y una blusa de manguillos color magenta. Ardías. Fui a la cocina y traje una toalla y un cubito con agua fría. Con la toalla húmeda comencé a tocar tu piel. Buscaba los puntos mas calientes para tratar de vencer tu fiebre. Te la puse en el pecho y gemiste. De ahí, resbaló hacia tu cintura y, sin querer, halé un manguillo de tu blusa y vi tu busto desnudo e incandescente. Recuerdo que me detuve, usando toda mi voluntad, para que pudieras recuperarte y dormimos. Me despertaste a besos el día siguiente. Tenías puesto una lencería azul turquesa, trasluciente. Estabas entera frente a mí y comenzaste a quitarme la ropa. No me dejaste suplicar esta vez. --"No more breaks.”-- Solo duró unos minutos, lo admito y sentí vergüenza. Pero a ti no te importó. Regresaste de la cocina con un jugo de naranja y unas pasas y esperaste pacientemente, como siempre. Seguimos experimentado el resto de la tarde y los días.

    A veces regresaba a mi antiguo hospedaje. Llegaba en tu carro como un rey que regresaba de una cruzada y muchas conquistas. -- “Mira quién llegó ahí.” -- decía uno de los muchachos. -- “Diablos está jalao. Cabrón deja de echar polvos. Te vas morir.” -- y comenzaba el relajo y las risas. Eran tiempos felices para mí; creo que nunca te lo dije; hasta que pasó lo que tenía que pasar. Te encontré aquella tarde en el borde de la bañera. Estabas desnuda, dejando el agua caliente correr. Te pregunté por qué. Tu respuesta detuvo el tiempo. Sentí mis pies congelarse y envolverse en un pesado y denso concreto. Mi corazón por poco explota. No lo entendí. No supe como manejarlo. No estuve listo ni a la altura. Creo que todavía no lo estoy o nunca lo estaré. – “Creo que estoy embarazada.”--

    Me encontraste aquella mañana, cuando regresabas de tus clases, sumergido en tu tina. Mi vista extraviada en algún lugar del amplio techo del apartamento. Recuerdo que me acariciaste y me apretaste la mano. Mi mente no paraba de pensar. Recordé a mi padre tanta veces, cuando nos decía que si no fuera por nosotros, estaría viajando por el mundo; viviendo la vida. Recordé las veces que me advirtió sobre la importancia de terminar los estudios antes que nada, cosa que él no logró. Recordé que no tenía dinero ni posesiones ni mucho menos la sabiduría para hacer crecer a un ser humano. Veía constantemente el final de una vida y me aterraba la otra que pensé me obligaban a vivir... Tus buenas noticias fueron irrelevantes. Algo cambió en mí. Había jugado con fuego y descubrí lo peligroso que es el mundo y lo vulnerable que eran mis planes.

    Creo que fui yo quién pidió tiempo. Fui yo el que, poco a poco, amplifiqué el espacio entre los dos. Dejé de pernoctar en tu casa. Dejé de tocarte. Regresé al espacio incómodo del hospedaje y a su aire tupido y ruidoso. Te pedí tiempo para reflexionar, pero lo que hice fue esconderme. Tu fuiste paciente y complaciste.

    Tu visita me sorprendió aquella tarde calurosa. Yo estaba en la sala, tirado en el sofá, viendo alguna estupidez en televisión; pensando en nada. Entraste sigilosa y te detuviste al pasar el marco de la puerta. Nos miramos, pero no cruzamos palabras. El zumbido de los carros afuera hacía temblar las ventanas. Cerraste la puerta de la sala calladamente y le pusiste el pestillo. La puerta que salía al balcón estaba segura. Después, te encargaste de las ventanas. El cuarto se hizo oscuro. La temperatura comenzó a subir. Tenías puesto una minifalda de tela de Mahón y una blusa suave y delicada, con amplio escote. Preferías no usar sostén. Posaste frente a mí, eclipsando la estéril luz de la pantalla que te iluminaba por detrás, dibujándote un aura. Yo iba a decir algo pero con un solo dedo sellaste mis labios. Te enrollaste la falda a la cadera y te sentaste sobre de mí. Nuestros cuerpos ondulaban sobre el sofá viejo y polvoriento. Yo temblaba; todo estaba temblando. Pero yo no merecía tales cosas. No merecía tus manos enredadas en mi cabello. No era digno de sentir tu aliento caliente sobre mis labios y mi boca. No era justo que pudiera acariciar tus muslos de cobre, desnudos sobre los míos ni que pudiera palpar en mi mano tu seno liberado. No tenías porque regalarme ese última epilepsia de pasión.

    Te acomodaste la falda y recogiste tu pelo en un moño. Saliste sin decir una palabra. Yo no te busqué al otro día. Tu tampoco regresaste. No recuerdo si te volví a ver.

 

  

 


 


martes, 29 de septiembre de 2026

La Pantera Rosada (09/2026)


 

 

Mami esta aprendiendo a coser. La vecina, bueno, su hija Tati, le está enseñando. Es muy buena y esta haciendo trajes largos y elegantes para venderlos. Algún día será modista o algo así. Mami todavía está dando sus primeros pasos. Se compró una máquina Singer, usada, pero le resuelve. Se la pasa comprando telas y agujas. Ya no quiere ir a las tiendas con nosotros, prefiere ahorrarse el dinero por labor cotidiana. Nos trae una revista o un anuncio de periódico y nos señala a las fotos.


-- ¿Cual quieres? ¿Esa? ¿Te gusta esa camisa?


Y allí sale y compra la tela en Woolworth o en Capri. La corta en rectángulos y triángulos y le inserta el casete a la Singer, el que le dice a la máquina cómo moverse y cuando enterrar y retirar la aguja. Me encanta verla coser, pero mas por la máquina que hace lo que el humano solía hacer, desde hace siglos, pero mas rápido, mas preciso. Me encanta el sonido de las poleas y el zumbido del motor eléctrico cuando ella oprime el pedal en el piso. La ropa no puedes diferenciarla de la que venden en Sears o JC Penny.


-- ¿Y eso pantalones? ¿Te los pones? Dime.


Tati nos cuida por las noches, cuando Roberto y Marianita salen a comer o hacer cosas que desconocemos. Ya casi no nos llevan con ellos, desde la última algarabía que formamos en un restaurante de esos, donde los meseros usan lazo y delantal y donde las mesas tienen manteles finos. Tati es muy buena con nosotros. A su corta edad (19 años, tal vez), tiene mucha paciencia. Yo no doy mucho trabajo. Soy mas tranquilo, excepto cuando me cucan. No lo sé en este momento, pero Tati es hermosa. Es alta y esbelta, y los pómulos en su cara son otra cosa. Si no lo logra como diseñadora, de modelo, de seguro, va a ser un éxito. Entre ella y su nueva discípula ya prácticamente han forjado nuestro ajuar completo.


Se aproxima la noche de Halloween. Todavía no tenemos un disfraz definido. Mami está harta de los zombies y los vampiros. El mío del año pasado, con la sangre emanando de los ojos y la boca, todavía le da espanto. Tampoco ayudó el cuchillo atravesando mi cabeza. No. Este año vamos a ser superhéroes o algo mas ameno. Mi hermana decidió ser la mujer maravilla. Mi hermano, el Hulk o el príncipe Namor. Pero entonces falto yo. Tati sale al rescate. Habiéndome cuidado por tanto tiempo, desde que era bebé, sabía muy bien las cosas que me gustaban, en especial unos muñequitos que no dejaba de ver a cada oportunidad, cambiando canales en la televisión. Me pasaba tarareando la melodía inolvidable de Mancini. Caía al piso riendo a carcajadas todas las mañanas. En mi caminar, ya se veían rastros de imitación. Ella tenía el talento y con mami, la mano de obra necesaria para hacerlo realidad. Este año voy a ser la Pantera Rosada. Quería mucho a ese personaje: su extraño andar, la forma en que siempre estaba tranquilo y seguro. Aun cuando perdía y salían las cosas mal, actuaba como si todo estaba bien, como si hubiese ganado.


Llega el día de todos los santos. El traje esta listo. Consta de un mameluco que me cubre entero, completo con cremallera por detrás (por lo que necesito ayuda externa para entrar y salir de él) y cubierto en gamuza rosada (¡genial!) solapando una capa de nilón por dentro. La cabeza la consiguieron en una tienda de accesorios de teatro o se la arrancaron a un peluche. Se usa como capucha que me cubre el pelo y las orejas, pero está bien. Tengo patas, cola y orejitas rosadas y redondas. Es una obra que merece admiración, de verdad. Es irrelevante que dentro del traje tan solo cinco minutos, ya estoy completamente sudado y tal vez he rebajado una libra.


El sol todavía esta cayendo; la noche no es completa. Salimos solos a buscar los dulces. Eramos pequeños, pero ya no tan pequeños y en mí calle, todo el mundo se conoce y en las aledañas también. En fin, es otro tiempo. La vieja tradición de cantar, casa por casa, “trick or treat, dame chavos y no maní”, está viva. A veces nos regalan monedas, pero en su mayoría, serían barras de chocolate, bombones y paletas de chicle. El que cuente la mayor cantidad de golosinas al final del paseo, gana.


Ya estamos de regreso, locos por declarar un ganador. A mi hermano no lo ayudó que ingirió unos cuantos en el camino. Es tarde en la noche para nosotros. Al final de la calle, cerca de la casa, los otros niños se aglomeran en la esquina. Son mayores que nosotros. Ya ellos no salen a buscar dulces. Aparecen mas tarde, para hacer maldades y molestar a otros. Uno de ellos ve a la pantera que viene andando con su canastita. Su piel es color de rosa. El no entiende. Le hace señas a los otros; los hala por la camisa.


-- ¡Mira eso! ¡Mira eso!

-- ¿Que puñeta es eso? Cabrón...

-- Ese es el concord, David.

-- ¡Que clase de mamao! ¡Ven acá! ¡Ven acá!


Me decían concord porque, aunque era menor que ellos, comencé a estirar muy temprano y ya los alcanzaba, a algunos, en estatura. Pero, todavía no me acostumbraba a mi nuevo cuerpo, que seguía evolucionando, y caminaba medio jorobado, como la nariz del avión supersónico. Me rodean y me obligan a ir con ellos, a la esquina donde hay un poste con el letrero que indica el número de la calle. Me están halando la cola y pellizcando el traje. Uno de ellos me arranca la cabeza. Siguen las mofas y los insultos. Estoy tratando de escapar. No quiero estar allí. No puedo. Me impiden el paso. Otro brigante logra amarrar mi cola al poste y no puedo zafarme. Como era el disfraz, no alcanzaba la cremallera ni a la cola. Mi hermana viene a socorrerme. Se enfrenta a ellos pero la empujan y se va corriendo a pedir ayuda. Están usando los dulces de mi canasta como proyectiles. No duele mucho, excepto los de maní, esos si duelen, en especial si rompen en tu cara. Estoy sudando mas de lo que ya había sudado. Mis lágrimas son invisibles. No puedo moverme. Bajo la cabeza y pienso que todo pasará, todo eventualmente pasa. ¿Que haría la pantera rosada? Nada, porque tarde o temprano todo va a salir bien...


Tati viene corriendo. Los bandidos se dispersan. Me desamarra y me abraza y me da muchos besos. Mis lágrimas ya están secas. Me ayuda a recoger los dulces del piso. El disfraz está arruinado. La pantera fue decapitada. Se siguen sumando las reglas: no muestres a otros las cosas que mas quieres. Las pueden arruinar. El año que viene y los siguientes, usaré un disfraz mas apropiado. Seré Magneto o el varón Ashler. Seré el comandante Cobra.