[NOTA: Este sería el primer cápitulo de unas memorias que estoy compilando tituladas "Aguavivas".]
Salió el sol. Se cuela por entre las hojas de las ventanas. El matre y la
pared están pintados ya en franjas de claro y oscuro. No hay tiempo
que perder. Los tres niños se lanzan desde sus literas al suelo
rústico y arenoso de la cabaña. Los trajes de baño (aun húmedos
del día anterior) trepan apresurados por los cuerpecitos de los tres
aventureros (¿había alguien
mas?) Los padres apenas se levantan (madrugando en sus vacaciones)
cuando la pesada puerta de madera (¿o
era de aluminio?) ruge y explota abierta dejando escapar a los
pequeños intrépidos, que se van escurriendo veloz, por entre las
otras cabañas, todavía durmiendo.
Es octubre, creo, pasado el tiempo de verano. El cielo esta gris y el mar picado y ruidoso. Pero a ellos poco le importa. No saben qué los atrae. Solo saben que el agua es rica y que con la arena mojada se hacen tremendos proyectiles que explotan en las espaldas de los insospechados, sin causar daño. El mayor de los mosqueteros llega primero a la orilla y se zambulle. El agua está caliente, como siempre en las noches y en las mañanas. Pasará décadas bajo el sol caliente de Borinquen, antes de que pueda entender por qué.
La corriente es fuerte y las olas le superan en estatura. No le interesa. No se amedrenta. Lleva en esa relación lejana y peligrosa desde que usaba pañales. Hasta donde sabía, había nacido en ese lugar, en alguna de esas cabañas. El sol del oeste, ese faro abrumador que ciega y quema, siempre será una de sus primeras visiones y el calmado arrullo de esa playa con poca espuma (cuando estaba de buenas) siempre será uno de sus primeros recuerdos.
Las olas se estrellan fuerte y repetido. El agua es insondable; demasiada arena suspendida por la corriente. Pero algo está mal. Algo es diferente. Tarda unos minutos en dar cuenta de que no está flotando solo en el agua turbia de otoño. Podrían ser algas, que tampoco agradan. Abre los ojos, se enfoca y ve, al fin, a los monstruos. Entonces, escapa como un torpedo hacia la orilla, hacia la tierra firme. En su afán de ser el primero en el agua, había ignorado las cientos y cientos de criaturas traslucientes, con su distintivo patrón de círculos violeta en el lomo, que lo rodeaban y parecían perseguirlo. Ya comenzaban a amontonarse sobre la arena. Aguavivas, por todos lados, incontables, le rozaron la piel y al pisarlas, la sensación de hacer presión contra algo que no es enteramente sólido, que es elástico, frío y resbaladizo, será el origen de su más terrible fobia. Ya a salvo en la arena mojada (otra cosa mas que irónicamente desagrada) entendió el insólito panorama: un ejército de extrañas formas, invadiendo su costa, dificultando su paso y creando una barrera cada vez mas impenetrable al disfrute que tenía planificado. Un patrón se quebranta: la playa, de súbito, ya no era para él.
Aparece un viejo, flaco y jorobado, su piel seca y estirada, como cuero carbonizado por el sol. Desde la orilla, va entrando tranquilamente al agua, aparentemente inmune y ajeno a la invasión. Un cigarrillo, prácticamente hecho ceniza, protuye de sus labios cerrados. El agua ya le llega a la cintura famélica. Los niños se detienen a observarlo, guardando su distancia, maravillados. No da importancia al enjambre que lo asecha. De seguro lo vio. No parece sentir el mismo miedo que ellos. De la nada, sumerge su mano izquierda en el agua gris y cuando la saca, la eleva por encima de su cabeza hacia el sol, cargando en su palma uno de esos frágiles monstruos, su cuerpo deforme, rendido a la gravedad. Lo observa por un momento, la luz refractada al atravesarlo, y lo descarta hacia la arena. El viejo, sabiendo lo que hace, lo había secuestrado por el lomo, por la parte cóncava, alejando los venenosos tentáculos de su piel. Los niños aprenden la lección y adoptan la técnica. Proceden el resto de la mañana a practicar, felices, la imposible tarea de limpiar la playa de esa hueste.
El mayor procede con cautela, siempre con cautela, devuelta al mar. No confía en lo que ha visto ni en lo que hacen los otros. ¿Que vio? Gelatinas que se van acumulando sobre la arena (¿muertas?) para luego derretirse con el tiempo y diluirse, fantasmas flotando en el agua que varían de color y forma de acuerdo al ángulo de la mirada, burbujas llenas de un aire añejo, que pueden esconder veneno. Te pueden rozar la piel y lacerar, no por su voluntad, sino por el descuido de quién las maneja y ese dolor perdura. El joven, sigue sumergiéndose. Algún día llegará mucho mas hondo en ese mar. Por el momento, y a pesar de su terquedad, se detiene a pescar aguavivas en la playa de Boquerón.
