El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
Estoy
dormido. Arrebujado con aquella manta de lana, azul turquesa, que
recuerdo nunca haber lavado (de seguro otra persona lo hizo...).
Tengo mis pijamas de Star Wars: Luke
y Leia en la escena del trono, con sus manos sobre R2-D2;
3CPO los flanquea. También están Han Solo y el Wookie
impresos en los pantalones. Mi cama queda al lado de la ventana. No
hay aire acondicionado; no por muchos años todavía. Papi está en
el cuarto; es de madrugada. Intenta despertarme; sutil, pero no tan
sutilmente. No le estoy haciendo caso. Me enrollo aun mas en la
sábana como si fuera una momia lista para dormir la eternidad en un
sarcófago. No entiendo que esta pasando. Los grillos están
excitados, los coquíes alborotan y la noche sigue oscura. ¿Por
qué me despierta tan temprano?
Ahora está molestando a mi hermano.
Su cama queda paralela a la mía, pegada a la pared opuesta. El
tampoco sabe qué está pasando. Parcialmente logra despertarnos.
Estamos sentados al borde de nuestras respectivas camas, todavía
soñolientos y de mal humor. Ahora va por mi hermana. Ella tiene su
propio cuarto. Buena suerte con eso.
Ya están los tres niños de pie en
el pasillo, en fila india (en ese momento no sé por qué a los
indios les gusta hacer fila. A mí nunca me gustará.) Sus ojos
luchan por abrir contra lagañas bien tercas y sólidas. De un lado
de mi boca se escurre un hilo, casi seco, de saliva. La niña esta
enfadada. Está demandando respuestas, “ahora”.
Las dos pijamas de ciencia ficción y
el camisón de los Care Bears (con
todo y arcoíris), vamos desfilando por el pasillo. Pasamos
por el comedor y salimos a la marquesina. Papi nos está empujando
hacia afuera, hacia el patio trasero con su empinado talud, cubierto
parcialmente en grama china. No sabemos por qué estamos allí,
tiritando con la brisa fría. Son, tal vez, las cinco de la mañana.
El sol no sale todavía pero, en el horizonte este, lo que se puede
atisbar desde una loma en medio de la zona metropolitana, comienza a
dibujarse una leve y difusa aura anaranjada.
-- Miren allí, allí. ¿Ven
la luna? Sigan hacia abajo. – lo escuchamos pero no entendemos --
¿Ven esas estrellas?
-- ¿Ver
qué? ¡Dios! – regaña
mi hermana a su padre, airada.
-- Allí, debajo de la luna. Sigan la
línea de esas estrellas brillantes. – Papi trata, con paciencia,
de señalar a un lugar específico del cielo, sin saber que es inútil
señalar al cielo con un dedo o un brazo por el efecto del paralaje.
Yo le hago caso. Presto atención a
no sé qué. Ya estoy aquí y aun medio sonámbulo, me fascina el
cielo de noche. La luna es fácil de encontrar, es obvia. Lo de las
estrellitas va a tomar un tiempo. El cielo de San Juan esta noche no
es cómo el de ahora. Es mas oscuro y profundo. Deja pasar meteoritos
mas a menudo y a veces los cucubanos, flotando en el aire, se
confunden con estrellas. Ahora distingo un asterismo y después
otro. Se van develando las geometrías. Identifico un punto rojizo,
como cobre, estacionado debajo de la luna (Marte). Dos puntos sirven
de flecha que apunta a otro un poco menos brillante y anaranjado
(Saturno). Esos últimos dos, me llevan mas abajo, a una estrellita
que resplandece de color amarillo (Júpiter). Todos juntos forman una
fila curva hacia el este, cruzando el cielo del alba.
Desde el horizonte este, sobre la
silueta de la cuidad de San Juan, surge otro, mas brillante que todos
(Venus). Hay dos mas, mucho mas tenues (Urano y Neptuno), que no
puedo ver a simple vista, pero que son parte del mismo arco y se
confunden con las otras estrellas que son soles de verdad. Plutón,
aparentemente, nunca fue un planeta. No podemos esperar a Mercurio.
Mami está en la cocina y llamándonos para que nos preparemos para
la escuela. Huele a café colado y farina, mi favorita.
Sé lo que son los planetas, aun con
mi temprana edad. El año anterior construí una maqueta del sistema
solar con esferas de poliestireno y alambre de estaño (con la ayuda
de mami durante una larga noche, claro). Sé que es la madrugada del
11 de marzo de 1982. Lo que no sé, en ese momento, es que la Gran
Alineación de los Planetas, algo que papi habría leído en
algún National Geographic, fue causa de grandes debates y
madre de varias teorías del fin del mundo. Tampoco sé, estando allí
parado con el cuello estirado y las pupilas dilatadas, otra vez,
gracias al esfuerzo titánico de mi padre, que no volverá a ocurrir
en 180 años.
--
On the contrary, we have emotions just like you have. We choose not
to let them control us. We train ourselves to listen only to our
rational mind. It is the only way. But tell me, what is the strongest
human emotion? – Vok’s gaze fixes on Trip, commander Charles
Tucker III, chief engineer of the starship Enterprise.
--
Regret. – Trip did not hesitate.
Nos
conocimos el día de San Valentín. ¿Recuerdas?
Era mi primera actuación en esa empresa de las serenatas que montaba
Banda y Orquesta todos los años para esas fechas. Novios, por deber
y temor, otros que solo por añoranza y expectativa, pagaban unos
pesitos para que unos coristas, acompañados de algunas guitarras y
violines, le cantaran al objeto de su deseo, irrumpiendo la clase de
cualquier profesor. Creo que fuimos mas exitosos en exacerbar la ira
de esos profesores que en crear lazos de amor... Mi favorita, y creo
que la tuya también, siempre fue Madrigal. Es tan poderosa. Nunca
sentí mucho por las canciones de Luis Miguel. Las de Glen me
gustaban porque eran mas como Billy Joel o Brian Adams.
Te
noté de inmediato: tu voz dulce, el color de tu piel, las ondas de
tu cabello. Me impresionó la forma en que asumías el control del
corillo cuando se distraía en los ensayos, en especial las guitarras
(o sea yo), que siempre estaban pachangeando. Te hacías
fuerte cuando tenías que serlo; eras suave y dulce el resto del
tiempo.
Un
día de esos, entre ensayos y rostros de profesores airados, gasté
el valor que había guardado por semanas, para hablarte. No recuerdo
qué dije, pero funcionó. Aceptaste mi invitación a una cena. Creo
que fue en el Siglo XX o en Pizza Hut (no contaba con
mucho dinero). La pasamos bien. No sé si diste cuenta de lo nervioso
que yo estaba. Siempre fui torpe con la palabra hablada y con los
gestos. Me tuviste demasiada paciencia.
Una
cita llevó a la otra. Un roce llevó a un agarre de manos y a paseos
por entre los robles florecidos del recinto en primavera. Hicimos la
costumbre de esperarnos luego de nuestros respectivos ensayos, allá,
en la pista vieja, para seguir conociéndonos, para seguir
enamorándonos. Me encantaba verte cantar. Un día, siguiendo el
consejo de un buen amigo, planifiqué la mejor de las citas. Te
llevaría al faro en Cabo Rojo. Me habían asegurado que era el lugar
mas romántico del mundo, especialmente de noche. Fuimos en tu carro
porque yo andaba a pie. Tardamos una hora en llegar hasta la orilla
del bosque y luego veinte minutos por caminos de tierra y fango que
tu pequeño Sentra de seguro objetó. Yo había traído un
Zinfandel blanco y unos sándwiches de mezcla. Estacionamos y abrimos
las puertas, excitados, para explorar la noche. Una nube densa de
mosquitos nos arropó. Inhalamos mosquitos como si fueran moléculas
de aire. Obviamente, mi amigo nunca había estado allí... Pero no
importó. Nos encerramos en tu carro y pasamos horas entre besos y
caricias, entre abrazos y estrujones. Fue de las mejores noche de mi
vida, aun con las ronchas y el comezón que vinieron después.
Recuerdo
la primera vez que me entraste a tu apartamento, el penthouse de
aquel elegante edificio frente a la plaza con vista al mar. Me
enseñaste tu pecera y me fascinó. Desde ese día, todavía, he
tenido una como la tuya y hasta mas grande, donde quiera que he
vivido. Conocí a tu compañera de cuarto, Tere, y me cayó bien. Te
confieso que sentí un poco de envidia de tu espacio, de los cómodos
muebles, las cortinas largas, las alfombras, del techo alto y de la
vista, porque yo vivía en una cueva con seis cavernícolas. Mis
visitas se hicieron mas frecuentes. Ensayábamos. Nos ayudábamos con
algunas tareas y tu me corregías en la música. Hacíamos comida. Me
hablabas de tu familia y yo de la mía. Una vez te obligué a
escuchar a Iron Maiden, orgulloso, y dijiste que el cantante
desafinaba. ¿Lo recuerdas?
Solíamos
pasar horas en tu cama que servía de sofá para ver la tele.
Acurrucados, siempre terminamos besándonos. De las caricias, cada
vez mas apasionadas, caíamos al roce violento y rítmico de dos
cuerpos entrelazados. Siempre, cuando llegaba a ese punto, yo
intentaba detenerte porque no podía mas con el placer que, tarde o
temprano, me iba a matar. --"Espera, ¡necesito
un break!"-- Tu siempre acatabas mi súplica, siempre, hasta el
día aquel que te enfermaste.
Llegué
por la tarde, casi de noche, a poner la palma de mi mano sobre tu
frente, en tu pecho. Bajo la manta, vestías unos cortos de suave
algodón y una blusa de manguillos color magenta. Ardías. Fui a la
cocina y traje una toalla y un cubito con agua fría. Con la toalla
húmeda comencé a tocar tu piel. Buscaba los puntos mas calientes
para tratar de vencer tu fiebre. Te la puse en el pecho y gemiste. De
ahí, resbaló hacia tu cintura y, sin querer, halé un manguillo de
tu blusa y vi tu busto desnudo e incandescente. Recuerdo que me
detuve, usando toda mi voluntad, para que pudieras recuperarte y
dormimos. Me despertaste a besos el día siguiente. Tenías puesto
una lencería azul turquesa, trasluciente. Estabas entera frente a mí
y comenzaste a quitarme la ropa. No me dejaste suplicar esta vez.
--"No more breaks.”-- Solo duró unos minutos, lo admito y
sentí vergüenza. Pero a ti no te importó. Regresaste de la cocina
con un jugo de naranja y unas pasas y esperaste pacientemente, como
siempre. Seguimos experimentado el resto de la tarde y los días.
A
veces regresaba a mi antiguo hospedaje. Llegaba en tu carro como un
rey que regresaba de una cruzada y muchas conquistas. -- “Mira
quién llegó ahí.” -- decía uno de los muchachos. -- “Diablos
está jalao. Cabrón deja de echar polvos. Te vas morir.” -- y
comenzaba el relajo y las risas. Eran tiempos felices para mí; creo
que nunca te lo dije; hasta que pasó lo que tenía que pasar. Te
encontré aquella tarde en el borde de la bañera. Estabas desnuda,
dejando el agua caliente correr. Te pregunté por qué. Tu respuesta
detuvo el tiempo. Sentí mis pies congelarse y envolverse en un
pesado y denso concreto. Mi corazón por poco explota. No lo entendí.
No supe como manejarlo. No estuve listo ni a la altura. Creo que
todavía no lo estoy o nunca lo estaré. – “Creo que estoy
embarazada.”--
Me
encontraste aquella mañana, cuando regresabas de tus clases,
sumergido en tu tina. Mi vista extraviada en algún lugar del amplio
techo del apartamento. Recuerdo que me acariciaste y me apretaste la
mano. Mi mente no paraba de pensar. Recordé a mi padre tanta veces,
cuando nos decía que si no fuera por nosotros, estaría viajando por
el mundo; viviendo la vida. Recordé las veces que me advirtió sobre
la importancia de terminar los estudios antes que nada, cosa que él
no logró. Recordé que no tenía dinero ni posesiones ni mucho menos
la sabiduría para hacer crecer a un ser humano. Veía constantemente
el final de una vida y me aterraba la otra que pensé me obligaban a
vivir... Tus buenas noticias fueron irrelevantes. Algo cambió en
mí. Había jugado con fuego y descubrí lo peligroso que es el mundo
y lo vulnerable que eran mis planes.
Creo
que fui yo quién pidió tiempo. Fui yo el que, poco a poco,
amplifiqué el espacio entre los dos. Dejé de pernoctar en tu casa.
Dejé de tocarte. Regresé al espacio incómodo del hospedaje y a su
aire tupido y ruidoso. Te pedí tiempo para reflexionar, pero lo que
hice fue esconderme. Tu fuiste paciente y complaciste.
Tu
visita me sorprendió aquella tarde calurosa. Yo estaba en la sala,
tirado en el sofá, viendo alguna estupidez en televisión; pensando
en nada. Entraste sigilosa y te detuviste al pasar el marco de la
puerta. Nos miramos, pero no cruzamos palabras. El zumbido de los
carros afuera hacía temblar las ventanas. Cerraste la puerta de la
sala calladamente y le pusiste el pestillo. La puerta que salía al
balcón estaba segura. Después, te encargaste de las ventanas. El
cuarto se hizo oscuro. La temperatura comenzó a subir. Tenías
puesto una minifalda de tela de Mahón y una blusa suave y delicada,
con amplio escote. Preferías no usar sostén. Posaste frente a mí,
eclipsando la estéril luz de la pantalla que te iluminaba por
detrás, dibujándote un aura. Yo iba a decir algo pero con un solo
dedo sellaste mis labios. Te enrollaste la falda a la cadera y te
sentaste sobre de mí. Nuestros cuerpos ondulaban sobre el sofá
viejo y polvoriento. Yo temblaba; todo estaba temblando. Pero yo no
merecía tales cosas. No merecía tus manos enredadas en mi cabello.
No era digno de sentir tu aliento caliente sobre mis labios y mi
boca. No era justo que pudiera acariciar tus muslos de cobre,
desnudos sobre los míos ni que pudiera palpar en mi mano tu seno
liberado. No tenías porque regalarme ese última epilepsia de pasión.
Te
acomodaste la falda y recogiste tu pelo en un moño. Saliste sin
decir una palabra. Yo no te busqué al otro día. Tu tampoco
regresaste. No recuerdo si te volví a ver.