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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Airon Meiden Parte I
Para el 1989, Wolf Marshall era uno de los ensayistas que más disfrutaba leer y a quien, desde entonces, he tratado de imitar impunemente en muchos de mis escritos. En una de sus columnas regulares titulada Music Appreciation, en la extinta revista Guitar for the Practicing Musician y con motivo del lanzamiento al mercado del disco The Seventh Son of a Seventh Son, el autor comenzaba diciendo...

viernes, 22 de diciembre de 2017

Las habichuelas mágicas(12/2017)


     Había una vez una pobre viuda llamada Soberana que tenía un solo hijo de nombre Juanito y una vaca lechera que apodaban Buruquena, por una de sus manchas que parecía un cangrejo. Después de la muerte de su esposo en la guerra hispanoamericana, o por lo menos, después de nunca más saber de él, lo único que tenían para vivir era su casa rústica y la leche que ordeñaban de la vieja vaca, la que vendían en el mercado todo los días. Una mañana, esa ubre amaneció seca y a pesar de que exprimían y apretaban bien duro las tetas, no volvió a escupir una gota.

¿Qué haremos Juanito? ¿Qué haremos? –preguntaba la viuda desconsolada.
Hay mami, por dios, tranquilízate. Mañana mismo salgo y busco trabajo.
Ajá. Sí. Claro. Como si no hubieses tratado eso antes. La cosa está mala, mijo, y si no es con pala o padrino, no te van a coger en ningún sitio.–respiró profundo y luego de una larga meditación, dictó convencida–: Nada. Tenemos que vender la vaca esa; a ver cuanto nos dan por ella. Con eso chavos vamos a montar un negocio. ¿Qué se yo? Una tienda de chucherías o algo.
Dale. Sí. Vamos a vender alcapurrias y vinos tintos, o bacalaítos con champaña. Ya tú verás. El mercado está abierto hoy. Voy ya mismo pa’ allá a venderla.

      Así emprendió Juanito hacia el mercado, arrastrando la vaca cansada detrás de él. No había andado mucho en el camino, famoso por las trampas y los pillos, cuando se topó con un viejo orejudo, quien lo saludó por su primer nombre.

Buenos días, Juanito.
¿Buenas? –contestó, preguntándose de dónde conocía al viejo o como sabía su nombre.
Oye Juanito. ¿A dónde vas?
Eh...Voy de camino al mercado a vender la vaca loca ésta. ¿Por qué?
Ah, ya veo, ya veo. Sin duda tú eres el tipo perfecto para venderla. No me conoces, pero yo soy poeta. ¿Te gustaría escuchar un poema? –dijo el viejo. Juanito desconfiaba inicialmente de sus intenciones, pero viendo que era un viejo de hombros encogidos, barrigón y descuidado, no sintió amenaza alguna.
¿Ahora? Pero es que tengo prisa.
Mira. El mercado a penas esta abierto. Una vaca vieja como esa te va a costar trabajo conseguir un comprador. Vas a tener que rebajar mucho el precio y sabes dios que otros compromisos. Te propongo algo. Si escuchas mi poema, yo mismo te compro la vaca ahora.
¿Ajá? ¿Pero es muy largo?
No, no. Escucha esto y me dices lo que piensas:

Un burro
escalando una montaña,
lentamente,
vibrando bajo el peso de las banastas.
(Sus orejas optimistas
se inclinan hacia la cumbre).

Un albañil
colocando ladrillo sobre ladrillo.
(Su tararear es monótono,
interminable).

Dios,
bregando con las estrellas.
(su silencio es profundo).

      Terminó de recitar el poema dibujando una débil sonrisa debajo del bigote que cepillaba sus labios. Dos lunares hambrientos trepaban por el lado izquierdo de su cara. Juanito entendió nada. Aparentemente el viejo estaba más loco de lo que aparentaba.

¿Bueno? ¿Verdad?
Sí, sí. Muy bueno. ¿Me vas a comprar la vaca, sí o no?
Je..je...Claro que sí. Coge, te doy cinco habichuelas por ella –dijo, extrayendo los granos de su bolsillo con pelusa y todo.
¡Ja! ¡Ya tu quisieras! ¡Salte del medio, viejo borrachón!
Ah...pero es que tu no sabes que estas habichuelas son mágicas. –El viejo miraba intensamente desde sus lóbregos ojos, socavados por tremendas ojeras.– Si las siembras hoy, mañana crecerán hasta chocar contra el cielo.
¿En serio? ¿Y qué hay allá arriba?
Todas las cosas a las que aspiras: una vida libre y más rica. Los habitantes del cielo te enseñarán como es que se vive de verdad. A ellos no les importa que vengas de acá abajo, de la tierra y el polvo; te darán la oportunidad, igual. –Juanito trataba de digerir todo eso con la boca abierta.– Mira –continuó elucubrando el viejo–, si no funcionan como te digo...je...je siempre puedes volver a buscarme para que te devuelva la vaca. Es tu elección. ¿Qué crees? –Y Juanito eligió. Entregó las riendas de Buruquena al poeta ebrio, empuñó fuerte las habichuelas y salió a recibir su felicidad.

      Una vez devuelto a su casa, el pobre Juanito se quedó sin cena esa noche. Cuando la viuda se enteró que vendió la vaca por granos de habichuela, lo sacudió a bofetadas y lo insultó con las peores palabras que jamás había escuchado. En medio de la tormenta de pescozones, las habichuelas salieron volando de sus manos, que usaba para escudarse de los golpes. La viuda atacaba con rabia a la vez que lloraba, desconsolada por la estulticia de su hijo, por la maldad del viejo jaiba en el camino y por lo que pesan siempre las cadenas del destino. Juanito pasó muchas horas de esa noche en vela, también llorando, porque no entendía el coraje de su madre. Las habichuelas eran mágicas. Si las hubiesen sembrado, como dijo el viejo poeta, habría llovido dinero por la mañana. Finalmente, el sueño lo venció y quedó rendido sobre su colchón en el ático. Desconocía el paradero de las infames semillas.
      Al día siguiente, no despertó con la claridad usual de la única ventana en el ático. Rayos de sol, provenientes de otro lugar, jugaban al escondite en su rostro. En dirección a la ventana solo había una gran mancha. Tardó un poco en descubrir que el origen de la luz traviesa estaba encima de su cama. Un inmenso roto en el techo era parcialmente eclipsado por un tallo verde y pubescente que brotaba del primer piso de la casa, por el mismo medio de su cuarto y parecía no tener ápice. Juanito salió corriendo en busca de su mamá, que de seguro, ya andaba despierta e igual de asombrada. Apenas pudo bajar por la escalera angosta que llega al ático. El tallo era tan ancho que parapetaba parcialmente la entrada a los escalones. Encontró a su mamá lamentando.

¿Qué vamos a hacer Juanito? ¿Qué vamos a hacer?
¿Viste mami? ¡El viejo tenía razón! ¡El cabrón viejo tenía razón!
Lo que veo es que nuestra única casa, la que heredamos de tus abuelos, tiene ahora tremendos rotos en los pisos y en el techo. Lo que veo es que si llueve se nos van a mojar las cosas, que subir y bajar escaleras o siquiera entrar a la cocina, va a ser cada vez más difícil. ¿Por qué nos ocurren estas cosas? –Aun desconsolada, la viuda del hidalgo miraba hacia el futuro y veía esperanza, pero había que trabajar.– Anda, vete busca el hacha para que lo amueles. Yo me encargo del machete. A ver cuanto tiempo nos va a tomar desarmar el engendro este. ¡Apuesto a que mide como seiscientas millas de alto!
Pero mami, esto es lo que queríamos. Esto fue lo que prometió el viejo borrachón en el camino. El dijo que allá arriba, donde termina el tallo, encontraremos riquezas y que están disponibles a cualquiera que vaya a reclamarlas. No vamos a cortarlo todavía. Déjame intentar treparlo, a ver a dónde llega. –La viuda no cesaba de menear la cabeza, más incrédula por la ignorancia de su hijo, que por la nefasta semilla que germinó en el medio de su sala. Al parecer, no hacia falta tierra ni surcos para sembrar los granos, solo requerían una superficie llana y dura para echar raíces.

      Juanito se disparó por las escaleras para treparse en la verga inmensa que ultrajó su casa. Comenzó su ascenso por la planta velluda y rápido dio cuenta de la dificultad de la tarea. El tallo era resbaladizo en muchas partes y a veces cogía giros inesperados. Aun así, él trepó y trepó, arrimado al sueño que le vendió un poeta tramposo e ignorando la posibilidad de la caída, hasta que al fin traspasó el vapor de una nube blanca y espesa. Una vez encima, saltó de inmediato del bejuco que, allá arriba, se dividía en dos gigantescas hojas romboides. Caminó perdido, por mucho tiempo, sobre el suelo blanco y frío de aquel país ajeno. Vagaba solo y sin rumbo. A veces, se topaba con extraños letreros que no eran de mucha ayuda ya que él no entendía el lenguaje. A punto de rendirse y retornar con las manos vacías a la planta, entró, sin querer, en la boca abierta de un amplio camino pavimentado y limpio que, cómodamente, lo llevó hasta la entrada de una gigantesca casa. Allí, frente a la puerta encumbrada, encontró a un hombre de iguales proporciones, que lo miraba fijamente. Juanito habló primero.

Buenos días, don. Mire, yo no vengo a buscar problemas, ni nada. Lo que pasa es que estoy perdido y tengo mucha hambre. ¿Usted sería tan amable de darme un poco de almuerzo?
¿Almuerzo? No hay tal cosa como un almuerzo gratis. Si quieres almuerzo, tienes que darme algo a cambio. ¿Tienes algo para canjear?
Eh...pues...creo que no. No tengo nada ahora mismo.
¿Cómo llegaste hasta aquí?
Escalando una mata de habichuelas mágica.
Ahh...¿Entonces, sembraste una de mis semillas en tu casa y seguiste el tallo hasta aquí? Bien. Pues mira lo que vamos a hacer. –Los ojos azules del gigante rubio brillaban intensamente en la clara luz del día.– Hay que cuidar de esa planta y protegerla. Tienes que estar pendiente a los ácaros y las orugas, que vienen a comerse las hojas. También aparecen moscas blancas, cuyas larvas son bien destructivas. Si ves alguna, la matas. Tampoco dejes que hagan ruido; atraen a las demás. Si haces esto, te daré almuerzo todo los días y también te pagaré con más de mis habichuelas mágicas, que son riquísimas en un guiso. ¿Qué crees?

      A Juanito le pareció una estupenda idea. No solo mató el hambre que lo torturaba en ese momento, sino que también cargó con un bolso de habichuelas para que su madre las cocinara en un guiso por la noche. Quedaron en volverse a encontrar frente a las hojas gigantes, al día siguiente. Juanito descendió temerariamente por el tallo hasta llegar nuevamente a su cuarto en el ático. Su madre lo había esperado ansiosamente todo el día. El contó todo lo que había pasado y los detalles del trato que hizo con el gigante, pero ella, que seguía preocupada por la mata engordando dentro de su casa, no se vio tan entusiasmada. Al otro día por la mañana, Juanito emprendió la difícil y arriesgada tarea de volver a escalar la mata hacia el cielo. Un vez arriba, encontró al gigante, que misteriosamente, sin hablar y sin saludarlo, comenzó a bajar por el mismo tallo que él acababa de trepar.
      Así pasaron los días, que después se volvieron semanas, meses y años. Juanito subía a cuidar de la planta y bajaba por las tardes con una bolsa de habichuelas. El gigante y él se encontraban a veces, siguiendo trayectorias contrarias: por las mañanas descendía, mientras Juanito escalaba, y por las tardes, al inverso, el gigante subía cargando bolsas colmadas de cosas que Juanito no podía descifrar. En la vieja casa, con el paso del tiempo, el tallo adquirió tal proporción que apenas había espacio para caminar. Algunos de los cuartos quedaron permanentemente clausurados por el estorbo de la gigantesca osamenta. Por el tallo, que prácticamente había demolido lo que quedaba del techo, bajaba un torrente de agua cada vez que llovía, por mas ligera que fuera la llovizna. El huerto quedó desatendido, desde que había que escurrirse para llegar a la puerta del patio y desde que en la cocina, todas las noches, invadía el aroma irresistible del guiso de habichuelas.

Juanito. Tenemos que cortar esta mata. Hay que arrancarla de aquí, mijo. La casa está destruida; irreparable. ¡Coño!¿Tú no vez que nos está asfixiando?
¡Ay mami! ¿Vas a seguir con la misma cantaleta? –gritó Juanito, hastiado de la súplica diaria de su madre–. Yo se que se puso bien grande y que hay unos cuartos que ya no sirven, y todo eso, pero ¿qué importa?, si estamos comiendo y siempre regreso con más habichuelas en los bolsillos. ¿Qué sería de nosotros sin esta mata, sin habichuelas para guisar? ¿Ah? ¿Qué comeríamos? ¿Te has preguntado eso? No mami. Ahora no es el momento para cortarla.

      Tiempo después, Juanito dejó de escuchar el reclamo de su madre. Tal vez fue que la vieja se cansó de ser ignorada, o tal vez, quedó sepultada en uno de los cuartos. Juanito, nuca supo la verdad y tampoco la procuró. Un día, a punto de regresar a los escombros de su casa, vio al gigante que regresaba de la tierra de abajo cargando sus sacos llenos de cosas. Juanito notó que una de las bolsas tenía una pequeña raja por donde, poco a poco, algunos motetes se caían. Juanito corrió detrás del gigante y fue recogiendo los artefactos para devolvérselos.

Oiga. Gigante. Se le cayeron unas cosas de la bolsa. –llamó Juanito recogiendo lo que parecía ser un arpa dorado y una gallina mansa y otras cosas que brillaban como el oro.
¡Ja! ¡Muchas gracias! Nunca me iba a dar cuenta.
Si no le molesta...¿Qué son todas estas cosas? ¿De dónde las saca?
¿Esto? Son cosas que encuentro allá abajo. Mira esta por ejemplo. Esta gallina cuando pone huevos, los pone de oro. Y pone muchos también.
Que suerte que yo la encontré antes de que se pierda. ¡Debe valer mucho!
Nah...tengo un montón más como esa. –dijo el gigante sin mayor pena.
¿Y qué hace con todos esos huevos?
Nada. Los guardo. Me gusta el resplandor del oro.
¿Hay más cosas como esas allá abajo?¿Dónde?
Habían muchas, pero ya se están agotando. –contestó el gigante a la vez que giraba para marcharse.

      Al otro día, Juanito despertó aplastado entre el inmenso tallo y la última pared que quedaba de pie en la casa. No encontraba manera de escapar; a penas se podía mover. Respirar era cada vez más difícil. Justo antes de que la mata le exprimiera la última gota de vida, comenzó a temblar la tierra. El gigantesco tallo se sacudía y vibraba, y con cada espasmo, golpeaba a Juanito contra la pared. Poco a poco, la estructura entera comenzó a ceder y a elevarse. Juanito podía escuchar las raíces salir explotadas desde el piso de abajo. Desesperado y sin saber quien lo rescataba, comenzó a gritar.

¡La mata no! ¡La mata no! ¡Tumben la pared, que me quedo sin mis habichuelas!

      Nadie le haría caso. El gigante, desde bien arriba, arrancaba el tallo de raíz.