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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

lunes, 28 de agosto de 2017

El Rapto (08/2017)




Fire in the Sky (1993)


Anoche soñé contigo. No recuerdo los detalles,
solo sé que nos convertíamos continuamente
el uno en el otro, yo era tú, tú eras yo.”
F. Kafka

"To my mathematical brain,
the numbers alone make thinking
about aliens perfectly rational."
S. Hawking

Despertó envuelto de una obscuridad absoluta y seguro de estar paralizado. Había estado soñando que era artista y que sufría de hambre y sed insoportables. En el sueño, practicaba con dificultad la respiración, tendido en un balcón diminuto. Rayos de sol tibios anestesiaban su laringe. Se alimentaba solo del resplandor verde de los bosques en la distancia. Un eclipse comenzó a opacar el cielo. El aire huía con la luz. Jadeando asfixiado, abrió la boca hasta hacer un ángulo imposible con su mandíbula, pero en vez de aspirar, dejó escapar, por fin, al gigantesco escarabajo atrapado en su garganta. De ese sueño brincó a otro más aterrador. Flotaba calmado, sin hacer ondas sobre el espejo de un lago, hasta que sintió un halón. Un enorme remolino crecía y se lo tragaba. El agua, acelerada, daba vueltas a la boca de un pozo oculto en el fondo. Un anillo de espuma se acumulaba alrededor de aquel agujero negro. Su cuerpo penetraba por el ojo a una tormenta. Se precipitaba por el eje de un túnel sin rozar las paredes manchadas y antiguas, o las paredes del túnel rebasaban su cuerpo detenido. Daba igual. No veía luz al final. No tenía fondo, ni podía contar los ladrillos que dejaba atrás en su trayectoria. Una fuerza misteriosa y obstinada lo impulsó y lo detuvo, de repente, en la presente situación.

      Juraba tener los ojos bien abiertos, pero ni el más insignificante destello chocaba con sus retinas. Las tinieblas creaban un vacío perfecto. Desconocía las reglas de ese juego. Arriba era gemelo de abajo. Cerca era igual a un millón de años luz. Podía estar atrapado en una almeja, al igual que en el centro de un universo añejo y moribundo, donde toda luz fue hace mucho tiempo extinta. Estaba solo con sus pensamientos, libres de toda distracción física. Se enfrentaba aterrorizado a su imaginación. La primera de esas ideas, que ganó la batalla, era absurda y espantosa: había extraviado su cuerpo. Ignoraba la posición de sus miembros. Lo que pensaba era el pie izquierdo podía ser el derecho, un codo o una rótula. No tenía donde anclar su consciencia. Temía diluirse en la inmensidad negra. Luchó por no desintegrarse. Desde la ceguera completa, buscaba las señales tenues de otros sentidos. Poco a poco, el contorno de un cuerpo comenzó dibujarse. Ciertas incomodidades se manifestaban: cosquillas suaves donde recordaba la nariz, picores, también inalcanzables, recorriendo, lo que dedujo, era su espalda. A veces, una corriente extraña erizaba la piel de lo que debía ser la nuca. Comenzó a compilar y clasificar cada una de esas sensaciones remotas y efímeras, como si fueran las piezas de un rompecabezas, pedazos de lo que fue su cuerpo, para reconstruirlo.

      Esto no era otro sueño; lo podía jurar. Los sueños desdeñan los detalles. Omiten las sutiles molestias de existir. Olvidan el hormigueo en las manos entumecidas, que despiertan paulatinamente. Las sentía, al igual que los pies, como yunques. La parálisis estaba cediendo. La cosquilla era insoportable. Con esfuerzo, logró abrir lentamente uno de sus puños. Luego, movió un brazo y estiró una pierna. Trataba de tantear el espacio. Quería hacer inventario de las cosas que no podía ver. Comenzó a patear y a dar puños contra la oscuridad con la esperanza de tropezar con algo que revelara pistas de su entorno. De seguro, no dormía sobre su lecho. No detectaba barandas, ni cojines, ni sábanas. No había un mueble, ni nada a que sujetarse. No estaba sentado, ni de pie. No andaba sonámbulo en su recámara. Levitando, trató varias veces de impulsar su cuerpo en una dirección uniforme. Solo conseguía girar levemente. Continuó arrojando sus extremidades al vacío.  En una de esas sacudidas, más o menos coordinada, su pie chocó con una barrera invisible.

       Al principio, retiraba la mano instintivamente, con fobia a la extraña sensación de lo que tocaba. Después, comenzó a explorarla con mas convicción. La había confirmado a todo su alrededor. Acariciaba sorprendido la superficie jabonosa que lo encerraba. Tuvo la impresión de que era tibia. La sentía lisa excepto por periódicos frunces, que sus dedos detectaban al recorrerla. Al contacto, parecía más orgánica, que de metal o plástico. La presionó en varios sitios, primero con uno o dos dedos. Sintió que estiraba un poco, pero luego se retractaba. Conectó un primer golpe tímido, inseguro de lo que pasaría si la atravesaba. Cedió muy poco. Siguió impactando la barrera con más golpes, incrementando en fuerza. Era inútil. No lograba quebrar la envoltura, apenas, estirarla un poco. Tampoco estaba completamente seguro de querer romperla. No sabía lo que iba a encontrar al otro lado. Podía estar en el fondo del mar o en órbita alrededor de un planeta. Estaba seguro de que había sido secuestrado, pero desconocía quién o quienes eran sus captores y, peor aún, sus motivos.

      Quiso dejar de pensar en esa cosas; solo le causaban ansiedad. Con los brazos más lúcidos, se dedicó entonces a explorar su cuerpo. Pudo confirmar que, en efecto, estaba desnudo. Tocó la punta de su nariz y llegó a apretar el meñique de uno de sus pies. Aseguró la presencia de sus genitales. Sentía la piel embalsamada, aceitosa. Notó de inmediato, que todo su cuerpo había sido depilado, excepto el cráneo. Descubrió algo aterrador en su abdomen. De allí brotaba una manga larga y flexible que al parecer conectaba directo a la membrana que lo envolvía. Entre brazadas y patadas, asustado e invadido, se enredó varias veces con ella. Trató futilmente de arrancarla. Era plana y resbaladiza por fuera; difícil de agarrar. Donde se unía a la envoltura, se desparramaba en finitas raíces alrededor de un tronco principal. Desistió de la tarea. El miedo se transformó en coraje, en indignación. Comenzaba a trazar un plan de escape, cuando cayó en cuenta que las paredes de la prisión hermética se encogían.

       El espacio que ocupaba se hacía cada vez más pequeño. Sentía nausea y mareo, como resultado de impulsos cortos que, con mayor regularidad, lo estrellaban contra la barrera. La burbuja temblaba a veces, aturdiéndolo. Por primera vez, escuchó ruidos afuera. Algunos eran como truenos en la distancia, otros, como golpes en la puerta. Se repetían al principio, esporádicos, luego incrementando en frecuencia. A través de la membrana encogida, comenzó a experimentar punzadas y toques de objetos duros que lo movían y lo apretaban. En varias ocasiones percibió un extraña vibración traspasándolo. Al finalizar uno de esos eventos, particularmente largo, tuvo la premonición de que había algo cerca de su cara. Todavía a ciegas y con miedo, alzó una mano para salir de dudas. Descubrió un objeto largo y puntiagudo cerca de su oreja izquierda. Era frío y definitivamente metálico. No pudo adivinar que función servía. Tampoco, pudo saber como entró, ni cuando se retiró de su espacio. Un cansancio demoledor lo adormecía.

        Soñaba que nadaba en un mar de letras. Buscaba pescar una palabra con sus manos. Cuando por fin la atrapó, se deshizo en una escuela de peces coloridos que fueron a formar otro anagrama. Un temblor, más severo, lo sacudió del trance. La membrana estaba ya tan reducida que apenas podía moverse. Su cuerpo estaba siendo aplastado, sus rodillas presionaban contra el esternón. El espacio para maniobrar se había agotado. El ruido se había amplificado afuera. De repente, un zumbido agudo reventó sus oídos. Su corazón palpitaba desenfrenado. Una tenue luz, sin foco, se colaba en su cárcel, a la vez que el oxígeno comenzaba a faltar. Hacia buches, pero ya no había. Una enorme fuerza lo empujaba. Un aparato metálico, guiado por manos de gigantes, le exprimía la cabeza y lo arrancaba fuera de la membrana. La luz se tornó blanca y segadora. Sintió un frío inconsolable. Lo sujetaban por la piernas, desnudo en el aire helado. Le cortaron la manga del vientre. Lo cargaron con desdén hasta una mesa. Allí le insertaron más instrumentos por la nariz, la boca y el ano. Varias veces lo voltearon. Luego lo llevaron a otra superficie mucho más cálida y placentera. Logró respirar nuevamente. Parecía que lo peor había pasado, pero nunca recordará el terror que experimentó cuando escuchó aquellas palabras insólitas.


¡Felicidades mamá! ¡Es un varoncito!