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El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
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domingo, 19 de junio de 2016

El Dragón Azul Parte I: Lágrimas (2008)

Esta criatura nació de escuchar una hermosa balada de Bruce Dickinson llamada Tears of a Dragon. Pero mientras el dragón de Dickinson se esconde en témpanos de hielo y se deja arrasar por las olas, al mío lo imaginé libre, aunque sea por breve instantes, antes de consumirse como una mecha. Como incita Jack London: mejor vivir segundos como un meteoro brillante, que sucumbir a la inercia lenta de la muerte. Y claro está, los dragones son criaturas de fuego.

¿En qué aceite se destilan
las lágrimas de un dragón?
¿Hierven en lava las putas,
flagelando párpados de acero?
¿O se diluyen agudas,
por entre las pestañas de hierro?

¿Las traga amargas por la garganta,
ahumadas, juntas con el miedo?
¿O caen cual letras tiznadas
sobre un poema de fuego?
¿Sufren todas las lágrimas esa muerte?
¿O estalla una flameante en la pupila
angosta y mágica de un reptil ardiente?

Esa chispa dolorosa,
el resplandor de ese incendio,
calca el contorno y da sombra
a la efigie mítica y hermosa
de la serpiente alada, facciosa,
que arde por quemar estelas en el cielo.

Una vez lo creímos ver
al dragón azul ascender
y dibujar su sombra hereje
sobre mil campos de zinfandeles.
Pero no, la bestia estalló.
En rugidos de fuego se esfumó.
El aire ardió en llamas que derriten
el ópalo, y ahora se extingue,
al frío viento del cambio que asesina:
la evolución de las especies.
La furia inhumada bajo las cenizas
de la criatura añil que hoy ya no existe.



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