En mi casa abren dos puertas. La
principal es de pino y la otra de metal ligero, de aluminio. Esta
última da la terraza, luego de una escalera corta y un descanso.
Aquella noche, un lobo malvado, como el del cuento, trató de
derribarlas. No solo las puertas, sino también las paredes y las
ventanas. Soplaba con el furor
de una bestia vengativa, demandando justicia por un crimen que
ignorábamos. Lo escuché, por ratos, jugar con los muebles de la
terraza. Temblaba el techo cada vez que los arrojaba. A veces salía
corriendo (no se a donde) y dejaba una estela de ramas y hojas
sueltas en su rastro. A su paso, también arrancaba cables y
letreros; nos dejó sin electricidad y telefonía. El agua potable no
se atrevió a regresar. Pero el monstruo sí retornaba y con mayor
fuerza, rugiendo, raspando y mordiendo las paredes. En muchas de
ellas dejó su marca. Fue tarde en la noche cuando, hastiado de las
tronadas y los sacudidas violentas de las ventanas, decidí
enfrentarlo. Corrí a la entrada principal y halé con toda mi fuerza
aquella puerta. Apenas se despegó del marco, pero por esa ranura
diminuta entró su grito amplificado. La puerta no cedía. Se
rehusaba a abrir. Subí corriendo a la terraza a tratar la otra. Al
tope de la escalera, la puerta de metal pulsaba violentamente. Latía
como el corazón de la casa. Con cada espasmo, el metal gemía. Resistía el soplo del lobo demoledor, zumbando. Parecía cantar. No pude
abrirla. Mientras más fuerte halaba la perilla, más resistencia
oponía. Entendí entonces que la casa nos protegía, que no me
dejaba salir para salvar mi vida. No había mas que hacer, solo
pensar que la casa resistiría el embate. El resto de la noche, no
junté los párpados. No pude. Permanecí sentado al fondo de la
escalera, en el descanso, encogido y con las rodillas al pecho. Veía
a la puerta doblarse y temblar. Impedía el paso a la furia. La
escuchaba cantar su canción metálica. Nunca olvidaré aquella
música. Era como el zumbido lento de una plaga devorando todo a su
paso, como un réquiem que Ligeti debió haber escrito.
Son suspiros, recuerdos, destellos, puños sobre la mesa y arcos de corriente. Son todos espectros que emanan y se enredan de una música muy especial.
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domingo, 15 de octubre de 2017
La puerta que canta (10/2017)
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Hola Ricardo, por fin estoy aquí. Me comentaste hace unas semanas que tu relato preferido era o es “El rapto”, pues de los que te llevo leídos el que más me ha gustado, y con diferencia, es este de la casa de dos puertas.
ResponderBorrar¡Qué digo gustado, EN-CAN-TA-DO! Me parece una alegoría que traduzco a mi modo, aunque seguro que estoy equivocada ;) la casa somos nosotros mismos, nuestra fortaleza y voluntad no permite que entre lobos, vientos huracanados, malas influeNcencias, toxinas, malos rollos... tú lo has contado de maravilla.
Saludos compañero
Hola Tara! Gracias por leer! Tus palabras son demasiado amables con el relato... ahora bien, no sabes lo mucho que me alegra que te haya gustado y tanto. Tus escritos regularmente marcan la pauta y es un honor y un placer para mí que estés paseando por estos lares. Por cierto, el último de tus relatos lo pienso devorar este fin de semana y a juzgar por el título, sé que me va a matar. Saludos!
BorrarHola Ricardo, me trae Tara, me lo dejó en la puerta de su blog. Y leo con agradecimiento que tus puertas defendieran a sus moradores, puertas buenas, buenas de guardar. Un relato sin tantas comas, solo emoción. Un abrazo
ResponderBorrarSaludos Emerencia. Muchas gracias por visitar y leer! Tienes razón, algunas puertas abren fácil, otras solo con palabras mágicas. Las mías, tercas al fin, no se rindieron y vencieron mi curiosidad para protegernos. Pero más importante aun, vencieron las ganas del lobo soplón que se esfuerza en derribar casas. Gracias a Tara por abrir su puerta a este relato, pero ahora que está abierta, no voy a perder la oportunidad para visitar tu blog y disfrutar de tus relatos y tus viajes. Saludos!
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