Buscar este blog

El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Airon Meiden Parte I
Para el 1989, Wolf Marshall era uno de los ensayistas que más disfrutaba leer y a quien, desde entonces, he tratado de imitar impunemente en muchos de mis escritos. En una de sus columnas regulares titulada Music Appreciation, en la extinta revista Guitar for the Practicing Musician y con motivo del lanzamiento al mercado del disco The Seventh Son of a Seventh Son, el autor comenzaba diciendo...

domingo, 15 de octubre de 2017

La puerta que canta (10/2017)


En mi casa abren dos puertas. La principal es de pino y la otra de metal ligero, de aluminio. Esta última da la terraza, luego de una escalera corta y un descanso. Aquella noche, un lobo malvado, como el del cuento, trató de derribarlas. No solo las puertas, sino también las paredes y las ventanas. Soplaba con el furor de una bestia vengativa, demandando justicia por un crimen que ignorábamos. Lo escuché, por ratos, jugar con los muebles de la terraza. Temblaba el techo cada vez que los arrojaba. A veces salía corriendo (no se a donde) y dejaba una estela de ramas y hojas sueltas en su rastro. A su paso, también arrancaba cables y letreros; nos dejó sin electricidad y telefonía. El agua potable no se atrevió a regresar. Pero el monstruo sí retornaba y con mayor fuerza, rugiendo, raspando y mordiendo las paredes. En muchas de ellas dejó su marca. Fue tarde en la noche cuando, hastiado de las tronadas y los sacudidas violentas de las ventanas, decidí enfrentarlo. Corrí a la entrada principal y halé con toda mi fuerza aquella puerta. Apenas se despegó del marco, pero por esa ranura diminuta entró su grito amplificado. La puerta no cedía. Se rehusaba a abrir. Subí corriendo a la terraza a tratar la otra. Al tope de la escalera, la puerta de metal pulsaba violentamente. Latía como el corazón de la casa. Con cada espasmo, el metal gemía. Resistía el soplo del lobo demoledor, zumbando. Parecía cantar. No pude abrirla. Mientras más fuerte halaba la perilla, más resistencia oponía. Entendí entonces que la casa nos protegía, que no me dejaba salir para salvar mi vida. No había mas que hacer, solo pensar que la casa resistiría el embate. El resto de la noche, no junté los párpados. No pude. Permanecí sentado al fondo de la escalera, en el descanso, encogido y con las rodillas al pecho. Veía a la puerta doblarse y temblar. Impedía el paso a la furia. La escuchaba cantar su canción metálica. Nunca olvidaré aquella música. Era como el zumbido lento de una plaga devorando todo a su paso, como un réquiem que Ligeti debió haber escrito.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario