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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

lunes, 10 de octubre de 2016

Parábola de los seis demonios (10/2016)



"There is no political solution
to a troubled evolution.
Have no faith in constitutions.
There is no bloody revolution.”
Gordon Sumner

"For in reason, all government
without consent of the governed
is the very definition of slavery."
Jonathan Swift 

Me encontraba atado por cuatro pesadas cadenas, una en cada extremidad. Debido a su corta extensión, apenas podía trasladarme de la esquina del calabozo oscuro que me envolvía. Era una celda sombría, sin ventanas o escapes en la piedra, excepto por el umbral de un balcón abierto, fuera de mi alcance, por donde penetraban tristes y temerosos, los últimos rayos de sol. Más que una esperanza, el pequeño mirador (por lo que pude inferir) servía de instrumento adicional de tortura: la tentación de cosas inalcanzables. Una tímida lámpara de gas alumbraba sobre mi cabeza.  En el lado opuesto del salón, logré atisbar lo que de seguro sería una reja de barras mohosas, la única entrada (o salida) de este lugar. Una mesa corta y astillada, con una silla igualmente podrida, servía de la única mobiliaria del aposento. De cualquier forma, mis ataduras imposibilitaban llegar hasta ellas, así que permanecía sentado en el piso sucio, con la barbilla posada sobre las rodillas.

Un rato más tarde había terminado de explorar el calabozo donde la poca claridad lo permitía. Juraba estar solo, hasta que escuché el zarandeo de un mazo de llaves y la reja rechinar ásperamente. No pude de inmediato ver al visitante lo que me hizo pensar que aluciné el evento y el ruido. Sin embargo, al poco tiempo di cuenta de una presencia que me observaba detrás de las sombras, parapetada en la oscuridad y evidentemente esquivando los rayos moribundos del día. El primer terror lo viví cuando encontré sus ojos iridiscentes flotando solos en lo negro; ojos de azul pálido, sin cuerpo, que me observaban curiosamente. El resto de su efigie encarnó lentamente, igualmente pálida, al dar varios pasos hacia mí y salir de la penumbra.

Rompió el silencio con una voz aguda, modulada, como la que suena cuando aspiras helio. Dijo que su nombre era Armand y que tenía que escucharlo atentamente. Me informó que esa noche me visitarían seis demonios. El era el primero. Seguí mirándolo perplejo, asombrado por su extraña figura y manierismos. Se movía tan rápido como hablaba, y en cierto patrón de ángulos rectos, como un androide o un títere. En un momento dado, apareció de repente justo a mi lado y comenzó a olerme como lo haría un perro. Con la punta álgida de su lengua me lamió el cachete suspirando profundamente, pero luego, igual de instantáneo, apareció en su lugar a varios pasos frente a mí, desde donde continuó su discurso.

En resumen, eran muchos los que compartían mi situación, cuyas causas eran irrelevantes; lo que importaba era el futuro y las decisiones de esa noche en particular. Al amanecer tendría que decidir por uno de los seis diablos para ser el líder de todos nosotros, los prisioneros.  Inquirí para que quería un líder si estaba atado en esa esquina fría y húmeda, y me contestó, un poco hastiado (de la pregunta), que siempre se debe seguir a alguien. Además, explicó, los amos del calabozo exigían que hubiese un líder que escuchara en nombre de los demás confinados. Solo el líder podía entender el idioma de los amos y cooperar con los esquemas de sus planes abstractos.

Con respecto a las cadenas, me dijo que la única forma de abrirlas era escogiéndolo a él como líder. Para ser libre dentro del calabozo, argumentó, había que aspirar a ser como los amos, había que reemplazar nuestras viejas costumbres y vicios por unos infinitamente más civilizados. El notó que me preocupó un poco este asunto y añadió que también el cuerpo debía cambiar. Lo miré detenidamente y di cuenta de lo poco natural que parecía su complexión: la piel blanca, casi trasluciente y los ojos que brillaban en la oscuridad. Me aseguró que el proceso no era doloroso y que ocurría paulatinamente, hasta que un día te mirabas en el espejo y no podías recordar cual era tu forma vieja. Con el tiempo se acostumbra a vivir sin los órganos del cuerpo y sin respirar aire, me habría dicho convencido. Las antiguas locuras, como la guerra y el amor, también se curaban. Argumentó que ese era el precio de la libertad: la evolución. Cualquier otra voluntad solo te dejaría castrado en ese lugar. Los amos poseían poderes insospechados, pero aun así nos invitaban a su seno, a libar de su pezón, y no podíamos despreciar la oferta. Si querían aniquilarnos, ya lo hubiesen hecho. Resistir sería fútil. David perdió en el instante que decidió luchar contra el gigante. Lo más sensato, lo más eficiente, era unirse a los filisteos. Hablando de libertades, pregunté cual sería el abarque de las mismas. Me contestó perplejo, como si la respuesta fuera obvia. Dijo que era claro que no podía salir del calabozo, pero sí moverme de celda en celda, y pasear por los pasillos. También disfrutaría de comer sentado en la mesa una porción de caldo y migajas más densa. Terminado el discurso, caminó hacia la reja, recogió el mapo húmedo y el balde apestoso que había estacionado a la entrada y se retiró con cierta premura por el pasillo. No escuché cerrar la puerta oxidada.

La noche en ciernes, me sentía saliendo y entrando de la consciencia periódicamente. En uno de los momentos breves de lucidez, vi frente a mí, erguida, a una estatua de mujer elegante y atractiva que me inspeccionaba fríamente. Su cabello largo y lacio, color de abismo, fluía manso pasado los hombros. No pude distinguir mucho más de su cara o su figura, ya que estaba cubierta en una gabardina larga y oscura, con capucha, que ocultaba bajo la sombra y la tela, el lado izquierdo de su rostro y gran parte de su cuerpo.  Pude notar, sin embargo, en las áreas que dejaba a la vista, la perfección del tinte en sus uñas, el brillo suave y uniforme de sus labios, una piel lozana y el esculpido contorno de su quijada, parcialmente expuesta. Perlas brillantes adornaban su muñeca y oreja. Disimulando fortunas en su apariencia, me confesó que era baronesa.

            Su exposición fue corta y al grano. Comenzó criticando mi ropa, mi pelo y mi barba despintada. La noté ofendida por el olor del recinto y por la falta de ceremonia en mi recibimiento. Recriminó el pobre estado de mi mesa y la falta de platos y utensilios. Si la escogía a ella, dijo, iba tener juegos enteros de cubertería y tanta ropa nueva que necesitaría un armario.  La sopa la servirían caliente y en vez de migajas, me asfixiaría en un bollo de pan diario. Según ella, mi celda sería decorada con oleos fantásticos y estatuillas de bronce. La detuve un momento para preguntar que iba a hacer con las cadenas y fue entonces que las miró detenidamente. Después de meditar por un instante, ripostó eufórica una ristra de opciones fantásticas como pintarlas de colores amenos, incrustarles joyas preciosas y aparatos de suma utilidad como un reloj digital y un sistema de posicionamiento global (“gps”).

Empapado de su discurso, se me cerraban los parpados involuntariamente. Pensé que dio cuenta de mi intento por escapar en los brazos de un sueño, porque de repente giró y parecía que hacía su salida, pero para mi sorpresa, se detuvo y comenzó a desvestirse. Me agradó imaginarla desnuda, pero estaba equivocado. De espaldas a mí, parecía luchar con la gabardina, hasta que logró zafarse de la bata oscura. Dio varios pasos hasta entrar en el rincón más oscuro de la celda, a salvo de mi vista. La escuché sacudirse por unos momentos, como si estuviera despojando insectos o telarañas de encima. Entonces, regresó a mí. El segundo terror de la noche lo experimenté en ese momento.  La segunda mitad (ahora descubierta) del cuerpo de la baronesa, esa joven refinada que llevaba tiempo preocupada por el largo de mis uñas y por mi ropa sucia, era la de un hombre pasado de la edad mediana, igualmente perfilado y serio. Vestía, debajo de la gabardina descartada, un traje de hilo con chaqueta sin corbata; la camisa estaba abierta en el cuello. El cabello negro que nacía desde la partidura, ahora cubría el lado derecho del rostro de una criatura que fundía dos cuerpos. El hemisferio expuesto llevaba el pelo corto y estaba cundido de canas. Comenzó hablando serio y despacio, aludiendo a su pasado de triunfos. Me advirtió sobre los amos, sobre su avaricia ciega y brutal, sobre su crueldad. Asentí mudo a todas esas cosas, atado en mi esquina. El volumen de su voz incrementaba paulatinamente y sus gestos se hacían más violentos con cada palabra. Dijo que sentaría a los amos en una gran mesa redonda, y desde allí, dialogando en su idioma de enigmas, lograría acuerdos y resoluciones. Pondría monedas extranjeras en nuestros bolsillos horondos y con ellas construiríamos fábricas y molinos. También ampliaría el tamaño de nuestras celdas y mejoraría el empañetado. Ninguna parte de su discurso toco el tema de las cadenas. A pesar de los contrastes, me pareció que vendía las mismas cosas que su ego alterno en el lado derecho. Desilusionado, sucumbí a las tentaciones del sueño y no recuerdo cuando, ni como salió (salieron) de mi celda. Solo recuerdo que dijo que su nombre era Ashler o algo así.

            Desperté bajo la presión variable de una pierna maciza, que aplastaba mi clavícula contra la piedra, empujando violentamente. Era una pierna fuerte y pulida, como la de una estatua de bronce que respiraba viva. Cáligas doradas, trenzadas hasta la espinilla, calzaban sus pies desnudos. Perseguí las piernas hasta su vértice. Una pelvis de mujer encontré cubierta de una túnica de lana corta, detrás de una coraza dorada, atada con fibras de cuero. La armadura fuertemente soportaba la presión de un busto amplio y un torso fornido, aunque femenino. Era una amazona, pensé. La brutal espada que resplandecía en su cinto me convenció más de la idea. En contraste con su cuerpo de guerrera, su cara era dulce y atractiva. Sus ojos delataban más inteligencia y empatía, que agresión. Su pelo castaño oscuro lo mantenía corto, al estilo militar. Por suerte ella habló primero.

Imperó a que despertara completamente. Una vez asentí con mi cabeza, removió su pie de mi pecho y comenzó a narrar la historia terrible de como llegué a ese lugar. Muchas veces deseo jamás haberla escuchado. Le pregunté molesto porque me contó esas cosas y me dijo enfáticamente que era de absoluta necesidad saberlo. El pasado era de vital importancia para resolver el presente y el futuro. Le pregunté cuál sería el futuro para nosotros y contestó que eso estaba plenamente en mis manos. Si la escogía a ella como líder, iba a luchar por romper y extraviar las cadenas y las rejas. Ella expulsaría a los amos y seríamos nosotros los conquistadores. La prisión se demolería y en su lugar construiríamos una sola torre que eventualmente llegaría a la luna. Mientras decía esas cosas había empuñado la espada en su mano izquierda y apuntaba al techo, como amenazando a los dueños del calabozo que al parecer moraban arriba.

            Estaba convencido e inspirado por sus palabras, por el peso de su cuerpo, por la visión de su intelecto y la valentía de su boca. Tanto así, que, con una incontrolable emoción, incité a que no había que esperar al amanecer para comenzar a romper las cadenas. Le dije que con su espada aguda podría soltarme en ese momento y nosotros dos comenzar a liberar a más prisioneros, consiguiendo nuestra libertad plena a un ritmo geométrico. Podríamos forjar más armas y escudos y expulsar a los amos antes de que terminara la noche. Me miró incrédula. Me suplicó que bajara la voz y me calmara. Dijo que esa no era la forma, que habían reglas y estábamos obligados a servirlas. Traté inútilmente de sugerir que esas reglas fueron impuestas, no acordadas entre partes. Ella solo suspiró y me pareció que estaba cansada.

            Para romper el silencio, le pregunté si yo era el primer prisionero que había visitado. Me dijo que no, pero que yo era el primero que concordaba sinceramente con ella, aunque no como hubiese esperado. Traté de sondear que reacciones obtuvo de mis hermanos presos, pero fue parca en sus respuestas. Dijo que en general, muchos le afirmaban una lealtad efímera, pero a la hora de escoger, sabía no iban a nombrarla. Pregunté porque pensaba eso, y me confesó que muchos la abrazaban y la animaban, pero que en secreto descartaban sus ideas o imaginaban que no eran posibles. Muchos otros tenían razones más pragmáticas: alegaban que el pulgar de su mano izquierda era más largo que el derecho, o que su tono de voz era demasiado juvenil y refrescante, y otros, más incisivos aun, que un ojo era más oscuro que el otro. A varios de los visitados esa noche les atemorizó su entusiasmo y devoción. Dicho eso dio un salto hacia mí y señalando con la espada me preguntó airada: “¡Yo no te asusto! ¿verdad?”

            Al quinto demonio lo escuché entrar, mucho más tarde, sacudiendo la cabeza violentamente y con una respiración que sonaba difícil. Tardé un poco en distinguir su forma ya que inútilmente la buscaba muy lejos del piso. Dio varias vueltas alrededor de la celda, olfateando el lugar. En la esquina opuesta a mí dejó un pequeño charco de orín caliente. Finalmente, se sentó a mi lado gruñendo una queja corta. Tenía la mandíbula amplia cubierta de poca barba y el pecho sólido. Su expresión era amable y sensata, como la de gente que tiene nada que ocultar. Me miraba a veces de reojo, pero casi siempre estaba enfocado en el horizonte oscuro de mi aposento. Comenzó a hablar después de jadear un rato. No sé mucho de perros, pero me pareció que era un buldog inglés. Su cola estaba amputada.

            Pasaron los momentos más amenos e interesantes de toda la noche. Fueron muchas las cosas que discutimos. Juntos bajamos al infierno de Dante, nos reunimos con Gulliver en la isla de los caballos y participamos de la revolución lunar de Heinlein. A veces se enfrentaban nuestras opiniones, pero siempre lo manejamos como amigos. Surgió en mí un gran respeto por esa criatura fuerte y medio ruda, pero llena de sabiduría y sensibilidad. Atrasamos lo más que pudimos el discutir el asunto para el cual venía. Eventualmente tocamos el tema de las cadenas y otra vez, lo que dijo era sensato y posible. Propuso alargarlas para que entonces pudiera alcanzar el espacio completo de la celda. Dijo también, que las suspendería del techo a través de rieles, usando poleas y resortes de torsión, para que no estorbaran y tampoco pesaran; sería igual que no tenerlas. Dijo que me enseñaría ebanistería (una vez mis manos estuvieran libres) y juntos lijaríamos y repararíamos la vieja la mesa y la silla. Las pintaríamos de un color claro. Con los escombros que encontráramos alrededor, armaríamos un librero. De la tierra que se acumula en las grietas del suelo, cultivaríamos ciertas yerbas que se podían comer y eran muy nutritivas. Nunca formalizó la petición que lo trajo hasta allí. Antes de salir, me dejó recostado de la pared un serrucho, como señal de sus promesas. No servía para cortar las cadenas porque el filo estaba embotado, pero de seguro mascaría bien la madera podrida. Lo extrañé mucho cuando se fue.

            Mucho tiempo más tarde escuché la algarabía de voces lejanas que se acercaban. Imaginé a una mafia rebelde que venía a liberarme. Sentí a la multitud entrar en mi celda, no obstante, nunca vi a nadie. Lo único que pude discernir fue una nube de gas rojizo que poco a poco se acumuló frente a mí. Condensada, comenzó a hablar en solo dos o tres voces simultaneas, al parecer con mucho esfuerzo. No perdió el tiempo y me suplicó que al amanecer lo escogiera a él. Le pregunté que tenía que ofrecer y me respondió que no se trataba de eso, que era imperativo prevenir que el demonio de los ojos azules ganara. Le seguí la corriente y comenzó su larga y confusa explicación.

            Si ganaba el otro, me dijo como asfixiado, perdíamos todos. Sí, ya no tendríamos que soportar la presión de las cadenas en las extremidades, y algunos llegarían a comer en la mesa, pero tendríamos que barrer el piso, arrastrar el mapo y el balde sucio, y vivir de la sangre de los demás. Pero lo peor, afirmó convencido, sería perder nuestra identidad, nuestra forma de vida, Encontré irónico que una criatura sin contorno y sin peso, estuviera hablando de identidad y forma, pero seguí escuchando. Él era la mejor opción simplemente porque al ser vaporizo podía estar simultáneamente en muchos sitios. Al no definirse, podía asumir tantas posturas como fuera necesario. Era imposible debatir la maleabilidad del humo. Le pregunté si al menos usaba un solo nombre. Me respondió que se llamaba Legión.

            Me aburrí de la conversación y le confesé que, aunque no había decido todavía, estaba inclinado a escoger a otro de los diablos. El espectro se condensó todavía más y se mostró alarmado. Dijo, que eso era lo peor que podía hacer. Explicó que la contienda era solo entre él y el diablo azul, los demás no tenían posibilidades de ser escogidos. Aparentemente, había sondeado a la matricula del calabozo durante la noche y había visto una tendencia clara. Si me decidía por algún otro de los demonios, que no fueran ellos dos, estaría de facto, escogiendo al otro. Me dijo que era simple matemática, y que las estadísticas no mentían. Detecté un hueco abismal en su argumento. Añadir gotas purpuras o verdes a un pote de pintura no hacía a la mezcla más azul o menos roja. Me parecía que el acto de escoger a un líder, mas allá de una apuesta, un concurso o una contienda (cosas que se ganan o se pierden), era un acto de presencia. Las decisiones íntimas de cada prisionero no competían entre sí, sino que se sumaban. Al igual que una cura tenía una receta exacta y precisa, cada ingrediente tenía que ser íntegro y no adulterado, especialmente los activos, los de menos masa. Creo que no entendió mi respuesta. Eventualmente dejé de escuchar voces en mi celda.

Amanecí extenuado de tanta entrevista. Alguien había arrojado un papel en blanco justo al alcance de mis manos encadenadas. Sin pensarlo más, manché el dedo anular y la uña con la mugre del piso y escribí el nombre de la amazona en el papel. Lo creí correcto, aun sabiendo que una de sus cejas descansaba más alta que la otra y que de ser escogida (improbable), no podría soportar el peso de los amos. Dejé tirado allí el papel, indiferente a si alguien lo colectaría. Entonces, agarré el serrucho que había dejado el perro y comencé a cortar mis extremidades por los pies. Cada vez que desprendía un miembro, sumergía el tuco en un balde de ácido nítrico, convenientemente dispuesto por los amos del calabozo para disponer de mis excrementos. De esa forma cauterizaba la herida y evitaba desangrarme. Cuando llegué a la mano que me restaba, mordí fuertemente el cabo y terminé la sufrida tarea de librarme de las cadenas con mi boca. Me arrastré lenta y dolorosamente por el piso sucio y frío hasta cruzar el umbral abierto del balcón de mi celda. El cielo gris y tupido me aplastó y en la distancia lejana a esa torre oscura, escuchaba al mar rugir hambriento. Con mucho valor y pena me enrollé en la baranda y me lancé al vacío.

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