
"There is no political solution
to a troubled evolution.
Have no faith in constitutions.
There is no bloody revolution.”
Gordon Sumner
"For in reason, all government
without consent of the governed
is the very definition of slavery."
Jonathan Swift
Me encontraba atado por cuatro pesadas cadenas, una
en cada extremidad. Debido a su corta extensión, apenas podía trasladarme de la
esquina del calabozo oscuro que me envolvía. Era una celda sombría, sin
ventanas o escapes en la piedra, excepto por el umbral de un balcón abierto,
fuera de mi alcance, por donde penetraban tristes y temerosos, los últimos
rayos de sol. Más que una esperanza, el pequeño mirador (por lo que pude
inferir) servía de instrumento adicional de tortura: la tentación de cosas inalcanzables.
Una tímida lámpara de gas alumbraba sobre mi cabeza. En el lado opuesto del salón, logré atisbar lo
que de seguro sería una reja de barras mohosas, la única entrada (o salida) de
este lugar. Una mesa corta y astillada, con una silla igualmente podrida, servía
de la única mobiliaria del aposento. De cualquier forma, mis ataduras
imposibilitaban llegar hasta ellas, así que permanecía sentado en el piso sucio,
con la barbilla descansando sobre las rodillas.
Un rato más tarde había terminado de explorar el
calabozo donde la poca claridad lo permitía. Juraba estar solo, hasta que escuché
el zarandeo de un mazo de llaves y la reja rechinar ásperamente. No pude, de
inmediato, ver al visitante lo que me hizo pensar que aluciné el evento y el ruido.
Sin embargo, al poco tiempo di cuenta de una presencia que me observaba detrás
de las sombras, parapetada en la oscuridad y evidentemente esquivando los rayos
moribundos del día. El primer terror lo viví cuando encontré sus ojos iridiscentes
flotando solos en lo negro; ojos de azul pálido, sin cuerpo, que me observaban
curiosamente. El resto de su efigie encarnó lentamente, igualmente pálida, al
dar varios pasos hacia mí y salir de la penumbra.
Rompió el silencio con una voz aguda, modulada,
como la que suena cuando aspiras helio. Dijo que su nombre era Armand y que
tenía que escucharlo atentamente. Me informó que esa noche me visitarían seis
demonios. El era el primero. Seguí mirándolo perplejo, asombrado por su extraña
figura y manierismos. Se movía tan rápido como hablaba, y en cierto patrón de
ángulos rectos, como un androide o un títere. En un momento dado, apareció de
repente justo a mi lado y comenzó a olerme como lo haría un perro. Con la punta
álgida de su lengua me lamió el cachete suspirando profundamente, pero luego,
igual de instantáneo, apareció en su lugar a varios pasos frente a mí, desde donde
continuó su discurso.
En resumen, eran muchos los que compartían mi
situación, cuyas causas eran irrelevantes; lo que importaba era el futuro y las
decisiones de esa noche en particular. Al amanecer tendría que decidir por uno
de los seis diablos para ser el líder de todos nosotros, los prisioneros. Inquirí para que quería un líder si estaba
atado en esa esquina fría y húmeda, y me contestó, un poco hastiado (de la
pregunta), que siempre se debe seguir a alguien. Además, explicó, los amos del
calabozo exigían que hubiese un líder que escuchara en nombre de los demás
confinados. Solo el líder podía entender el idioma de los amos y cooperar con
los esquemas de sus planes abstractos.
Con respecto a las cadenas, me dijo que la única
forma de abrirlas era escogiéndolo a él como líder. Para ser libre dentro del
calabozo, argumentó, había que aspirar a ser como los amos, había que reemplazar
nuestras viejas costumbres y vicios por unos infinitamente más civilizados. El
notó que me preocupó un poco este asunto y añadió que también el cuerpo debía
cambiar. Lo miré detenidamente y di cuenta de lo poco natural que parecía su
complexión: la piel blanca, casi trasluciente y los ojos que brillaban en la
oscuridad. Me aseguró que el proceso no era doloroso y que ocurría paulatinamente,
hasta que un día te mirabas en el espejo y no podías recordar cual era tu forma
vieja. Con el tiempo se acostumbra a vivir sin los órganos del cuerpo y sin
respirar aire, me habría dicho convencido. Las antiguas locuras, como la guerra
y el amor, también se curaban. Argumentó que ese era el precio de la libertad:
la evolución. Cualquier otra voluntad solo te dejaría castrado en ese lugar.
Los amos poseían poderes insospechados, pero aun así nos invitaban a su seno, a
libar de su pezón, y no podíamos despreciar la oferta. Si querían aniquilarnos,
ya lo hubiesen hecho. Resistir sería fútil. David perdió en el instante que
decidió luchar contra el gigante. Lo más sensato, lo más eficiente, era unirse
a los filisteos. Hablando de libertades, pregunté cual sería el abarque de las
mismas. Me contestó perplejo, como si la respuesta fuera obvia. Dijo que era claro
que no podía salir del calabozo, pero sí moverme de celda en celda, y pasear
por los pasillos. También disfrutaría de comer sentado en la mesa una porción
de caldo y migajas más densa. Terminado el discurso, caminó hacia la reja, recogió
el mapo húmedo y el balde apestoso que había estacionado a la entrada y se
retiró con cierta premura por el pasillo. No escuché cerrar la puerta oxidada.
La noche en ciernes, me sentía saliendo y entrando
de la consciencia periódicamente. En uno de los momentos breves de lucidez, vi
frente a mí, erguida, a una estatua de mujer elegante y atractiva que me
inspeccionaba fríamente. Su cabello largo y lacio, color de abismo, fluía manso
pasado los hombros. No pude distinguir mucho más de su cara o su figura, ya que
estaba cubierta en una gabardina larga y oscura, con capucha, que ocultaba bajo
la sombra y la tela, el lado izquierdo de su rostro y gran parte de su cuerpo. Pude notar, sin embargo, en las áreas que
dejaba a la vista, la perfección del tinte en sus uñas, el brillo suave y uniforme
de sus labios, una piel lozana y el esculpido contorno de su quijada,
parcialmente expuesta. Perlas brillantes adornaban su muñeca y oreja. Disimulando
fortunas en su apariencia, me confesó que era baronesa.
Su
exposición fue corta y al grano. Comenzó criticando mi ropa, mi pelo y mi barba
despintada. La noté ofendida por el olor del recinto y por la falta de
ceremonia en mi recibimiento. Recriminó el pobre estado de mi mesa y la falta
de platos y utensilios. Si la escogía a ella, dijo, iba tener juegos enteros de
cubertería y tanta ropa nueva que necesitaría un armario. La sopa la servirían caliente y en vez de
migajas, me asfixiaría en un bollo de pan diario. Según ella, mi celda sería
decorada con oleos fantásticos y estatuillas de bronce. La detuve un momento
para preguntar que iba a hacer con las cadenas y fue entonces que las miró
detenidamente. Después de meditar por un instante, ripostó eufórica una ristra
de opciones fantásticas como pintarlas de colores amenos, incrustarles joyas
preciosas y aparatos de suma utilidad como un reloj digital y un sistema de
posicionamiento global (“gps”).
Empapado de su discurso, se me cerraban los
parpados involuntariamente. Pensé que dio cuenta de mi intento por escapar en
los brazos de un sueño, porque de repente giró y parecía que hacía su salida,
pero para mi sorpresa, se detuvo y comenzó a desvestirse. Me agradó imaginarla
desnuda, pero estaba equivocado. De espaldas a mí, parecía luchar con la
gabardina, hasta que logró zafarse de la bata oscura. Dio varios pasos hasta entrar
en el rincón más oscuro de la celda, a salvo de mi vista. La escuché sacudirse
por unos momentos, como si estuviera despojando insectos o telarañas de encima.
Entonces, regresó a mí. El segundo terror de la noche lo experimenté en ese
momento. La segunda mitad (ahora
descubierta) del cuerpo de la baronesa, esa joven refinada que llevaba tiempo preocupada
por el largo de mis uñas y por mi ropa sucia, era la de un hombre pasado de la edad
mediana, igualmente perfilado y serio. Vestía, debajo de la gabardina
descartada, un traje de hilo con chaqueta sin corbata; la camisa estaba abierta
en el cuello. El
cabello negro que nacía desde la partidura, ahora cubría el lado derecho del rostro
de una criatura que fundía dos cuerpos. El hemisferio expuesto llevaba el pelo
corto y estaba cundido de canas. Comenzó hablando serio y despacio, aludiendo a
su pasado de triunfos. Me advirtió sobre los amos, sobre su avaricia ciega y
brutal, sobre su crueldad. Asentí mudo a todas esas cosas, atado en mi esquina.
El volumen de su voz incrementaba paulatinamente y sus gestos se hacían más
violentos con cada palabra. Dijo que sentaría a los amos en una gran mesa
redonda, y desde allí, dialogando en su idioma de enigmas, lograría acuerdos y
resoluciones. Pondría monedas extranjeras en nuestros bolsillos horondos y con
ellas construiríamos fábricas y molinos. También ampliaría el tamaño de
nuestras celdas y mejoraría el empañetado. Ninguna parte de su discurso toco el
tema de las cadenas. A pesar de los contrastes, me pareció que vendía las
mismas cosas que su ego alterno en el lado derecho. Desilusionado, sucumbí a
las tentaciones del sueño y no recuerdo cuando, ni como salió (salieron) de mi
celda. Solo recuerdo que dijo que su nombre era Ashler o algo así.
Desperté bajo la presión variable de
una pierna maciza, que aplastaba mi clavícula contra la piedra, empujando
violentamente. Era una pierna fuerte y pulida, como la de una estatua de bronce
que respiraba viva. Cáligas doradas, trenzadas hasta la espinilla, calzaban sus
pies desnudos. Perseguí las piernas hasta su vértice. Una pelvis de mujer
encontré cubierta de una túnica de lana corta, detrás de una coraza dorada,
atada con fibras de cuero. La armadura fuertemente soportaba la presión de un
busto amplio y un torso fornido, aunque femenino. Era una amazona, pensé. La
brutal espada que resplandecía en su cinto me convenció más de la idea. En
contraste con su cuerpo de guerrera, su cara era dulce y atractiva. Sus ojos delataban
más inteligencia y empatía, que agresión. Su pelo castaño oscuro lo mantenía
corto, al estilo militar. Por suerte ella habló primero.
Imperó a que despertara completamente. Una vez
asentí con mi cabeza, removió su pie de mi pecho y comenzó a narrar la historia
terrible de como llegué a ese lugar. Muchas veces deseo jamás haberla
escuchado. Le pregunté molesto porque me contó esas cosas y me dijo
enfáticamente que era de absoluta necesidad saberlo. El pasado era de vital
importancia para resolver el presente y el futuro. Le pregunté cuál sería el
futuro para nosotros y contestó que eso estaba plenamente en mis manos. Si la escogía
a ella como líder, iba a luchar por romper y extraviar las cadenas y las rejas.
Ella expulsaría a los amos y seríamos nosotros los conquistadores. La prisión se
demolería y en su lugar construiríamos una sola torre que eventualmente llegaría
a la luna. Mientras decía esas cosas había empuñado la espada en su mano
izquierda y apuntaba al techo, como amenazando a los dueños del calabozo que al
parecer moraban arriba.
Estaba convencido e inspirado por
sus palabras, por el peso de su cuerpo, por la visión de su intelecto y la
valentía de su boca. Tanto así, que, con una incontrolable emoción, incité a
que no había que esperar al amanecer para comenzar a romper las cadenas. Le
dije que con su espada aguda podría soltarme en ese momento y nosotros dos
comenzar a liberar a más prisioneros, consiguiendo nuestra libertad plena a un
ritmo geométrico. Podríamos forjar más armas y escudos y expulsar a los amos
antes de que terminara la noche. Me miró incrédula. Me suplicó que bajara la
voz y me calmara. Dijo que esa no era la forma, que habían reglas y estábamos
obligados a servirlas. Traté inútilmente de sugerir que esas reglas fueron
impuestas, no acordadas entre partes. Ella solo suspiró y me pareció que estaba
cansada.
Para romper el silencio, le pregunté
si yo era el primer prisionero que había visitado. Me dijo que no, pero que yo
era el primero que concordaba sinceramente con ella, aunque no como hubiese
esperado. Traté de sondear que reacciones obtuvo de mis hermanos presos, pero
fue parca en sus respuestas. Dijo que en general, muchos le afirmaban una
lealtad efímera, pero a la hora de escoger, sabía no iban a nombrarla. Pregunté
porque pensaba eso, y me confesó que muchos la abrazaban y la animaban, pero
que en secreto descartaban sus ideas o imaginaban que no eran posibles. Muchos
otros tenían razones más pragmáticas: alegaban que el pulgar de su mano izquierda
era más largo que el derecho, o que su tono de voz era demasiado juvenil y
refrescante, y otros, más incisivos aun, que un ojo era más oscuro que el otro.
A varios de los visitados esa noche les atemorizó su entusiasmo y devoción.
Dicho eso dio un salto hacia mí y señalando con la espada me preguntó airada:
“¡Yo no te asusto! ¿verdad?”
Al quinto demonio lo escuché entrar,
mucho más tarde, sacudiendo la cabeza violentamente y con una respiración que
sonaba difícil. Tardé un poco en distinguir su forma ya que inútilmente la
buscaba muy lejos del piso. Dio varias vueltas alrededor de la celda,
olfateando el lugar. En la esquina opuesta a mí dejó un pequeño charco de orín
caliente. Finalmente, se sentó a mi lado gruñendo una queja corta. Tenía la
mandíbula amplia cubierta de poca barba y el pecho sólido. Su expresión era
amable y sensata, como la de gente que tiene nada que ocultar. Me miraba a
veces de reojo, pero casi siempre estaba enfocado en el horizonte oscuro de mi
aposento. Comenzó a hablar después de jadear un rato. No sé mucho de perros,
pero me pareció que era un buldog inglés. Su cola estaba amputada.
Pasaron los momentos más amenos e
interesantes de toda la noche. Fueron muchas las cosas que discutimos. Juntos bajamos
al infierno de Dante, nos reunimos con Gulliver en la isla de los caballos y participamos
de la revolución lunar de Heinlein. A veces se enfrentaban nuestras opiniones,
pero siempre lo manejamos como amigos. Surgió en mí un gran respeto por esa
criatura fuerte y medio ruda, pero llena de sabiduría y sensibilidad. Atrasamos
lo más que pudimos el discutir el asunto para el cual venía. Eventualmente
tocamos el tema de las cadenas y otra vez, lo que dijo era sensato y posible. Propuso
alargarlas para que entonces pudiera alcanzar el espacio completo de la celda.
Dijo también, que las suspendería del techo a través de rieles, usando poleas y
resortes de torsión, para que no estorbaran y tampoco pesaran; sería igual que
no tenerlas. Dijo que me enseñaría ebanistería (una vez mis manos estuvieran
libres) y juntos lijaríamos y repararíamos la vieja la mesa y la silla. Las
pintaríamos de un color claro. Con los escombros que encontráramos alrededor,
armaríamos un librero. De la tierra que se acumula en las grietas del suelo,
cultivaríamos ciertas yerbas que se podían comer y eran muy nutritivas. Nunca
formalizó la petición que lo trajo hasta allí. Antes de salir, me dejó
recostado de la pared un serrucho, como señal de sus promesas. No servía para
cortar las cadenas porque el filo estaba embotado, pero de seguro mascaría bien
la madera podrida. Lo extrañé mucho cuando se fue.
Mucho tiempo más tarde escuché la algarabía
de voces lejanas que se acercaban. Imaginé a una mafia rebelde que venía a
liberarme. Sentí a la multitud entrar en mi celda, no obstante, nunca vi a
nadie. Lo único que pude discernir fue una nube de gas rojizo que poco a poco
se acumuló frente a mí. Condensada, comenzó a hablar en solo dos o tres voces
simultaneas, al parecer con mucho esfuerzo. No perdió el tiempo y me suplicó
que al amanecer lo escogiera a él. Le pregunté que tenía que ofrecer y me respondió
que no se trataba de eso, que era imperativo prevenir que el demonio de los
ojos azules ganara. Le seguí la corriente y comenzó su larga y confusa explicación.
Si ganaba el otro, me dijo como asfixiado,
perdíamos todos. Sí, ya no tendríamos que soportar la presión de las cadenas en
las extremidades, y algunos llegarían a comer en la mesa, pero tendríamos que
barrer el piso, arrastrar el mapo y el balde sucio, y vivir de la sangre de los
demás. Pero lo peor, afirmó convencido, sería perder nuestra identidad, nuestra
forma de vida, Encontré irónico que una criatura sin contorno y sin peso,
estuviera hablando de identidad y forma, pero seguí escuchando. Él era la mejor
opción simplemente porque al ser vaporizo podía estar simultáneamente en muchos
sitios. Al no definirse, podía asumir tantas posturas como fuera necesario. Era
imposible debatir la maleabilidad del humo. Le pregunté si al menos usaba un solo
nombre. Me respondió que se llamaba Legión.
Me aburrí de la conversación y le confesé
que, aunque no había decido todavía, estaba inclinado a escoger a otro de los diablos.
El espectro se condensó todavía más y se mostró alarmado. Dijo, que eso era lo
peor que podía hacer. Explicó que la contienda era solo entre él y el diablo
azul, los demás no tenían posibilidades de ser escogidos. Aparentemente, había
sondeado a la matricula del calabozo durante la noche y había visto una
tendencia clara. Si me decidía por algún otro de los demonios, que no fueran
ellos dos, estaría de facto, escogiendo al otro. Me dijo que era simple
matemática, y que las estadísticas no mentían. Detecté un hueco abismal en su
argumento. Añadir gotas purpuras o verdes a un pote de pintura no hacía a la
mezcla más azul o menos roja. Me parecía que el acto de escoger a un líder, mas
allá de una apuesta, un concurso o una contienda (cosas que se ganan o se
pierden), era un acto de presencia. Las decisiones íntimas de cada prisionero
no competían entre sí, sino que se sumaban. Al igual que una cura tenía una
receta exacta y precisa, cada ingrediente tenía que ser íntegro y no adulterado,
especialmente los activos, los de menos masa. Creo que no entendió mi
respuesta. Eventualmente dejé de escuchar voces en mi celda.
Amanecí extenuado de tanta entrevista. Alguien
había arrojado un papel en blanco justo al alcance de mis manos encadenadas. Sin
pensarlo más, manché el dedo anular y la uña con la mugre del piso y escribí el
nombre de la amazona en el papel. Lo creí correcto, aun sabiendo que una de sus
cejas descansaba más alta que la otra y que de ser escogida (improbable), no podría
soportar el peso de los amos. Dejé tirado allí el papel, indiferente a si
alguien lo colectaría. Entonces, agarré el serrucho que había dejado el perro y
comencé a cortar mis extremidades por los pies. Cada vez que desprendía un miembro,
sumergía el tuco en un balde de ácido nítrico, convenientemente dispuesto por
los amos del calabozo para disponer de mis excrementos. De esa forma
cauterizaba la herida y evitaba desangrarme. Cuando llegué a la mano que me
restaba, mordí fuertemente el cabo y terminé la sufrida tarea de librarme de
las cadenas con mi boca. Me arrastré lenta y dolorosamente por el piso sucio y
frío hasta cruzar el umbral abierto del balcón de mi celda. El cielo gris y tupido
me aplastó y en la distancia lejana a esa torre oscura, escuchaba al mar rugir hambriento.
Con mucho valor y pena me enrollé en la baranda y me lancé al vacío.