
No se ustedes, pero me perpleja ver las constelaciones en el cielo. Y pensar que cada uno de esos
puntitos de luz juguetona es una inmensa bola de plasma cientos o miles de veces más
grande que la Tierra que nunca llegaré a pisar entera. Y que cada una de
ellas agoniza bajo la presión constante de trillones de bombas nucleares cada segundo. Y que por cada una de esas estrellas luminosas que podemos ver cuando hincamos la
nuca, existen billones adicionales parapetadas por el polvo y el gas helado de
los brazos de la galaxia y por las distancias imposibles que reducen su luz a escasos
fotones. Y luego pensar que esos inofensivos y cotidianos puntos de luz llevan
existiendo mucho antes que hubiera vida en la Tierra y seguirán existiendo
eternidades después de que el planeta se consuma en un ascua ardiente. Pero, estos son los datos. Si nos dieran a escoger, preferimos gastar la vida en encontrar solo verdades. Entonces,
si pensamos, también, que ese vacío negro que nos rodea y que nunca acaba, enmudece y sofoca
las voces y los gritos humanos de la Tierra. Y que la inmensidad de ese espacio hace microscópicas las
atroces imágenes de niños que juegan, día a día, a buscar comida en los vertederos de Rhodesia, entre la basura, compitiendo con los mandriles. Ese vacío
eterno en donde flotamos, también evapora los gases que respiran otros, sin fortuna, que nacen para
quemar la goma tóxica alrededor de alambres de cobre barato: las
entrañas de los enseres que el resto del mundo desecha en países vueltos
zafacones. Y entonces concluir que toda la historia del mundo que conocemos, empapada del
sudor y el dolor humano, suma solo una fracción insignificante del tiempo
(el verdadero juez). Frente a esa revelación, qué valor hereda esta última y desdichada generación de lombrices inteligentes. ¿Será la disyuntiva de Camus la más acertada? ¿Por qué intentamos, como Sísifo, empujar
la roca cuesta arriba, cuando sabemos que volverá a rodar. Tal vez, porque imaginamos que podemos arrepentirnos justo antes de detonar la bomba o apretar el gatillo. Porque sentimos que tenemos autoridad para voltear ese último trago sobre la barra o asfixiar el cigarrillo recién nacido. O quizás, porque nos inspira la pequeña Clarice
Starling, escapando descalza en la noche, cargando un corderito casi tan pesado como ella, tratando de salvar al menos uno, aun sabiendo que los demás tendrán su muerte certera en la
carnicería. Cuando ya todo está dicho y hecho y a pesar de que no tenemos la habilidad de las estrellas súper masivas para desgarrar la tela del espacio, sí podemos cambiar de opinión, cometer errores y poner en duda al creador. Eso es un poder que ninguna de ellas ostentará. No importa que Einstein y Hawking afirmen que todo el tiempo ha transcurrido ya, para siempre. No importa que las fluctuaciones cuánticas den la ilusión de un libre albedrío. En nuestro sector íntimo de ese tiempo y ese espacio, las cosas pueden cambiar, y el
cambio, aunque lento y doloroso, imperceptible o rudo... es el fuego de la vida.
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