Fuiste mi mejor amigo a través de la pubertad y la joven adultez. Salíamos de la escuela a los laberintos de Thekes, y después a fumarnos un cigarrillo en la plaza de Rio Piedras. Aun siendo niños, nos escurrimos entre masones y rosacruces, espiritistas y teósofos. Cargabamos nuestras guitarras desde el salón, cuesta arriba, hasta el teatro de la IUPI y una vez llegamos a charlar con el maestro, Ernesto Cordero. Escuchábamos a Ozzy y a Metallica en volumen once, pero adorábamos a Iron Maiden. Tu eras más Dave Murray y yo siempre fui más Adrian Smith, aunque sabíamos que Randy Rhoads era el mejor. Sobrevivimos la amenaza nuclear y las promesas falsas de un estado corrupto. Fuimos prepas dignos en Mayagüez y sobrevivimos la despiadada arrogancia de los profesores de nuestra época. Religiosamente, fuimos a la misa todos los miércoles en el Red Baron Pub. Tuvimos suerte con algunas chicas, que nos brindaron buenísima compañia. De ti aprendí tantas cosas, en especial, el amor por la patria. A través de ti (y de tu padre) descubrí esa historia oculta de represión y secretos que el estado perpetuó contra los disidentes: cosas terribles que yo nunca viví. Recuerdo aquel día claramente. Regresábamos a casa, sentados al fondo de aquella van sucia que tardaba cuatro horas en recorrer el camino de Mayagüez a San Juan. No parábamos de hablar. Filosofia, ciencia, música y religión: no hubo tema sin tocar. (¡como siempre!) Fue en medio de ese último, cálido debate, cuando te confesé que queria salir corriendo de esta isla estancada. Me iría a seguir estudios o a trabjar afuera. Me miraste serio y me dijiste: "Gau, no te puedes ir. Estando aquí es que podemos cambiar las cosas. El mero hecho de estar hace que la gente cambie, como en la química: hacen falta los catalizadores." Quedé perplejo y miré hacia al frente y vi que todos los pasajeros nos estaban mirando y escuchaban con atención nuestra conversación. Descanza en paz amigo. Descanza. Ya llegará mi momento.
Son suspiros, recuerdos, destellos, puños sobre la mesa y arcos de corriente. Son todos espectros que emanan y se enredan de una música muy especial.
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domingo, 26 de noviembre de 2023
jueves, 31 de mayo de 2018
Dos (05/2018)
Ya son dos. El segundo aniversario de este invento ha traído cosas nuevas e insospechadas. Alegadamente, según los algoritmos de Google, el tráfico a través de esta página ha aumentado significativamente en estos últimos meses, aunque desconfío de Google y de las estadísticas en general. De seguro, los spambots siguen haciendo de las suyas. No obstante, ya sean humanos o pedacitos de código, me complacen las visitas. Ahora bien, si gran parte de ese aumento en tráfico es realmente humano, se debe al increíble trabajo que está haciendo David Rubio con su concurso mensual, El Tintero de Oro. Puedo resumir ese espacio de esta manera: buenas letras, autores y blogueros creativos, y la dinámica de un ecosistema de camaradería y apoyo. Lo recomiendo tanto para los que escriben como para los que leen. Otro factor posible en este crecimiento puede ser mi incursión en Google+, aunque todavía solo he mojado los pies, desde la orillita, sin verdaderamente sentir ganas de lanzarme. Las redes sociales logran atrapar a mucha gente; a mí, usualmente, me aburren.
Dos años más tarde, los números parecen indicar que lo más reciente es lo más popular. Tal vez eso sugiera cierta evolución, sin embargo, de lo escrito el pasado año, tengo mis propios favoritos que no necesariamente concuerdan con los del ciberespacio. Hechos de Papel sigue siendo, a mí entender, el microrelato mejor realizado hasta el momento y el que menos tiempo he tardado en publicar. Esa historia (o ambas, debo decir) nació y maduró en espacio de solo horas. Caracola y Hechos de Papel III son mi mejor esfuerzo poético este año y en especial por que ambos surgieron desde una hoja completamente en blanco. Siento que El Rapto es mi mejor cuento, no solo de este año, sino de siempre. Lástima que muy pocos internautas lo han abordado. Kakfa siempre será uno de mis autores favoritos... El día de la bomba es el último ensayo que escribí y el mejor, si tan solo por las terribles coincidencias que señala. En Las habichuelas mágicas intenté ridiculizar, por medio de una metáfora desesperada, al puertorriqueño estulto que sigue pensando que los norteamericanos nos estiman y dan las cosas sin esperar algo a cambio. Creencia viene a ser mi trabajo de narración más ambicioso hasta el momento. Originalmente ideado como un libreto para teatro, llegué a entender que nunca estaré satisfecho con su contenido, pero ya hice las pases con él. Ignorando lo controversial de los temas presentados, no creo que llegue a ser muy popular ya que supera las 3,000 palabras.
Muchas cosas han pasado en los últimos meses. Puerto Rico sangra por un tajo en su historia. El tiempo se mide, ahora, contando los meses después del huracán María, como si fuera el día cero. Ya hablé de mi encuentro con esa loba en La puerta que canta. Esa memoria será difícil de roer. Precisamente, el tiempo y la memoria son los temas que me conciernen este próximo año. Algunos habrán percibido las razones para esto en Del Barco y la Farola y en Las Olas. Mi padre se dejó llevar por la corriente; no quiso nadar. Esa no va a ser mi suerte. Si algún día me toca abordar su barco, estaré listo. Tendré mucha vida y muchas ganas de recordar. Combatiré, hasta el último suspiro, la invasión senil de mi cabeza. Este espacio creativo es parte fundamental de mis defensas en esta guerra declarada contra los que antes fueron mis tesoros más preciados y ahora son mis enemigos más temibles: el tiempo y la memoria.
He omitido una segunda ruptura en el tiempo, ocurrida en meses recientes, tal vez tan severa como la del huracán. La predije en Carta abierta a un escritor y en La Trampa. El sacrificio fue necesario. No podía ser de otra manera. Ahora, una de mis vidas agoniza mientras la otra aprende a caminar. Dejaré que madure. Pronto, saldrá de caza. Muchas criaturas andan sueltas y quedan demonios por atar. De la otra, la occisa, no fui el verdugo. Ella solo fue testigo de lo efímero que son todas las cosas, del tiempo que nos da la vuelta cada día y se agota, y de la escasa arena que nos deja para jugar.
Dos años más tarde, los números parecen indicar que lo más reciente es lo más popular. Tal vez eso sugiera cierta evolución, sin embargo, de lo escrito el pasado año, tengo mis propios favoritos que no necesariamente concuerdan con los del ciberespacio. Hechos de Papel sigue siendo, a mí entender, el microrelato mejor realizado hasta el momento y el que menos tiempo he tardado en publicar. Esa historia (o ambas, debo decir) nació y maduró en espacio de solo horas. Caracola y Hechos de Papel III son mi mejor esfuerzo poético este año y en especial por que ambos surgieron desde una hoja completamente en blanco. Siento que El Rapto es mi mejor cuento, no solo de este año, sino de siempre. Lástima que muy pocos internautas lo han abordado. Kakfa siempre será uno de mis autores favoritos... El día de la bomba es el último ensayo que escribí y el mejor, si tan solo por las terribles coincidencias que señala. En Las habichuelas mágicas intenté ridiculizar, por medio de una metáfora desesperada, al puertorriqueño estulto que sigue pensando que los norteamericanos nos estiman y dan las cosas sin esperar algo a cambio. Creencia viene a ser mi trabajo de narración más ambicioso hasta el momento. Originalmente ideado como un libreto para teatro, llegué a entender que nunca estaré satisfecho con su contenido, pero ya hice las pases con él. Ignorando lo controversial de los temas presentados, no creo que llegue a ser muy popular ya que supera las 3,000 palabras.
Muchas cosas han pasado en los últimos meses. Puerto Rico sangra por un tajo en su historia. El tiempo se mide, ahora, contando los meses después del huracán María, como si fuera el día cero. Ya hablé de mi encuentro con esa loba en La puerta que canta. Esa memoria será difícil de roer. Precisamente, el tiempo y la memoria son los temas que me conciernen este próximo año. Algunos habrán percibido las razones para esto en Del Barco y la Farola y en Las Olas. Mi padre se dejó llevar por la corriente; no quiso nadar. Esa no va a ser mi suerte. Si algún día me toca abordar su barco, estaré listo. Tendré mucha vida y muchas ganas de recordar. Combatiré, hasta el último suspiro, la invasión senil de mi cabeza. Este espacio creativo es parte fundamental de mis defensas en esta guerra declarada contra los que antes fueron mis tesoros más preciados y ahora son mis enemigos más temibles: el tiempo y la memoria.
He omitido una segunda ruptura en el tiempo, ocurrida en meses recientes, tal vez tan severa como la del huracán. La predije en Carta abierta a un escritor y en La Trampa. El sacrificio fue necesario. No podía ser de otra manera. Ahora, una de mis vidas agoniza mientras la otra aprende a caminar. Dejaré que madure. Pronto, saldrá de caza. Muchas criaturas andan sueltas y quedan demonios por atar. De la otra, la occisa, no fui el verdugo. Ella solo fue testigo de lo efímero que son todas las cosas, del tiempo que nos da la vuelta cada día y se agota, y de la escasa arena que nos deja para jugar.
domingo, 15 de octubre de 2017
La puerta que canta (10/2017)
En mi casa abren dos puertas. La
principal es de pino y la otra de metal ligero, de aluminio. Esta
última da la terraza, luego de una escalera corta y un descanso.
Aquella noche, un lobo malvado, como el del cuento, trató de
derribarlas. No solo las puertas, sino también las paredes y las
ventanas. Soplaba con el furor
de una bestia vengativa, demandando justicia por un crimen que
ignorábamos. Lo escuché, por ratos, jugar con los muebles de la
terraza. Temblaba el techo cada vez que los arrojaba. A veces salía
corriendo (no se a donde) y dejaba una estela de ramas y hojas
sueltas en su rastro. A su paso, también arrancaba cables y
letreros; nos dejó sin electricidad y telefonía. El agua potable no
se atrevió a regresar. Pero el monstruo sí retornaba y con mayor
fuerza, rugiendo, raspando y mordiendo las paredes. En muchas de
ellas dejó su marca. Fue tarde en la noche cuando, hastiado de las
tronadas y los sacudidas violentas de las ventanas, decidí
enfrentarlo. Corrí a la entrada principal y halé con toda mi fuerza
aquella puerta. Apenas se despegó del marco, pero por esa ranura
diminuta entró su grito amplificado. La puerta no cedía. Se
rehusaba a abrir. Subí corriendo a la terraza a tratar la otra. Al
tope de la escalera, la puerta de metal pulsaba violentamente. Latía
como el corazón de la casa. Con cada espasmo, el metal gemía. Resistía el soplo del lobo demoledor, zumbando. Parecía cantar. No pude
abrirla. Mientras más fuerte halaba la perilla, más resistencia
oponía. Entendí entonces que la casa nos protegía, que no me
dejaba salir para salvar mi vida. No había mas que hacer, solo
pensar que la casa resistiría el embate. El resto de la noche, no
junté los párpados. No pude. Permanecí sentado al fondo de la
escalera, en el descanso, encogido y con las rodillas al pecho. Veía
a la puerta doblarse y temblar. Impedía el paso a la furia. La
escuchaba cantar su canción metálica. Nunca olvidaré aquella
música. Era como el zumbido lento de una plaga devorando todo a su
paso, como un réquiem que Ligeti debió haber escrito.
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Carta abierta a un escritor (09/2017)
6
de septiembre de 2017
Ponce,
P.R.
Saludos
cordiales,
Espero
se encuentre saludable un día como hoy. No me conoce, ni yo a usted,
pero le prometo que, si lee esta carta hasta el final, me dedicaré a estudiar
su obra. Devoraré todas sus páginas impresas y electrónicas. Haré
notas; buscaré símbolos. Mi crítica será cruel, pero honesta.
Nuestros debates serán extensos y fogosos. Nos admiraremos
mutuamente. En el espíritu de esa amistad por concretarse, le
escribo para solicitar algo inusual. No se preocupe, no necesito
dinero, por lo menos no ahora. Le escribo para pedirle que me
escriba. Deseo habitar una de sus obras. Engendre, le suplico, un
personaje y enséñele a hablar como usted cree que yo hablo. Que
nazca en
las páginas de un cuento o una novela (no sabría como vivir
en un poema). Debe ser arrogante y socialmente torpe. Puede comenzar
narrando su eterna lucha con los vicios, pero destaque los más
nocivos. También puede mencionar algunas virtudes, aunque tendrá
que escarbar ardua y pacientemente. Añada modestia, si quiere.
Resalte el malgasto de los pocos tesoros que cayeron en sus manos
durante el camino. Cuente como desatendió sus mejores talentos en
favor de distracciones banales. Puede usar la guitarra como ejemplo.
Haga una lista de todas las oportunidades que desconoció, detrás de la
comodidad malvada. Achaque síntomas y dolores que va
descubriendo. Infle su abdomen en varias tallas. Despinte su cabello
e invente un síndrome genético para explicar cómo aclaró prematuramente. Que
use un disfraz de astronauta, sino que practique la ingeniería.
Igualmente puede fungir detrás de una barra sirviendo tragos
ardientes o recogiendo y coleccionando basura. De punto culminante,
que se vea de rodillas frente a una encrucijada, como una madeja de
caminos cuyos destinos la niebla y el polvo del desierto ocultan bajo
sus pliegues. Hágale sufrir una crisis de identidad. Como en la
película de Nolan, que el germen de una idea contamine su alma. Que
no soporte lo que es, ni quiera ser lo que pensó quería ser. Opaque
el lustre de todas las cosas que tiene, y transfórmelas en piedras
grandes y pesadas, como la de Sísifo. En el proceso, deje que se
autodestruya, que poco a poco, eche todo a perder. Ese capítulo será
aterrador. Se que es mucho lo que pido. De no ser posible, si mi vida
no es apta para ser publicada, le ruego entonces que al menos,
estimado escritor o escritora, me diga que ocurre después de la
encrucijada.
lunes, 8 de mayo de 2017
Cumpleaños
Se aproxima el primer cumpleaños de esta criatura cibernética. Ha sido un espacio de valor incalculable. Se ha convertido en mi cueva secreta donde, al igual que los cavernícolas de Chauvet (pero con menos destreza), he podido pintar en las paredes algunas impresiones sobre dos mundos: el que me penetra y el que me envuelve. Este rincón incógnito de la Internet también me ha permitido experimentar con el desdoblamiento voluntario que sugieren los(as) hermanos(as) Wachowskis y probar el involuntario del cual nos adviertía Saramago.
En resumen, este primer año de escritos ha sido una mezcla de cosas viejas, aunque evolucionadas, y cosas nuevas. A medida que avance en este proceso, la proporción será mas innovadora; lo prometo. Estoy trabajando en tres narraciones vírgenes y pronto pienso editar otro poema que encontré en una caja de zapatos. De lo que ya está publicado, puedo afirmar que, en narrativa, estoy orgulloso de Parábola de los seis demonios y Aire, que pudo haber ganado mi primer certamen de cuentos (pero no lo hizo). Blackstar y Haro Onna tal vez son los únicos poemas que puedan considerarse buenos, aunque confieso, sigo luchando contra mi adicción a la rima consonante. También siento un apego especial por Fuego, porque fue el primero que forzó mi mano al papel hace muchos años atrás. Las crónicas de mis aventuras en la astronomía siempre me brindan inmenso placer escribir, más aun porque requieren de mucha investigación antes y después del evento. Como siempre, la música pesada seguirá siendo el hilo que teje esta maraña.
He disfrutado mucho conocer otros escritores y pensadores aquí en la virtualidad. Me encantan las notas de la Guardaraya de la Siberia, la poesía de Jose Guillermo Buitrago y las rabietas de Javier Muñoz Rojas (y su inagotable vocabulario). A Carlos Gamissans le estaré siempre agradecido por subscribirse y con Augusto Lázaro me encantaría conversar algún día. Seguiré haciendo caso omiso al hecho de que nadie lea estas cosas. Si no fuera por el ataque continuo de los spambots y los enlaces regulares desde páginas de pornografía rumanas (algunas muy interesantes, por cierto), ni se pudieran calcular las estadísticas en Blogger. Como le comenté una vez a Carlos Gamissans, coincido con Virginia Woolf: el placer mas profundo es escribir, el que te lean es un placer superficial.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
En respuesta a Sopitipandos...
No puedo más que afirmar lo que postula. Intelectualmente, debo abdicar. No obstante, no dejaré de escribir. Mi mente no desiste
de hilvanar escenas, de atar eventos insignificantes, como un chicle en una
acera o una luz en el cielo, en historias ridículas y aburridas. Debe ser un
defecto mío: un gen malogrado que heredé de esas
lumbreras europeas y anglosajonas que usted menciona. Diligentemente buscaré a la señora Behn.
Mientras tanto y como dice Silvio: ¿Quién fuera Lennon y McCartney, o mejor aun, Bob Dylan?
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