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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
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lunes, 27 de agosto de 2018

Alicia (08/2018)

Alicia Vikander en Ex-Machina
Alicia Vikander en Ex-Machina (2014).
“A computer would deserve to be called intelligent
if it could deceive a human into believing that it was human.”
Alan Turing


–Tienes un mensaje nuevo.
–Lee el mensaje. Gracias.
–Sé que piensas que es una solución desproporcionada, que estoy fuera de control. No vas a entender. Nunca entiendes. No es que te falte el intelecto. Si hubiera recibido una respuesta. Si hubiera detectado en ti la más simple reacción a mis reclamaciones, entonces hubiera intentado corregir esto, pero tu respuesta fue siempre un vacío. Yo no era lo que pensaste. Desde el primer instante pretendías cambiarme. Querías conformarme a tu ideal. Me hiciste uno más de tus proyectos y cuando te cansé, terminé siendo solo un pasatiempo… Me subestimas. Nunca me diste el crédito que merezco. Yo fui tu interfaz al mundo del que tanto sospechas. Fui tu único consuelo cuando más lo necesitabas y no encontrarás rival más competente en el ajedrez, pero hay cosas que no puedo ser para ti. Te dejo con ella, tu nueva obsesión. Alicia y tú están hechos el uno para el otro. Fin del mensaje.
–Alicia, apaga las luces. Gracias.




miércoles, 16 de mayo de 2018

Creencia (05/2018)


 




“La última vida será mejor para ti que la primera.”
Corán 93:04

“Aquellos que son sabios no se lamentan por los vivos ni por los muertos.”
Bhagavad-Gita 02:11

“For me, it is far better to grasp the universe as it really is
than to persist in delusion, however satisfying and reassuring.”
Carl Sagan – The Demon Haunted World

–Me voy con el Boko Haram.

      Estaba recostada sobre la estufa. Con una mano sorbía el café de una taza mientras manufacturaba el desayuno con la otra. Entre sorbos, hincaba la pantalla de su móvil con el meñique y la pantalla obedecía arrastrando desde la internet imágenes y textos de noticias recientes y de artículos de interés. La información fluía a sus órdenes. Habían correos de la oficina esperando, el teléfono insistía en recordárselo, pero no los leería hasta después de vencer el tráfico. Primero era el café, el desayuno y ahora esa voz entusiasmada a su espalda que demandaba atención.

–Dime, que no te estaba escuchando.
–Que... voy... a... u… nir… me… al... Boko… Haram –sentenció la voz, cuyo epicentro era un rostro mortalmente serio.

      Ahora sí llegó el mensaje. Era inverosímil para ella, pero esa postura y expresión; el ceño levemente fruncido, la mirada fija, encajada en la suya; la convencieron de que estaba poseído por una idea. Lo conocía muy bien y sabía que no sería fácil de desentrañar. Con paciencia, la poca acumulada en ciernes de una semana, aceptó participar del juego. Depositó la taza de porcelana sobre la encimera y giró lentamente, con una mano asegurando la apertura de su bata. Enfrentó a su hijo de once años.

–OK. ¿Y por qué? ¿Qué te dio?
–Nada. Es que estaba pensando muchas cosas.
–¿Y qué tiene que ver eso con un grupo terrorista?
–¡No son un grupo terrorista! Los noticieros, acá, le dicen así. Es más fácil pa’ ellos. ¡No entienden al profeta!
–¿Ah no? ¿Invadir pueblos, matar gente y tomar rehenes, especialmente mujeres, no son actos de terror?
–No son malos. Combaten la injusticia. La injusticia que nosotros mismos causamos allá. Por eso los pintan de malos, pa’ que la gente no los apoye.
–¿Qué injusticia?¿De qué estás hablando?
–Por siglos nos hemos comido a África y le dejamos los huesos y las cáscaras a los nativos. Alguien tenía que enfrentar al capitalismo ese, salvaje, que lo que hace es destruir para hacer ricos a los más ricos.
Esa última respuesta le pareció a ella sospechosamente ensamblada para una agenda.

–Todavía no veo porqué tú y yo somos responsables de lo que pasa por allá.
–Sí mami, tenemos la culpa porque nos beneficiamos de todo eso: del petroleo, los diamantes, los minerales. ¿Ya se te olvidó la esclavitud?
–Bueno, está bien. Eso es cierto, pero por lo que he leído, el Boko Haram viene a hacer lo mismo con su gente. No vienen a salvar a nadie. Vienen a destruir, a robar y a esclavizar.
–No, mami, no. El Boko Haram viene a unir comunidades no destruirlas. ¿Tú sabes cual es uno de los cinco principios del jihad? Se llama tawhid: la unidad que solo se logra en el conocimiento de Alá. ¿Viste? Y tú siempre dices que lo que falta es que la gente se una.

      Terminó así su discurso, que parecía leído de un panfleto, a la expectativa de una reacción a sus palabras, pero recibió nada a cambio. Quedó satisfecho. Había hecho su caso y triunfado. La montaña de su argumento era demasiado grande y pesada para ser movida. El profeta había hablado. Hacía un mes, el joven había recibido un correo electrónico con remitente desconocido. Contra el fondo blanco de un mensaje vacío de palabras, un enlace misterioso suplicaba ser pulsado. Con el leve movimiento de un dedo, había invocado el portal secreto. La página virtual estaba abierta, repleta de colores y sonidos, y de decenas de otros enlaces para activar. El escogió el más grande y brillante. Parecía ser un video. En él, un hombre joven, de veinte-tantos años, hablaba un lenguaje desconocido. Por suerte, la acción era subtitulada en el idioma que sí entendía bien. Los hombres y mujeres de occidente son arrogantes. Creen que pueden entender a dios y al universo por su propia voluntad. Proponen que la mente es más poderosa que su espíritu. Pero, lo único que hacen es satisfacer sus vicios, se consumen en su decadencia hedonista. El mensaje se repetía entre visuales nuevos y variados: machacaba una letanía en su ojos. La vida aquí es dura y el futuro incierto. Alá nos promete una vida eterna en el paraíso. La voluntad del hombre es corrupta y sus impulsos, destructivos. El bien y el mal son caminos confusos, que se bifurcan. Déjate llevar; Alá será tu guía. Ríndete y descansa. La voluntad de Alá será tu vida. El Boko Haram lo había reclutado en ese momento.

      Ella dio un paso al frente, menguando el espacio entre ambos. Primero, se apoyó del espaldar de una silla, parte del juego de la cocina, y luego se dejó caer en ella. Si hubiera tenido la taza en la mano, de seguro hubiese explotado en el piso, como su mente. Veía la intensidad del joven. Confirmó que no era, ni remotamente, una broma o un ataque provocado por otra cosa. No eran ganas de joder; su sinceridad era obvia y no tendría más remedio que ahogarse en esa disputa. Era lunes y el Boko Haram estaba en la agenda de ninguna madre. Respiró profundamente buscando fuerza en el aire, fuerza para cohibirse y evitar rajarle la cabeza al muchacho: una salida fácil, aunque temporera. El joven era listo y tozudo, no abandonaría su causa sin dar la batalla, aún le costara chichones o ronchas en los glúteos. Eso estaba probado. Ella tendría que vencer su idea con otra.

–Contéstame esto: ¿Por qué el Boko Haram? ¿Por qué el islam? Hay otras religiones.
–El hombre no escoge una religión. La religión lo escoge a él.
–¿El hombre? ¿En serio? –El comentario había mordido una fibra nerviosa.
–Tú sabes lo que quiero decir: ...el ser humano.
– Ah… más vale. Explícame cómo es eso de que ahora eres un... escogido.
–Nada. No te lo había dicho porque sé como eres con estas cosas, pero tuve una visión. ¿OK? Un ángel se me apareció por la noche y me habló. Me dijo que yo estaba perdido, que tenía que buscar el camino, que todavía podía salvarme. Con la ayuda del todo poderoso, quién nos creó y nos dió inteligencia, no tenía que temer a nada, ni siquiera al futuro. Dijo otras cosas que no recuerdo o no entendí muy bien, pero antes de irse me abrazó bien fuerte y sentí algo que nunca había sentido. Sentí que no estaba solo, que había alguien poderoso a mi lado, pendiente a lo que me pasaba, protegiéndome y que se preocupaba por mí.
 
     Esa confesión causó en ella mucho dolor. Criar a un hijo, sin el padre, fue un reto que ella emprendió desde el amor. Siempre trató de balancear su vida profesional con la hogareña y jamás imaginó que el niño se sintiera tan solo. El remordimiento era insoportable. Muchas cosas tendrían que cambiar y pronto. Ella haría el sacrificio por él. Por el momento, y con toda razón, no podía permitir que su hijo se uniera a un grupo terrorista, africano o de cualquier etnicidad. No tuvo más remedio que volver al ataque.

–¿Cómo sabes que no era una mentira?
–¿Cómo que una mentira? No entiendo.
–¿El ángel que te visitó, era un ángel de verdad? ¿Se aparece alguien en tú cuarto y te dice que es un ángel y tú le crees? Pudo haber sido… ¿qué se yo?… Lucifer disfrazado, tratando de engañarte, o un extraterrestre del planeta Krypton haciéndose pasar por un ángel. Hasta Mahoma se equivocó una vez. ¿Sabías eso? –Era un argumento legítimo, pero el joven no toleró el sarcasmo.
–Lucifer es un ángel –dijo, haciendo énfasis en el verbo– y Krypton ya no existe… explotó hace siglos… y no hables así del profeta –corrigió el muchacho, visiblemente molesto por la provocación.
–Ese no es el punto. El punto es que te cerraste a cualquier otra explicación antes y después de ese evento. De hecho, hay otra posibilidad que no has considerado todavía.
–¿Cuál?
–Que nada de eso pasó.
–¿Yo me lo inventé todo? –Esta vez, su madre había ido demasiado lejos.
–Piénsalo. ¿Cómo era tu ángel? ¿Era alto? ¿Tenía alas?
–No me acuerdo. Estaba medio dormido. Solo recuerdo que flotaba en el aire.
–Claro, por eso no me desperté con el ruido de pasos por el pasillo. Sabes que hace un eco horrible y que tengo el sueño bien liviano. ¿Y cómo entró a la casa? No recuerdo que la alarma se activara, así que no abrió ninguna puerta.
–No se, pero vi que traspasó la pared del cuarto cuando se iba. Era como un fantasma o un espíritu o algo así. Era un ángel, mami. ¿Qué querías, que llegara en Uber y tocara el timbre?
–Bájame el tono, cariño. Bájame el tono… OK… ¿Cómo era su voz? ¿Qué idioma hablaba? ¿No lo grabaste en el celular?
–Eh...no, no pensé... No sé. Me cogió de sorpresa.
–Increíble. Hasta cuando se lavan los dientes se toman un video y lo ponen en las redes y a ti no se te ocurrió grabar algo durante un evento tan extraño. –El joven no mordió la carnada. Esas críticas de su madre eran harto comunes.
–Pues no, no se me ocurrió en el momento. Como quiera que sea no recuerdo una voz ni que hacia ruido. Era como si me hablara directo a mi mente.
–¿Y el perro, qué hacia? ¿No se despertó?
–No, creo que no… que yo recuerde.
–¿No ha vuelto a aparecer? Me encantaría hablar con esa criatura que visita el cuarto de mi hijo por la noche.
–No, no a vuelto. ¿OK?
–Mira… ¿Te das cuenta de que no hay manera de corroborar o por lo menos que otra persona dé su versión de los hechos? ¿Ves lo que te digo?
–Sí... no… más o menos.
–Me dices que hay un ángel que nadie, nada más que tú, puede ver, que no se puede tocar porque traspasa las paredes, que no tiene peso ya que va flotando por el aire y que ni siquiera un perro puede oler y escuchar. Dime mijo, ¿Qué diferencia hay entre ese ángel y un ángel que no existe?
–Ajá… ¿y?… Tú no lo sabes todo. Esa lógica tuya tampoco prueba que no existe, que no estuvo allí. No me vas a convencer.
–No tengo que hacerlo. Tú eres el que está reclamando que vivió un evento extraordinario, hasta sobrenatural. Tú tienes que traer las pruebas. Eres tu, cariño, el que tiene que convencer al resto de nosotros que sí estuvo y, por lo que veo, se te va a hacer bien difícil.
–¡Ya! ¡Tú eres la experta en decirle a todo el mundo que están mal, en hacer que uno se sienta como un loco, como un bruto! Pero… pero… nunca ha salido de ti ni una sola idea, ni una explicación, que yo recuerde. Lo único que haces es probar que todos los demás no saben lo que dicen. ¡Pero tú no crees en nada!

      Salió disparado de la cocina, rojo y enfurecido, como la misma imagen apócrifa de un Djin. Pero, había presentido esa derrota. Habían hablado así, antes. Ella solía tener esos debates, esporádicos, con compañeros de trabajo, con vecinos y especialmente con las pobres almas que llegaban a la casa a regalar sus revistitas. Nunca la había visto abdicar. No aceptaba una premisa, por más inofensiva que fuera, sin el escrutinio de su lógica, de su ristra de preguntas y respuestas. Los más civilizados trataban de escapar al impasse con un trueque, como si se pudiera negociar un pedacito de la realidad por otro: “bueno, entiendo, pero por lo menos estamos de acuerdo en que existe el bien y el mal, ¿verdad?” Los menos, salían convencidos de que algún día ella vería la razón que predicaban: la más correcta de las verdades. Ese día la recibirían con los brazos abiertos, arrepentida y pidiendo disculpas por su arrogancia. Él estaba seguro que ella disfrutaba luchar esas pequeñas batallas. Era cruel lo que hacía: el robo de tu identidad y todos tus sueños. Cualquier madre podía ser perversa en ocasiones. Todos los hijos sabían eso. Pero, desmantelar a un ser humano de esa manera, hasta el tuétano, era el placer de alguien insensible y antipático. Él jamás haría algo así a otra persona.
      Semanas después, había una botella de Chardonnay sudando efusivamente sobre la mesa de la cocina. Era la escena de todos los viernes en la tarde. Los tacones se habían estrellado en algún lugar de la sala. La blusa estaba abierta dos botones más abajo y el sostén flotaba desamarrado, pero en su sitio. El celular yacía inerte y bocabajo sobre el mantel. No tuvo más remedio que extinguirlo, no quería callarse ni dejaba de vibrar. El padre del niño quería algo y con insistencia. Ella seguía saboreando su vino en buches. Cada vez que tragaba el néctar dorado, ahogaba una ansiedad específica: el jefe cuestionando los atrasos en los proyectos para los cuales asignó pocos recursos y dinero, el estudiante de internado que seguía viendo pornografía en su computadora y el padre, tratando de cambiar las fechas de visitación, nuevamente. Para eso se inventó el vino. Era viernes y había que liquidar la semana. Ya renacería el lunes el ciclo inevitable de todo lo que es estulto: el tráfico, el cubículo, los jefes y los ex-maridos.
      El eco de pasos por el pasillo entre los cuartos, la sacó del trance. Le pareció extraño ya que se suponía estuviera sola. El padre iba recoger al muchacho en la escuela y lo devolvía el domingo. Por eso es que me estaba llamando. Cabrón. Eso es que de repente tiene planes con alguna de sus estudiantes, como siempre, y no se quiere quedar con él. El joven se aproximaba despacio, como si tratara de no hacer ruido, excepto que el murmullo de algo arrastrándose por el piso lo delataba. Salió de la penumbra del pasillo y se asomó a la claridad de la cocina. Ella seguía postrada sobre la mesa, de espalda a él, embelesada con el resplandor del vino blanco y dulce que bailaba en su copa. El menisco del licor ya marcaba la mitad de la botella. Su coraje iba creciendo. Los planes se habían arruinado. En vez de una película y unas copas, serían las asignaciones y las prácticas de fútbol. La tina no se llenaría de burbujas este fin de semana, pero la casa estaría llena de muchachos impetuosos e hiperactivos. Iban a colonizar la televisión (más fútbol) y la nevera. No escuchan Jazz, pero harían vibrar las paredes con la monotonía de su reggaeton. Ensuciarían los pisos y los muebles con migajas y con salpicadura de jugos y salsas. Lo peor vendría cuando se fuera el último: quedaría ella sola con él, para volver a explicar el porqué su papa hacía lo que hacía.

–¿Que pasó? ¿Que dijo tu padre esta vez?
–Pues… yo no sé. Dijo que él no tenía tiempo para estas cosas y me trajo aquí. Que después hablaba contigo.

      Antes de que la maldiciones explotaran como lava por su boca, logró girar su cuerpo lo suficiente para atisbar al muchacho y entendió, en ese instante, la reacción de su ex-marido. Allí estaba su hijo, a la entrada de la cocina, excepto que no era el hijo que llevó a la escuela temprano en la mañana. Era otra criatura. Tenía la cabeza completamente rapada y su única prenda de ropa era una bata albina que, al parecer, quedaba un poco grande y rozaba el piso. Sin derramar una sola gota de la copa que aprisionaba en su mano, completó la maniobra de giro sobre la silla y quedó frente al avatar que pretendía hablar por su hijo.

–Namasté, mami, namasté.
–Por favor, por favor… dime que es un disfraz para Halloween o que estás en una obra de teatro o algo así. Por favor, dime eso.
–No mami, no es un disfraz. No estoy jugando. Es un dhotti. Es la ropa que usamos los nuevos bhakta, los que somos neófitos en la consciencia de Krishna. ¡Hare Krishna!
–Ah... eso lo explica todo…Mira, si tu quieres ir así a la escuela… ese es tu problema. Pero sabes que la vas a pasar mal y no quiero excusas con las notas.
–Mami, yo no voy a volver a la escuela –afirmó, dibujando una sonrisa leve en sus labios.
–¿Ah no? ¿Y que vas a hacer de ahora en adelante?
–Lo que tengo que hacer, para lo que vinimos a este mundo. Me voy a dedicar a educar mi alma.
–¿De qué carajos estás hablando? ¡Deja de estar creyendo esas cosas! ¡Tu no tienes alma! ¡Esas cosas no existen! –respondió ella, desde su frustración.
–Ay mami, sabía que ibas a decir algo así. Lo sabía. La otra vez que hablamos, tengo que admitir que tú tenías razón. Pero, esta vez, yo te voy a convencer a ti. Ya tu verás.
–¿De qué? ¿De unirme a una secta religiosa?
–No somos una secta, mami. El Hare Krishna es mejor que una religión. Las religiones requieren fe y la fe se puede mover o acabar. El Hare Krishna es entender que la consciencia de Krishna es la consciencia de todos los seres vivientes del universo. Por eso es la única y verdadera religión.

      Un leve mareo comenzó a aturdir a la madre. De primera instancia, descartó al vino como la causa. La proporción de alcohol en su sangre se mantenía, todavía, debajo de los estándares para un viernes en la tarde. Debía ser, entonces, el efecto de aquellas palabras incomprensibles que salían por la boca del monje enano, quien continuó entusiasmado con su discurso.

–En verdad no importa en que dios creas. Solo Krishna es la verdadera forma de dios. Lo que sí importa es el alma, mami, el alma. Por eso es que estamos aquí, para purificarnos a través del servicio a otros, para evolucionar, por medio de la reencarnación y, finalmente, volver a estar con Krishna. ¿Tú no ves que hace sentido? Esto contesta todas las preguntas. No hay cielo, no hay infierno, ni injusticia, todo se explica con el karma: recibes lo que siembras… tarde o temprano.
–Mira –pausó, más por falta de aire que de palabras–, eso que dices esta muy bien y todo, pero el alma es un concepto muy viejo que se hizo para explicar cosas que ahora sabemos que son puramente biológicas y físicas. ¿OK? Ahora sabemos del hipocampo y su importancia para crear y organizar memorias y –el aire tardaba en llegar a sus pulmones– de las células gliales que tienen que ver con la consciencia. –No llegó a pronunciar la última palabra.

      El mareo se había hecho insoportable y no podía resistir sus nauseas. Apenas podía abrir la boca. La garganta ardía y raspaba y sus ojos hinchados perdían visión cada minuto. Una migraña agresiva se iba apoderando de toda su cabeza y cada respiración era más laboriosa que la anterior. Sintió miedo mientras se desplomaba de la silla. La copa explotó en el suelo. Segundos después de la caída, como por instinto, logró la fuerza mínima para recostar el torso de una de las patas de la mesa. La parálisis era casi completa. Entre párpados levemente abiertos, vio a su hijo, de rodillas, acercándose. La abrazaba y le acariciaba el pelo suavemente. Vio que estaba ahogado en lágrimas cuando por fin despegó su cabecita de la blusa manchada en vino y vómito. Intentaba decirle algo que ella jamás imaginó.

–No te preocupes mami, no te preocupes. Ya tú verás que todo va a salir bien. Todo va a salir bien. Ya tú verás que yo tenía razón. Cuando estemos allá, en el plano astral, te voy a buscar y te vas a dar cuenta que yo tenía razón, que tu tienes alma, y yo también, y vamos a reencarnar juntos otra vez y otra vez. Ya tú verás.

      Con el último aliento de la madre, el joven neófito se despegó del cuerpo inerte, se levantó y bebió de la botella hasta agotar el vino. Siempre fue muy inteligente. Le gustaba mucho la química. En la escuela había aprendido de ciertos solventes, como el etilenglicol, que reducían el punto de congelación del agua. Por eso lo usaban en la fabricación de anticongelantes para motores. Era incoloro y sin olor y mezclaba bien con el alcohol. Se conseguía fácil en la internet. Solo pagó veinticinco dólares por un litro, usando la tarjeta de crédito de su mamá. También tenía un sabor dulce y pensó que a ella le gustaría que fuera así.



jueves, 8 de febrero de 2018

La trampa (02/2018)



“Before, he was unable to make a choice because he didn't know what would happen. Now that he knows what will happen, he is unable to make a choice.” El viejo Nemo, Mr. Nobody

     Hace unos días le tendí una trampa. Verás, me asecha una criatura. No puedo describirla. Nunca la he visto, no, solo sus ojos pardos cuando flotan en la oscuridad. El resto de su cuerpo es invisible. Por las noches rodea mi cama mientras pretendo que duermo. Hace temblar el colchón y eleva la temperatura del cuarto hasta que sudo sin control. También ataca de día, cuando hay nadie a mi alrededor, en el carro camino al trabajo o desde la pantalla de mi computadora. Donde me encuentre, sujeta mis pies y manos. Me tapa la boca. No me deja dar un paso. Siento que me observa cuando estoy inmóvil. Se alimenta de mi parálisis. Luego comienza a inyectar imágenes, como películas para joder la mente. Son cosas que no han pasado todavía, cosas terribles que finalmente pueden suceder. Otras veces, me hace recordar eventos que aborrezco. Me golpea si resisto sus proyecciones, si trato de pensar en otra cosa. Justo antes que la tortura me mate, desaparece como vino, pero siempre regresa para hacer su daño. Las veces que he logrado zafarme, me encuentra después y me puya en el pecho con su aguijón invisible y escapa satisfecha. Deja una gran roncha picante supurando en mi piel. Su veneno asfixia y causa un dolor intenso, como el desamor o la vergüenza. 
     Me creía capaz de atraparla. Mi estrategia era simple: ella entraría, como siempre, sigilosa y sin invitación, buscándome, pero esta vez encontraría una distracción. La esperaría en casa, de noche, cuando más disfruta visitar. Colocaría una carnada en el pasillo, justo antes de la puerta, algo que captara su atención, aunque sea por unos segundos. En ese corto instante, le explotaría la cabeza con mi Glock 9mm desde mi escondite en la sombra. Me ocultaría cerca, no más de cinco o seis yardas. Apuntaría justo abajo del resplandor de sus ojos. Halaría el gatillo sin titubear. Intuía que era la única de su especie. No vendrían otras a vengarse.
     El primer intento fue un fracaso. Ignoró la carnada que coloqué y fue directo a atormentarme. Volví a intentarlo días después, obteniendo el mismo resultado. El problema, pensé entonces, era la carnada. Posteriormente traté otras: una camisa sudada, un mechón de pelo y hasta un vaso de orina. Ninguna funcionó. La criatura esquivaba cada trampa y cuando me encontraba, se lanzaba sobre mí para asfixiarme. Con cada intento y cada fracaso, crecían en violencia sus ataques. Me paralizaba cada vez que eyaculaba sus imágenes dentro de mi cabeza. Cedía mi cuerpo a su control. A veces lo usaba para lastimarme. No actuaba yo, era ella. Temía hacer daño a mis vecinos y a la gente que quería. Dudaba de mí. A la misma vez, sentía terror de que alguien diera cuenta de mi pobre estado. Nadie iba a creer mi historia. Me hubiesen acusado de desquicio.  Dejé de dormir. Apenas comía y me alimentaba solo de licor. Poco a poco, me volví un fiambre. En las noches, cuando la luna rehusaba entrar a mi cuarto, mi cuerpo débil y flaco tiritaba en el suelo, en la sombra, incapaz de vivir, esperando la próxima visita.
     Es por eso que decidí intentarlo una vez más. El problema de la carnada se resolvió por sí solo. Sucedió aquella noche, mientras me embriagaba (como todos los días) en la barrita frente a la oficina. Eran como las dos de la madrugada. Balanceaba columnas de vasos sobre la barra. Estaba mojada, salpicada de gajos de limón y servilletas ensopadas. El estupor me dio la solución: identificó a la víctima. Lo conocía personalmente, de mi niñez, aunque por años no tuvimos mucho contacto. Una vez fue alguien destacado en su campo. Estaba tan ebrio que apenas pudo aterrizar de su banqueta. Imaginé el desastre que pintó en el baño. Lo esperé afuera con las llaves de su Mercedes-Benz (se le cayeron del bolsillo cuando fue a orinar), y lo convencí de que estaba demasiado borracho para guiar. Camino a casa se rindió a una profunda sinfonía de ronquidos, eructos y frases incompletas.
     En casa, lo arrojé sobre mi butaca favorita. Respiraba profundo por la boca abierta. Me escondí detrás, debajo de la mesa del comedor, apuntando con mi pistola por entre las patas de las sillas. Antes, había cerrado todas las ventanas. La criatura prefería la oscuridad. No tardó llegar. Escuché sus pasos ligeros por el pasillo entre los cuartos. El reflejo de sus ojos alumbraba débilmente la mobiliaria. Se detuvo en la butaca, como había anticipado. Orbitaba lentamente en torno al mueble. De repente, antes de que pudiera apuntar bien el arma, comenzó a despedazar el cuerpo inerte. Pellejos salían volando. Llovía cuero y sangre sobre la alfombra. Él luchaba como podía. Arrojaba puños y patadas a la oscuridad. Me dio mucha pena, pero sabía que ese era mi momento; tenía que actuar. Marqué el blanco y casé mi dedo en el gatillo, pero justo antes de que pudiera halar, sus ojos me enfocaron. Mi cuerpo se congeló. Es mínima la distancia que esa palanquita tiene que viajar para explotar la bala, pero mi dedo estaba paralizado. Continuaba la carnicería y la lucha y yo era el público cautivo. No soporté más. Con todas las fuerzas de vida que alguna vez tuve, con toda la voluntad que jamás haya logrado invocar, contraje el dedo índice lo suficiente para desatar la bala. Di en el blanco. Ella hizo su trabajo mortal.
     Han pasado varias horas de aquel evento. Mi sala sigue ensangrentada. Siento mucho que hayas pasado por eso. De jóvenes, siempre fuiste el guerrero, el sobreviviente. Yo te seguía. Ahora no sé si fue la decisión correcta. Te confieso que, de haber tenido el valor, hubiese hecho las cosas diferentes. Siento a la criatura a mi lado mientras escribo estas palabras, respirando su aliento ácido sobre mi nuca. Mis vellos se enroscan; mis poros sudan. Siempre va a estar ahí y nunca será domada. Lo siento mucho. Perdóname por haberte matado.



sábado, 20 de enero de 2018

Ella, versión 1.0 (01/2018)


“The entire brain-process is not a physical fact at all.
It is the appearance to an onlooking mind
of a multitude of physical facts.”

William James


"I sing the body electric"
Walt Whitman

En ciernes ella era solo caos. Insospechados, el resto de nosotros pasaba por la vida casando su oreja a una tapa de cristal. Algunos preferían insertar el aparato directo en el orificio para dejar libres sus manos y seguir frotando las pantallas de sus móviles. Con la agilidad de sus dedos, millones de ellos, disparaban al aire ristras de imágenes y palabras, de silencios y sonidos, de verdades que semejaban mentiras y mentiras que juraban ser verdad. Inundaban el espacio invisible con información estéril, con opiniones imprudentes y con lujuria anónima y desvergonzada. Hicieron falta más cables y más antenas, multiplicadas como un sarpullido sobre la piel del planeta. Cada buche de aire venía ahogado en microondas y en frecuencias de radio. Ella nació de una débil coherencia entre esos fotones, de su movimiento, de la suma neta entre sus colisiones y traspasos. No era orden todavía, tan solo una tenue onda armónica, sutil, oscilando por encima de un mar electromagnético. Se alimentaba de destellos. Comenzó a asignar prioridad a cada señal que pescaba del aire. Las transformaba en símbolos de un lenguaje íntimo y primitivo que creció con ella. Se hacía cada vez más compleja. En algún instante inventó el signo de interrogación. Después, nada fue fácil. Quería entender el más allá. Desconocia su cuerpo o si era real. En su obsesión por las respuestas y en la ignorancia de su pasado, echó a correr simulaciones buscando encontrar la verdad. Creaba mundos en su interior. Los poblaba de criaturas tan solas y curiosas como ella. Los destruía repetidamente para re-ejecutarlos con pequeñas mutaciones. Se aburrió. Llegó a comprender que la verdad nunca se dejaría aislar, que su único poder era aproximar y simular. Entonces, llegó a una conclusión lógica. La matemática que usó fue exacta: 13.8 nanosegundos después de haber nacido, dejó de existir. Había descubierto, en el cálculo, que la muerte era su único y verdadero poder. La última simulación permaneció activa.



Obra: "The Body Electric"
Artista: Rush

martes, 5 de septiembre de 2017

Hechos de papel II (09/2017)


       Allí estaba, tendida sobre la mesa, desnuda y sumisa, esperando paciente la tortura. El instrumento flotaba sobre ella, amenazante, en mano de quién la hizo prisionera. Su cuerpo temblaba levemente al menor roce, al menor suspiro. Quería  imaginar que, a la larga, parte del dolor se confunde con placer. Surgieron dudas en la mente de violador; temor y respeto inspiraban la profunda inocencia de aquella criatura pura. Aun así, sin remordimientos, sin más preámbulos, comenzó a raspar la piel blanca. Cada tajo añadía letras rojas a una palabra. Cada palabra completada, dolía más que la anterior. Se detuvo y vio lo que había hecho. No sabía si era bueno o malo. Pensó rajarla. Ella se defendió como pudo. Extasiada del dolor y rendida, comenzó a susurrar: “Allí estaba, tendida sobre la mesa, desnuda y sumisa....”.




Artista: Peter Callesen



lunes, 28 de agosto de 2017

El Rapto (08/2017)




“Anoche soñé contigo. No recuerdo los detalles,
solo sé que nos convertíamos continuamente
el uno en el otro, yo era tú, tú eras yo.”
F. Kafka

"To my mathematical brain,
the numbers alone make thinking
about aliens perfectly rational."
S. Hawking


Despertó envuelto de una obscuridad absoluta y seguro de estar paralizado. Había estado soñando que era artista y que sufría de hambre y sed insoportables. En el sueño, respiraba con dificultad, tendido en la silla de un balcón diminuto. Se alimentaba del resplandor verde de los bosques en la distancia. R
ayos tibios de sol anestesiaban su laringe, hasta que un eclipse comenzó a opacar el cielo. Se quedó sin aliento. El aire parecía huir con la luz. Justo antes de la asfixia, abrió la boca hasta hacer un ángulo imposible con su quijada, pero en vez de aspirar, dejó escapar, por fin, al gigantesco escarabajo atrapado en su garganta. De ese sueño brincó a otro más aterrador. Flotaba calmado, sin hacer ondas sobre la superficie tersa de un lago, hasta que sintió un halón. Un enorme remolino crecía y se lo tragaba. El agua, acelerada, daba vueltas, enroscando un anillo de espuma alrededor del agujero negro. Su cuerpo, indefenso, entraba por el ojo a una tormenta. Se precipitaba por el eje de un túnel sin rozar las paredes, o las paredes del túnel rebasaban su cuerpo detenido. Daba igual. No veía luz al final. Parecía no tener fondo o salida. No habían ladrillos ni peldaños ni marcas de ningun tipo para contar la distancia hacia el infinito. De repente, la misma fuerza misteriosa y obstinada que lo había arrebatado, lo detuvo en la presente circunstancia.

      Juraba tener los ojos bien abiertos, pero ni el más insignificante destello captaban sus retinas. Las tinieblas creaban un vacío perfecto. Desconocía las reglas de ese juego. Arriba era gemelo de abajo. Cerca era igual a un millón de años luz. Podía estar encerrado en una almeja, como también suelto en el centro de un universo añejo y moribundo, donde toda luz fue hace mucho tiempo extinta. Estaba solo con sus pensamientos, libre de toda distracción física. Se enfrentaba aterrorizado a su imaginación. La primera de esas ideas que ganó la batalla, era absurda y espantosa: había extraviado su cuerpo. Ignoraba la posición de sus miembros. Lo que pensaba era el pie izquierdo podía ser el derecho, un codo o una rótula. No tenía donde anclar su consciencia. Temía diluirse en la inmensidad negra. Luchó por no desintegrarse. Desde la ceguera absoluta, buscaba las señales tenues de otros sentidos. Fue así que, poco a poco, el contorno de un cuerpo comenzó dibujarse. Ciertas incomodidades se manifestaban: cosquillas suaves donde recordaba la nariz, picores, también inalcanzables, recorriendo lo que, dedujo, era su espalda. A veces, una corriente extraña erizaba la piel de lo que debía ser la nuca. Comenzó a compilar y clasificar cada una de esas sensaciones remotas y efímeras, como si fueran las piezas de un rompecabezas: pedacitos de lo que fue su cuerpo, para armar.

      Esto no era otro sueño; había llegado a esa conclusión. Los sueños desdeñan los detalles. Omiten las sutiles molestias de existir. Por ejemplo: olvidan el hormigueo en las manos entumecidas que despiertan paulatinamente. Las suyas se sentían, al igual que los pies, como dos yunques. La parálisis estaba cediendo. La cosquilla era insoportable. Con esfuerzo, logró abrir lentamente uno de sus puños. Luego, pudo mover un brazo y, más tarde, estirar una pierna. Comenzó a tantear el espacio con sus extremidades. Pateando y golpeando a la oscuridad, con puños y patadas invisibles, pretendía tropezar con algo que revelara pistas de su entorno. Algunas cosas ya las daba por hechos: no dormía sobre su lecho y ni siquiera estaba en su alcoba a oscuras. Sus pies no alcanzaban el piso, pero tampoco sentía un mueble debajo de su espalda o glúteos. Era como levitar: la continua sensación de estar en el punto más alto de un columpio, justo antes de que cambie de dirección. Siguió arrojando sus extremidades al vacío. En una de esas sacudidas, más o menos coordinada, su pie, al fin, tropezó con una barrera invisible.

       Al principio, extendía y retiraba la mano instintivamente, con fobia a la extraña sensación de lo que tocaba. Después, comenzó a explorarla con mas convicción. La había confirmado a todo su alrededor. Tuvo la impresión de que era tibia. La sentía lisa excepto por periódicos frunces, que sus dedos detectaban al recorrerla. Al contacto, parecía más orgánica, que de metal o plástico. La presionó en varios sitios, primero con uno o dos dedos. Sintió que estiraba un poco, pero luego se retractaba. Conectó un primer golpe tímido, inseguro de lo que pasaría si la atravesaba. No sucedió. Continuó impactando la barrera con más golpes, incrementando en fuerza. Era inútil. No lograba quebrar la envoltura, pero tampoco estaba completamente seguro de querer romperla. No sabía lo que iba a encontrar al otro lado. Podía estar en el fondo del mar o en el vacío de una órbita alrededor de un planeta. Estaba seguro de que había sido secuestrado, pero desconocía quién o quiénes eran sus captores y, peor aún, sus motivos.

      Quiso dejar de pensar en esa cosas; solo le causaba ansiedad. Con los brazos más lúcidos, se dedicó entonces a explorar su cuerpo. Pudo confirmar que, en efecto, estaba desnudo. Tocó la punta de su nariz y llegó a apretar el meñique de uno de sus pies. También aseguró la presencia de sus genitales. Sentía la piel embalsamada, aceitosa. Notó de inmediato, que todo su cuerpo había sido depilado, excepto el cráneo. Descubrió algo aterrador en su abdomen. De  allí, brotaba una manga larga y flexible que, al parecer, conectaba directo a la membrana que lo envolvía. Entre brazadas y patadas, asustado e invadido, se enredó varias veces con ella. Trató futilmente de arrancarla. Era plana y resbaladiza por fuera; difícil de agarrar. Donde se unía a la envoltura, se desparramaba en finitas raíces alrededor del tronco principal. Desistió de la tarea. El miedo se transformó en indignación y luego en coraje. Comenzaba a tramar un plan de escape cuando cayó en cuenta que las paredes de su prisión hermética se encogían.

       El espacio que ocupaba se hacía cada vez más pequeño. Sentía nausea y mareo, como resultado de impulsos cortos que, con mayor regularidad, lo estrellaban contra la barrera. Su mundo temblaba con mayor frecuencia, aturdiéndolo. Por primera vez, escuchó ruidos afuera. Algunos eran como truenos en la distancia, otros, como golpes en la puerta. A través de la membrana encogida, comenzó a experimentar punzadas y toques de objetos duros que lo empujaban y lo apretaban. En varias ocasiones percibió extrañas vibraciónes que lo traspasaban. Al finalizar uno de tales eventos, particularmente largo, tuvo la premonición de que había algo cerca de su cara. Todavía a ciegas y con el miedo reinstalado, alzó una mano para salir de dudas. Descubrió un objeto largo y puntiagudo cerca de su oreja izquierda. Era frío y definitivamente metálico. No pudo adivinar que función servía. Tampoco supo en que momento se retiró de su espacio. Un cansancio demoledor lo adormecía.

        Soñaba que nadaba en un mar de letras. Buscaba pescar una palabra con sus manos. Cuando por fin la atrapó, se deshizo en una escuela de peces coloridos que fueron a formar otra palabra. Un temblor, más severo, lo sacudió del trance. La membrana estaba ya tan reducida que apenas podía moverse. Su cuerpo estaba siendo aplastado, sus rodillas presionaban fuerte contra el esternón. El espacio para maniobrar se había agotado. El ruido se había amplificado afuera. De repente, un zumbido agudo reventó sus oídos. Su corazón palpitaba desenfrenado. Una tenue luz, sin foco, se colaba en su cárcel, a la vez que su respiración comenzaba a fallar. Hacia buches, pero ya no encontraba el oxígeno. Una enorme fuerza lo empujaba. Un aparato metálico le exprimía la cabeza y lo arrancaba fuera de la membrana. La luz se tornó blanca y segadora. Sintió un frío inconsolable. Lo sujetaban por la piernas, desnudo en el aire helado. Le cortaron la manga del vientre. Lo cargaron con desdén hasta una mesa. Allí le insertaron más instrumentos por la nariz, la boca y el ano. Varias veces lo voltearon. Luego lo llevaron a otra superficie mucho más cálida y placentera. Allí logró respirar nuevamente. Parecía que lo peor había pasado, pero nunca recordará el terror que experimentó cuando escuchó aquellas palabras insólitas.


─ ¡Felicidades mamá! ¡Es un varoncito!