-- So you feel no emotion?
-- On the contrary, we have emotions just like you have. We choose not to let them control us. We train ourselves to listen only to our rational mind. It is the only way. But tell me, what is the strongest human emotion? – Vok’s gaze fixes on Trip, commander Charles Tucker III, chief engineer of the starship Enterprise.
-- Regret. – Trip did not hesitate.
Nos conocimos el día de San Valentín. ¿Recuerdas? Era mi primera actuación en esa empresa de las serenatas que montaba Banda y Orquesta todos los años para esas fechas. Novios, por deber y temor, otros que solo por añoranza y expectativa, pagaban unos pesitos para que unos coristas, acompañados de algunas guitarras y violines, interrumpieran la clase de un profesor para cantarle al objeto de su deseo. Creo que fuimos mas exitosos en exacerbar la ira de los profesores que en crear lazos de amor... Te noté de inmediato: tu voz dulce, el color de tu piel, las ondas de tu cabello. Me impresionó la forma en que asumías el control del corillo cuando se distraía en los ensayos, en especial las guitarras (o sea yo), que siempre estaban pachangeando. Te hacías fuerte cuando tenías que serlo; eras suave y dulce el resto del tiempo. Mi favorita, y creo que la tuya también, siempre fue Madrigal. Es tan poderosa. Nunca sentí mucho por las canciones de Luis Miguel. Las de Glen me gustaban porque eran mas como Billy Joel o Brian Adams.
Un día de esos, entre ensayos y rostros de profesores airados, gasté el valor que había guardado por semanas para hablarte. No recuerdo qué dije, pero funcionó. Aceptaste mi invitación a una cena. Creo que fue en el Siglo XX o en Pizza Hut (no contaba con mucho dinero). La pasamos bien. No sé si diste cuenta de lo nervioso que yo estaba. Siempre fui torpe con la palabra hablada y con los gestos. Me tuviste demasiada paciencia.
Una cita llevó a la otra. Un roce llevó a un agarre de manos y a paseos por entre los robles florecidos del recinto en primavera. Hicimos la costumbre de esperarnos luego de nuestros respectivos ensayos, allá, en la pista vieja, para seguir conociéndonos, para seguir enamorándonos. Me encantaba verte cantar. Un día, siguiendo el consejo de un buen amigo, planifiqué la mejor de las citas. Te llevaría al faro en Cabo Rojo. Me habían asegurado que era el lugar mas romántico del mundo, especialmente de noche. Fuimos en tu carro porque yo andaba a pie. Tardamos una hora en llegar hasta la orilla del bosque y luego veinte minutos por caminos de tierra y fango que tu pequeño Sentra de seguro objetó. Yo había traído un Zinfandel blanco y nos sándwiches de mezcla. Estacionamos y abrimos las puertas, excitados, para explorar la noche. Una nube densa de mosquitos nos arropó. Inhalamos mosquitos como si fueran moléculas de aire. Obviamente, mi amigo nunca había estado allí... Pero no importó. Nos encerramos en tu carro y pasamos horas entre besos y caricias, entre abrazos y estrujones. Fue de las mejores noche de mi vida, aun con las ronchas y el comezón que vinieron después.
Recuerdo la primera vez que me entraste a tu apartamento, el penthouse de aquel elegante edificio frente a la plaza con vista al mar. Me enseñaste tu pecera y me fascinó. Desde ese día, todavía, he tenido una como la tuya y hasta mas grande, donde quiera que he vivido. Conocí a tu compañera de cuarto, Tere, y me cayó bien. Te confieso que sentí un poco de envidia de tu espacio, de los cómodos muebles, las cortinas largas, las alfombras, del techo alto y de la vista, porque yo vivía en una cueva con seis cavernícolas. Mis visitas se hicieron mas frecuentes. Ensayábamos. Nos ayudábamos con algunas tareas y tu me corregías en la música. Hacíamos comida. Me hablabas de tu familia y yo de la mía. Una vez te obligué a escuchar a Iron Maiden, orgulloso, y dijiste que el cantante desafinaba. ¿Lo recuerdas?
Solíamos pasar horas en tu cama que servía de sofá para ver la tele. Acurrucados, siempre terminamos besándonos. De las caricias, cada vez mas apasionadas, caíamos al roce violento y rítmico de dos cuerpos entrelazados. Siempre, cuando llegaba a ese punto, yo intentaba detenerte porque no podía mas con el placer que, tarde o temprano, me iba a matar. --"Espera, ¡necesito un break!"-- Tu siempre acatabas mi súplica, siempre, hasta el día aquel que te enfermaste.
Llegué por la tarde, casi de noche, a poner la palma de mi mano sobre tu frente. Bajo la manta, vestías unos cortos de suave algodón y una blusa de manguillos color magenta. Ardías. Fui a la cocina y traje una toalla y un cubito con agua fría. Con la toalla húmeda comencé a tocar tu piel. Buscaba los puntos mas calientes para tratar de vencer tu fiebre. Te la puse en el pecho y gemiste. De ahí, resbaló hacia tu cintura y, sin querer, halé un manguillo de tu blusa y vi tu busto desnudo e incandescente. Recuerdo que me detuve, usando toda mi voluntad, para que pudieras recuperarte y dormimos. Me despertaste a besos el día siguiente. Tenías puesto una lencería azul turquesa, trasluciente. Estabas entera frente a mí y comenzaste a quitarme la ropa. No me dejaste suplicar esta vez. --"No more breaks.”-- Solo duró unos minutos, lo admito y sentí vergüenza. Pero a ti no te importó. Regresaste de la cocina con un jugo de naranja y unas pasas y esperaste pacientemente, como siempre. Seguimos experimentado el resto de la tarde y los días.
A veces regresaba a mi antiguo hospedaje. Llegaba en tu carro como un rey que regresaba de una cruzada y muchas conquistas. -- “Mira quién llegó ahí.” -- decía uno de los muchachos. -- “Diablos esta jalao. Cabrón deja de echar polvos. Te vas morir.” -- y comenzaba el relajo y las risas. Eran tiempos felices para mí; creo que nunca te lo dije; hasta que pasó lo que tenía que pasar. Te encontré aquella tarde en el borde de la bañera. Estabas desnuda, dejando el agua caliente correr. Te pregunté por qué. Tu respuesta detuvo el tiempo. Sentí mis pies congelarse y envolverse en un pesado y denso concreto. Mi corazón por poco explota. No lo entendí. No supe como manejarlo. No estuve listo ni a la altura. Creo que todavía no lo estoy o nunca lo estaré. – “Creo que estoy embarazada.”--
Me encontraste aquella mañana, cuando regresabas de tus clases, sumergido en tu tina. Mi vista extraviada en algún lugar del amplio techo del apartamento. Recuerdo que me acariciaste y me apretaste la mano. Mi mente no paraba de pensar. Recordé a mi padre tanta veces, cuando nos decía que si no fuera por nosotros, estaría viajando por el mundo; viviendo la vida. Recordé las veces que me advirtió sobre la importancia de terminar los estudios antes que nada, cosa que él no logró. Recordé que no tenía dinero ni posesiones ni mucho menos la sabiduría para hacer crecer a un ser humano. Veía constantemente el final de una vida y me aterraba la otra que pensé me obligaban a vivir... Tus buenas noticias fueron irrelevantes. Algo cambió en mí. Había jugado con fuego y descubrí lo peligroso que es el mundo y lo vulnerable eran mis planes.
Creo que fui yo quién pidió tiempo. Fui yo el que, poco a poco, amplifiqué el espacio entre los dos. Dejé de pernoctar en tu casa. Dejé de tocarte. Regresé al espacio incómodo del hospedaje y a su aire tupido y ruidoso. Te pedí tiempo para reflexionar, pero lo que hice fue esconderme. Tu fuiste paciente y complaciste.
Me visitaste, luego de un tiempo indefinido para mí, aquella tarde calurosa. Yo estaba en la sala, tirado en el sofá, viendo alguna estupidez en televisión; pensando en nada. Entraste sigilosa y te detuviste al pasar el marco de la puerta. Nos miramos, pero no cruzamos palabras. El zumbido de los carros afuera hacía temblar las ventanas. Cerraste la puerta de la sala calladamente y le pusiste el pestillo. Después, te encargaste de las ventanas. La puerta que salía al balcón estaba segura. La temperatura en el cuarto comenzó a subir. Tenías puesto una minifalda de tela de Mahón y una blusa suave y delicada, con amplio escote. Preferías no usar sostén. Posaste frente a mí, eclipsando la estéril luz de la pantalla que te iluminaba por detrás, dibujándote un aura. Yo iba a decir algo pero con un solo dedo sellaste mis labios. Te enrollaste la falda a la cadera y te sentaste sobre de mí. Nuestros cuerpos ondulaban sobre el sofá viejo y polvoriento. Yo temblaba; todo estaba temblando. Pero yo no merecía tales cosas. No merecía tus manos enredadas en mi cabello. No era digno de aspirar tu aliento caliente sobre mis labios y mi boca. No era justo que pudiera acariciar tus muslos de cobre, desnudos sobre los míos ni que pudiera palpar tu seno en mi mano. No tenías porque regalarme esa última epilepsia de pasión.
Te acomodaste la falda y recogiste tu pelo en un moño. Saliste sin decir una palabra. Yo no te busqué al otro día. Tu tampoco regresaste. No recuerdo si te volví a ver.


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