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viernes, 25 de septiembre de 2026

00 - Las Cabañas

  


[NOTA: Este sería el primer cápitulo de unas memorias que estoy compilando tituladas "Aguavivas".]
Salió el sol. Se cuela por entre las hojas de las ventanas. El matre y la pared están pintados ya en franjas de claro y oscuro. No hay tiempo que perder. Los tres niños se lanzan desde sus literas al suelo rústico y arenoso de la cabaña. Los trajes de baño (aun húmedos del día anterior) trepan apresurados por los cuerpecitos de los tres aventureros (¿había alguien mas?) Los padres apenas se levantan (madrugando en sus vacaciones) cuando la pesada puerta de madera (¿o era de aluminio?) ruge y explota abierta dejando escapar a los pequeños intrépidos, que se van escurriendo veloz, por entre las otras cabañas, todavía durmiendo.

Es octubre, creo, pasado el tiempo de verano. El cielo esta gris y el mar picado y ruidoso. Pero a ellos poco le importa. No saben qué los atrae. Solo saben que el agua es rica y que con la arena mojada se hacen tremendos proyectiles que explotan en las espaldas de los insospechados, sin causar daño. El mayor de los mosqueteros llega primero a la orilla y se zambulle. El agua está caliente, como siempre en las noches y en las mañanas. Pasará décadas bajo el sol caliente de Borinquen, antes de que pueda entender por qué.

La corriente es fuerte y las olas le superan en estatura. No le interesa. No se amedrenta. Lleva en esa relación lejana y peligrosa desde que usaba pañales. Hasta donde sabía, había nacido en ese lugar, en alguna de esas cabañas. El sol del oeste, ese faro abrumador que ciega y quema, siempre será una de sus primeras visiones y el calmado arrullo de esa playa con poca espuma (cuando estaba de buenas)  siempre será uno de sus primeros recuerdos.

Las olas se estrellan fuerte y repetido. El agua es insondable; demasiada arena suspendida por la corriente. Pero algo está mal. Algo es diferente. Tarda unos minutos en dar cuenta de que no está flotando solo en el agua turbia de otoño. Podrían ser algas, que tampoco agradan. Abre los ojos, se enfoca y ve, al fin, a los monstruos. Entonces, escapa como un torpedo hacia la orilla, hacia la tierra firme. En su afán de ser el primero en el agua, había ignorado las cientos y cientos de criaturas traslucientes, con su distintivo patrón de círculos violeta en el lomo, que lo rodeaban y parecían perseguirlo. Ya comenzaban a amontonarse sobre la arena. Aguavivas, por todos lados, incontables, le rozaron la piel y al pisarlas, la sensación de hacer presión contra algo que no es enteramente sólido, que es elástico, frío y resbaladizo, será el origen de su más terrible fobia. Ya a salvo en la arena mojada (otra cosa mas que irónicamente desagrada) entendió el insólito panorama: un ejército de extrañas formas, invadiendo su costa, dificultando su paso y creando una barrera cada vez mas impenetrable al disfrute que tenía planificado. Un patrón se quebranta: la playa, de súbito, ya no era para él.

Aparece un viejo, flaco y jorobado, su piel seca y estirada, como cuero carbonizado por el sol. Desde la orilla, va entrando tranquilamente al agua, aparentemente inmune y ajeno a la invasión. Un cigarrillo, prácticamente hecho ceniza, protuye de sus labios cerrados. El agua ya le llega a la cintura famélica. Los niños se detienen a observarlo, guardando su distancia, maravillados. No da importancia al enjambre que lo asecha. De seguro lo vio. No parece sentir el mismo miedo que ellos. De la nada, sumerge su mano izquierda en el agua gris y cuando la saca, la eleva por encima de su cabeza hacia el sol, cargando en su palma uno de esos frágiles monstruos, su cuerpo deforme, rendido a la gravedad. Lo observa por un momento, la luz refractada al atravesarlo, y lo descarta hacia la arena. El viejo, sabiendo lo que hace, lo había secuestrado por el lomo, por la parte cóncava, alejando los venenosos tentáculos de su piel. Los niños aprenden la lección y adoptan la técnica. Proceden el resto de la mañana a practicar, felices, la imposible tarea de limpiar la playa de esa hueste.

El mayor procede con cautela, siempre con cautela, devuelta al mar. No confía en lo que ha visto ni en lo que hacen los otros. ¿Que vio? Gelatinas que se van acumulando sobre la arena (¿muertas?) para luego derretirse con el tiempo y diluirse, fantasmas flotando en el agua que varían de color y forma de acuerdo al ángulo de la mirada, burbujas llenas de un aire añejo, que pueden esconder veneno. Te pueden rozar la piel y lacerar, no por su voluntad, sino por el descuido de quién las maneja y ese dolor perdura. El joven, sigue sumergiéndose. Algún día llegará mucho mas hondo en ese mar. Por el momento, y a pesar de su terquedad, se detiene a pescar aguavivas en la playa de Boquerón.

 


martes, 26 de septiembre de 2000

Aguavivas - Indice




Parte 01 - A la orilla

Las cabañas

Tropiezos

Los otros

El Hornet

La familia es una institución

cogito ergo sum


Parte 10 - El Monte Carlo en bicicleta

Junito y el final del mundo

Ojos verdes

Mi amigo Andy

Los cordurois verdes

Los Marlins de Country Club

El cometa Halley y la estrella de Belén

El guante y la pelota

La bicicleta rota


Parte 11 - Intermedio

Mi primo Tito

Missis Rodriguez, Semper Fi

Ni una palabra de Joan

Cayos en los dedos

Anibal y la lucha parapetada

El príncipe de la oscuridad

 

Parte 100 - University Gardens

Primera aparición de la Virgen

La guitarra como espada, libro y brújula

Hugo, Platón, Borges y Lobsang Rampa

Cuatro Claveles

Anibal y yo, refutando axiomas desde la gradas

Los cuatro fantásticos

HORTUS


Parte 101 - Los cerveceros de Mayaguez

Prepas

El gusano intelectual

Las vecinas

Max Sterling del planeta Orque

Banda y Orquesta

Moraima, primera dama

¡La universidad de la vida!

La reválida

Precipitados hacia el final del semestre

Togas y papeles en blanco

Ultima conversación de regreso a San Juan

 

Parte 110 - Isabela, Mon Amour

Segunda aparición de la Virgen

Las chicas Medalla

En un Rincón de Jobos

La dama le invita una cerveza

Pintando mis cadenas

En busca de mi escafandra


Parte 111 - Arecibo, el campo de batalla

El pirata Lou Cercone

"¡No hace falta una onza de cerebro!"

La ingeniera nueva

Dueño de la información

¡Ave Maria! ¡Gratia Plena!

Matsakatsu Agatsu

La suegra


Parte 1000 - Ponce, triunfo y ruina

De Arroyo a Kalamazoo, ida y vuelta

La casa vacía

Tercera aparición de la Virgen

Horus, Rigel y otras queridas bestias

Dos equis sobre cero

Que los Andes nunca nos separen

El Vampiro

En la cancha se bebe pitorro

La 30

La estudiante tatuada

Timeout

Ricardo Grimes, escritor

La puerta que canta (septiembre 2017)

Placas Tectónicas

Vacuna contra la ciencia


Parte 1001 - Desde el Centro del Universo

El fin de una era

Requiem para Anibal

Abejas y Bailarinas

La crueldad de Malena

Vivir como meteoro o desvanecer como vela

Epitafio: Décadas bajo el sol de Borinquen