El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
“Nada cambia, nada queda igual...
...Todo cambia, todo queda igual.”
T.Auger (Fiel a la Vega)
Jorge Santayana fue el primero en
afirmar que la vida
era un camino asechado por atajos y bifurcaciones mal rotuladas que,
si no tenías cuidado, si no estudiabas con premeditación, te
llevaban de regreso al origen.
En esencia:
los que desconocen la historia están condenados a repetirla. Puerto
Rico es tal vez el niño símbolo de esta máxima. La isla sufre
amnesias
frecuentes y prolongadas (cada
cuatro años, para ser más especifico), que la
hacen oscilar como un péndulo
entre dos partidos políticos que, detrás
de las insignias,
son la misma cosa. Pero, más
allá de esta terquedad cíclica, que obviamente
nos impide sacar los pies del fango,
he llegado a sospechar algo mucho más terrible. Rebuscando entre
periódicos viejos (en linea, claro) y resucitando eventos en
youtube,
me ha poseído la extraña premonición
de que aquí la historia nunca
ha regresado,
que la cruel verdad es que nada, en el fondo, ha cambiado.
Por ejemplo, hace
veinte años éramos un territorio no incorporado de los Estados
Unidos con un gobernador de apellido Roselló que estaba tramando un
plebiscito de estatus. El plebiscito dividía el espectro de
identidad nacional en cuatro opciones de estatus: desde anexión
hasta independencia plena. Cuando por fin se contaron todas las
papeletas, la opción mas cuantiosa fue una quinta columna inventada
por el PPD titulada “ninguna de las anteriores”; en efecto, ganó la indefinifición. Hoy tenemos a otro Roselló gobernando y con otro
plebiscito en agenda. Este,
pautado para el undécimo día de junio, era un artefacto jurídico
plagado de sospechas y supersticiones,
pero que quizássin querer queriendo,
tenía la posibilidad de fecundar
un cambio genuino en
la vida de los borinqueños.
Quizás hubiera logrado algo
que, en contra de todas fuerzas
del universo que intentan mantener la isla intacta, sería
irreversible y luego de gestado solo se pudiera mirar hacia adelante.
Claro, el artefacto
pudo haber sido aun más simple
y abarcador: ciudadanía norteamericana, ¿si
o no? De esa forma cerrábamos
la puerta, para siempre, a un asunto centenario.
Sin embargo, este plebiscito
del once
de junio, aunque no tan
afilado, por lo menos borraba la
opción
territorial y era
lo más
cerca que habíamos llegado a formular esa disyuntiva.
El
13 de abril el departamento de justicia federal, al servicio de los
cabilderos del PPD (pregunto:
¿de
donde sale el dinero para pagarles?),
implotó el proceso. Actuando otra vez a favor del inmovilismo,
emitió una carta donde obliga al gobierno insular a incluir
el territorio como opción
en la papeleta. No es la primera vez que los federales practican el
terrorismo contra Puerto Rico; lo llevan haciendo por más
de cien años. Para mi
consuelo, aunque
muy leve, esta bomba también
le reventó en las manos al PPD y a
sus secuaces, ya que el fiscal
general hace llamar la opción
territorial como lo que es:
“territorial status”
o territorio no incorporado, en español.
Desde sus madrigueras, los
líderes del PPD se rasgaron las vestiduras, indignados por que según
ellos, el nombre correcto era “estado libre asociado”. Inmenso
nombre para una paradoja, ya que Puerto Rico no es ni será un
estado, tampoco es socio en una relación donde los federales y el
congreso tienen los poderes plenos sobre nosotros, y mucho menos
libre. Mas allá
del nombre que quieran usar
para disfrazar
la colonia, ha sido planteado
por muchos otros y con mayor elocuencia y profundidad,
que no se le puede preguntar a un esclavo si quiere seguir siendo
esclavo. La esclavitud está prohibida por la moral y el derecho
internacional. Es igualmente
claro que los norteamericanos no quieren ni van a incorporarnos como
estado, ni de ninguna otra manera, especialmente con los republicanos
en el poder, un gobierno de ocupación (junta de control
fiscal) implantado por Wall Street en la isla y una supuesta deuda
fiscal de mas de 72 billones de dólares. El
fiscal general, actuando como
lo hizo Poncio Pilato con los colonos judíos, se lavó las manos
para evitar enfrentar una
petición de estadidad en agosto.
Nada
más que hacer. El resultado del plebiscito será otra fracción de
incertidumbre estadística que sirva para argumentar desde cualquier
lado. Aun así iré el once de junio a tachar la papeleta. Donde
quiera que me pregunten seguiré siempre afirmando lo mismo:
ciudadanía puertorriqueña e independencia. Puedo predecir que
pasará con el resto de nosotros. Seguirán
los Hernández, los Acevedo, los Ferré-Rangel
y los Carrión difuminando su miedo y sus prejuicios,
susurrando al oído de la masa estultay pagando cabilderos con dinero
de extrañas procedencias.
Seguirán los Roselló tocando la dulce flauta de la ilusión cómoda
y barata, tratando de bailar la estampida de ratas hasta el río.
Seguirán las cosas como fueron hace veinte, cuarenta, quinientos
años atrás. Puerto Rico
seguirá siendo una nación infante, espantada de su destino. Seguirá
siendo la colonia mas antigua de la humanidad. Seguirá Sísifo
rodando la piedra. No cambiará
porque el inmovilismo
se ha congelado alrededor
de nosotros, como una gota de ámbaralrededor
de un insecto antiguo. Nos han enterrado en nuestra propia tumba; nos
arropó silente un
tsunami de cemento. Esta bóveda
de miedo es, al parecer, inquebrantable. Ni aunque naciera aquí un
trece de abril, otro Guido Fawkes que reviente el capitolio y la Santa
Catalina. Ni aunque que dejen
caer aquí la madre de todas las bombas.
Arribé de tarde calurosa y ventosa a la
sombrita de la pagoda en el recinto sureño de nuestra ilustre universidad. Allí
me recibió cordial, pero ajetreado, mi amigo Francisco que, entre otras cosas,
atendía la narración intensa de una señora a quien nunca había visto. Una hija colgaba
del hombro izquierdo de la madre como un apéndice, tal vez ñoña o aburrida del
cuento repetido. Al muchacho al otro lado de la banca lo reconocí de la otra
noche, pero esta vez trajo a un amigo. Nadie más había llegado entonces a
cobijarse bajo la sombra de concreto. Terminado el discurso de la señora, Paco
aprovechó la pausa y mi introducción para escapar en una llamada telefónica. La
madre y su hija, casi siamesas, me escudriñaron. Titubearon un instante ante la
escena impresa en mi camiseta negra obtenida en Detroit, terminado un concierto
de Iron Maiden. La camisa ostentaba la imagen demoniaca de Eddie (el muerto) aferrando a la Tierra en un puño.
Era una caricatura grotesca que reducía el diámetro del planeta al de una manzana.
Con toda precocidad, la noche seguiría jugando con las escalas y con las
apariencias de esa manera.
Poco más de una hora después, dejando en
evidencia lo flexible que es el concepto “puntualidad” para los
puertorriqueños, se habían sumado varios estudiantes al grupo, la mayoría
depositados por sus padres en frente de la pagoda. Salimos en caravana por la
carretera vieja en dirección este. Don Paco cargaba a los escasos muchachos en
una minivan humeante y fuliginosa, propiedad de la universidad, mientras yo los
perseguía escuchando a Rush intensamente explotando por mis bocinas. El camino
a la finca estaba averiado, más de lo esperado, por las lluvias de días
pasados. Luego de navegar los charcos y esquivar las piedras y los cráteres del
camino, me estacioné como a veinte pies de unos surcos de semillas
desconocidas. El “camino” terminó siendo una vena enjuta de tierra y polvo que bisecaba
a un enorme valle de sembradíos. Atisbé el contorno a lo lejos, dibujado por
montañas que podía fácilmente aplastar con mi pulgar. El espacio seguía jugando
con mis percepciones. Estuve tentado a entregarme a esa sensación y a disfrutar
del vértigo por un rato, pero el tiempo, como la luz, se extinguían. Extraje diligentemente
los artefactos del carro para instalarme, justo antes de la oscuridad, al borde
de una verja de púas, con mi telescopio, sillas y mesas sobre un pedazo desenrollado
de alfombra que había procurado para tales propósitos días antes. Encendí el
GPS y dejé que sus diodos me hipnotizaran parpadeando. Permanecí sentado,
testigo de la muerte de sol y la reencarnación de la noche en aquel valle
hermoso pintado de rojo, purpura y turquesa.
Abrí el ojo en Saturno, balanceándose en
el cenit astral. Su intensa luz, bailando en el centro de mi ocular de 14mm,
era acompañada por Titán, como de costumbre. Varias otras lunas desfilaban por
la escena, innombrables por mi memoria. Aproveché que el planeta gigante se
paseaba por el área menos densa de nuestra atmósfera para acercarlo con mi
ocular de 5.1mm. La imagen de Saturno, aumentada 245 veces, aun espiada hasta
el hastío, no dejó de sorprender. La gigantesca bola, pálidamente amarilla,
corría veloz por mi campo de visión y a esa magnificación había que correr
detrás de ella con el telescopio. Varias bandas ecuatoriales eran claramente
visibles y otras se disolvían en el trasfondo a medida que se acercaban a los
polos. Indiscutiblemente, lo que más atrae y cautiva de Saturno son sus
gigantescos anillos, primera vez enfocados, apenas, por Galileo Galilei en el
1610. En la ocasión de esa noche de mayo, el planeta posaba con su cintura
inclinada solo a unos veinte o treinta grados con respecto al plano de mi visión,
lo que propiciaba una escena adecuada, pero no espectacular de las insignes sortijas.
La banda oscura de Cassini no era muy aparente, pero el espacio orbital, vació
y negro de la banda D, entre la exosfera del planeta y las primeras vueltas de
material satélite, sí lo era.
Varios de los presentes (aficionados y
visitantes curiosos) se turnaron para saludar al gigante a través de mi lente.
Algunos no creían lo que vieron por primera vez y me acusaron de colocar
fotografías en la boca del telescopio. Otros, requirieron verlo varias veces. Años
atrás, durante una madrugada oscura, húmeda y fría, poco antes de tener que prepararme
para la dichosa escuela, recuerdo haber desenfundado un antiguo refractor de
3.5 pulgadas, un artefacto pesado que me había prestado un amigo de mi papa, y
toparme con el planeta inesperadamente. Mi primera reacción fue confundirlo con
un “OVNI”. En aquel ocular a baja magnificación, parecía un pequeño cigarro o
una diminuta chiringa multicolores flotando entre los puntos sólidos de luz
esférica. Los anillos lo disfrazaron de platillo en el lente de mi imaginación.
Saturno es tan distinto de las demás cosas que podemos ver en nuestro espacio
inmediato. Aun en su propio espacio, 746 millones de millas lejos de nosotros, el
planeta parece no pertenecer: es un ente alienígena, el primer embajador del
imaginario extraterrestre en la psiquis humana, desde Galileo. Ni siquiera sus
primos mas cercanos, Júpiter y Urano, igualmente gaseosos y gigantes, asemejan
parientes (aunque visten anillos, pero invisibles para nosotros). Es un cuerpo sin
igual en todo lo que hemos podido ver hasta ahora, dentro y fuera de la Tierra.
Por otro lado, y más allá de los arquetipos, existan o no, la imagen del
planeta también rasga un acorde fundamental que canta de simetría y balance, de
fuerzas de gravedad y centrífugas en armonía, que delatan a poderes capaces de
crear a un gigante hermoso. ¿Cómo han cambiado nuestras visiones del espacio
interior y exterior, nuestra idiosincrasia universal, después de haber conocido
a Saturno de cerca?
Luego de Saturno, y escapando de las
nubes, me trasladé a la Osa Mayor que se proyectaba cómodamente a unos cuarenta
grados mas o menos en el cielo del norte. Como es mi costumbre masoquista, salí
al asecho de M-97 y M-108 con mi telescopio de diez pulgadas. Al cabo de largos
minutos explorando con mi ocular de 40mm, me topé con la Nebulosa del Búho,
claramente resaltada del espacio de fondo. Lo sorprendente era que el cielo esa
noche no era de tan buena calidad. Alfa
Draconis y Alcor eran escasamente visibles. Había apostado a otra
noche más de jugar al esconder con la famosa nebulosa planetaria. Sin embargo,
allí estaba, no solo ella, sino también M-108
en la cercanía aparente del campo de visión. Ambas eran bien discernibles con
un poco de visión diferida. Aproveché la coyuntura para encaramarle a mi ocular
de 14mm mi nuevo filtro de banda estrecha. El potente filtro extendió el cuerpo
de la nebulosa. El borde se definió mucho mejor y el resto de la superficie
ganó contraste con respecto al ennegrecido cielo de fondo. Los 89 aumentos del
ocular, limpios de luz local, hicieron justicia a la enigmática nube de gas: la
escamada piel de una estrella en la postrimería de su existencia. Los ojos del
búho me miraban desde la insondable distancia y el gris claro de su cuerpo ganó
densidad y gradientes. En el proceso de usar el filtro, borré a la pequeña
galaxia de la vecindad, aunque no reveló mucho detalle después de removerlo.
Sin embargo, su cuerpo ovalado y estrecho sugería cierta densidad poco más
abajo del centro.
Inspirado por la suerte de esa noche,
decidí intentar a M-109 (NGC-3992), justo al lado de Gamma Ursae Majoris. La
evasiva galaxia no logró esquivarme esa noche. No recuerdo cuando fue nuestro
último encuentro, pero no hemos coincido en más de tres ocasiones. Expulsé a
Gamma del campo de visión y me concentré en la vuelta espiral de la galaxia. Tenía
forma ahuevada y parecía tener el hemisferio inferior más ancho que el de
arriba. No pude detectar la barra central. Otra sorpresa agradable fue NGC-3953, que descubrí flotando cerca de M-109. Aunque un tanto
mas tenue y pequeña que la otra espiral, ambas me cautivaron con su belleza
fantasmal. Como suele ocurrir en estas aventuras, el premio consiste en
encontrar estos objetos; que se dejen ver es otra cosa.
Para esa hora de la noche había arribado
un grupo de niños escuchas a nuestro observatorio improvisado. Uno de ellos me
preguntó curioso por lo que observaba. Le comenté lo poco que sabía sobre M-109: una galaxia
espiral como a 55 millones de años-luz de la Tierra. [Mis disculpas al inquisitivo muchacho.
Espero que perdone mi error craso. Posteriormente, mis investigaciones
revelaron que la galaxia es en verdad una espiral de tipo barra (Hubble Class
SBc) y no una espiral común (Hubble Class Sb.). Para mi consuelo, también
descubrí que Kenneth Glyn Jones cometió el mismo error en el cuarto volumen del
Web Society Deep Sky Observer's handbook.] Compartí la pequeña
galaxia con él, fruto de muchas noches estériles y de arduas e intensas luchas
contra la contaminación de luz, las nubes, la atmosfera, la biología de mis
ojos y las distancias incomprensibles que nos separan. —¿Dónde está? No veo
nada.— Retomé el aparato, cerré un ojo y me cercioré de que allí estaba,
guiñando. El niño volvió a intentarlo; también varios de sus compañeros
trataron. El último afirmó inseguro que la miró, aunque no sabía describirla. Muchas
veces ocurre igual. He estado persiguiendo a estas motitas de luz por tanto
tiempo, que presumo que todos usamos la vista de igual forma. Estos encuentros
me sacuden a dudar cuanto de lo que veo, o creo ver, es consecuencia del puñado
de fotones antiguos que choca con mi pupila y cuanto es añadido por la
imaginación o la memoria. Seré el primero en gritar que, si al menos tres observadores
independientes pueden admitir la existencia de un objeto, el objeto existe. Por
suerte, Paco vino al rescate de M-109
y confirmó su presencia en el ocular, como lo han hecho tantos desde Pierre
Méchain y un tal Charles Messier.
Como solo había dos telescopios, tuve
que desistir de mi exploración del espacio profundo al reclamo de “¡Saturno!,
¡Saturno!, ¡Saturno!” Giré el tubo blanco hacia arriba nuevamente, atrapé al
dichoso planeta y le coloqué mi ocular de 5.1mm; comenzaron los suspiros. De
vez en cuando tuve que realinear el telescopio dobsoniano cuando el planeta huía
del campo de visión. Una de las señoras, que vino con su hijo, requirió mirar
por el aparato por lo menos tres veces. Me encanta ver a la gente disfrutar y ser
sorprendida cuando su universo se expande, aunque sea solo unos cuantos
millones de kilómetros. No obstante, siento que es difícil, muchas veces, comunicar
y compartir otra hermosura de la actividad. Una de las cosas que más atesoro de
este arte y esta ciencia, es que hace crecer nuestro entorno, no en kilómetros,
sino en millones de años-luz. Creo que mucha de la magia de esta empresa reside
en contemplar y dar cuenta de las distancias y las escalas que nos separan del
resto del universo. Personifico a un haz de luz etéreo que sale disparado de la
superficie violenta de una estrella roja o azul. Trato de imaginar todas las
cosas que ese cúmulo de fotones ha presenciado en su trayectoria millonaria, para
fundirse en impulsos eléctricos en las células de mis ojos. A través de ellos,
visualizo el espacio que los engendró. Me aterra y excita el hecho de que mi
mente logre sumar y restar esos impulsos nerviosos en la imagen de otro
espacio, otro lugar tan lejos y tan extraño a todo lo que conozco y conoceré.
Existen otros espacios. En el instante que esa chispa dibuja su forma en el ojo
de mi mente, saboreo el simple y sencillo acto de estar allí, flotando en el
lente.
Más personas se habían unido al grupo; terminó
siendo una noche bastante concurrida. Para evitar los desastres, como ocurrió
con M-109,
y fiel a mi responsabilidad de promover un pasatiempo, decidí restringirme al
catálogo usual de objetos brillantes y bonitos. Comencé con Omega Centauri, ciertamente uno de mis favoritos.
Increíblemente, generó tanto o más suspiros que Saturno. Es un objeto estelar,
literalmente. Esa noche se encontraba un poco obstruido por unas nubes bajas en
el horizonte, pero aun así no dejó de impresionar. Aproveché lo bien que fueron
recibidos los cúmulos globulares y seguí con M-4, cerca de Antares, el corazón del escorpión. Aunque no tan hermoso
como Omega,
pues aparenta tener menos estrellas y es mucho menos brillante, tiene su
encanto especial. El cúmulo resulta ser uno de los mas cercanos al sistema
solar, estando aproximadamente como a 1.8 Kiloparsecs del sol. En su interior se han catalogado hasta
10,000 estrellas, aunque se sospecha que contiene muchas más, tenues. Desde
allí, di un pequeño salto hastaM-80. Este diminuto cúmulo cerrado brilla a ocho
magnitudes y contiene a la nova T Scorpii, que salto a la fama en 1860,
logrando siete magnitudes visuales.
Proseguí mi excursión con los visitantes
a través del Centauro,
retomando, por petición popular, a Omega
Centauri. Luego, decidí descabelladamente intentar otros
objetos de espacio profundo más difíciles comenzando con Centaurus A (NGC-5128). La galaxia es uno de los objetos
mas extraño que conozco. Para empezar, su forma definitivamente circular, la
hace parecer más una nebulosa planetaria que una galaxia elíptica. La manera en
que su luz se torna más densa hacia el centro, da la impresión de profundidad
esférica. La misteriosa banda oscura que la biseca era claramente visible en
cualquiera de los oculares. El enigmático nombre lo obtuvo de observaciones con
radio telescopios que detectaron emisiones súper energéticas, en ondas de radio,
provenientes del centro de la galaxia. El epicentro de estas explosiones
caóticas, Centaurus A,
se teoriza sea un abismo negro súper masivo devorando material intergaláctico a
razones inconcebibles. Hoy sabemos que ese material grita en todas las
frecuencias del espectro electromagnético, especialmente rayos X y ondas de
radio, justo antes de ser tragado.
NCG-5286 es una sorpresa agradable un poco más abajo
de Omega Centauri. El pequeño cúmulo hace una preciosa pareja con el tono
anaranjado de M Centauri
en el mismo campo de visión. En mi telescopio los bordes del objeto se hacían
granulares, pero el centro permanecía sólido y sin resolver. Ya entrada la
noche, justo antes de que los pocos visitantes que quedaban se marcharan,
enfoqué a M-104, la galaxia del sombrero, que también arrebató unos
cuantos suspiros del público. Su forma asemeja un platillo volador, igual o más
que Saturno.
Recuerdo que hace poco, en otra noche de
estas, una señora me había preguntado, curiosa, por una constelación que
parecía un ángel. Señalaba al cielo, dibujando con su dedo en el aire, las alas
del asterismo. — Allí, donde está esa estrella brillantita. Parecen alas, como
las de un ángel.— Tardé poco en dar cuenta de que se refería a Perseo. La
señora aprovechó la aparición y me contó una anécdota. Una madrugada oscura, despertó
y salió al balcón, quedando estupefacta con lo que vio. Fue testigo de un
patrón de luces estacionarias que pulsaban al unísono sobre ella. Como si fuera
poco, logró discernir en los objetos ciertas flagelos o apéndices que ondulaban
al mismo ritmo que las luces. Al cabo de unos minutos, las enigmáticas entidades
salieron disparadas en todas direcciones dejando estelas en el cielo. Según
recordaba, tenían que ser ángeles, porque no parecían platillos voladores. Le
sugerí que pudieron ser Las Perseidas, una lluvia periódica de meteoros que
irradia desde Perseo. Ella asintió, no necesariamente convencida. Irónicamente,
la estrella brillante a la que se refería, incrustada en el ala del ángel, era
bien estudiada por los árabes, porque parpadeaba misteriosamente. La llamaban Ras’
Al’ Ghul, la cabeza del demonio. De ahí germinó su nombre actual, Algol, aunque
todavía usa el diabólico seudónimo.
Esas historias me fascinan. Donde Tolomeo
vio a Perseo cargar con la cabeza de la Gorgona, una mujer, siglos más tarde, vio
las alas abiertas de un querubín. Yo tiendo a ver solo gas, plasma y polvo. Los
cielos abiertos sin óbices, invitan a ese debate, a especular con las formas y
las apariencias, y a cuestionar nuestro lugar dentro de una gran inmensidad,
que muchos ni dan cuenta que existe. Nos
retan a formular las preguntas más profundas. Hacen levitar nuestros pies sobre
la tierra para contemplar un universo más grande. Nos intrigan a mirar y a
disolvernos por el pequeño orificio de un tubo metálico para acercarnos a él.
Nuestra imaginación, amplificada a través del lente de un telescopio, forja la
única nave espacial en la que, probablemente, jamás viajaremos. Me complace
mucho, invitar a desconocidos a que aborden la mía. No importa si vienen tras
la pista de platillos voladores, soñando con ángeles o huyendo de algún demonio;
mi telescopio siempre arranca suspiros.
Heaven Can Wait (1986) es un recorrido por el túnel de
la muerte, narrado desde el punto de vista singular de una persona común. La travesía por el plano astral comenzó con
un acorde sintetizado de La Menor mientras las cuerdas intercambiaban notas y
silencios, creando una atmósfera misteriosa y futurista. Nicko McBrain se unió
a la marcha con sus toques precisos. Las notas se fundieron en acordes con
igual premura, cuando entró Bruce Dickinson en otro vestuario. El primer solo de
guitarra fue de las manos de Dave Murray, esquivando el ritmo complejo que hacían
Smith y Gers. Es un arreglo complicado: la canción sufre varios cambios de
ritmo, tiempo y tono antes de regresar a los acordes del principio. En el
interludio, miles de voces cantaron el épico coro “Oh, Oh, Oh…” junto con el tumulto de técnicos, afinadores y
sonidistas que invadieron la tarima. Varios fanáticos de la banda en Puerto
Rico también fueron invitados al escenario, acompañados de la hija de Harris
con una bandera boricua, bien orientada en esta ocasión. En su apertura del
concierto, la juvenil Lauren Harris fue engatusada a participar de un esquema
de mercadeo estulto, irrisorio y harto repetido, pero que siempre funciona en
Puerto Rico. De hecho, es casi una regla no escrita que cualquier artista
foráneo que se presente en la isla debe desdoblar la mono-estrellada en tarima,
para avivar y recurrir a un sentimiento patrio tan efímero como el que generan los boxeadores y las reinas de belleza. La pobre niña ignoraba (y ninguno de esos
buitres de mercadeo que la obligaron a hacerlo le aconsejó, ni por honor a la
bandera) por donde se agarraba la tela y la proyectó al revés durante su breve
intervención en la apertura, ante la boca abierta de los fanáticos.
El coro inconfundible de Can I Play with Madness?(1988) tronó en el coliseo. La canción,
que es uno de los intentos más comerciales de la banda, ostenta un coro fuerte
y melódico; el verso es pegajoso y se movía al ritmo exacto de los platillos y
el timbal de Nicko McBrain. Componer de esta manera no es venderse a la
industria o al mercado, sino la evolución de tres magníficos escritores:
Harris, Dickinson y Smith. La música es pura de Iron Maiden. Debo destacar el
increíble trabajo que hace Nicko McBrain en la percusión. Su habilidad para
hacer que los tambores participen de las melodías, que compartan el
protagonismo de las cuerdas, ha servido de inspiración a bateristas más jóvenes
como Mike Portnoy (Dream Theater) y Scott Rockenfeld (Queensryche). Todo el
mundo concuerda en que Clive Burr era también un excelente percusionista antes
de sufrir el terrible accidente biológico de la esclerosis múltiple. Pero,
Nicko no solo continuó el estilo único de batería de Burr, sino que lo
evolucionó en un arte propio y original de Iron Maiden. Los golpes, acentuando a las guitarras y al
bajo, nota por nota, son la firma clara de McBrain. Su parte en esta canción es
una de mis favoritas. No solo mantuvo el ritmo fuerte debajo de la voz de Bruce
Dickinson, sino que aprovechó los silencios para improvisar cortes, a veces en contra
del ritmo. El gran Nicko lo hace ver todo tan fácil, acompañando la música con
muecas juguetonas y esculpiendo una amplia sonrisa sobre las arrugas de su
cara, mientras toca las cosas más imposibles.
El disco (en vivo) A Real Live One (1993) definió para la
posteridad el rol protagónico que tendrían que asumir los fanáticos en futuros
conciertos de Iron Maiden. En Fear of the
Dark (1992) la multitud se tornó un instrumento adicional de la canción, tal
y como lo hicieron los histéricos finlandeses en aquel disco. Dice mucho de
Steve Harris, como escritor, que cientos de miles de fanáticos a través de los
años y las tarimas se han memorizado cada nota musical de una canción suya, al
punto que la pueden vocalizar junto a los instrumentos en vivo. El efecto se
sintió intacto en el Choliseo. El
sepulcral lamento plural de “Oh”,
casi como un mantra, erizó la piel. La línea principal de la suave melodía
estuvo en manos del germánico Janick Gers, que usualmente es el anárquico y
ruidoso. Bruce Dickinson cantó la estrofa con un dramatismo burlón. Las guitarras
estuvieron exactas, especialmente en el interludio, cuando los fanáticos nos
unimos a Dave Murray y al alemán en otra cascada de “Oh”, siguiendo a la melodía.
Después de los solos, continuamos recitando afónicos el coro para Bruce que lo
exigía con su tradicional “Scream for me
Puerto Rico! Scream for me!”.
La emblemática Iron Maiden (1980) nos tomó por sorpresa, todavía envueltos en el
furor de Fear of the Dark. Las
primeras líneas de la guitarra, que siempre inicia Dave Murray, son casi tan
reconocidas como la canción anterior. El sonido estuvo claro, especialmente
cuando se unieron en armonía las tres guitarras, parecido a esto:
La
mejor parte ocurrió después del segundo coro cuando Murray exploró una escala
derivada de La Menor, para ser opuesta por la melodía contraria de Smith, Gers
y Harris:
El
contrapunto terminó en un corto solo de bajo, donde Harris hizo alarde de la
velocidad de su mano derecha. Al entrar en el tercer coro apareció en tarima el
icónico Eddie el Muerto, en su
encarnación futurista de Somewhere in
Time (1986). La gigantesca marioneta recorría la tarima amenazando a los
músicos y esquivando los ataques de Dickinson con el asta del micrófono. El
zombi cibernético de Riggs bailaba, corría y perseguía a Dickinson entre los
músicos y la topografía de la tarima. Admito que, de las apariciones de Eddie
que he presenciado, esta fue la mejor en términos de la calidad del muñeco y la
facilidad con la que se desplazaba y movía las coyunturas. Me quede esperando, sin embargo, la otra
marioneta más gigante aun, que se suponía irrumpiera por detrás de la cortina
del trasfondo, con llamas en los ojos. En la gira de 1985, esta misma canción
culmina con una gigantesca momia que surge por encima del baterista agitando
los brazos. Desconozco porque decidieron no incluir este artefacto en la
escenografita para esa ocasión. En cualquier caso, terminó la canción con un
solo Eddie en tarima y con ella la
primera parte del concierto, cuando se fingió que era el final para entrar en
la cadencia.
En medio de la furiosa letanía de “Maiden, Maiden, Maiden”, reapareció la
banda en tarima, levemente refrescada. El intenso periodo desde las notas
finales de Iron Maiden hasta que
Adrian Smith comenzó su magistral interpretación de Moonchild (1988) en la guitarra sintetizada, fue insoportable. El patrón
melódico (riff) hecho por Smith,
recalcado por los acordes precisos de Murray y Gers, expiró al entrar en uno de
los versos más divertidamente satánicos que jamás haya escuchado:
“I am he, the
bornless one,
The fallen angel
watching you.
Babylon’s the scarlet
whore.
I’ll infiltrate
your gratitude.
Don’t you dare
to save your son.
Kill him now and
save the young ones.
Be the mother of
a birth strangled babe.
Be the devil’s
own, Lucifer’s my name.”
El concierto fue interrumpido brevemente
por los fanáticos puertorriqueños en conspiración con Bruce Dickinson para
cantar feliz cumpleaños a un bien perspirado Steve Harris, quien sumaba 52 años
ese mismo día. Harris saludó y se notó sorprendido. Al parecer, nunca había
escuchado a más de quince mil personas entonar happy birthday al mismo tiempo. Una vez terminada la corta
celebración, comenzó inmediatamente su ataque del bajo en el solo que introduce
a The Clairvoyant (1988). La melodía
de las guitarras era clara y dulce, flotando sobre el derroche de notas del bajo
eléctrico. En el verso, un arpegio suave de Re Menor iba de mano con la vocal.
Harris y McBrain mantuvieron el ritmo veloz y preciso, mientras las guitarras
adornaban y rellenaban con escasas notas alargadas. En el coro, las luces se hincharon
y los fanáticos se veían brincar al ritmo de la canción entre destellos de luz
y oscuridad:
“There’s a time
to live and a time to die,
When it’s time
to meet the maker.
There’s a time
to live, but isn’t it strange,
that as soon as
you’re born, you’re dying.”
El
sombrío campanazo anunció el final del concierto con la canción que mejor
representa la música de Iron Maiden, tal vez su canción más importante.
Dickinson asumió la posición que siempre asume: sentado, cabizbajo como la
estatua de Rodin. La campana de McBrain seguía marcando el paso del tiempo,
cómplice de las guitarras en cuenta regresiva, presagiando la muerte. Dickinson
comenzó la contemplación, acompañado de otras miles de voces unísonas:
“I’m waiting in
my cold cell,
When the bell
begins to chime.
Reflecting on my
past life,
And it doesn’t
have much time.
‘Cause at five
o’clock they take me
To the gallows’s
pole.
The sands of
time, for me
Are running
low…”
Hallowed Be Thy Name (1982) es una obra de arte. Eruditos del rock pesado han llegado a
afirmar que es la mejor canción del género de todos los tiempos. Desde su
comienzo lento y tenebroso, con las guitarras practicando armonias en Mi Menor,
hasta
su final (¿heroico?), la composición sufre varios cambios de ritmo y tono, a la
vez que expone diferentes temas melódicos entre verso y verso. La línea
melódica principal, que utiliza algo del vocabulario barroco, la cantaron las
guitarras:
La
lírica es acelerada. En el galopante primer verso el protagonista condenado
interroga la existencia de Dios y su papel en la vida del hombre. Los solos de
guitarra transcurrieron desatados sobre otro arreglo completamente diferente
que, escuchado fuera de contexto, parecería otra canción. Dickinson hizo un último y magno esfuerzo de
su garganta, demostrando tanto, su amplio rango vocal, como su fuerza, al
entonar el gemido que expiró el protagonista al morir. Nunca sabremos cual fue
su suerte al otro lado de la vida, o si llegó a desechar el escepticismo que de
seguro lo llevó a la condena. Lo único que nos dejó el infortunado fue el testamento
ambiguo de una exclamación rugida con la soga estrangulando el cuello: “Hallowed be thy name!”
Sin lugar a dudas, fue un concierto
digno de recordar y tal vez, de grabar en formato digital. No obstante, me
hubiese gustado escuchar otras canciones que surgen también de esa época
ochentona. ¿Qué pasó con Infinite Dreams
(1988), donde Harris explora el existencialismo de la reencarnación y que
es quizás mi canción favorita de Iron Maiden? Otros clásicos que pudieron haber
interpretado son: The Phantom of the
Opera (1979), Wrathchild (1981),
Children of the Damned (1982), The Flight of Icarus (1983), To Tame a Land (1983), donde Harris se
acomete a la imposible tarea de resumir Dune
en unos pocos versos, con o sin permiso de Herbert. Extrañé las inagotables
armonías de guitarraen The Loneliness of the Long Distance Runner
(1986), el mandato de Filipo el Macedonio en Alexander the Great (1986), el sonido medieval de The Prophecy (1988) y el pre-coro a The Evil That Men Do (1988). Aunque Fear of the Dark fue tocada, ninguna
otra canción de ese disco se escuchó, como por ejemplo Wasting Love y su exposición poética de la adicción al sexo, The Apparition, donde Harris retoma el
tema de la vida después de la muerte en la voz de un simpático fantasma y Judas Be My Guide, con su melódica
armonía vocal. Tampoco se detuvieron en el disco No Prayer for the Dying (1990), publicado antes que Fear of the Dark. Canciones como Tailgunner, Assasin y Mother Russia
son excelentes ejemplos de la música de Iron Maiden a finales de los años
ochenta.
Ni hablar entonces del Iron Maiden del
siglo XXI. La hermosa Ghost of the
Navigator (2001) hubiese maltratado la garganta de los fanáticos aún más,
como también el coro de Out of the
Silent Planet (2001), que está basada más en la película Forbidden Planet, que en la novela de
C.S. Lewis. Del disco Dance of Death (2003),
Rainmaker me sirvió de inspiración
para un cuento. Me hubiese encantado gritar Montsegur y desangrarme con los Cátares, corroer mis balas con mi
llanto en Paschendale y descifrar el
enigma de The Face in the Sand. De
su disco A Matter of Life and Death
(2006) sobresalen These Colours Don’t
Run,The Longest Day, que narra
el desembarque en Normandía, Brighter
than a Thousand Suns, que es la historia de una bomba y The Reincarnation of Benjamin Bregg.
Más que un espectáculo musical, fue un
testimonio claro de la importancia cultural que tiene el Heavy Metal en las generaciones que lo vieron nacer y que coronaron
al histórico quinteto (ahora sexteto) como sus monarcas supremos. Somos un
grupo exigente de oyentes que escoge lo que escucha. Evidencia clara de ese
impacto social, específico de Iron Maiden, la encontré en Chile, tres días
antes del concierto, cuando la banda y yo coincidimos en Santiago. En horas de
la mañana, cuando caminaba por la cuidad, descubrí que los edificios viejos y
estáticos de la antigua metrópolis servían de marco para lo nuevo, para los
jóvenes con sus camisetas invariablemente negras y para su música, descrita en
el argot urbano: dura como el metal. Me impactó la imagen de familias completas
(incluyendo niños y niñas) ataviadas con ropas que proyectaban las violentas
encarnaciones de Eddie. Recuerdo
haber tenido la sensación de contemplar un fenómeno social y cultural que
trasciende a la música que lo germina. Iron Maiden es más que música; el grupo
ostenta su propia mitología del siglo XX. Los artistas han dado una profundidad
temática a cada composición que tienta a la meditación y a la reflexión
particular de cada letra. En adición, Derek Riggs, el silencioso séptimo
miembro de la agrupación, ha extendido el lenguaje y las ideas en cada una de
las pinturas que adornan los discos. Antes de que me regañe Steve Harris: la
música sigue siendo el principio y el fin. Pero también es un motivo para
tantear con la historia, el existencialismo, la ciencia ficción y el ocultismo.
Por todo lo que inspiran y como diría un irónico Buzz Morrison, gracias a Dios
que existe Iron Maiden.