Buscar este blog

Etiquetas

Aguavivas (7) ambiente (1) astronomía (4) bitácora (6) Chile (1) ciencia (7) cuentos (14) documentales (1) ensayos (9) ficción (16) filosofía (6) heavy metal (24) humor (1) huracán maría (1) libros (3) memorias (4) microrrelatos (4) música (26) noticias (1) poesía (16) política (4) puerto rico (6) reseña (7) viajes (3)

El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
Mostrando las entradas con la etiqueta ensayos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ensayos. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de mayo de 2017

El día de la bomba (05/2017)


“Nada cambia, nada queda igual...
...Todo cambia, todo queda igual.”
T.Auger (Fiel a la Vega)

Jorge Santayana fue el primero en afirmar que la vida era un camino asechado por atajos y bifurcaciones mal rotuladas que, si no tenías cuidado, si no estudiabas con premeditación, te llevaban de regreso al origen. En esencia: los que desconocen la historia están condenados a repetirla. Puerto Rico es tal vez el niño símbolo de esta máxima. La isla sufre amnesias frecuentes y prolongadas (cada cuatro años, para ser más especifico), que la hacen oscilar como un péndulo entre dos partidos políticos que, detrás de las insignias, son la misma cosa. Pero, más allá de esta terquedad cíclica, que obviamente nos impide sacar los pies del fango, he llegado a sospechar algo mucho más terrible. Rebuscando entre periódicos viejos (en linea, claro) y resucitando eventos en youtube, me ha poseído la extraña premonición de que aquí la historia nunca ha regresado, que la cruel verdad es que nada, en el fondo, ha cambiado.

      Por ejemplo, hace veinte años éramos un territorio no incorporado de los Estados Unidos con un gobernador de apellido Roselló que estaba tramando un plebiscito de estatus. El plebiscito dividía el espectro de identidad nacional en cuatro opciones de estatus: desde anexión hasta independencia plena. Cuando por fin se contaron todas las papeletas, la opción mas cuantiosa fue una quinta columna inventada por el PPD titulada “ninguna de las anteriores”; en efecto, ganó la indefinifición. Hoy tenemos a otro Roselló gobernando y con otro plebiscito en agenda. Este, pautado para el undécimo día de junio, era un artefacto jurídico plagado de sospechas y supersticiones, pero que quizás sin querer queriendo, tenía la posibilidad de fecundar un cambio genuino en la vida de los borinqueños. Quizás hubiera logrado algo que, en contra de todas fuerzas del universo que intentan mantener la isla intacta, sería irreversible y luego de gestado solo se pudiera mirar hacia adelante. Claro, el artefacto pudo haber sido aun más simple y abarcador: ciudadanía norteamericana, ¿si o no? De esa forma cerrábamos la puerta, para siempre, a un asunto centenario. Sin embargo, este plebiscito del once de junio, aunque no tan afilado, por lo menos borraba la opción territorial y era lo más cerca que habíamos llegado a formular esa disyuntiva.

      El 13 de abril el departamento de justicia federal, al servicio de los cabilderos del PPD (pregunto: ¿de donde sale el dinero para pagarles?), implotó el proceso. Actuando otra vez a favor del inmovilismo, emitió una carta donde obliga al gobierno insular a incluir el territorio como opción en la papeleta. No es la primera vez que los federales practican el terrorismo contra Puerto Rico; lo llevan haciendo por más de cien años. Para mi consuelo, aunque muy leve, esta bomba también le reventó en las manos al PPD y a sus secuaces, ya que el fiscal general hace llamar la opción territorial como lo que es: “territorial status” o territorio no incorporado, en español. Desde sus madrigueras, los líderes del PPD se rasgaron las vestiduras, indignados por que según ellos, el nombre correcto era “estado libre asociado”. Inmenso nombre para una paradoja, ya que Puerto Rico no es ni será un estado, tampoco es socio en una relación donde los federales y el congreso tienen los poderes plenos sobre nosotros, y mucho menos libre. Mas allá del nombre que quieran usar para disfrazar la colonia, ha sido planteado por muchos otros y con mayor elocuencia y profundidad, que no se le puede preguntar a un esclavo si quiere seguir siendo esclavo. La esclavitud está prohibida por la moral y el derecho internacional. Es igualmente claro que los norteamericanos no quieren ni van a incorporarnos como estado, ni de ninguna otra manera, especialmente con los republicanos en el poder, un gobierno de ocupación (junta de control fiscal) implantado por Wall Street en la isla y una supuesta deuda fiscal de mas de 72 billones de dólares. El fiscal general, actuando como lo hizo Poncio Pilato con los colonos judíos, se lavó las manos para evitar enfrentar una petición de estadidad en agosto.

     Nada más que hacer. El resultado del plebiscito será otra fracción de incertidumbre estadística que sirva para argumentar desde cualquier lado. Aun así iré el once de junio a tachar la papeleta. Donde quiera que me pregunten seguiré siempre afirmando lo mismo: ciudadanía puertorriqueña e independencia. Puedo predecir que pasará con el resto de nosotros. Seguirán los Hernández, los Acevedo, los Ferré-Rangel y los Carrión difuminando su miedo y sus prejuicios, susurrando al oído de la masa estulta y pagando cabilderos con dinero de extrañas procedencias. Seguirán los Roselló tocando la dulce flauta de la ilusión cómoda y barata, tratando de bailar la estampida de ratas hasta el río. Seguirán las cosas como fueron hace veinte, cuarenta, quinientos años atrás. Puerto Rico seguirá siendo una nación infante, espantada de su destino. Seguirá siendo la colonia mas antigua de la humanidad. Seguirá Sísifo rodando la piedra. No cambiará porque el inmovilismo se ha congelado alrededor de nosotros, como una gota de ámbar alrededor de un insecto antiguo. Nos han enterrado en nuestra propia tumba; nos arropó silente un tsunami de cemento. Esta bóveda de miedo es, al parecer, inquebrantable. Ni aunque naciera aquí un trece de abril, otro Guido Fawkes que reviente el capitolio y la Santa Catalina. Ni aunque que dejen caer aquí la madre de todas las bombas.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Saturno y otras deidades



Arribé de tarde calurosa y ventosa a la sombrita de la pagoda en el recinto sureño de nuestra ilustre universidad. Allí me recibió cordial, pero ajetreado, mi amigo Francisco que, entre otras cosas, atendía la narración intensa de una señora a quien nunca había visto. Una hija colgaba del hombro izquierdo de la madre como un apéndice, tal vez ñoña o aburrida del cuento repetido. Al muchacho al otro lado de la banca lo reconocí de la otra noche, pero esta vez trajo a un amigo. Nadie más había llegado entonces a cobijarse bajo la sombra de concreto. Terminado el discurso de la señora, Paco aprovechó la pausa y mi introducción para escapar en una llamada telefónica. La madre y su hija, casi siamesas, me escudriñaron. Titubearon un instante ante la escena impresa en mi camiseta negra obtenida en Detroit, terminado un concierto de Iron Maiden. La camisa ostentaba la imagen demoniaca de Eddie (el muerto) aferrando a la Tierra en un puño. Era una caricatura grotesca que reducía el diámetro del planeta al de una manzana. Con toda precocidad, la noche seguiría jugando con las escalas y con las apariencias de esa manera.

Poco más de una hora después, dejando en evidencia lo flexible que es el concepto “puntualidad” para los puertorriqueños, se habían sumado varios estudiantes al grupo, la mayoría depositados por sus padres en frente de la pagoda. Salimos en caravana por la carretera vieja en dirección este. Don Paco cargaba a los escasos muchachos en una minivan humeante y fuliginosa, propiedad de la universidad, mientras yo los perseguía escuchando a Rush intensamente explotando por mis bocinas. El camino a la finca estaba averiado, más de lo esperado, por las lluvias de días pasados. Luego de navegar los charcos y esquivar las piedras y los cráteres del camino, me estacioné como a veinte pies de unos surcos de semillas desconocidas. El “camino” terminó siendo una vena enjuta de tierra y polvo que bisecaba a un enorme valle de sembradíos. Atisbé el contorno a lo lejos, dibujado por montañas que podía fácilmente aplastar con mi pulgar. El espacio seguía jugando con mis percepciones. Estuve tentado a entregarme a esa sensación y a disfrutar del vértigo por un rato, pero el tiempo, como la luz, se extinguían. Extraje diligentemente los artefactos del carro para instalarme, justo antes de la oscuridad, al borde de una verja de púas, con mi telescopio, sillas y mesas sobre un pedazo desenrollado de alfombra que había procurado para tales propósitos días antes. Encendí el GPS y dejé que sus diodos me hipnotizaran parpadeando. Permanecí sentado, testigo de la muerte de sol y la reencarnación de la noche en aquel valle hermoso pintado de rojo, purpura y turquesa.

Abrí el ojo en Saturno, balanceándose en el cenit astral. Su intensa luz, bailando en el centro de mi ocular de 14mm, era acompañada por Titán, como de costumbre. Varias otras lunas desfilaban por la escena, innombrables por mi memoria. Aproveché que el planeta gigante se paseaba por el área menos densa de nuestra atmósfera para acercarlo con mi ocular de 5.1mm. La imagen de Saturno, aumentada 245 veces, aun espiada hasta el hastío, no dejó de sorprender. La gigantesca bola, pálidamente amarilla, corría veloz por mi campo de visión y a esa magnificación había que correr detrás de ella con el telescopio. Varias bandas ecuatoriales eran claramente visibles y otras se disolvían en el trasfondo a medida que se acercaban a los polos. Indiscutiblemente, lo que más atrae y cautiva de Saturno son sus gigantescos anillos, primera vez enfocados, apenas, por Galileo Galilei en el 1610. En la ocasión de esa noche de mayo, el planeta posaba con su cintura inclinada solo a unos veinte o treinta grados con respecto al plano de mi visión, lo que propiciaba una escena adecuada, pero no espectacular de las insignes sortijas. La banda oscura de Cassini no era muy aparente, pero el espacio orbital, vació y negro de la banda D, entre la exosfera del planeta y las primeras vueltas de material satélite, sí lo era.

Varios de los presentes (aficionados y visitantes curiosos) se turnaron para saludar al gigante a través de mi lente. Algunos no creían lo que vieron por primera vez y me acusaron de colocar fotografías en la boca del telescopio. Otros, requirieron verlo varias veces. Años atrás, durante una madrugada oscura, húmeda y fría, poco antes de tener que prepararme para la dichosa escuela, recuerdo haber desenfundado un antiguo refractor de 3.5 pulgadas, un artefacto pesado que me había prestado un amigo de mi papa, y toparme con el planeta inesperadamente. Mi primera reacción fue confundirlo con un “OVNI”. En aquel ocular a baja magnificación, parecía un pequeño cigarro o una diminuta chiringa multicolores flotando entre los puntos sólidos de luz esférica. Los anillos lo disfrazaron de platillo en el lente de mi imaginación. Saturno es tan distinto de las demás cosas que podemos ver en nuestro espacio inmediato. Aun en su propio espacio, 746 millones de millas lejos de nosotros, el planeta parece no pertenecer: es un ente alienígena, el primer embajador del imaginario extraterrestre en la psiquis humana, desde Galileo. Ni siquiera sus primos mas cercanos, Júpiter y Urano, igualmente gaseosos y gigantes, asemejan parientes (aunque visten anillos, pero invisibles para nosotros). Es un cuerpo sin igual en todo lo que hemos podido ver hasta ahora, dentro y fuera de la Tierra. Por otro lado, y más allá de los arquetipos, existan o no, la imagen del planeta también rasga un acorde fundamental que canta de simetría y balance, de fuerzas de gravedad y centrífugas en armonía, que delatan a poderes capaces de crear a un gigante hermoso. ¿Cómo han cambiado nuestras visiones del espacio interior y exterior, nuestra idiosincrasia universal, después de haber conocido a Saturno de cerca?

Luego de Saturno, y escapando de las nubes, me trasladé a la Osa Mayor que se proyectaba cómodamente a unos cuarenta grados mas o menos en el cielo del norte. Como es mi costumbre masoquista, salí al asecho de M-97 y M-108 con mi telescopio de diez pulgadas. Al cabo de largos minutos explorando con mi ocular de 40mm, me topé con la Nebulosa del Búho, claramente resaltada del espacio de fondo. Lo sorprendente era que el cielo esa noche no era de tan buena calidad. Alfa Draconis y Alcor eran escasamente visibles. Había apostado a otra noche más de jugar al esconder con la famosa nebulosa planetaria. Sin embargo, allí estaba, no solo ella, sino también M-108 en la cercanía aparente del campo de visión. Ambas eran bien discernibles con un poco de visión diferida. Aproveché la coyuntura para encaramarle a mi ocular de 14mm mi nuevo filtro de banda estrecha. El potente filtro extendió el cuerpo de la nebulosa. El borde se definió mucho mejor y el resto de la superficie ganó contraste con respecto al ennegrecido cielo de fondo. Los 89 aumentos del ocular, limpios de luz local, hicieron justicia a la enigmática nube de gas: la escamada piel de una estrella en la postrimería de su existencia. Los ojos del búho me miraban desde la insondable distancia y el gris claro de su cuerpo ganó densidad y gradientes. En el proceso de usar el filtro, borré a la pequeña galaxia de la vecindad, aunque no reveló mucho detalle después de removerlo. Sin embargo, su cuerpo ovalado y estrecho sugería cierta densidad poco más abajo del centro.

Inspirado por la suerte de esa noche, decidí intentar a M-109 (NGC-3992), justo al lado de Gamma Ursae Majoris. La evasiva galaxia no logró esquivarme esa noche. No recuerdo cuando fue nuestro último encuentro, pero no hemos coincido en más de tres ocasiones. Expulsé a Gamma del campo de visión y me concentré en la vuelta espiral de la galaxia. Tenía forma ahuevada y parecía tener el hemisferio inferior más ancho que el de arriba. No pude detectar la barra central. Otra sorpresa agradable fue NGC-3953, que descubrí flotando cerca de M-109. Aunque un tanto mas tenue y pequeña que la otra espiral, ambas me cautivaron con su belleza fantasmal. Como suele ocurrir en estas aventuras, el premio consiste en encontrar estos objetos; que se dejen ver es otra cosa.

Para esa hora de la noche había arribado un grupo de niños escuchas a nuestro observatorio improvisado. Uno de ellos me preguntó curioso por lo que observaba. Le comenté lo poco que sabía sobre M-109: una galaxia espiral como a 55 millones de años-luz de la Tierra. [Mis disculpas al inquisitivo muchacho. Espero que perdone mi error craso. Posteriormente, mis investigaciones revelaron que la galaxia es en verdad una espiral de tipo barra (Hubble Class SBc) y no una espiral común (Hubble Class Sb.). Para mi consuelo, también descubrí que Kenneth Glyn Jones cometió el mismo error en el cuarto volumen del Web Society Deep Sky Observer's handbook.] Compartí la pequeña galaxia con él, fruto de muchas noches estériles y de arduas e intensas luchas contra la contaminación de luz, las nubes, la atmosfera, la biología de mis ojos y las distancias incomprensibles que nos separan. —¿Dónde está? No veo nada.— Retomé el aparato, cerré un ojo y me cercioré de que allí estaba, guiñando. El niño volvió a intentarlo; también varios de sus compañeros trataron. El último afirmó inseguro que la miró, aunque no sabía describirla. Muchas veces ocurre igual. He estado persiguiendo a estas motitas de luz por tanto tiempo, que presumo que todos usamos la vista de igual forma. Estos encuentros me sacuden a dudar cuanto de lo que veo, o creo ver, es consecuencia del puñado de fotones antiguos que choca con mi pupila y cuanto es añadido por la imaginación o la memoria. Seré el primero en gritar que, si al menos tres observadores independientes pueden admitir la existencia de un objeto, el objeto existe. Por suerte, Paco vino al rescate de M-109 y confirmó su presencia en el ocular, como lo han hecho tantos desde Pierre Méchain y un tal Charles Messier.

Como solo había dos telescopios, tuve que desistir de mi exploración del espacio profundo al reclamo de “¡Saturno!, ¡Saturno!, ¡Saturno!” Giré el tubo blanco hacia arriba nuevamente, atrapé al dichoso planeta y le coloqué mi ocular de 5.1mm; comenzaron los suspiros. De vez en cuando tuve que realinear el telescopio dobsoniano cuando el planeta huía del campo de visión. Una de las señoras, que vino con su hijo, requirió mirar por el aparato por lo menos tres veces. Me encanta ver a la gente disfrutar y ser sorprendida cuando su universo se expande, aunque sea solo unos cuantos millones de kilómetros. No obstante, siento que es difícil, muchas veces, comunicar y compartir otra hermosura de la actividad. Una de las cosas que más atesoro de este arte y esta ciencia, es que hace crecer nuestro entorno, no en kilómetros, sino en millones de años-luz. Creo que mucha de la magia de esta empresa reside en contemplar y dar cuenta de las distancias y las escalas que nos separan del resto del universo. Personifico a un haz de luz etéreo que sale disparado de la superficie violenta de una estrella roja o azul. Trato de imaginar todas las cosas que ese cúmulo de fotones ha presenciado en su trayectoria millonaria, para fundirse en impulsos eléctricos en las células de mis ojos. A través de ellos, visualizo el espacio que los engendró. Me aterra y excita el hecho de que mi mente logre sumar y restar esos impulsos nerviosos en la imagen de otro espacio, otro lugar tan lejos y tan extraño a todo lo que conozco y conoceré. Existen otros espacios. En el instante que esa chispa dibuja su forma en el ojo de mi mente, saboreo el simple y sencillo acto de estar allí, flotando en el lente.

Más personas se habían unido al grupo; terminó siendo una noche bastante concurrida. Para evitar los desastres, como ocurrió con M-109, y fiel a mi responsabilidad de promover un pasatiempo, decidí restringirme al catálogo usual de objetos brillantes y bonitos. Comencé con Omega Centauri, ciertamente uno de mis favoritos. Increíblemente, generó tanto o más suspiros que Saturno. Es un objeto estelar, literalmente. Esa noche se encontraba un poco obstruido por unas nubes bajas en el horizonte, pero aun así no dejó de impresionar. Aproveché lo bien que fueron recibidos los cúmulos globulares y seguí con M-4, cerca de Antares, el corazón del escorpión. Aunque no tan hermoso como Omega, pues aparenta tener menos estrellas y es mucho menos brillante, tiene su encanto especial. El cúmulo resulta ser uno de los mas cercanos al sistema solar, estando aproximadamente como a 1.8 Kiloparsecs del sol. En su interior se han catalogado hasta 10,000 estrellas, aunque se sospecha que contiene muchas más, tenues. Desde allí, di un pequeño salto hasta M-80. Este diminuto cúmulo cerrado brilla a ocho magnitudes y contiene a la nova T Scorpii, que salto a la fama en 1860, logrando siete magnitudes visuales.

Proseguí mi excursión con los visitantes a través del Centauro, retomando, por petición popular, a Omega Centauri. Luego, decidí descabelladamente intentar otros objetos de espacio profundo más difíciles comenzando con Centaurus A (NGC-5128). La galaxia es uno de los objetos mas extraño que conozco. Para empezar, su forma definitivamente circular, la hace parecer más una nebulosa planetaria que una galaxia elíptica. La manera en que su luz se torna más densa hacia el centro, da la impresión de profundidad esférica. La misteriosa banda oscura que la biseca era claramente visible en cualquiera de los oculares. El enigmático nombre lo obtuvo de observaciones con radio telescopios que detectaron emisiones súper energéticas, en ondas de radio, provenientes del centro de la galaxia. El epicentro de estas explosiones caóticas, Centaurus A, se teoriza sea un abismo negro súper masivo devorando material intergaláctico a razones inconcebibles. Hoy sabemos que ese material grita en todas las frecuencias del espectro electromagnético, especialmente rayos X y ondas de radio, justo antes de ser tragado.

NCG-5286 es una sorpresa agradable un poco más abajo de Omega Centauri. El pequeño cúmulo hace una preciosa pareja con el tono anaranjado de M Centauri en el mismo campo de visión. En mi telescopio los bordes del objeto se hacían granulares, pero el centro permanecía sólido y sin resolver. Ya entrada la noche, justo antes de que los pocos visitantes que quedaban se marcharan, enfoqué a M-104, la galaxia del sombrero, que también arrebató unos cuantos suspiros del público. Su forma asemeja un platillo volador, igual o más que Saturno.

Recuerdo que hace poco, en otra noche de estas, una señora me había preguntado, curiosa, por una constelación que parecía un ángel. Señalaba al cielo, dibujando con su dedo en el aire, las alas del asterismo. — Allí, donde está esa estrella brillantita. Parecen alas, como las de un ángel.— Tardé poco en dar cuenta de que se refería a Perseo. La señora aprovechó la aparición y me contó una anécdota. Una madrugada oscura, despertó y salió al balcón, quedando estupefacta con lo que vio. Fue testigo de un patrón de luces estacionarias que pulsaban al unísono sobre ella. Como si fuera poco, logró discernir en los objetos ciertas flagelos o apéndices que ondulaban al mismo ritmo que las luces. Al cabo de unos minutos, las enigmáticas entidades salieron disparadas en todas direcciones dejando estelas en el cielo. Según recordaba, tenían que ser ángeles, porque no parecían platillos voladores. Le sugerí que pudieron ser Las Perseidas, una lluvia periódica de meteoros que irradia desde Perseo. Ella asintió, no necesariamente convencida. Irónicamente, la estrella brillante a la que se refería, incrustada en el ala del ángel, era bien estudiada por los árabes, porque parpadeaba misteriosamente. La llamaban Ras’ Al’ Ghul, la cabeza del demonio. De ahí germinó su nombre actual, Algol, aunque todavía usa el diabólico seudónimo.  



Esas historias me fascinan. Donde Tolomeo vio a Perseo cargar con la cabeza de la Gorgona, una mujer, siglos más tarde, vio las alas abiertas de un querubín. Yo tiendo a ver solo gas, plasma y polvo. Los cielos abiertos sin óbices, invitan a ese debate, a especular con las formas y las apariencias, y a cuestionar nuestro lugar dentro de una gran inmensidad, que muchos ni dan cuenta que existe.  Nos retan a formular las preguntas más profundas. Hacen levitar nuestros pies sobre la tierra para contemplar un universo más grande. Nos intrigan a mirar y a disolvernos por el pequeño orificio de un tubo metálico para acercarnos a él. Nuestra imaginación, amplificada a través del lente de un telescopio, forja la única nave espacial en la que, probablemente, jamás viajaremos. Me complace mucho, invitar a desconocidos a que aborden la mía. No importa si vienen tras la pista de platillos voladores, soñando con ángeles o huyendo de algún demonio; mi telescopio siempre arranca suspiros.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Airon Meiden - Parte III



          Heaven Can Wait (1986) es un recorrido por el túnel de la muerte, narrado desde el punto de vista singular de una persona común.  La travesía por el plano astral comenzó con un acorde sintetizado de La Menor mientras las cuerdas intercambiaban notas y silencios, creando una atmósfera misteriosa y futurista. Nicko McBrain se unió a la marcha con sus toques precisos. Las notas se fundieron en acordes con igual premura, cuando entró Bruce Dickinson en otro vestuario. El primer solo de guitarra fue de las manos de Dave Murray, esquivando el ritmo complejo que hacían Smith y Gers. Es un arreglo complicado: la canción sufre varios cambios de ritmo, tiempo y tono antes de regresar a los acordes del principio. En el interludio, miles de voces cantaron el épico coro “Oh, Oh, Oh…” junto con el tumulto de técnicos, afinadores y sonidistas que invadieron la tarima. Varios fanáticos de la banda en Puerto Rico también fueron invitados al escenario, acompañados de la hija de Harris con una bandera boricua, bien orientada en esta ocasión. En su apertura del concierto, la juvenil Lauren Harris fue engatusada a participar de un esquema de mercadeo estulto, irrisorio y harto repetido, pero que siempre funciona en Puerto Rico. De hecho, es casi una regla no escrita que cualquier artista foráneo que se presente en la isla debe desdoblar la mono-estrellada en tarima, para avivar y recurrir a un sentimiento patrio tan efímero como el que generan los boxeadores y las reinas de belleza. La pobre niña ignoraba (y ninguno de esos buitres de mercadeo que la obligaron a hacerlo le aconsejó, ni por honor a la bandera) por donde se agarraba la tela y la proyectó al revés durante su breve intervención en la apertura, ante la boca abierta de los fanáticos.
          El coro inconfundible de Can I Play with Madness? (1988) tronó en el coliseo. La canción, que es uno de los intentos más comerciales de la banda, ostenta un coro fuerte y melódico; el verso es pegajoso y se movía al ritmo exacto de los platillos y el timbal de Nicko McBrain. Componer de esta manera no es venderse a la industria o al mercado, sino la evolución de tres magníficos escritores: Harris, Dickinson y Smith. La música es pura de Iron Maiden. Debo destacar el increíble trabajo que hace Nicko McBrain en la percusión. Su habilidad para hacer que los tambores participen de las melodías, que compartan el protagonismo de las cuerdas, ha servido de inspiración a bateristas más jóvenes como Mike Portnoy (Dream Theater) y Scott Rockenfeld (Queensryche). Todo el mundo concuerda en que Clive Burr era también un excelente percusionista antes de sufrir el terrible accidente biológico de la esclerosis múltiple. Pero, Nicko no solo continuó el estilo único de batería de Burr, sino que lo evolucionó en un arte propio y original de Iron Maiden.  Los golpes, acentuando a las guitarras y al bajo, nota por nota, son la firma clara de McBrain. Su parte en esta canción es una de mis favoritas. No solo mantuvo el ritmo fuerte debajo de la voz de Bruce Dickinson, sino que aprovechó los silencios para improvisar cortes, a veces en contra del ritmo. El gran Nicko lo hace ver todo tan fácil, acompañando la música con muecas juguetonas y esculpiendo una amplia sonrisa sobre las arrugas de su cara, mientras toca las cosas más imposibles.
          El disco (en vivo) A Real Live One (1993) definió para la posteridad el rol protagónico que tendrían que asumir los fanáticos en futuros conciertos de Iron Maiden. En Fear of the Dark (1992) la multitud se tornó un instrumento adicional de la canción, tal y como lo hicieron los histéricos finlandeses en aquel disco. Dice mucho de Steve Harris, como escritor, que cientos de miles de fanáticos a través de los años y las tarimas se han memorizado cada nota musical de una canción suya, al punto que la pueden vocalizar junto a los instrumentos en vivo. El efecto se sintió intacto en el Choliseo. El sepulcral lamento plural de “Oh”, casi como un mantra, erizó la piel. La línea principal de la suave melodía estuvo en manos del germánico Janick Gers, que usualmente es el anárquico y ruidoso. Bruce Dickinson cantó la estrofa con un dramatismo burlón. Las guitarras estuvieron exactas, especialmente en el interludio, cuando los fanáticos nos unimos a Dave Murray y al alemán en otra cascada de “Oh”, siguiendo a la melodía. Después de los solos, continuamos recitando afónicos el coro para Bruce que lo exigía con su tradicional “Scream for me Puerto Rico! Scream for me!”.
          La emblemática Iron Maiden (1980) nos tomó por sorpresa, todavía envueltos en el furor de Fear of the Dark. Las primeras líneas de la guitarra, que siempre inicia Dave Murray, son casi tan reconocidas como la canción anterior. El sonido estuvo claro, especialmente cuando se unieron en armonía las tres guitarras, parecido a esto: 


La mejor parte ocurrió después del segundo coro cuando Murray exploró una escala derivada de La Menor, para ser opuesta por la melodía contraria de Smith, Gers y Harris: 


El contrapunto terminó en un corto solo de bajo, donde Harris hizo alarde de la velocidad de su mano derecha. Al entrar en el tercer coro apareció en tarima el icónico Eddie el Muerto, en su encarnación futurista de Somewhere in Time (1986). La gigantesca marioneta recorría la tarima amenazando a los músicos y esquivando los ataques de Dickinson con el asta del micrófono. El zombi cibernético de Riggs bailaba, corría y perseguía a Dickinson entre los músicos y la topografía de la tarima. Admito que, de las apariciones de Eddie que he presenciado, esta fue la mejor en términos de la calidad del muñeco y la facilidad con la que se desplazaba y movía las coyunturas.  Me quede esperando, sin embargo, la otra marioneta más gigante aun, que se suponía irrumpiera por detrás de la cortina del trasfondo, con llamas en los ojos. En la gira de 1985, esta misma canción culmina con una gigantesca momia que surge por encima del baterista agitando los brazos. Desconozco porque decidieron no incluir este artefacto en la escenografita para esa ocasión. En cualquier caso, terminó la canción con un solo Eddie en tarima y con ella la primera parte del concierto, cuando se fingió que era el final para entrar en la cadencia.
En medio de la furiosa letanía de “Maiden, Maiden, Maiden”, reapareció la banda en tarima, levemente refrescada. El intenso periodo desde las notas finales de Iron Maiden hasta que Adrian Smith comenzó su magistral interpretación de Moonchild (1988) en la guitarra sintetizada, fue insoportable. El patrón melódico (riff) hecho por Smith, recalcado por los acordes precisos de Murray y Gers, expiró al entrar en uno de los versos más divertidamente satánicos que jamás haya escuchado:

“I am he, the bornless one,
The fallen angel watching you.
Babylon’s the scarlet whore.
I’ll infiltrate your gratitude.
Don’t you dare to save your son.
Kill him now and save the young ones.
Be the mother of a birth strangled babe.
Be the devil’s own, Lucifer’s my name.”

El concierto fue interrumpido brevemente por los fanáticos puertorriqueños en conspiración con Bruce Dickinson para cantar feliz cumpleaños a un bien perspirado Steve Harris, quien sumaba 52 años ese mismo día. Harris saludó y se notó sorprendido. Al parecer, nunca había escuchado a más de quince mil personas entonar happy birthday al mismo tiempo. Una vez terminada la corta celebración, comenzó inmediatamente su ataque del bajo en el solo que introduce a The Clairvoyant (1988). La melodía de las guitarras era clara y dulce, flotando sobre el derroche de notas del bajo eléctrico. En el verso, un arpegio suave de Re Menor iba de mano con la vocal. Harris y McBrain mantuvieron el ritmo veloz y preciso, mientras las guitarras adornaban y rellenaban con escasas notas alargadas. En el coro, las luces se hincharon y los fanáticos se veían brincar al ritmo de la canción entre destellos de luz y oscuridad:

“There’s a time to live and a time to die,
When it’s time to meet the maker.
There’s a time to live, but isn’t it strange,
that as soon as you’re born, you’re dying.”

          El sombrío campanazo anunció el final del concierto con la canción que mejor representa la música de Iron Maiden, tal vez su canción más importante. Dickinson asumió la posición que siempre asume: sentado, cabizbajo como la estatua de Rodin. La campana de McBrain seguía marcando el paso del tiempo, cómplice de las guitarras en cuenta regresiva, presagiando la muerte. Dickinson comenzó la contemplación, acompañado de otras miles de voces unísonas:

“I’m waiting in my cold cell,
When the bell begins to chime.
Reflecting on my past life,
And it doesn’t have much time.

‘Cause at five o’clock they take me
To the gallows’s pole.
The sands of time, for me
Are running low…”

Hallowed Be Thy Name (1982) es una obra de arte. Eruditos del rock pesado han llegado a afirmar que es la mejor canción del género de todos los tiempos. Desde su comienzo lento y tenebroso, con las guitarras practicando armonias en Mi Menor, 


hasta su final (¿heroico?), la composición sufre varios cambios de ritmo y tono, a la vez que expone diferentes temas melódicos entre verso y verso. La línea melódica principal, que utiliza algo del vocabulario barroco, la cantaron las guitarras:


La lírica es acelerada. En el galopante primer verso el protagonista condenado interroga la existencia de Dios y su papel en la vida del hombre. Los solos de guitarra transcurrieron desatados sobre otro arreglo completamente diferente que, escuchado fuera de contexto, parecería otra canción.  Dickinson hizo un último y magno esfuerzo de su garganta, demostrando tanto, su amplio rango vocal, como su fuerza, al entonar el gemido que expiró el protagonista al morir. Nunca sabremos cual fue su suerte al otro lado de la vida, o si llegó a desechar el escepticismo que de seguro lo llevó a la condena. Lo único que nos dejó el infortunado fue el testamento ambiguo de una exclamación rugida con la soga estrangulando el cuello: “Hallowed be thy name!”
Sin lugar a dudas, fue un concierto digno de recordar y tal vez, de grabar en formato digital. No obstante, me hubiese gustado escuchar otras canciones que surgen también de esa época ochentona. ¿Qué pasó con Infinite Dreams (1988), donde Harris explora el existencialismo de la reencarnación y que es quizás mi canción favorita de Iron Maiden? Otros clásicos que pudieron haber interpretado son: The Phantom of the Opera (1979), Wrathchild (1981), Children of the Damned (1982), The Flight of Icarus (1983), To Tame a Land (1983), donde Harris se acomete a la imposible tarea de resumir Dune en unos pocos versos, con o sin permiso de Herbert. Extrañé las inagotables armonías de guitarra en The Loneliness of the Long Distance Runner (1986), el mandato de Filipo el Macedonio en Alexander the Great (1986), el sonido medieval de The Prophecy (1988) y el pre-coro a The Evil That Men Do (1988). Aunque Fear of the Dark fue tocada, ninguna otra canción de ese disco se escuchó, como por ejemplo Wasting Love y su exposición poética de la adicción al sexo, The Apparition, donde Harris retoma el tema de la vida después de la muerte en la voz de un simpático fantasma y Judas Be My Guide, con su melódica armonía vocal. Tampoco se detuvieron en el disco No Prayer for the Dying (1990), publicado antes que Fear of the Dark. Canciones como Tailgunner, Assasin y Mother Russia son excelentes ejemplos de la música de Iron Maiden a finales de los años ochenta.
          Ni hablar entonces del Iron Maiden del siglo XXI. La hermosa Ghost of the Navigator (2001) hubiese maltratado la garganta de los fanáticos aún más, como también el coro de Out of the Silent Planet (2001), que está basada más en la película Forbidden Planet, que en la novela de C.S. Lewis. Del disco Dance of Death (2003), Rainmaker me sirvió de inspiración para un cuento. Me hubiese encantado gritar Montsegur y desangrarme con los Cátares, corroer mis balas con mi llanto en Paschendale y descifrar el enigma de The Face in the Sand. De su disco A Matter of Life and Death (2006) sobresalen These Colours Don’t Run, The Longest Day, que narra el desembarque en Normandía, Brighter than a Thousand Suns, que es la historia de una bomba y The Reincarnation of Benjamin Bregg.
          Más que un espectáculo musical, fue un testimonio claro de la importancia cultural que tiene el Heavy Metal en las generaciones que lo vieron nacer y que coronaron al histórico quinteto (ahora sexteto) como sus monarcas supremos. Somos un grupo exigente de oyentes que escoge lo que escucha. Evidencia clara de ese impacto social, específico de Iron Maiden, la encontré en Chile, tres días antes del concierto, cuando la banda y yo coincidimos en Santiago. En horas de la mañana, cuando caminaba por la cuidad, descubrí que los edificios viejos y estáticos de la antigua metrópolis servían de marco para lo nuevo, para los jóvenes con sus camisetas invariablemente negras y para su música, descrita en el argot urbano: dura como el metal. Me impactó la imagen de familias completas (incluyendo niños y niñas) ataviadas con ropas que proyectaban las violentas encarnaciones de Eddie. Recuerdo haber tenido la sensación de contemplar un fenómeno social y cultural que trasciende a la música que lo germina. Iron Maiden es más que música; el grupo ostenta su propia mitología del siglo XX. Los artistas han dado una profundidad temática a cada composición que tienta a la meditación y a la reflexión particular de cada letra. En adición, Derek Riggs, el silencioso séptimo miembro de la agrupación, ha extendido el lenguaje y las ideas en cada una de las pinturas que adornan los discos. Antes de que me regañe Steve Harris: la música sigue siendo el principio y el fin. Pero también es un motivo para tantear con la historia, el existencialismo, la ciencia ficción y el ocultismo. Por todo lo que inspiran y como diría un irónico Buzz Morrison, gracias a Dios que existe Iron Maiden.