El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
Estoy
dormido. Arrebujado con aquella manta de lana, azul turquesa, que
recuerdo nunca haber lavado (de seguro otra persona lo hizo...).
Tengo mis pijamas de Star Wars: Luke
y Leia en la escena del trono, con sus manos sobre R2-D2;
3CPO los flanquea. También están Han Solo y el Wookie
impresos en los pantalones. Mi cama queda al lado de la ventana. No
hay aire acondicionado; no por muchos años todavía. Papi está en
el cuarto; es de madrugada. Intenta despertarme; sutil, pero no tan
sutilmente. No le estoy haciendo caso. Me enrollo aun mas en la
sábana como si fuera una momia lista para dormir la eternidad en un
sarcófago. No entiendo que esta pasando. Los grillos están
excitados, los coquíes alborotan y la noche sigue oscura. ¿Por
qué me despierta tan temprano?
Ahora está molestando a mi hermano.
Su cama queda paralela a la mía, pegada a la pared opuesta. El
tampoco sabe qué está pasando. Parcialmente logra despertarnos.
Estamos sentados al borde de nuestras respectivas camas, todavía
soñolientos y de mal humor. Ahora va por mi hermana. Ella tiene su
propio cuarto. Buena suerte con eso.
Ya están los tres niños de pie en
el pasillo, en fila india (en ese momento no sé por qué a los
indios les gusta hacer fila. A mí nunca me gustará.) Sus ojos
luchan por abrir contra lagañas bien tercas y sólidas. De un lado
de mi boca se escurre un hilo, casi seco, de saliva. La niña esta
enfadada. Está demandando respuestas, “ahora”.
Las dos pijamas de ciencia ficción y
el camisón de los Care Bears (con
todo y arcoíris), vamos desfilando por el pasillo. Pasamos
por el comedor y salimos a la marquesina. Papi nos está empujando
hacia afuera, hacia el patio trasero con su empinado talud, cubierto
parcialmente en grama china. No sabemos por qué estamos allí,
tiritando con la brisa fría. Son, tal vez, las cinco de la mañana.
El sol no sale todavía pero, en el horizonte este, lo que se puede
atisbar desde una loma en medio de la zona metropolitana, comienza a
dibujarse una leve y difusa aura anaranjada.
-- Miren allí, allí. ¿Ven
la luna? Sigan hacia abajo. – lo escuchamos pero no entendemos --
¿Ven esas estrellas?
-- ¿Ver
qué? ¡Dios! – regaña
mi hermana a su padre, airada.
-- Allí, debajo de la luna. Sigan la
línea de esas estrellas brillantes. – Papi trata, con paciencia,
de señalar a un lugar específico del cielo, sin saber que es inútil
señalar al cielo con un dedo o un brazo por el efecto del paralaje.
Yo le hago caso. Presto atención a
no sé qué. Ya estoy aquí y aun medio sonámbulo, me fascina el
cielo de noche. La luna es fácil de encontrar, es obvia. Lo de las
estrellitas va a tomar un tiempo. El cielo de San Juan esta noche no
es cómo el de ahora. Es mas oscuro y profundo. Deja pasar meteoritos
mas a menudo y a veces los cucubanos, flotando en el aire, se
confunden con estrellas. Ahora distingo un asterismo y después
otro. Se van develando las geometrías. Identifico un punto rojizo,
como cobre, estacionado debajo de la luna (Marte). Dos puntos sirven
de flecha que apunta a otro un poco menos brillante y anaranjado
(Saturno). Esos últimos dos, me llevan mas abajo, a una estrellita
que resplandece de color amarillo (Júpiter). Todos juntos forman una
fila curva hacia el este, cruzando el cielo del alba.
Desde el horizonte este, sobre la
silueta de la cuidad de San Juan, surge otro, mas brillante que todos
(Venus). Hay dos mas, mucho mas tenues (Urano y Neptuno), que no
puedo ver a simple vista, pero que son parte del mismo arco y se
confunden con las otras estrellas que son soles de verdad. Plutón,
aparentemente, nunca fue un planeta. No podemos esperar a Mercurio.
Mami está en la cocina y llamándonos para que nos preparemos para
la escuela. Huele a café colado y farina, mi favorita.
Sé lo que son los planetas, aun con
mi temprana edad. El año anterior construí una maqueta del sistema
solar con esferas de poliestireno y alambre de estaño (con la ayuda
de mami durante una larga noche, claro). Sé que es la madrugada del
11 de marzo de 1982. Lo que no sé, en ese momento, es que la Gran
Alineación de los Planetas, algo que papi habría leído en
algún National Geographic, fue causa de grandes debates y
madre de varias teorías del fin del mundo. Tampoco sé, estando allí
parado con el cuello estirado y las pupilas dilatadas, otra vez,
gracias al esfuerzo titánico de mi padre, que no volverá a ocurrir
en 180 años.
--
On the contrary, we have emotions just like you have. We choose not
to let them control us. We train ourselves to listen only to our
rational mind. It is the only way. But tell me, what is the strongest
human emotion? – Vok’s gaze fixes on Trip, commander Charles
Tucker III, chief engineer of the starship Enterprise.
--
Regret. – Trip did not hesitate.
Nos
conocimos el día de San Valentín. ¿Recuerdas?
Era mi primera actuación en esa empresa de las serenatas que montaba
Banda y Orquesta todos los años para esas fechas. Novios, por deber
y temor, otros que solo por añoranza y expectativa, pagaban unos
pesitos para que unos coristas, acompañados de algunas guitarras y
violines, le cantaran al objeto de su deseo, irrumpiendo la clase de
cualquier profesor. Creo que fuimos mas exitosos en exacerbar la ira
de esos profesores que en crear lazos de amor... Mi favorita, y creo
que la tuya también, siempre fue Madrigal. Es tan poderosa. Nunca
sentí mucho por las canciones de Luis Miguel. Las de Glen me
gustaban porque eran mas como Billy Joel o Brian Adams.
Te
noté de inmediato: tu voz dulce, el color de tu piel, las ondas de
tu cabello. Me impresionó la forma en que asumías el control del
corillo cuando se distraía en los ensayos, en especial las guitarras
(o sea yo), que siempre estaban pachangeando. Te hacías
fuerte cuando tenías que serlo; eras suave y dulce el resto del
tiempo.
Un
día de esos, entre ensayos y rostros de profesores airados, gasté
el valor que había guardado por semanas, para hablarte. No recuerdo
qué dije, pero funcionó. Aceptaste mi invitación a una cena. Creo
que fue en el Siglo XX o en Pizza Hut (no contaba con
mucho dinero). La pasamos bien. No sé si diste cuenta de lo nervioso
que yo estaba. Siempre fui torpe con la palabra hablada y con los
gestos. Me tuviste demasiada paciencia.
Una
cita llevó a la otra. Un roce llevó a un agarre de manos y a paseos
por entre los robles florecidos del recinto en primavera. Hicimos la
costumbre de esperarnos luego de nuestros respectivos ensayos, allá,
en la pista vieja, para seguir conociéndonos, para seguir
enamorándonos. Me encantaba verte cantar. Un día, siguiendo el
consejo de un buen amigo, planifiqué la mejor de las citas. Te
llevaría al faro en Cabo Rojo. Me habían asegurado que era el lugar
mas romántico del mundo, especialmente de noche. Fuimos en tu carro
porque yo andaba a pie. Tardamos una hora en llegar hasta la orilla
del bosque y luego veinte minutos por caminos de tierra y fango que
tu pequeño Sentra de seguro objetó. Yo había traído un
Zinfandel blanco y unos sándwiches de mezcla. Estacionamos y abrimos
las puertas, excitados, para explorar la noche. Una nube densa de
mosquitos nos arropó. Inhalamos mosquitos como si fueran moléculas
de aire. Obviamente, mi amigo nunca había estado allí... Pero no
importó. Nos encerramos en tu carro y pasamos horas entre besos y
caricias, entre abrazos y estrujones. Fue de las mejores noche de mi
vida, aun con las ronchas y el comezón que vinieron después.
Recuerdo
la primera vez que me entraste a tu apartamento, el penthouse de
aquel elegante edificio frente a la plaza con vista al mar. Me
enseñaste tu pecera y me fascinó. Desde ese día, todavía, he
tenido una como la tuya y hasta mas grande, donde quiera que he
vivido. Conocí a tu compañera de cuarto, Tere, y me cayó bien. Te
confieso que sentí un poco de envidia de tu espacio, de los cómodos
muebles, las cortinas largas, las alfombras, del techo alto y de la
vista, porque yo vivía en una cueva con seis cavernícolas. Mis
visitas se hicieron mas frecuentes. Ensayábamos. Nos ayudábamos con
algunas tareas y tu me corregías en la música. Hacíamos comida. Me
hablabas de tu familia y yo de la mía. Una vez te obligué a
escuchar a Iron Maiden, orgulloso, y dijiste que el cantante
desafinaba. ¿Lo recuerdas?
Solíamos
pasar horas en tu cama que servía de sofá para ver la tele.
Acurrucados, siempre terminamos besándonos. De las caricias, cada
vez mas apasionadas, caíamos al roce violento y rítmico de dos
cuerpos entrelazados. Siempre, cuando llegaba a ese punto, yo
intentaba detenerte porque no podía mas con el placer que, tarde o
temprano, me iba a matar. --"Espera, ¡necesito
un break!"-- Tu siempre acatabas mi súplica, siempre, hasta el
día aquel que te enfermaste.
Llegué
por la tarde, casi de noche, a poner la palma de mi mano sobre tu
frente, en tu pecho. Bajo la manta, vestías unos cortos de suave
algodón y una blusa de manguillos color magenta. Ardías. Fui a la
cocina y traje una toalla y un cubito con agua fría. Con la toalla
húmeda comencé a tocar tu piel. Buscaba los puntos mas calientes
para tratar de vencer tu fiebre. Te la puse en el pecho y gemiste. De
ahí, resbaló hacia tu cintura y, sin querer, halé un manguillo de
tu blusa y vi tu busto desnudo e incandescente. Recuerdo que me
detuve, usando toda mi voluntad, para que pudieras recuperarte y
dormimos. Me despertaste a besos el día siguiente. Tenías puesto
una lencería azul turquesa, trasluciente. Estabas entera frente a mí
y comenzaste a quitarme la ropa. No me dejaste suplicar esta vez.
--"No more breaks.”-- Solo duró unos minutos, lo admito y
sentí vergüenza. Pero a ti no te importó. Regresaste de la cocina
con un jugo de naranja y unas pasas y esperaste pacientemente, como
siempre. Seguimos experimentado el resto de la tarde y los días.
A
veces regresaba a mi antiguo hospedaje. Llegaba en tu carro como un
rey que regresaba de una cruzada y muchas conquistas. -- “Mira
quién llegó ahí.” -- decía uno de los muchachos. -- “Diablos
está jalao. Cabrón deja de echar polvos. Te vas morir.” -- y
comenzaba el relajo y las risas. Eran tiempos felices para mí; creo
que nunca te lo dije; hasta que pasó lo que tenía que pasar. Te
encontré aquella tarde en el borde de la bañera. Estabas desnuda,
dejando el agua caliente correr. Te pregunté por qué. Tu respuesta
detuvo el tiempo. Sentí mis pies congelarse y envolverse en un
pesado y denso concreto. Mi corazón por poco explota. No lo entendí.
No supe como manejarlo. No estuve listo ni a la altura. Creo que
todavía no lo estoy o nunca lo estaré. – “Creo que estoy
embarazada.”--
Me
encontraste aquella mañana, cuando regresabas de tus clases,
sumergido en tu tina. Mi vista extraviada en algún lugar del amplio
techo del apartamento. Recuerdo que me acariciaste y me apretaste la
mano. Mi mente no paraba de pensar. Recordé a mi padre tanta veces,
cuando nos decía que si no fuera por nosotros, estaría viajando por
el mundo; viviendo la vida. Recordé las veces que me advirtió sobre
la importancia de terminar los estudios antes que nada, cosa que él
no logró. Recordé que no tenía dinero ni posesiones ni mucho menos
la sabiduría para hacer crecer a un ser humano. Veía constantemente
el final de una vida y me aterraba la otra que pensé me obligaban a
vivir... Tus buenas noticias fueron irrelevantes. Algo cambió en
mí. Había jugado con fuego y descubrí lo peligroso que es el mundo
y lo vulnerable que eran mis planes.
Creo
que fui yo quién pidió tiempo. Fui yo el que, poco a poco,
amplifiqué el espacio entre los dos. Dejé de pernoctar en tu casa.
Dejé de tocarte. Regresé al espacio incómodo del hospedaje y a su
aire tupido y ruidoso. Te pedí tiempo para reflexionar, pero lo que
hice fue esconderme. Tu fuiste paciente y complaciste.
Tu
visita me sorprendió aquella tarde calurosa. Yo estaba en la sala,
tirado en el sofá, viendo alguna estupidez en televisión; pensando
en nada. Entraste sigilosa y te detuviste al pasar el marco de la
puerta. Nos miramos, pero no cruzamos palabras. El zumbido de los
carros afuera hacía temblar las ventanas. Cerraste la puerta de la
sala calladamente y le pusiste el pestillo. La puerta que salía al
balcón estaba segura. Después, te encargaste de las ventanas. El
cuarto se hizo oscuro. La temperatura comenzó a subir. Tenías
puesto una minifalda de tela de Mahón y una blusa suave y delicada,
con amplio escote. Preferías no usar sostén. Posaste frente a mí,
eclipsando la estéril luz de la pantalla que te iluminaba por
detrás, dibujándote un aura. Yo iba a decir algo pero con un solo
dedo sellaste mis labios. Te enrollaste la falda a la cadera y te
sentaste sobre de mí. Nuestros cuerpos ondulaban sobre el sofá
viejo y polvoriento. Yo temblaba; todo estaba temblando. Pero yo no
merecía tales cosas. No merecía tus manos enredadas en mi cabello.
No era digno de sentir tu aliento caliente sobre mis labios y mi
boca. No era justo que pudiera acariciar tus muslos de cobre,
desnudos sobre los míos ni que pudiera palpar en mi mano tu seno
liberado. No tenías porque regalarme ese última epilepsia de pasión.
Te
acomodaste la falda y recogiste tu pelo en un moño. Saliste sin
decir una palabra. Yo no te busqué al otro día. Tu tampoco
regresaste. No recuerdo si te volví a ver.
Mami esta aprendiendo a coser. La
vecina, bueno, su hija Tati, le está enseñando. Es muy buena y esta
haciendo trajes largos y elegantes para venderlos. Algún día será
modista o algo así. Mami todavía está dando sus primeros pasos. Se
compró una máquina Singer, usada, pero le resuelve. Se la pasa
comprando telas y agujas. Ya no quiere ir a las tiendas con nosotros,
prefiere ahorrarse el dinero por labor cotidiana. Nos trae una
revista o un anuncio de periódico y nos señala a las fotos.
--
¿Cual quieres? ¿Esa?
¿Te gusta esa camisa?
Y
allí sale y compra la tela en Woolworth o en Capri. La corta en
rectángulos y triángulos y le inserta el casete a la Singer, el que
le dice a la máquina cómo moverse y cuando enterrar y retirar la
aguja. Me encanta verla coser, pero mas por la máquina que hace lo
que el humano solía hacer, desde hace siglos, pero mas rápido, mas
preciso. Me encanta el sonido de las poleas y el zumbido del motor
eléctrico cuando ella oprime el pedal en el piso. La ropa no puedes
diferenciarla de la que venden en Sears o JC Penny.
--
¿Y eso pantalones? ¿Te
los pones? Dime.
Tati
nos cuida por las noches, cuando Roberto y Marianita salen a comer o
hacer cosas que desconocemos. Ya casi no nos llevan con ellos, desde
la última algarabía que formamos en un restaurante de esos, donde
los meseros usan lazo y delantal y donde las mesas tienen manteles
finos. Tati es muy buena con nosotros. A su corta edad (19 años, tal
vez), tiene mucha paciencia. Yo no doy mucho trabajo. Soy mas
tranquilo, excepto cuando me cucan. No lo sé en este momento, pero
Tati es hermosa. Es alta y esbelta, y los pómulos en su cara son
otra cosa. Si no lo logra como diseñadora, de modelo, de seguro, va
a ser un éxito. Entre ella y su nueva discípula ya prácticamente
han forjado nuestro ajuar completo.
Se
aproxima la noche de Halloween. Todavía no tenemos un disfraz
definido. Mami está harta de los zombies y los vampiros. El mío del
año pasado, con la sangre emanando de los ojos y la boca, todavía
le da espanto. Tampoco ayudó el cuchillo atravesando mi cabeza. No.
Este año vamos a ser superhéroes o algo mas ameno. Mi hermana
decidió ser la mujer maravilla. Mi hermano, el Hulk o el príncipe
Namor. Pero entonces falto yo. Tati sale al rescate. Habiéndome
cuidado por tanto tiempo, desde que era bebé, sabía muy bien las
cosas que me gustaban, en especial unos muñequitos que no dejaba de
ver a cada oportunidad, cambiando canales en la televisión. Me
pasaba tarareando la melodía inolvidable de Mancini. Caía al piso
riendo a carcajadas todas las mañanas. En mi caminar, ya se veían
rastros de imitación. Ella tenía el talento y con mami, la mano de
obra necesaria para hacerlo realidad. Este año voy a ser la Pantera
Rosada. Quería mucho a ese personaje: su extraño andar, la forma en
que siempre estaba tranquilo y seguro. Aun cuando perdía y salían
las cosas mal, actuaba como si todo estaba bien, como si hubiese
ganado.
Llega
el día de todos los santos. El traje esta listo. Consta de un
mameluco que me cubre entero, completo con cremallera por detrás
(por lo que necesito ayuda externa para entrar y salir de él) y
cubierto en gamuza rosada (¡genial!)
solapando una capa de nilón por dentro. La cabeza la consiguieron en
una tienda de accesorios de teatro o se la arrancaron a un peluche.
Se usa como capucha que me cubre el pelo y las orejas, pero está
bien. Tengo patas, cola y orejitas rosadas y redondas. Es una obra
que merece admiración, de verdad. Es irrelevante que dentro del
traje tan solo cinco minutos, ya estoy completamente sudado y tal vez
he rebajado una libra.
El
sol todavía esta cayendo; la noche no es completa. Salimos solos a
buscar los dulces. Eramos pequeños, pero ya no tan pequeños y en mí
calle, todo el mundo se conoce y en las aledañas también. En fin,
es otro tiempo. La vieja tradición de cantar, casa por casa, “trick
or treat, dame chavos y no maní”, está viva. A veces nos regalan
monedas, pero en su mayoría, serían barras de chocolate, bombones y
paletas de chicle. El que cuente la mayor cantidad de golosinas al
final del paseo, gana.
Ya
estamos de regreso, locos por declarar un ganador. A mi hermano no lo
ayudó que ingirió unos cuantos en el camino. Es tarde en la noche
para nosotros. Al final de la calle, cerca de la casa, los otros
niños se aglomeran en la esquina. Son mayores que nosotros. Ya ellos
no salen a buscar dulces. Aparecen mas tarde, para hacer maldades y
molestar a otros. Uno de ellos ve a la pantera que viene andando con
su canastita. Su piel es color de rosa. El no entiende. Le hace señas
a los otros; los hala por la camisa.
--
¡Mira eso! ¡Mira
eso!
--
¿Que puñeta es eso? Cabrón...
--
Ese es el concord, David.
--
¡Que clase de mamao!
¡Ven
acá! ¡Ven
acá!
Me
decían concord porque, aunque era menor que ellos, comencé a
estirar muy temprano y ya los alcanzaba, a algunos, en estatura.
Pero, todavía no me acostumbraba a mi nuevo cuerpo, que seguía
evolucionando, y caminaba medio jorobado, como la nariz del avión
supersónico. Me rodean y me obligan a ir con ellos, a la esquina
donde hay un poste con el letrero que indica el número de la calle.
Me están halando la cola y pellizcando el traje. Uno de ellos me
arranca la cabeza. Siguen las mofas y los insultos. Estoy tratando de
escapar. No quiero estar allí. No puedo. Me impiden el paso. Otro
brigante logra amarrar mi cola al poste y no puedo zafarme. Como era
el disfraz, no alcanzaba la cremallera ni a la cola. Mi hermana viene
a socorrerme. Se enfrenta a ellos pero la empujan y se va corriendo a
pedir ayuda. Están
usando los dulces de mi canasta como proyectiles. No duele mucho,
excepto los de maní, esos si duelen, en especial si rompen en tu
cara. Estoy sudando mas de lo que ya había sudado. Mis lágrimas son
invisibles. No puedo moverme. Bajo la cabeza y pienso que todo
pasará, todo eventualmente pasa. ¿Que
haría la pantera rosada? Nada, porque tarde o temprano todo va a
salir bien...
Tati
viene corriendo. Los bandidos se dispersan. Me desamarra y me abraza
y me da muchos besos. Mis lágrimas ya están secas. Me ayuda a
recoger los dulces del piso. El disfraz está arruinado. La pantera
fue decapitada. Se siguen sumando las reglas: no muestres a otros las
cosas que mas quieres. Las pueden arruinar. El año que viene y los
siguientes, usaré un disfraz mas apropiado. Seré Magneto o el varón
Ashler. Seré el comandante Cobra.
Tienes
nueve años. Tu madre te arranca de la cama. Estas tarde para una
cita que no quieres concretar. El desayuno está servido. Anda
apúrate. Ponte el uniforme nuevo, el de la escuela nueva. Semanas
atrás tus padres decidieron, unilateralmente, que te iban a cambiar
de escuela; algo que ver con tus notas y con ciertas amistades que,
según ellos, no te hacían bien. No hubo despedida. Se perdieron
para siempre los ojos verde de Grisel, los juegos de canicas con
Junito y los consejos de Ramón, que te iba a enseñar como hablar
con las chicas y como robarles un beso. Se perdieron para siempre las
escapadas del salón con Andy, quien era mucho mayor que tu, pero te
estaba enseñando como robar boberías y como hacer maldades sin que
te atrapen. Las maestras estaban hartas de halarlos por las orejas a
los dos, porque seguían escondiéndose debajo de las escaleras para
espiar las bragas a las niñas cuando subían. Entre ustedes, no
quedó un baño sin vandalizar en aquella escuela vieja, que estaba a
corta distancia de tu casa, de tus amigos y en el corazón del Monte
Carlo. Bienvenido a Country Club.
Vas
subiendo las escaleras hacia el vestíbulo. Hay un alacrán inmenso
en la columna. Todo está mojado y húmedo. Hay mucha gente haciendo
fila para la matrícula. Traes un juguete para entretener mientras tu
madre completa los trámites, un muñeco de la serie de He-Man,
pero no es Adam. Tu favorito es Man-at-Arms, porque tiene muchos
aparatos y armas, en especial un mazo de oro sólido. Tambien te
gusta Stratos porque sabe y puede volar. Alguien quiere jugar
contigo. Se llama Angelito y te pide prestado el muñeco. Se lo
prestas, pero con sospecha. Angelito comienza a moverle los brazos y
hacer ruidos con su boca (mal hechos a tu entender). Quieres la
figurita de vuelta. Temes por su seguridad. Angelito se niega. Tratas
de alcanzarla pero el te esquiva. Angelito sale corriendo con tu
muñeco. Vas tras de él. Eres rápido, pero no tan rápido. Angelito
mide al menos seis pies cuatro pulgadas y pesa por lo menos
doscientas veinte libras, pero en su mente es tan niño como tu. Su
madre es maestra y el acostumbra merodear por los pasillo mientras
ella da clases. Cada paso suyo atraviesa el doble de los tuyos.
Angelito llega a la quebrada detrás de la escuela. Tu le estas
gritando. Angelito te mira con sus ojos extraviados y arroja el
muñeco a la quebrada. No te preocupes, mas tarde lo vas a recuperar,
pero el mazo dorado se perdió para siempre.
martes
Esa
niña no te deja de molestar. Se pasa todo el tiempo de detrás de ti
y no sabes por qué. Se pasa diciendo a todo el mundo que son novios
y se van a casar. Hoy trajo el coche de su hermanito y le está
contando a las otras chicas que es su hijo y el tuyo. Se llama Nitza.
Apenas la conoces. De cara es bonita, pero no te gustan la gorditas y
menos ella, que tiene la cabeza rapada completamente. No lo
entiendes. De hecho, tardarás años en entender. No puedes ver el
terrible demonio que le respira en la nuca. No puedes oler el veneno
que recorre su sangre ni escuchar el dolor que causa. No puedes
palpar la sal en sus lágrimas cuando está en el hospital, cuando
una aguja mas le penetra la piel y la radiación le arranca el
cabello. Los doctores harán lo que puedan. Tratarán de salvar una
vida, destruyendo un cuerpo.
miercoles
Estan
en la biblioteca. Por alguna razón la clase es allí hoy. Los
varones estan sentados juntos en la misma mesa. Son solo cinco contra
veintitantas mujeres. La maestra esta dando clases. Habla de un tipo
llamado Dewey. Un día de estos ese señor te va a yudar a encontrar
tu primer libro: Las mil y una noches. En tu mesa se comienza
un juego nuevo. Consiste en bajarse los pantalones y enseñar las
pelotas sin que la maestra se de cuenta. El que no lo haga es
maricón. Julio es el primero: cremallera abierta y el pene afuera.
Los turnos se juegan a favor de las manecillas del reloj. Despues va
Joel y luego Javier. Te toca. Tu no eres maricón. Eso se le llama a
la gente que es traicionera, que te chotea a la menor oportunidad. Tu
no vas a ser maricón. La maestra está de espaldas. Te abres los
pantalones y estiras el calzoncillo. Tienes los huevos al aire,
debajo de la mesa. Las niñas del al lado se están riendo. Tus
compañeros también, pero se están riendo de ti. No es por el
tamaño porque hasta donde puedes atisbar, estan en la misma liga.
Julio te lo explica. No tienes vellos. Tienes once años y eres mas
alto que todos ellos, excepto Joel, pero alla abajo eres un niño
todavía. Dos años mas tarde todavía eres el chico nuevo, el
tímido, ese muchacho alto y esquelético que ahora resulta que
también es lampiño. Bueno, al menos no eres maricón.
jueves
Hoy
se descarta el uniforme. Es "casual day". Pagas un pesito y
puedes pasear por los salones en la ropa que mas te guste. Para ti es
irrelevante, pero aun así te pones tus mejores pantalones: unos
cordoroys verde que habías comprado en Gap hace un tiempo. Te quedan
bien y no tienen ruedo. Es tu vestido de elegancia; eso y una
guayabera que tu madre cosió en su vieja máquina Singer. Abres la
puerta del carro y te bajas frente a la escuela. Tu madre lo sigue
hacia el trabajo. La escena es bien distinta a otros días. Las niñas
se quitaron las faldas y optaron por mahones. Sol vino en unos cortos
que serían censurados en el cine y la televisión. Vas caminando
lento hacia la entrada y te subes al vestíbulo. Los estudiantes te
siguen con la mirada. Poco a poco, se van acumulando: estrañas
muecas, comentarios disimulados y una que otra risa suelta. No lo
entiendes. Nunca entiendes nada. El rumor llega a tu oído: “pato".
Se hace cada vez mas fuerte y repetido, mas como un coro que insultos
realengos. Los estudiantes se van juntando y te siguen. La risa es
menos disimulada ya. "¡pato!,
¡pato!, ¡pato!"
es el estribillo que comienza a ahogar tus pensamientos. "¡pato!,
¡pato!, ¡pato!"
El eco lo hace mas insoportable. Es para tí. Es de tí que se estan
riendo. Tú eres la mofa. pero tú no eres pato. Los patos son
enclenques y afeminados, son cobardes y pusilánimes. Tú no eres
pato. Sigues caminando, no sabes a donde. No hay donde esconderse.
"¡pato!, ¡pato!,
¡pato!" Como un virus, el
canto va infectando a los otros que ni siquiera prestaban atención.
Tan pronto te ven se unen a la masa y siguen cantando "¡pato!,
¡pato!, ¡pato!".
Estas corriendo ahora. Vas en dirección a la quebrada. Todavia
desconces por qué. Parece que toda la escuela viene detrás de tí.
Dos pobres maestras tratan de alcanzarlos. Cruzas por el parque de
pelota, por la selva de pasto donde otro día vendrás a cazar arañas
inmensas y coloridas. La yerba es tan alta como tú pero no sirve de
parapeto. La hueste se acerca. "¡pato!,
¡pato!, ¡pato!"
Llegaste axfisiado al puente de la quebrada. El coro esta cerca pero
se detiene. Dejan de cantar. Una maestra logró llegar al frente,
pero no fue ella quien los mandó a callar. Estas parado sobre la
varanda. Tienes una pierna en el aire. La maestra te está gritando
algo. Los niños siguen callados, atónitos. El mundo da vueltas.
Sientes vértigo. Ves el fondo pedregoso de la quebrada claramente.
Pero no lo haces. Estas loco, pero no eres pendejo. En cualquier caso
no hay suficiente altura para hacerte justicia. Solo lograrías
romperte una pierna o la dos. Te bajas de la varanda. La maestra sale
corriendo y te abraza. Alguien está tratando de conseguir a tus
padres.
viernes
Presta atención. Está pendiente. Cada lugar trae sus propias reglas.
-- “Los jueves no se
viste de verde." -- te comenta un alumno que lleva mas tiempo que tú en esa escuela. -- "Eso es de patos”.
[NOTA: Este sería el primer cápitulo de unas memorias que estoy compilando tituladas "Aguavivas".]
Salió el sol. Se cuela por entre las hojas de las ventanas. El matre y la
pared están pintados ya en franjas de claro y oscuro. No hay tiempo
que perder. Los tres niños se lanzan desde sus literas al suelo
rústico y arenoso de la cabaña. Los trajes de baño (aun húmedos
del día anterior) trepan apresurados por los cuerpecitos de los tres
aventureros (¿había alguien
mas?) Los padres apenas se levantan (madrugando en sus vacaciones)
cuando la pesada puerta de madera (¿o
era de aluminio?) ruge y explota abierta dejando escapar a los
pequeños intrépidos, que se van escurriendo veloz, por entre las
otras cabañas, todavía durmiendo.
Es
octubre, creo, pasado el tiempo de verano. El cielo esta gris y el
mar picado y ruidoso. Pero a ellos poco le importa. No saben qué los
atrae. Solo saben que el agua es rica y que con la arena mojada se
hacen tremendos proyectiles que explotan en las espaldas de los
insospechados, sin causar daño. El mayor de los mosqueteros llega
primero a la orilla y se zambulle. El agua está caliente, como
siempre en las noches y en las mañanas. Pasará décadas bajo el sol caliente de Borinquen, antes de
que pueda entender por qué.
La
corriente es fuerte y las olas le superan en estatura. No le
interesa. No se amedrenta. Lleva en esa relación lejana y peligrosa
desde que usaba pañales. Hasta donde sabía, había nacido en ese
lugar, en alguna de esas cabañas. El sol del oeste, ese faro
abrumador que ciega y quema, siempre será una de sus primeras
visiones y el calmado arrullo de esa playa con poca espuma (cuando
estaba de buenas) siempre será uno de sus primeros recuerdos.
Las
olas se estrellan fuerte y repetido. El agua es insondable; demasiada
arena suspendida por la corriente. Pero algo está mal. Algo es
diferente. Tarda unos minutos en dar cuenta de que no está flotando
solo en el agua turbia de otoño. Podrían ser algas, que tampoco
agradan. Abre los ojos, se enfoca y ve, al fin, a los monstruos.
Entonces, escapa como un torpedo hacia la orilla, hacia la tierra
firme. En su afán de ser el primero en el agua, había ignorado las
cientos y cientos de criaturas traslucientes, con su distintivo
patrón de círculos violeta en el lomo, que lo rodeaban y parecían
perseguirlo. Ya comenzaban a amontonarse sobre la arena. Aguavivas,
por todos lados, incontables, le rozaron la piel y al pisarlas, la
sensación de hacer presión contra algo que no es enteramente
sólido, que es elástico, frío y resbaladizo, será el origen de su
más terrible fobia. Ya a salvo en la arena mojada (otra cosa mas que
irónicamente desagrada) entendió el insólito panorama: un ejército
de extrañas formas, invadiendo su costa, dificultando su paso y
creando una barrera cada vez mas impenetrable al disfrute que tenía
planificado. Un patrón se quebranta: la playa, de súbito, ya no era
para él.
Aparece
un viejo, flaco y jorobado, su piel seca y estirada, como cuero
carbonizado por el sol. Desde la orilla, va
entrando tranquilamente al agua, aparentemente inmune y ajeno a la
invasión. Un cigarrillo, prácticamente hecho ceniza, protuye de
sus labios cerrados. El agua ya le llega a la cintura famélica. Los
niños se detienen a observarlo, guardando su distancia,
maravillados. No da importancia al enjambre que lo asecha. De seguro
lo vio. No parece sentir el mismo miedo que ellos. De la nada,
sumerge su mano izquierda en el agua gris y cuando la saca, la eleva
por encima de su cabeza hacia el sol, cargando en su palma uno de
esos frágiles monstruos, su cuerpo deforme, rendido a la gravedad.
Lo observa por un momento, la luz refractada al atravesarlo, y lo
descarta hacia la arena. El viejo, sabiendo lo que hace, lo había
secuestrado por el lomo, por la parte cóncava, alejando los
venenosos tentáculos de su piel. Los niños aprenden la lección y
adoptan la técnica. Proceden el resto de la mañana a practicar,
felices, la imposible tarea de limpiar la playa de esa hueste.
El
mayor procede con cautela, siempre con cautela, devuelta al mar. No
confía en lo que ha visto ni en lo que hacen los otros. ¿Que vio?
Gelatinas que se van acumulando sobre la arena (¿muertas?) para
luego derretirse con el tiempo y diluirse, fantasmas flotando en el
agua que varían de color y forma de acuerdo al ángulo de la mirada,
burbujas llenas de un aire añejo, que pueden esconder veneno. Te
pueden rozar la piel y lacerar, no por su voluntad, sino por el
descuido de quién las maneja y ese dolor perdura. El joven, sigue
sumergiéndose. Algún día llegará mucho mas hondo en ese mar. Por el momento, y a pesar de su terquedad, se detiene a pescar aguavivas en la playa de Boquerón.