Buscar este blog

El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

jueves, 15 de octubre de 2026

Ciento ochenta años (10/2026)

 



    Estoy dormido. Arrebujado con aquella manta de lana, azul turquesa, que recuerdo nunca haber lavado (de seguro otra persona lo hizo...). Tengo mis pijamas de Star Wars: Luke y Leia en la escena del trono, con sus manos sobre R2-D2; 3CPO los flanquea. También están Han Solo y el Wookie impresos en los pantalones. Mi cama queda al lado de la ventana. No hay aire acondicionado; no por muchos años todavía. Papi está en el cuarto; es de madrugada. Intenta despertarme; sutil, pero no tan sutilmente. No le estoy haciendo caso. Me enrollo aun mas en la sábana como si fuera una momia lista para dormir la eternidad en un sarcófago. No entiendo que esta pasando. Los grillos están excitados, los coquíes alborotan y la noche sigue oscura. ¿Por qué me despierta tan temprano?

    Ahora está molestando a mi hermano. Su cama queda paralela a la mía, pegada a la pared opuesta. El tampoco sabe qué está pasando. Parcialmente logra despertarnos. Estamos sentados al borde de nuestras respectivas camas, todavía soñolientos y de mal humor. Ahora va por mi hermana. Ella tiene su propio cuarto. Buena suerte con eso.

    Ya están los tres niños de pie en el pasillo, en fila india (en ese momento no sé por qué a los indios les gusta hacer fila. A mí nunca me gustará.) Sus ojos luchan por abrir contra lagañas bien tercas y sólidas. De un lado de mi boca se escurre un hilo, casi seco, de saliva. La niña esta enfadada. Está demandando respuestas, “ahora”.

    Las dos pijamas de ciencia ficción y el camisón de los Care Bears (con todo y arcoíris), vamos desfilando por el pasillo. Pasamos por el comedor y salimos a la marquesina. Papi nos está empujando hacia afuera, hacia el patio trasero con su empinado talud, cubierto parcialmente en grama china. No sabemos por qué estamos allí, tiritando con la brisa fría. Son, tal vez, las cinco de la mañana. El sol no sale todavía pero, en el horizonte este, lo que se puede atisbar desde una loma en medio de la zona metropolitana, comienza a dibujarse una leve y difusa aura anaranjada.


-- Miren allí, allí. ¿Ven la luna? Sigan hacia abajo. – lo escuchamos pero no entendemos -- ¿Ven esas estrellas?

-- ¿Ver qué? ¡Dios! – regaña mi hermana a su padre, airada.

-- Allí, debajo de la luna. Sigan la línea de esas estrellas brillantes. – Papi trata, con paciencia, de señalar a un lugar específico del cielo, sin saber que es inútil señalar al cielo con un dedo o un brazo por el efecto del paralaje.


    Yo le hago caso. Presto atención a no sé qué. Ya estoy aquí y aun medio sonámbulo, me fascina el cielo de noche. La luna es fácil de encontrar, es obvia. Lo de las estrellitas va a tomar un tiempo. El cielo de San Juan esta noche no es cómo el de ahora. Es mas oscuro y profundo. Deja pasar meteoritos mas a menudo y a veces los cucubanos, flotando en el aire, se confunden con estrellas. Ahora distingo un asterismo y después otro. Se van develando las geometrías. Identifico un punto rojizo, como cobre, estacionado debajo de la luna (Marte). Dos puntos sirven de flecha que apunta a otro un poco menos brillante y anaranjado (Saturno). Esos últimos dos, me llevan mas abajo, a una estrellita que resplandece de color amarillo (Júpiter). Todos juntos forman una fila curva hacia el este, cruzando el cielo del alba.

    Desde el horizonte este, sobre la silueta de la cuidad de San Juan, surge otro, mas brillante que todos (Venus). Hay dos mas, mucho mas tenues (Urano y Neptuno), que no puedo ver a simple vista, pero que son parte del mismo arco y se confunden con las otras estrellas que son soles de verdad. Plutón, aparentemente, nunca fue un planeta. No podemos esperar a Mercurio. Mami está en la cocina y llamándonos para que nos preparemos para la escuela. Huele a café colado y farina, mi favorita.

    Sé lo que son los planetas, aun con mi temprana edad. El año anterior construí una maqueta del sistema solar con esferas de poliestireno y alambre de estaño (con la ayuda de mami durante una larga noche, claro). Sé que es la madrugada del 11 de marzo de 1982. Lo que no sé, en ese momento, es que la Gran Alineación de los Planetas, algo que papi habría leído en algún National Geographic, fue causa de grandes debates y madre de varias teorías del fin del mundo. Tampoco sé, estando allí parado con el cuello estirado y las pupilas dilatadas, otra vez, gracias al esfuerzo titánico de mi padre, que no volverá a ocurrir en 180 años.

 


 


viernes, 2 de octubre de 2026

Primera Dama (10/2026)

 

-- So you feel no emotion?

-- On the contrary, we have emotions just like you have. We choose not to let them control us. We train ourselves to listen only to our rational mind. It is the only way. But tell me, what is the strongest human emotion? – Vok’s gaze fixes on Trip, commander Charles Tucker III, chief engineer of the starship Enterprise.

-- Regret. – Trip did not hesitate.



   

 

 

 

 

    Nos conocimos el día de San Valentín. ¿Recuerdas? Era mi primera actuación en esa empresa de las serenatas que montaba Banda y Orquesta todos los años para esas fechas. Novios, por deber y temor, otros que solo por añoranza y expectativa, pagaban unos pesitos para que unos coristas, acompañados de algunas guitarras y violines, le cantaran al objeto de su deseo, irrumpiendo la clase de cualquier profesor. Creo que fuimos mas exitosos en exacerbar la ira de esos profesores que en crear lazos de amor... Mi favorita, y creo que la tuya también, siempre fue Madrigal. Es tan poderosa. Nunca sentí mucho por las canciones de Luis Miguel. Las de Glen me gustaban porque eran mas como Billy Joel o Brian Adams.

    Te noté de inmediato: tu voz dulce, el color de tu piel, las ondas de tu cabello. Me impresionó la forma en que asumías el control del corillo cuando se distraía en los ensayos, en especial las guitarras (o sea yo), que siempre estaban pachangeando. Te hacías fuerte cuando tenías que serlo; eras suave y dulce el resto del tiempo.

    Un día de esos, entre ensayos y rostros de profesores airados, gasté el valor que había guardado por semanas, para hablarte. No recuerdo qué dije, pero funcionó. Aceptaste mi invitación a una cena. Creo que fue en el Siglo XX o en Pizza Hut (no contaba con mucho dinero). La pasamos bien. No sé si diste cuenta de lo nervioso que yo estaba. Siempre fui torpe con la palabra hablada y con los gestos. Me tuviste demasiada paciencia.

    Una cita llevó a la otra. Un roce llevó a un agarre de manos y a paseos por entre los robles florecidos del recinto en primavera. Hicimos la costumbre de esperarnos luego de nuestros respectivos ensayos, allá, en la pista vieja, para seguir conociéndonos, para seguir enamorándonos. Me encantaba verte cantar. Un día, siguiendo el consejo de un buen amigo, planifiqué la mejor de las citas. Te llevaría al faro en Cabo Rojo. Me habían asegurado que era el lugar mas romántico del mundo, especialmente de noche. Fuimos en tu carro porque yo andaba a pie. Tardamos una hora en llegar hasta la orilla del bosque y luego veinte minutos por caminos de tierra y fango que tu pequeño Sentra de seguro objetó. Yo había traído un Zinfandel blanco y unos sándwiches de mezcla. Estacionamos y abrimos las puertas, excitados, para explorar la noche. Una nube densa de mosquitos nos arropó. Inhalamos mosquitos como si fueran moléculas de aire. Obviamente, mi amigo nunca había estado allí... Pero no importó. Nos encerramos en tu carro y pasamos horas entre besos y caricias, entre abrazos y estrujones. Fue de las mejores noche de mi vida, aun con las ronchas y el comezón que vinieron después.

    Recuerdo la primera vez que me entraste a tu apartamento, el penthouse de aquel elegante edificio frente a la plaza con vista al mar. Me enseñaste tu pecera y me fascinó. Desde ese día, todavía, he tenido una como la tuya y hasta mas grande, donde quiera que he vivido. Conocí a tu compañera de cuarto, Tere, y me cayó bien. Te confieso que sentí un poco de envidia de tu espacio, de los cómodos muebles, las cortinas largas, las alfombras, del techo alto y de la vista, porque yo vivía en una cueva con seis cavernícolas. Mis visitas se hicieron mas frecuentes. Ensayábamos. Nos ayudábamos con algunas tareas y tu me corregías en la música. Hacíamos comida. Me hablabas de tu familia y yo de la mía. Una vez te obligué a escuchar a Iron Maiden, orgulloso, y dijiste que el cantante desafinaba. ¿Lo recuerdas?

    Solíamos pasar horas en tu cama que servía de sofá para ver la tele. Acurrucados, siempre terminamos besándonos. De las caricias, cada vez mas apasionadas, caíamos al roce violento y rítmico de dos cuerpos entrelazados. Siempre, cuando llegaba a ese punto, yo intentaba detenerte porque no podía mas con el placer que, tarde o temprano, me iba a matar. --"Espera, ¡necesito un break!"-- Tu siempre acatabas mi súplica, siempre, hasta el día aquel que te enfermaste.

    Llegué por la tarde, casi de noche, a poner la palma de mi mano sobre tu frente, en tu pecho. Bajo la manta, vestías unos cortos de suave algodón y una blusa de manguillos color magenta. Ardías. Fui a la cocina y traje una toalla y un cubito con agua fría. Con la toalla húmeda comencé a tocar tu piel. Buscaba los puntos mas calientes para tratar de vencer tu fiebre. Te la puse en el pecho y gemiste. De ahí, resbaló hacia tu cintura y, sin querer, halé un manguillo de tu blusa y vi tu busto desnudo e incandescente. Recuerdo que me detuve, usando toda mi voluntad, para que pudieras recuperarte y dormimos. Me despertaste a besos el día siguiente. Tenías puesto una lencería azul turquesa, trasluciente. Estabas entera frente a mí y comenzaste a quitarme la ropa. No me dejaste suplicar esta vez. --"No more breaks.”-- Solo duró unos minutos, lo admito y sentí vergüenza. Pero a ti no te importó. Regresaste de la cocina con un jugo de naranja y unas pasas y esperaste pacientemente, como siempre. Seguimos experimentado el resto de la tarde y los días.

    A veces regresaba a mi antiguo hospedaje. Llegaba en tu carro como un rey que regresaba de una cruzada y muchas conquistas. -- “Mira quién llegó ahí.” -- decía uno de los muchachos. -- “Diablos está jalao. Cabrón deja de echar polvos. Te vas morir.” -- y comenzaba el relajo y las risas. Eran tiempos felices para mí; creo que nunca te lo dije; hasta que pasó lo que tenía que pasar. Te encontré aquella tarde en el borde de la bañera. Estabas desnuda, dejando el agua caliente correr. Te pregunté por qué. Tu respuesta detuvo el tiempo. Sentí mis pies congelarse y envolverse en un pesado y denso concreto. Mi corazón por poco explota. No lo entendí. No supe como manejarlo. No estuve listo ni a la altura. Creo que todavía no lo estoy o nunca lo estaré. – “Creo que estoy embarazada.”--

    Me encontraste aquella mañana, cuando regresabas de tus clases, sumergido en tu tina. Mi vista extraviada en algún lugar del amplio techo del apartamento. Recuerdo que me acariciaste y me apretaste la mano. Mi mente no paraba de pensar. Recordé a mi padre tanta veces, cuando nos decía que si no fuera por nosotros, estaría viajando por el mundo; viviendo la vida. Recordé las veces que me advirtió sobre la importancia de terminar los estudios antes que nada, cosa que él no logró. Recordé que no tenía dinero ni posesiones ni mucho menos la sabiduría para hacer crecer a un ser humano. Veía constantemente el final de una vida y me aterraba la otra que pensé me obligaban a vivir... Tus buenas noticias fueron irrelevantes. Algo cambió en mí. Había jugado con fuego y descubrí lo peligroso que es el mundo y lo vulnerable que eran mis planes.

    Creo que fui yo quién pidió tiempo. Fui yo el que, poco a poco, amplifiqué el espacio entre los dos. Dejé de pernoctar en tu casa. Dejé de tocarte. Regresé al espacio incómodo del hospedaje y a su aire tupido y ruidoso. Te pedí tiempo para reflexionar, pero lo que hice fue esconderme. Tu fuiste paciente y complaciste.

    Tu visita me sorprendió aquella tarde calurosa. Yo estaba en la sala, tirado en el sofá, viendo alguna estupidez en televisión; pensando en nada. Entraste sigilosa y te detuviste al pasar el marco de la puerta. Nos miramos, pero no cruzamos palabras. El zumbido de los carros afuera hacía temblar las ventanas. Cerraste la puerta de la sala calladamente y le pusiste el pestillo. La puerta que salía al balcón estaba segura. Después, te encargaste de las ventanas. El cuarto se hizo oscuro. La temperatura comenzó a subir. Tenías puesto una minifalda de tela de Mahón y una blusa suave y delicada, con amplio escote. Preferías no usar sostén. Posaste frente a mí, eclipsando la estéril luz de la pantalla que te iluminaba por detrás, dibujándote un aura. Yo iba a decir algo pero con un solo dedo sellaste mis labios. Te enrollaste la falda a la cadera y te sentaste sobre de mí. Nuestros cuerpos ondulaban sobre el sofá viejo y polvoriento. Yo temblaba; todo estaba temblando. Pero yo no merecía tales cosas. No merecía tus manos enredadas en mi cabello. No era digno de sentir tu aliento caliente sobre mis labios y mi boca. No era justo que pudiera acariciar tus muslos de cobre, desnudos sobre los míos ni que pudiera palpar en mi mano tu seno liberado. No tenías porque regalarme ese última epilepsia de pasión.

    Te acomodaste la falda y recogiste tu pelo en un moño. Saliste sin decir una palabra. Yo no te busqué al otro día. Tu tampoco regresaste. No recuerdo si te volví a ver.

 

  

 


 


martes, 29 de septiembre de 2026

La Pantera Rosada (09/2026)


 

 

Mami esta aprendiendo a coser. La vecina, bueno, su hija Tati, le está enseñando. Es muy buena y esta haciendo trajes largos y elegantes para venderlos. Algún día será modista o algo así. Mami todavía está dando sus primeros pasos. Se compró una máquina Singer, usada, pero le resuelve. Se la pasa comprando telas y agujas. Ya no quiere ir a las tiendas con nosotros, prefiere ahorrarse el dinero por labor cotidiana. Nos trae una revista o un anuncio de periódico y nos señala a las fotos.


-- ¿Cual quieres? ¿Esa? ¿Te gusta esa camisa?


Y allí sale y compra la tela en Woolworth o en Capri. La corta en rectángulos y triángulos y le inserta el casete a la Singer, el que le dice a la máquina cómo moverse y cuando enterrar y retirar la aguja. Me encanta verla coser, pero mas por la máquina que hace lo que el humano solía hacer, desde hace siglos, pero mas rápido, mas preciso. Me encanta el sonido de las poleas y el zumbido del motor eléctrico cuando ella oprime el pedal en el piso. La ropa no puedes diferenciarla de la que venden en Sears o JC Penny.


-- ¿Y eso pantalones? ¿Te los pones? Dime.


Tati nos cuida por las noches, cuando Roberto y Marianita salen a comer o hacer cosas que desconocemos. Ya casi no nos llevan con ellos, desde la última algarabía que formamos en un restaurante de esos, donde los meseros usan lazo y delantal y donde las mesas tienen manteles finos. Tati es muy buena con nosotros. A su corta edad (19 años, tal vez), tiene mucha paciencia. Yo no doy mucho trabajo. Soy mas tranquilo, excepto cuando me cucan. No lo sé en este momento, pero Tati es hermosa. Es alta y esbelta, y los pómulos en su cara son otra cosa. Si no lo logra como diseñadora, de modelo, de seguro, va a ser un éxito. Entre ella y su nueva discípula ya prácticamente han forjado nuestro ajuar completo.


Se aproxima la noche de Halloween. Todavía no tenemos un disfraz definido. Mami está harta de los zombies y los vampiros. El mío del año pasado, con la sangre emanando de los ojos y la boca, todavía le da espanto. Tampoco ayudó el cuchillo atravesando mi cabeza. No. Este año vamos a ser superhéroes o algo mas ameno. Mi hermana decidió ser la mujer maravilla. Mi hermano, el Hulk o el príncipe Namor. Pero entonces falto yo. Tati sale al rescate. Habiéndome cuidado por tanto tiempo, desde que era bebé, sabía muy bien las cosas que me gustaban, en especial unos muñequitos que no dejaba de ver a cada oportunidad, cambiando canales en la televisión. Me pasaba tarareando la melodía inolvidable de Mancini. Caía al piso riendo a carcajadas todas las mañanas. En mi caminar, ya se veían rastros de imitación. Ella tenía el talento y con mami, la mano de obra necesaria para hacerlo realidad. Este año voy a ser la Pantera Rosada. Quería mucho a ese personaje: su extraño andar, la forma en que siempre estaba tranquilo y seguro. Aun cuando perdía y salían las cosas mal, actuaba como si todo estaba bien, como si hubiese ganado.


Llega el día de todos los santos. El traje esta listo. Consta de un mameluco que me cubre entero, completo con cremallera por detrás (por lo que necesito ayuda externa para entrar y salir de él) y cubierto en gamuza rosada (¡genial!) solapando una capa de nilón por dentro. La cabeza la consiguieron en una tienda de accesorios de teatro o se la arrancaron a un peluche. Se usa como capucha que me cubre el pelo y las orejas, pero está bien. Tengo patas, cola y orejitas rosadas y redondas. Es una obra que merece admiración, de verdad. Es irrelevante que dentro del traje tan solo cinco minutos, ya estoy completamente sudado y tal vez he rebajado una libra.


El sol todavía esta cayendo; la noche no es completa. Salimos solos a buscar los dulces. Eramos pequeños, pero ya no tan pequeños y en mí calle, todo el mundo se conoce y en las aledañas también. En fin, es otro tiempo. La vieja tradición de cantar, casa por casa, “trick or treat, dame chavos y no maní”, está viva. A veces nos regalan monedas, pero en su mayoría, serían barras de chocolate, bombones y paletas de chicle. El que cuente la mayor cantidad de golosinas al final del paseo, gana.


Ya estamos de regreso, locos por declarar un ganador. A mi hermano no lo ayudó que ingirió unos cuantos en el camino. Es tarde en la noche para nosotros. Al final de la calle, cerca de la casa, los otros niños se aglomeran en la esquina. Son mayores que nosotros. Ya ellos no salen a buscar dulces. Aparecen mas tarde, para hacer maldades y molestar a otros. Uno de ellos ve a la pantera que viene andando con su canastita. Su piel es color de rosa. El no entiende. Le hace señas a los otros; los hala por la camisa.


-- ¡Mira eso! ¡Mira eso!

-- ¿Que puñeta es eso? Cabrón...

-- Ese es el concord, David.

-- ¡Que clase de mamao! ¡Ven acá! ¡Ven acá!


Me decían concord porque, aunque era menor que ellos, comencé a estirar muy temprano y ya los alcanzaba, a algunos, en estatura. Pero, todavía no me acostumbraba a mi nuevo cuerpo, que seguía evolucionando, y caminaba medio jorobado, como la nariz del avión supersónico. Me rodean y me obligan a ir con ellos, a la esquina donde hay un poste con el letrero que indica el número de la calle. Me están halando la cola y pellizcando el traje. Uno de ellos me arranca la cabeza. Siguen las mofas y los insultos. Estoy tratando de escapar. No quiero estar allí. No puedo. Me impiden el paso. Otro brigante logra amarrar mi cola al poste y no puedo zafarme. Como era el disfraz, no alcanzaba la cremallera ni a la cola. Mi hermana viene a socorrerme. Se enfrenta a ellos pero la empujan y se va corriendo a pedir ayuda. Están usando los dulces de mi canasta como proyectiles. No duele mucho, excepto los de maní, esos si duelen, en especial si rompen en tu cara. Estoy sudando mas de lo que ya había sudado. Mis lágrimas son invisibles. No puedo moverme. Bajo la cabeza y pienso que todo pasará, todo eventualmente pasa. ¿Que haría la pantera rosada? Nada, porque tarde o temprano todo va a salir bien...


Tati viene corriendo. Los bandidos se dispersan. Me desamarra y me abraza y me da muchos besos. Mis lágrimas ya están secas. Me ayuda a recoger los dulces del piso. El disfraz está arruinado. La pantera fue decapitada. Se siguen sumando las reglas: no muestres a otros las cosas que mas quieres. Las pueden arruinar. El año que viene y los siguientes, usaré un disfraz mas apropiado. Seré Magneto o el varón Ashler. Seré el comandante Cobra.

 

 




domingo, 27 de septiembre de 2026

Casual Day (09/2026)





 

lunes

Tienes nueve años. Tu madre te arranca de la cama. Estas tarde para una cita que no quieres concretar. El desayuno está servido. Anda apúrate. Ponte el uniforme nuevo, el de la escuela nueva. Semanas atrás tus padres decidieron, unilateralmente, que te iban a cambiar de escuela; algo que ver con tus notas y con ciertas amistades que, según ellos, no te hacían bien. No hubo despedida. Se perdieron para siempre los ojos verde de Grisel, los juegos de canicas con Junito y los consejos de Ramón, que te iba a enseñar como hablar con las chicas y como robarles un beso. Se perdieron para siempre las escapadas del salón con Andy, quien era mucho mayor que tu, pero te estaba enseñando como robar boberías y como hacer maldades sin que te atrapen. Las maestras estaban hartas de halarlos por las orejas a los dos, porque seguían escondiéndose debajo de las escaleras para espiar las bragas a las niñas cuando subían. Entre ustedes, no quedó un baño sin vandalizar en aquella escuela vieja, que estaba a corta distancia de tu casa, de tus amigos y en el corazón del Monte Carlo. Bienvenido a Country Club.


Vas subiendo las escaleras hacia el vestíbulo. Hay un alacrán inmenso en la columna. Todo está mojado y húmedo. Hay mucha gente haciendo fila para la matrícula. Traes un juguete para entretener mientras tu madre completa los trámites, un muñeco de la serie de He-Man, pero no es Adam. Tu favorito es Man-at-Arms, porque tiene muchos aparatos y armas, en especial un mazo de oro sólido. Tambien te gusta Stratos porque sabe y puede volar. Alguien quiere jugar contigo. Se llama Angelito y te pide prestado el muñeco. Se lo prestas, pero con sospecha. Angelito comienza a moverle los brazos y hacer ruidos con su boca (mal hechos a tu entender). Quieres la figurita de vuelta. Temes por su seguridad. Angelito se niega. Tratas de alcanzarla pero el te esquiva. Angelito sale corriendo con tu muñeco. Vas tras de él. Eres rápido, pero no tan rápido. Angelito mide al menos seis pies cuatro pulgadas y pesa por lo menos doscientas veinte libras, pero en su mente es tan niño como tu. Su madre es maestra y el acostumbra merodear por los pasillo mientras ella da clases. Cada paso suyo atraviesa el doble de los tuyos. Angelito llega a la quebrada detrás de la escuela. Tu le estas gritando. Angelito te mira con sus ojos extraviados y arroja el muñeco a la quebrada. No te preocupes, mas tarde lo vas a recuperar, pero el mazo dorado se perdió para siempre.


martes

Esa niña no te deja de molestar. Se pasa todo el tiempo de detrás de ti y no sabes por qué. Se pasa diciendo a todo el mundo que son novios y se van a casar. Hoy trajo el coche de su hermanito y le está contando a las otras chicas que es su hijo y el tuyo. Se llama Nitza. Apenas la conoces. De cara es bonita, pero no te gustan la gorditas y menos ella, que tiene la cabeza rapada completamente. No lo entiendes. De hecho, tardarás años en entender. No puedes ver el terrible demonio que le respira en la nuca. No puedes oler el veneno que recorre su sangre ni escuchar el dolor que causa. No puedes palpar la sal en sus lágrimas cuando está en el hospital, cuando una aguja mas le penetra la piel y la radiación le arranca el cabello. Los doctores harán lo que puedan. Tratarán de salvar una vida, destruyendo un cuerpo.


miercoles

Estan en la biblioteca. Por alguna razón la clase es allí hoy. Los varones estan sentados juntos en la misma mesa. Son solo cinco contra veintitantas mujeres. La maestra esta dando clases. Habla de un tipo llamado Dewey. Un día de estos ese señor te va a yudar a encontrar tu primer libro: Las mil y una noches. En tu mesa se comienza un juego nuevo. Consiste en bajarse los pantalones y enseñar las pelotas sin que la maestra se de cuenta. El que no lo haga es maricón. Julio es el primero: cremallera abierta y el pene afuera. Los turnos se juegan a favor de las manecillas del reloj. Despues va Joel y luego Javier. Te toca. Tu no eres maricón. Eso se le llama a la gente que es traicionera, que te chotea a la menor oportunidad. Tu no vas a ser maricón. La maestra está de espaldas. Te abres los pantalones y estiras el calzoncillo. Tienes los huevos al aire, debajo de la mesa. Las niñas del al lado se están riendo. Tus compañeros también, pero se están riendo de ti. No es por el tamaño porque hasta donde puedes atisbar, estan en la misma liga. Julio te lo explica. No tienes vellos. Tienes once años y eres mas alto que todos ellos, excepto Joel, pero alla abajo eres un niño todavía. Dos años mas tarde todavía eres el chico nuevo, el tímido, ese muchacho alto y esquelético que ahora resulta que también es lampiño. Bueno, al menos no eres maricón.


jueves

Hoy se descarta el uniforme. Es "casual day". Pagas un pesito y puedes pasear por los salones en la ropa que mas te guste. Para ti es irrelevante, pero aun así te pones tus mejores pantalones: unos cordoroys verde que habías comprado en Gap hace un tiempo. Te quedan bien y no tienen ruedo. Es tu vestido de elegancia; eso y una guayabera que tu madre cosió en su vieja máquina Singer. Abres la puerta del carro y te bajas frente a la escuela. Tu madre lo sigue hacia el trabajo. La escena es bien distinta a otros días. Las niñas se quitaron las faldas y optaron por mahones. Sol vino en unos cortos que serían censurados en el cine y la televisión. Vas caminando lento hacia la entrada y te subes al vestíbulo. Los estudiantes te siguen con la mirada. Poco a poco, se van acumulando: estrañas muecas, comentarios disimulados y una que otra risa suelta. No lo entiendes. Nunca entiendes nada. El rumor llega a tu oído: “pato". Se hace cada vez mas fuerte y repetido, mas como un coro que insultos realengos. Los estudiantes se van juntando y te siguen. La risa es menos disimulada ya. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" es el estribillo que comienza a ahogar tus pensamientos. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" El eco lo hace mas insoportable. Es para tí. Es de tí que se estan riendo. Tú eres la mofa. pero tú no eres pato. Los patos son enclenques y afeminados, son cobardes y pusilánimes. Tú no eres pato. Sigues caminando, no sabes a donde. No hay donde esconderse. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" Como un virus, el canto va infectando a los otros que ni siquiera prestaban atención. Tan pronto te ven se unen a la masa y siguen cantando "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!". Estas corriendo ahora. Vas en dirección a la quebrada. Todavia desconces por qué. Parece que toda la escuela viene detrás de tí. Dos pobres maestras tratan de alcanzarlos. Cruzas por el parque de pelota, por la selva de pasto donde otro día vendrás a cazar arañas inmensas y coloridas. La yerba es tan alta como tú pero no sirve de parapeto. La hueste se acerca. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" Llegaste axfisiado al puente de la quebrada. El coro esta cerca pero se detiene. Dejan de cantar. Una maestra logró llegar al frente, pero no fue ella quien los mandó a callar. Estas parado sobre la varanda. Tienes una pierna en el aire. La maestra te está gritando algo. Los niños siguen callados, atónitos. El mundo da vueltas. Sientes vértigo. Ves el fondo pedregoso de la quebrada claramente. Pero no lo haces. Estas loco, pero no eres pendejo. En cualquier caso no hay suficiente altura para hacerte justicia. Solo lograrías romperte una pierna o la dos. Te bajas de la varanda. La maestra sale corriendo y te abraza. Alguien está tratando de conseguir a tus padres. 


viernes

Presta atención. Está pendiente. Cada lugar trae sus propias reglas. 

-- “Los jueves no se viste de verde." -- te comenta un alumno que lleva mas tiempo que tú en esa escuela. -- "Eso es de patos”.

Así será.

 


 

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

Las Cabañas (09/2026)

  


[NOTA: Este sería el primer cápitulo de unas memorias que estoy compilando tituladas "Aguavivas".]
Salió el sol. Se cuela por entre las hojas de las ventanas. El matre y la pared están pintados ya en franjas de claro y oscuro. No hay tiempo que perder. Los tres niños se lanzan desde sus literas al suelo rústico y arenoso de la cabaña. Los trajes de baño (aun húmedos del día anterior) trepan apresurados por los cuerpecitos de los tres aventureros (¿había alguien mas?) Los padres apenas se levantan (madrugando en sus vacaciones) cuando la pesada puerta de madera (¿o era de aluminio?) ruge y explota abierta dejando escapar a los pequeños intrépidos, que se van escurriendo veloz, por entre las otras cabañas, todavía durmiendo.

Es octubre, creo, pasado el tiempo de verano. El cielo esta gris y el mar picado y ruidoso. Pero a ellos poco le importa. No saben qué los atrae. Solo saben que el agua es rica y que con la arena mojada se hacen tremendos proyectiles que explotan en las espaldas de los insospechados, sin causar daño. El mayor de los mosqueteros llega primero a la orilla y se zambulle. El agua está caliente, como siempre en las noches y en las mañanas. Pasará décadas bajo el sol caliente de Borinquen, antes de que pueda entender por qué.

La corriente es fuerte y las olas le superan en estatura. No le interesa. No se amedrenta. Lleva en esa relación lejana y peligrosa desde que usaba pañales. Hasta donde sabía, había nacido en ese lugar, en alguna de esas cabañas. El sol del oeste, ese faro abrumador que ciega y quema, siempre será una de sus primeras visiones y el calmado arrullo de esa playa con poca espuma (cuando estaba de buenas)  siempre será uno de sus primeros recuerdos.

Las olas se estrellan fuerte y repetido. El agua es insondable; demasiada arena suspendida por la corriente. Pero algo está mal. Algo es diferente. Tarda unos minutos en dar cuenta de que no está flotando solo en el agua turbia de otoño. Podrían ser algas, que tampoco agradan. Abre los ojos, se enfoca y ve, al fin, a los monstruos. Entonces, escapa como un torpedo hacia la orilla, hacia la tierra firme. En su afán de ser el primero en el agua, había ignorado las cientos y cientos de criaturas traslucientes, con su distintivo patrón de círculos violeta en el lomo, que lo rodeaban y parecían perseguirlo. Ya comenzaban a amontonarse sobre la arena. Aguavivas, por todos lados, incontables, le rozaron la piel y al pisarlas, la sensación de hacer presión contra algo que no es enteramente sólido, que es elástico, frío y resbaladizo, será el origen de su más terrible fobia. Ya a salvo en la arena mojada (otra cosa mas que irónicamente desagrada) entendió el insólito panorama: un ejército de extrañas formas, invadiendo su costa, dificultando su paso y creando una barrera cada vez mas impenetrable al disfrute que tenía planificado. Un patrón se quebranta: la playa, de súbito, ya no era para él.

Aparece un viejo, flaco y jorobado, su piel seca y estirada, como cuero carbonizado por el sol. Desde la orilla, va entrando tranquilamente al agua, aparentemente inmune y ajeno a la invasión. Un cigarrillo, prácticamente hecho ceniza, protuye de sus labios cerrados. El agua ya le llega a la cintura famélica. Los niños se detienen a observarlo, guardando su distancia, maravillados. No da importancia al enjambre que lo asecha. De seguro lo vio. No parece sentir el mismo miedo que ellos. De la nada, sumerge su mano izquierda en el agua gris y cuando la saca, la eleva por encima de su cabeza hacia el sol, cargando en su palma uno de esos frágiles monstruos, su cuerpo deforme, rendido a la gravedad. Lo observa por un momento, la luz refractada al atravesarlo, y lo descarta hacia la arena. El viejo, sabiendo lo que hace, lo había secuestrado por el lomo, por la parte cóncava, alejando los venenosos tentáculos de su piel. Los niños aprenden la lección y adoptan la técnica. Proceden el resto de la mañana a practicar, felices, la imposible tarea de limpiar la playa de esa hueste.

El mayor procede con cautela, siempre con cautela, devuelta al mar. No confía en lo que ha visto ni en lo que hacen los otros. ¿Que vio? Gelatinas que se van acumulando sobre la arena (¿muertas?) para luego derretirse con el tiempo y diluirse, fantasmas flotando en el agua que varían de color y forma de acuerdo al ángulo de la mirada, burbujas llenas de un aire añejo, que pueden esconder veneno. Te pueden rozar la piel y lacerar, no por su voluntad, sino por el descuido de quién las maneja y ese dolor perdura. El joven, sigue sumergiéndose. Algún día llegará mucho mas hondo en ese mar. Por el momento, y a pesar de su terquedad, se detiene a pescar aguavivas en la playa de Boquerón.

 


lunes, 7 de septiembre de 2026

Sin Respuesta (09/2026)

Si te comparto una noticia

o un relato trivial y estulto,

creerás que busco una reacción,

y te obligo a una respuesta.


Si pregunto cómo te encuentras

estoy fingiendo, es un amague,

pero una pregunta, aun falaz,

merece siempre una respuesta.


Si te deseo un día alegre

mentí, quiero todo lo opuesto,

un ciclón que opaque tu cielo,

sufre como yo estoy sufriendo.


Si te digo cómo me siento,

no hay mucho que puedas hacer

que no sea mentir por clemencia

o peor, matarme en silencio.


Si te amonesto por tu apatía,

y declaro la guerra a tu indiferencia,

es un disparo a los pies, arden mis naves,

se cierra para siempre la puerta.


Entonces, todo lo que diga

se puede usar en mi contra

porque otra vez más, sin remedio, 

estoy rogando una respuesta.

 


 

Isabela (09/2026)

Isabela, pretérito encanto,

una vez me estrellé feliz en tus dunas

y me revolqué en tus sábanas de cuarzo.

Me arrebocé en la playa con tu espuma,

soñé mi vida, apenas comenzando.


Isabela, sirena lozana,

veo al sol nacer desde tu verde busto

y esconderse caliente bajo tu falda.

Oigo tu canto desde lo mas oscuro

con esa voz de trueno, salitre y agua.


Isabela, hechicera ardiente,

córtame la piel con tu aliento de vidrio,

quema mis ojos con luz albiceleste,

besa, con tus labios de sal, mis heridas

para que ese ardor insoportable,

corriendo feroz por mi venas y mi mente,

encienda de nuevo la llama en mi sangre.