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viernes, 22 de diciembre de 2017

Las habichuelas mágicas(12/2017)

     Había una vez una pobre viuda llamada Soberana que tenía un solo hijo de nombre Juanito y una vaca lechera que apodaban Buruquena, por una de sus manchas que parecía un cangrejo. Después de la muerte de su esposo en la guerra hispanoamericana, o por lo menos, después de nunca más saber de él, lo único que tenían para vivir era su casa rústica y la leche que ordeñaban de la vieja vaca, la que vendían en el mercado todo los días. Una mañana, esa ubre amaneció seca y a pesar de que exprimían y apretaban bien duro las tetas, no volvió a escupir una gota.

–¿Qué haremos Juanito? ¿Qué haremos? –preguntaba la viuda desconsolada.
–Hay mami, por dios, tranquilízate. Mañana mismo salgo y busco trabajo.
–Ajá. Sí. Claro. Como si no hubieses tratado eso antes. La cosa está mala, mijo, y si no es con pala o padrino, no te van a coger en ningún sitio.–respiró profundo y luego de una larga meditación, dictó convencida–: Nada. Tenemos que vender la vaca esa; a ver cuanto nos dan por ella. Con eso chavos vamos a montar un negocio. ¿Qué se yo? Una tienda de chucherías o algo.
–Dale. Sí. Vamos a vender alcapurrias y vinos tintos, o bacalaítos con champaña. Ya tú verás. El mercado está abierto hoy. Voy ya mismo pa’ allá a venderla.

      Así emprendió Juanito hacia el mercado, arrastrando la vaca cansada detrás de él. No había andado mucho en el camino, famoso por las trampas y los pillos, cuando se topó con un viejo orejudo, quien lo saludó por su primer nombre.

–Buenos días, Juanito.
–¿Buenas? –contestó, preguntándose de dónde conocía al viejo o como sabía su nombre.
–Oye Juanito. ¿A dónde vas?
–Eh...Voy de camino al mercado a vender la vaca loca ésta. ¿Por qué?
–Ah, ya veo, ya veo. Sin duda tú eres el tipo perfecto para venderla. No me conoces, pero yo soy poeta. ¿Te gustaría escuchar un poema? –dijo el viejo. Juanito desconfiaba inicialmente de sus intenciones, pero viendo que era un viejo de hombros encogidos, barrigón y descuidado, no sintió amenaza alguna.
–¿Ahora? Pero es que tengo prisa.
–Mira. El mercado a penas esta abierto. Una vaca vieja como esa te va a costar trabajo conseguir un comprador. Vas a tener que rebajar mucho el precio y sabes dios que otros compromisos. Te propongo algo. Si escuchas mi poema, yo mismo te compro la vaca ahora.
–¿Ajá? ¿Pero es muy largo?
–No, no. Escucha esto y me dices lo que piensas:

Un burro
escalando una montaña,
lentamente,
vibrando bajo el peso de las banastas.
(Sus orejas optimistas
se inclinan hacia la cumbre).

Un albañil
colocando ladrillo sobre ladrillo.
(Su tararear es monótono,
interminable).

Dios,
bregando con las estrellas.
(su silencio es profundo).

      Terminó de recitar el poema dibujando una débil sonrisa debajo del bigote que cepillaba sus labios. Dos lunares hambrientos trepaban por el lado izquierdo de su cara. Juanito entendió nada. Aparentemente el viejo estaba más loco de lo que aparentaba.

–¿Bueno? ¿Verdad?
–Sí, sí. Muy bueno. ¿Me vas a comprar la vaca, sí o no?
–Je..je...Claro que sí. Coge, te doy cinco habichuelas por ella –dijo, extrayendo los granos de su bolsillo con pelusa y todo.
–¡Ja! ¡Ya tu quisieras! ¡Salte del medio, viejo borrachón!
–Ah...pero es que tu no sabes que estas habichuelas son mágicas. –El viejo miraba intensamente desde sus lóbregos ojos, socavados por tremendas ojeras.– Si las siembras hoy, mañana crecerán hasta chocar contra el cielo.
–¿En serio? ¿Y qué hay allá arriba?
–Todas las cosas a las que aspiras: una vida libre y más rica. Los habitantes del cielo te enseñarán como es que se vive de verdad. A ellos no les importa que vengas de acá abajo, de la tierra y el polvo; te darán la oportunidad, igual. –Juanito trataba de digerir todo eso con la boca abierta.– Mira –continuó elucubrando el viejo–, si no funcionan como te digo...je...je siempre puedes volver a buscarme para que te devuelva la vaca. Es tu elección. ¿Qué crees? –Y Juanito eligió. Entregó las riendas de Buruquena al poeta ebrio, empuñó fuerte las habichuelas y salió a recibir su felicidad.

      Una vez devuelto a su casa, el pobre Juanito se quedó sin cena esa noche. Cuando la viuda se enteró que vendió la vaca por granos de habichuela, lo sacudió a bofetadas y lo insultó con las peores palabras que jamás había escuchado. En medio de la tormenta de pescozones, las habichuelas salieron volando de sus manos, que usaba para escudarse de los golpes. La viuda atacaba con rabia a la vez que lloraba, desconsolada por la estulticia de su hijo, por la maldad del viejo jaiba en el camino y por lo que pesan siempre las cadenas del destino. Juanito pasó muchas horas de esa noche en vela, también llorando, porque no entendía el coraje de su madre. Las habichuelas eran mágicas. Si las hubiesen sembrado, como dijo el viejo poeta, habría llovido dinero por la mañana. Finalmente, el sueño lo venció y quedó rendido sobre su colchón en el ático. Desconocía el paradero de las infames semillas.
      Al día siguiente, no despertó con la claridad usual de la única ventana en el ático. Rayos de sol, provenientes de otro lugar, jugaban al escondite en su rostro. En dirección a la ventana solo había una gran mancha. Tardó un poco en descubrir que el origen de la luz traviesa estaba encima de su cama. Un inmenso roto en el techo era parcialmente eclipsado por un tallo verde y pubescente que brotaba del primer piso de la casa, por el mismo medio de su cuarto y parecía no tener ápice. Juanito salió corriendo en busca de su mamá, que de seguro, ya andaba despierta e igual de asombrada. Apenas pudo bajar por la escalera angosta que llega al ático. El tallo era tan ancho que parapetaba parcialmente la entrada a los escalones. Encontró a su mamá lamentando.

–¿Qué vamos a hacer Juanito? ¿Qué vamos a hacer?
–¿Viste mami? ¡El viejo tenía razón! ¡El cabrón viejo tenía razón!
–Lo que veo es que nuestra única casa, la que heredamos de tus abuelos, tiene ahora tremendos rotos en los pisos y en el techo. Lo que veo es que si llueve se nos van a mojar las cosas, que subir y bajar escaleras o siquiera entrar a la cocina, va a ser cada vez más difícil. ¿Por qué nos ocurren estas cosas? –Aun desconsolada, la viuda del hidalgo miraba hacia el futuro y veía esperanza, pero había que trabajar.– Anda, vete busca el hacha para que lo amueles. Yo me encargo del machete. A ver cuanto tiempo nos va a tomar desarmar el engendro este. ¡Apuesto a que mide como seiscientas millas de alto!
–Pero mami, esto es lo que queríamos. Esto fue lo que prometió el viejo borrachón en el camino. El dijo que allá arriba, donde termina el tallo, encontraremos riquezas y que están disponibles a cualquiera que vaya a reclamarlas. No vamos a cortarlo todavía. Déjame intentar treparlo, a ver a dónde llega. –La viuda no cesaba de menear la cabeza, más incrédula por la ignorancia de su hijo, que por la nefasta semilla que germinó en el medio de su sala. Al parecer, no hacia falta tierra ni surcos para sembrar los granos, solo requerían una superficie llana y dura para echar raíces.

      Juanito se disparó por las escaleras para treparse en la verga inmensa que ultrajó su casa. Comenzó su ascenso por la planta velluda y rápido dio cuenta de la dificultad de la tarea. El tallo era resbaladizo en muchas partes y a veces cogía giros inesperados. Aun así, él trepó y trepó, arrimado al sueño que le vendió un poeta tramposo e ignorando la posibilidad de la caída, hasta que al fin traspasó el vapor de una nube blanca y espesa. Una vez encima, saltó de inmediato del bejuco que, allá arriba, se dividía en dos gigantescas hojas romboides. Caminó perdido, por mucho tiempo, sobre el suelo blanco y frío de aquel país ajeno. Vagaba solo y sin rumbo. A veces, se topaba con extraños letreros que no eran de mucha ayuda ya que él no entendía el lenguaje. A punto de rendirse y retornar con las manos vacías a la planta, entró, sin querer, en la boca abierta de un amplio camino pavimentado y limpio que, cómodamente, lo llevó hasta la entrada de una gigantesca casa. Allí, frente a la puerta encumbrada, encontró a un hombre de iguales proporciones, que lo miraba fijamente. Juanito habló primero.

–Buenos días, don. Mire, yo no vengo a buscar problemas, ni nada. Lo que pasa es que estoy perdido y tengo mucha hambre. ¿Usted sería tan amable de darme un poco de almuerzo?
–¿Almuerzo? No hay tal cosa como un almuerzo gratis. Si quieres almuerzo, tienes que darme algo a cambio. ¿Tienes algo para canjear?
–Eh...pues...creo que no. No tengo nada ahora mismo.
–¿Cómo llegaste hasta aquí?
–Escalando una mata de habichuelas mágica.
–Ahh...¿Entonces, sembraste una de mis semillas en tu casa y seguiste el tallo hasta aquí? Bien. Pues mira lo que vamos a hacer. –Los ojos azules del gigante rubio brillaban intensamente en la clara luz del día.– Hay que cuidar de esa planta y protegerla. Tienes que estar pendiente a los ácaros y las orugas, que vienen a comerse las hojas. También aparecen moscas blancas, cuyas larvas son bien destructivas. Si ves alguna, la matas. Tampoco dejes que hagan ruido; atraen a las demás. Si haces esto, te daré almuerzo todo los días y también te pagaré con más de mis habichuelas mágicas, que son riquísimas en un guiso. ¿Qué crees?

      A Juanito le pareció una estupenda idea. No solo mató el hambre que lo torturaba en ese momento, sino que también cargó con un bolso de habichuelas para que su madre las cocinara en un guiso por la noche. Quedaron en volverse a encontrar frente a las hojas gigantes, al día siguiente. Juanito descendió temerariamente por el tallo hasta llegar nuevamente a su cuarto en el ático. Su madre lo había esperado ansiosamente todo el día. El contó todo lo que había pasado y los detalles del trato que hizo con el gigante, pero ella, que seguía preocupada por la mata engordando dentro de su casa, no se vio tan entusiasmada. Al otro día por la mañana, Juanito emprendió la difícil y arriesgada tarea de volver a escalar la mata hacia el cielo. Un vez arriba, encontró al gigante, que misteriosamente, sin hablar y sin saludarlo, comenzó a bajar por el mismo tallo que él acababa de trepar.
      Así pasaron los días, que después se volvieron semanas, meses y años. Juanito subía a cuidar de la planta y bajaba por las tardes con una bolsa de habichuelas. El gigante y él se encontraban a veces, siguiendo trayectorias contrarias: por las mañanas descendía, mientras Juanito escalaba, y por las tardes, al inverso, el gigante subía cargando bolsas colmadas de cosas que Juanito no podía descifrar. En la vieja casa, con el paso del tiempo, el tallo adquirió tal proporción que apenas había espacio para caminar. Algunos de los cuartos quedaron permanentemente clausurados por el estorbo de la gigantesca osamenta. Por el tallo, que prácticamente había demolido lo que quedaba del techo, bajaba un torrente de agua cada vez que llovía, por mas ligera que fuera la llovizna. El huerto quedó desatendido, desde que había que escurrirse para llegar a la puerta del patio y desde que en la cocina, todas las noches, invadía el aroma irresistible del guiso de habichuelas.

–Juanito. Tenemos que cortar esta mata. Hay que arrancarla de aquí, mijo. La casa está destruida; irreparable. ¡Coño!¿Tú no vez que nos está asfixiando?
–¡Ay mami! ¿Vas a seguir con la misma cantaleta? –gritó Juanito, hastiado de la súplica diaria de su madre–. Yo se que se puso bien grande y que hay unos cuartos que ya no sirven, y todo eso, pero ¿qué importa?, si estamos comiendo y siempre regreso con más habichuelas en los bolsillos. ¿Qué sería de nosotros sin esta mata, sin habichuelas para guisar? ¿Ah? ¿Qué comeríamos? ¿Te has preguntado eso? No mami. Ahora no es el momento para cortarla.

      Tiempo después, Juanito dejó de escuchar el reclamo de su madre. Tal vez fue que la vieja se cansó de ser ignorada, o tal vez, quedó sepultada en uno de los cuartos. Juanito, nuca supo la verdad y tampoco la procuró. Un día, a punto de regresar a los escombros de su casa, vio al gigante que regresaba de la tierra de abajo cargando sus sacos llenos de cosas. Juanito notó que una de las bolsas tenía una pequeña raja por donde, poco a poco, algunos motetes se caían. Juanito corrió detrás del gigante y fue recogiendo los artefactos para devolvérselos.

–Oiga. Gigante. Se le cayeron unas cosas de la bolsa. –llamó Juanito recogiendo lo que parecía ser un arpa dorado y una gallina mansa y otras cosas que brillaban como el oro.
–¡Ja! ¡Muchas gracias! Nunca me iba a dar cuenta.
–Si no le molesta...¿Qué son todas estas cosas? ¿De dónde las saca?
–¿Esto? Son cosas que encuentro allá abajo. Mira esta por ejemplo. Esta gallina cuando pone huevos, los pone de oro. Y pone muchos también.
–Que suerte que yo la encontré antes de que se pierda. ¡Debe valer mucho!
–Nah...tengo un montón más como esa. –dijo el gigante sin mayor pena.
–¿Y qué hace con todos esos huevos?
–Nada. Los guardo. Me gusta el resplandor del oro.
–¿Hay más cosas como esas allá abajo?¿Dónde?
–Habían muchas, pero ya se están agotando. –contestó el gigante a la vez que giraba para marcharse.

      Al otro día, Juanito despertó aplastado entre el inmenso tallo y la última pared que quedaba de pie en la casa. No encontraba manera de escapar; a penas se podía mover. Respirar era cada vez más difícil. Justo antes de que la mata le exprimiera la última gota de vida, comenzó a temblar la tierra. El gigantesco tallo se sacudía y vibraba, y con cada espasmo, golpeaba a Juanito contra la pared. Poco a poco, la estructura entera comenzó a ceder y a elevarse. Juanito podía escuchar las raíces salir explotadas desde el piso de abajo. Desesperado y sin saber quien lo rescataba, comenzó a gritar.

–¡La mata no! ¡La mata no! ¡Tumben la pared, que me quedo sin mis habichuelas!

      Nadie le haría caso. El gigante, desde bien arriba, arrancaba el tallo de raíz.





jueves, 4 de mayo de 2017

El día de la bomba (05/2017)


“Nada cambia, nada queda igual...
...Todo cambia, todo queda igual.”
T.Auger (Fiel a la Vega)

Jorge Santayana fue el primero en afirmar que la vida era un camino asechado por atajos y bifurcaciones mal rotuladas que, si no tenías cuidado, si no estudiabas con premeditación, te llevaban de regreso al origen. En esencia: los que desconocen la historia están condenados a repetirla. Puerto Rico es tal vez el niño símbolo de esta máxima. La isla sufre amnesias frecuentes y prolongadas (cada cuatro años, para ser más especifico), que la hacen oscilar como un péndulo entre dos partidos políticos que, detrás de las insignias, son la misma cosa. Pero, más allá de esta terquedad cíclica, que obviamente nos impide sacar los pies del fango, he llegado a sospechar algo mucho más terrible. Rebuscando entre periódicos viejos (en linea, claro) y resucitando eventos en youtube, me ha poseído la extraña premonición de que aquí la historia nunca ha regresado, que la cruel verdad es que nada, en el fondo, ha cambiado.

      Por ejemplo, hace veinte años éramos un territorio no incorporado de los Estados Unidos con un gobernador de apellido Roselló que estaba tramando un plebiscito de estatus. El plebiscito dividía el espectro de identidad nacional en cuatro opciones de estatus: desde anexión hasta independencia plena. Cuando por fin se contaron todas las papeletas, la opción mas cuantiosa fue una quinta columna inventada por el PPD titulada “ninguna de las anteriores”; en efecto, ganó la indefinifición. Hoy tenemos a otro Roselló gobernando y con otro plebiscito en agenda. Este, pautado para el undécimo día de junio, era un artefacto jurídico plagado de sospechas y supersticiones, pero que quizás sin querer queriendo, tenía la posibilidad de fecundar un cambio genuino en la vida de los borinqueños. Quizás hubiera logrado algo que, en contra de todas fuerzas del universo que intentan mantener la isla intacta, sería irreversible y luego de gestado solo se pudiera mirar hacia adelante. Claro, el artefacto pudo haber sido aun más simple y abarcador: ciudadanía norteamericana, ¿si o no? De esa forma cerrábamos la puerta, para siempre, a un asunto centenario. Sin embargo, este plebiscito del once de junio, aunque no tan afilado, por lo menos borraba la opción territorial y era lo más cerca que habíamos llegado a formular esa disyuntiva.

      El 13 de abril el departamento de justicia federal, al servicio de los cabilderos del PPD (pregunto: ¿de donde sale el dinero para pagarles?), implotó el proceso. Actuando otra vez a favor del inmovilismo, emitió una carta donde obliga al gobierno insular a incluir el territorio como opción en la papeleta. No es la primera vez que los federales practican el terrorismo contra Puerto Rico; lo llevan haciendo por más de cien años. Para mi consuelo, aunque muy leve, esta bomba también le reventó en las manos al PPD y a sus secuaces, ya que el fiscal general hace llamar la opción territorial como lo que es: “territorial status” o territorio no incorporado, en español. Desde sus madrigueras, los líderes del PPD se rasgaron las vestiduras, indignados por que según ellos, el nombre correcto era “estado libre asociado”. Inmenso nombre para una paradoja, ya que Puerto Rico no es ni será un estado, tampoco es socio en una relación donde los federales y el congreso tienen los poderes plenos sobre nosotros, y mucho menos libre. Mas allá del nombre que quieran usar para disfrazar la colonia, ha sido planteado por muchos otros y con mayor elocuencia y profundidad, que no se le puede preguntar a un esclavo si quiere seguir siendo esclavo. La esclavitud está prohibida por la moral y el derecho internacional. Es igualmente claro que los norteamericanos no quieren ni van a incorporarnos como estado, ni de ninguna otra manera, especialmente con los republicanos en el poder, un gobierno de ocupación (junta de control fiscal) implantado por Wall Street en la isla y una supuesta deuda fiscal de mas de 72 billones de dólares. El fiscal general, actuando como lo hizo Poncio Pilato con los colonos judíos, se lavó las manos para evitar enfrentar una petición de estadidad en agosto.

     Nada más que hacer. El resultado del plebiscito será otra fracción de incertidumbre estadística que sirva para argumentar desde cualquier lado. Aun así iré el once de junio a tachar la papeleta. Donde quiera que me pregunten seguiré siempre afirmando lo mismo: ciudadanía puertorriqueña e independencia. Puedo predecir que pasará con el resto de nosotros. Seguirán los Hernández, los Acevedo, los Ferré-Rangel y los Carrión difuminando su miedo y sus prejuicios, susurrando al oído de la masa estulta y pagando cabilderos con dinero de extrañas procedencias. Seguirán los Roselló tocando la dulce flauta de la ilusión cómoda y barata, tratando de bailar la estampida de ratas hasta el río. Seguirán las cosas como fueron hace veinte, cuarenta, quinientos años atrás. Puerto Rico seguirá siendo una nación infante, espantada de su destino. Seguirá siendo la colonia mas antigua de la humanidad. Seguirá Sísifo rodando la piedra. No cambiará porque el inmovilismo se ha congelado alrededor de nosotros, como una gota de ámbar alrededor de un insecto antiguo. Nos han enterrado en nuestra propia tumba; nos arropó silente un tsunami de cemento. Esta bóveda de miedo es, al parecer, inquebrantable. Ni aunque naciera aquí un trece de abril, otro Guido Fawkes que reviente el capitolio y la Santa Catalina. Ni aunque que dejen caer aquí la madre de todas las bombas.


martes, 2 de mayo de 2017

Cáscara de nuez: la democracia


Reafirmando lo que publica Augusto Lázaro en su blog, la democracia no existe desde que la soñaron los griegos. Lo que se arrastra mal herido en su lugar es un simulacro, un teatro bien orquestado para hacernos sentir que tenemos injerencia y para ocultar las manos de los titiriteros detrás del trono (y sí, todavía sigue siendo un trono). Los que gobiernan siempre han sido los mismos: los grandes capitales, a través de firmas de mercadeo (i.e. periódicos) y bufetes de abogados que solo mueven sus fichas para asegurar maximizar su ganancia.




 

lunes, 10 de octubre de 2016

Parábola de los seis demonios (10/2016)



"There is no political solution
to a troubled evolution.
Have no faith in constitutions.
There is no bloody revolution.”
Gordon Sumner

"For in reason, all government
without consent of the governed
is the very definition of slavery."
Jonathan Swift 

Me encontraba atado por cuatro pesadas cadenas, una en cada extremidad. Debido a su corta extensión, apenas podía trasladarme de la esquina del calabozo oscuro que me envolvía. Era una celda sombría, sin ventanas o escapes en la piedra, excepto por el umbral de un balcón abierto, fuera de mi alcance, por donde penetraban tristes y temerosos, los últimos rayos de sol. Más que una esperanza, el pequeño mirador (por lo que pude inferir) servía de instrumento adicional de tortura: la tentación de cosas inalcanzables. Una tímida lámpara de gas alumbraba sobre mi cabeza.  En el lado opuesto del salón, logré atisbar lo que de seguro sería una reja de barras mohosas, la única entrada (o salida) de este lugar. Una mesa corta y astillada, con una silla igualmente podrida, servía de la única mobiliaria del aposento. De cualquier forma, mis ataduras imposibilitaban llegar hasta ellas, así que permanecía sentado en el piso sucio, con la barbilla descansando sobre las rodillas.

Un rato más tarde había terminado de explorar el calabozo donde la poca claridad lo permitía. Juraba estar solo, hasta que escuché el zarandeo de un mazo de llaves y la reja rechinar ásperamente. No pude, de inmediato, ver al visitante lo que me hizo pensar que aluciné el evento y el ruido. Sin embargo, al poco tiempo di cuenta de una presencia que me observaba detrás de las sombras, parapetada en la oscuridad y evidentemente esquivando los rayos moribundos del día. El primer terror lo viví cuando encontré sus ojos iridiscentes flotando solos en lo negro; ojos de azul pálido, sin cuerpo, que me observaban curiosamente. El resto de su efigie encarnó lentamente, igualmente pálida, al dar varios pasos hacia mí y salir de la penumbra.

Rompió el silencio con una voz aguda, modulada, como la que suena cuando aspiras helio. Dijo que su nombre era Armand y que tenía que escucharlo atentamente. Me informó que esa noche me visitarían seis demonios. El era el primero. Seguí mirándolo perplejo, asombrado por su extraña figura y manierismos. Se movía tan rápido como hablaba, y en cierto patrón de ángulos rectos, como un androide o un títere. En un momento dado, apareció de repente justo a mi lado y comenzó a olerme como lo haría un perro. Con la punta álgida de su lengua me lamió el cachete suspirando profundamente, pero luego, igual de instantáneo, apareció en su lugar a varios pasos frente a mí, desde donde continuó su discurso.

En resumen, eran muchos los que compartían mi situación, cuyas causas eran irrelevantes; lo que importaba era el futuro y las decisiones de esa noche en particular. Al amanecer tendría que decidir por uno de los seis diablos para ser el líder de todos nosotros, los prisioneros.  Inquirí para que quería un líder si estaba atado en esa esquina fría y húmeda, y me contestó, un poco hastiado (de la pregunta), que siempre se debe seguir a alguien. Además, explicó, los amos del calabozo exigían que hubiese un líder que escuchara en nombre de los demás confinados. Solo el líder podía entender el idioma de los amos y cooperar con los esquemas de sus planes abstractos.

Con respecto a las cadenas, me dijo que la única forma de abrirlas era escogiéndolo a él como líder. Para ser libre dentro del calabozo, argumentó, había que aspirar a ser como los amos, había que reemplazar nuestras viejas costumbres y vicios por unos infinitamente más civilizados. El notó que me preocupó un poco este asunto y añadió que también el cuerpo debía cambiar. Lo miré detenidamente y di cuenta de lo poco natural que parecía su complexión: la piel blanca, casi trasluciente y los ojos que brillaban en la oscuridad. Me aseguró que el proceso no era doloroso y que ocurría paulatinamente, hasta que un día te mirabas en el espejo y no podías recordar cual era tu forma vieja. Con el tiempo se acostumbra a vivir sin los órganos del cuerpo y sin respirar aire, me habría dicho convencido. Las antiguas locuras, como la guerra y el amor, también se curaban. Argumentó que ese era el precio de la libertad: la evolución. Cualquier otra voluntad solo te dejaría castrado en ese lugar. Los amos poseían poderes insospechados, pero aun así nos invitaban a su seno, a libar de su pezón, y no podíamos despreciar la oferta. Si querían aniquilarnos, ya lo hubiesen hecho. Resistir sería fútil. David perdió en el instante que decidió luchar contra el gigante. Lo más sensato, lo más eficiente, era unirse a los filisteos. Hablando de libertades, pregunté cual sería el abarque de las mismas. Me contestó perplejo, como si la respuesta fuera obvia. Dijo que era claro que no podía salir del calabozo, pero sí moverme de celda en celda, y pasear por los pasillos. También disfrutaría de comer sentado en la mesa una porción de caldo y migajas más densa. Terminado el discurso, caminó hacia la reja, recogió el mapo húmedo y el balde apestoso que había estacionado a la entrada y se retiró con cierta premura por el pasillo. No escuché cerrar la puerta oxidada.

La noche en ciernes, me sentía saliendo y entrando de la consciencia periódicamente. En uno de los momentos breves de lucidez, vi frente a mí, erguida, a una estatua de mujer elegante y atractiva que me inspeccionaba fríamente. Su cabello largo y lacio, color de abismo, fluía manso pasado los hombros. No pude distinguir mucho más de su cara o su figura, ya que estaba cubierta en una gabardina larga y oscura, con capucha, que ocultaba bajo la sombra y la tela, el lado izquierdo de su rostro y gran parte de su cuerpo.  Pude notar, sin embargo, en las áreas que dejaba a la vista, la perfección del tinte en sus uñas, el brillo suave y uniforme de sus labios, una piel lozana y el esculpido contorno de su quijada, parcialmente expuesta. Perlas brillantes adornaban su muñeca y oreja. Disimulando fortunas en su apariencia, me confesó que era baronesa.

            Su exposición fue corta y al grano. Comenzó criticando mi ropa, mi pelo y mi barba despintada. La noté ofendida por el olor del recinto y por la falta de ceremonia en mi recibimiento. Recriminó el pobre estado de mi mesa y la falta de platos y utensilios. Si la escogía a ella, dijo, iba tener juegos enteros de cubertería y tanta ropa nueva que necesitaría un armario.  La sopa la servirían caliente y en vez de migajas, me asfixiaría en un bollo de pan diario. Según ella, mi celda sería decorada con oleos fantásticos y estatuillas de bronce. La detuve un momento para preguntar que iba a hacer con las cadenas y fue entonces que las miró detenidamente. Después de meditar por un instante, ripostó eufórica una ristra de opciones fantásticas como pintarlas de colores amenos, incrustarles joyas preciosas y aparatos de suma utilidad como un reloj digital y un sistema de posicionamiento global (“gps”).

Empapado de su discurso, se me cerraban los parpados involuntariamente. Pensé que dio cuenta de mi intento por escapar en los brazos de un sueño, porque de repente giró y parecía que hacía su salida, pero para mi sorpresa, se detuvo y comenzó a desvestirse. Me agradó imaginarla desnuda, pero estaba equivocado. De espaldas a mí, parecía luchar con la gabardina, hasta que logró zafarse de la bata oscura. Dio varios pasos hasta entrar en el rincón más oscuro de la celda, a salvo de mi vista. La escuché sacudirse por unos momentos, como si estuviera despojando insectos o telarañas de encima. Entonces, regresó a mí. El segundo terror de la noche lo experimenté en ese momento.  La segunda mitad (ahora descubierta) del cuerpo de la baronesa, esa joven refinada que llevaba tiempo preocupada por el largo de mis uñas y por mi ropa sucia, era la de un hombre pasado de la edad mediana, igualmente perfilado y serio. Vestía, debajo de la gabardina descartada, un traje de hilo con chaqueta sin corbata; la camisa estaba abierta en el cuello. El cabello negro que nacía desde la partidura, ahora cubría el lado derecho del rostro de una criatura que fundía dos cuerpos. El hemisferio expuesto llevaba el pelo corto y estaba cundido de canas. Comenzó hablando serio y despacio, aludiendo a su pasado de triunfos. Me advirtió sobre los amos, sobre su avaricia ciega y brutal, sobre su crueldad. Asentí mudo a todas esas cosas, atado en mi esquina. El volumen de su voz incrementaba paulatinamente y sus gestos se hacían más violentos con cada palabra. Dijo que sentaría a los amos en una gran mesa redonda, y desde allí, dialogando en su idioma de enigmas, lograría acuerdos y resoluciones. Pondría monedas extranjeras en nuestros bolsillos horondos y con ellas construiríamos fábricas y molinos. También ampliaría el tamaño de nuestras celdas y mejoraría el empañetado. Ninguna parte de su discurso toco el tema de las cadenas. A pesar de los contrastes, me pareció que vendía las mismas cosas que su ego alterno en el lado derecho. Desilusionado, sucumbí a las tentaciones del sueño y no recuerdo cuando, ni como salió (salieron) de mi celda. Solo recuerdo que dijo que su nombre era Ashler o algo así.

            Desperté bajo la presión variable de una pierna maciza, que aplastaba mi clavícula contra la piedra, empujando violentamente. Era una pierna fuerte y pulida, como la de una estatua de bronce que respiraba viva. Cáligas doradas, trenzadas hasta la espinilla, calzaban sus pies desnudos. Perseguí las piernas hasta su vértice. Una pelvis de mujer encontré cubierta de una túnica de lana corta, detrás de una coraza dorada, atada con fibras de cuero. La armadura fuertemente soportaba la presión de un busto amplio y un torso fornido, aunque femenino. Era una amazona, pensé. La brutal espada que resplandecía en su cinto me convenció más de la idea. En contraste con su cuerpo de guerrera, su cara era dulce y atractiva. Sus ojos delataban más inteligencia y empatía, que agresión. Su pelo castaño oscuro lo mantenía corto, al estilo militar. Por suerte ella habló primero.

Imperó a que despertara completamente. Una vez asentí con mi cabeza, removió su pie de mi pecho y comenzó a narrar la historia terrible de como llegué a ese lugar. Muchas veces deseo jamás haberla escuchado. Le pregunté molesto porque me contó esas cosas y me dijo enfáticamente que era de absoluta necesidad saberlo. El pasado era de vital importancia para resolver el presente y el futuro. Le pregunté cuál sería el futuro para nosotros y contestó que eso estaba plenamente en mis manos. Si la escogía a ella como líder, iba a luchar por romper y extraviar las cadenas y las rejas. Ella expulsaría a los amos y seríamos nosotros los conquistadores. La prisión se demolería y en su lugar construiríamos una sola torre que eventualmente llegaría a la luna. Mientras decía esas cosas había empuñado la espada en su mano izquierda y apuntaba al techo, como amenazando a los dueños del calabozo que al parecer moraban arriba.

            Estaba convencido e inspirado por sus palabras, por el peso de su cuerpo, por la visión de su intelecto y la valentía de su boca. Tanto así, que, con una incontrolable emoción, incité a que no había que esperar al amanecer para comenzar a romper las cadenas. Le dije que con su espada aguda podría soltarme en ese momento y nosotros dos comenzar a liberar a más prisioneros, consiguiendo nuestra libertad plena a un ritmo geométrico. Podríamos forjar más armas y escudos y expulsar a los amos antes de que terminara la noche. Me miró incrédula. Me suplicó que bajara la voz y me calmara. Dijo que esa no era la forma, que habían reglas y estábamos obligados a servirlas. Traté inútilmente de sugerir que esas reglas fueron impuestas, no acordadas entre partes. Ella solo suspiró y me pareció que estaba cansada.

            Para romper el silencio, le pregunté si yo era el primer prisionero que había visitado. Me dijo que no, pero que yo era el primero que concordaba sinceramente con ella, aunque no como hubiese esperado. Traté de sondear que reacciones obtuvo de mis hermanos presos, pero fue parca en sus respuestas. Dijo que en general, muchos le afirmaban una lealtad efímera, pero a la hora de escoger, sabía no iban a nombrarla. Pregunté porque pensaba eso, y me confesó que muchos la abrazaban y la animaban, pero que en secreto descartaban sus ideas o imaginaban que no eran posibles. Muchos otros tenían razones más pragmáticas: alegaban que el pulgar de su mano izquierda era más largo que el derecho, o que su tono de voz era demasiado juvenil y refrescante, y otros, más incisivos aun, que un ojo era más oscuro que el otro. A varios de los visitados esa noche les atemorizó su entusiasmo y devoción. Dicho eso dio un salto hacia mí y señalando con la espada me preguntó airada: “¡Yo no te asusto! ¿verdad?”

            Al quinto demonio lo escuché entrar, mucho más tarde, sacudiendo la cabeza violentamente y con una respiración que sonaba difícil. Tardé un poco en distinguir su forma ya que inútilmente la buscaba muy lejos del piso. Dio varias vueltas alrededor de la celda, olfateando el lugar. En la esquina opuesta a mí dejó un pequeño charco de orín caliente. Finalmente, se sentó a mi lado gruñendo una queja corta. Tenía la mandíbula amplia cubierta de poca barba y el pecho sólido. Su expresión era amable y sensata, como la de gente que tiene nada que ocultar. Me miraba a veces de reojo, pero casi siempre estaba enfocado en el horizonte oscuro de mi aposento. Comenzó a hablar después de jadear un rato. No sé mucho de perros, pero me pareció que era un buldog inglés. Su cola estaba amputada.

            Pasaron los momentos más amenos e interesantes de toda la noche. Fueron muchas las cosas que discutimos. Juntos bajamos al infierno de Dante, nos reunimos con Gulliver en la isla de los caballos y participamos de la revolución lunar de Heinlein. A veces se enfrentaban nuestras opiniones, pero siempre lo manejamos como amigos. Surgió en mí un gran respeto por esa criatura fuerte y medio ruda, pero llena de sabiduría y sensibilidad. Atrasamos lo más que pudimos el discutir el asunto para el cual venía. Eventualmente tocamos el tema de las cadenas y otra vez, lo que dijo era sensato y posible. Propuso alargarlas para que entonces pudiera alcanzar el espacio completo de la celda. Dijo también, que las suspendería del techo a través de rieles, usando poleas y resortes de torsión, para que no estorbaran y tampoco pesaran; sería igual que no tenerlas. Dijo que me enseñaría ebanistería (una vez mis manos estuvieran libres) y juntos lijaríamos y repararíamos la vieja la mesa y la silla. Las pintaríamos de un color claro. Con los escombros que encontráramos alrededor, armaríamos un librero. De la tierra que se acumula en las grietas del suelo, cultivaríamos ciertas yerbas que se podían comer y eran muy nutritivas. Nunca formalizó la petición que lo trajo hasta allí. Antes de salir, me dejó recostado de la pared un serrucho, como señal de sus promesas. No servía para cortar las cadenas porque el filo estaba embotado, pero de seguro mascaría bien la madera podrida. Lo extrañé mucho cuando se fue.

            Mucho tiempo más tarde escuché la algarabía de voces lejanas que se acercaban. Imaginé a una mafia rebelde que venía a liberarme. Sentí a la multitud entrar en mi celda, no obstante, nunca vi a nadie. Lo único que pude discernir fue una nube de gas rojizo que poco a poco se acumuló frente a mí. Condensada, comenzó a hablar en solo dos o tres voces simultaneas, al parecer con mucho esfuerzo. No perdió el tiempo y me suplicó que al amanecer lo escogiera a él. Le pregunté que tenía que ofrecer y me respondió que no se trataba de eso, que era imperativo prevenir que el demonio de los ojos azules ganara. Le seguí la corriente y comenzó su larga y confusa explicación.

            Si ganaba el otro, me dijo como asfixiado, perdíamos todos. Sí, ya no tendríamos que soportar la presión de las cadenas en las extremidades, y algunos llegarían a comer en la mesa, pero tendríamos que barrer el piso, arrastrar el mapo y el balde sucio, y vivir de la sangre de los demás. Pero lo peor, afirmó convencido, sería perder nuestra identidad, nuestra forma de vida, Encontré irónico que una criatura sin contorno y sin peso, estuviera hablando de identidad y forma, pero seguí escuchando. Él era la mejor opción simplemente porque al ser vaporizo podía estar simultáneamente en muchos sitios. Al no definirse, podía asumir tantas posturas como fuera necesario. Era imposible debatir la maleabilidad del humo. Le pregunté si al menos usaba un solo nombre. Me respondió que se llamaba Legión.

            Me aburrí de la conversación y le confesé que, aunque no había decido todavía, estaba inclinado a escoger a otro de los diablos. El espectro se condensó todavía más y se mostró alarmado. Dijo, que eso era lo peor que podía hacer. Explicó que la contienda era solo entre él y el diablo azul, los demás no tenían posibilidades de ser escogidos. Aparentemente, había sondeado a la matricula del calabozo durante la noche y había visto una tendencia clara. Si me decidía por algún otro de los demonios, que no fueran ellos dos, estaría de facto, escogiendo al otro. Me dijo que era simple matemática, y que las estadísticas no mentían. Detecté un hueco abismal en su argumento. Añadir gotas purpuras o verdes a un pote de pintura no hacía a la mezcla más azul o menos roja. Me parecía que el acto de escoger a un líder, mas allá de una apuesta, un concurso o una contienda (cosas que se ganan o se pierden), era un acto de presencia. Las decisiones íntimas de cada prisionero no competían entre sí, sino que se sumaban. Al igual que una cura tenía una receta exacta y precisa, cada ingrediente tenía que ser íntegro y no adulterado, especialmente los activos, los de menos masa. Creo que no entendió mi respuesta. Eventualmente dejé de escuchar voces en mi celda.

Amanecí extenuado de tanta entrevista. Alguien había arrojado un papel en blanco justo al alcance de mis manos encadenadas. Sin pensarlo más, manché el dedo anular y la uña con la mugre del piso y escribí el nombre de la amazona en el papel. Lo creí correcto, aun sabiendo que una de sus cejas descansaba más alta que la otra y que de ser escogida (improbable), no podría soportar el peso de los amos. Dejé tirado allí el papel, indiferente a si alguien lo colectaría. Entonces, agarré el serrucho que había dejado el perro y comencé a cortar mis extremidades por los pies. Cada vez que desprendía un miembro, sumergía el tuco en un balde de ácido nítrico, convenientemente dispuesto por los amos del calabozo para disponer de mis excrementos. De esa forma cauterizaba la herida y evitaba desangrarme. Cuando llegué a la mano que me restaba, mordí fuertemente el cabo y terminé la sufrida tarea de librarme de las cadenas con mi boca. Me arrastré lenta y dolorosamente por el piso sucio y frío hasta cruzar el umbral abierto del balcón de mi celda. El cielo gris y tupido me aplastó y en la distancia lejana a esa torre oscura, escuchaba al mar rugir hambriento. Con mucho valor y pena me enrollé en la baranda y me lancé al vacío.