Agradezco
a Dream Theater la canción que prestaron para mi última entrada.
Subliminalmente inspiró una historia de cambios y el cambio es el
germen de sus composiciones. De eso se puede escribir una tesis.
Recuerdo la primera ocasión en que asaltaron mis oídos desde una
cinta magnetofónica que tomé prestada (sin permiso) de mi hermano.
Las pequeñas bocinas atadas a mis orejas disparaban una tormenta de
sonidos: pentatónicas en Re o Mi Menor desbocándose por el
pentagrama, silencios abruptos, acordes de jazz y ritmos latinos o
célticos fundiéndose con la furia del rock pesado. La guitarra de
Petrucci cortaba notas más rápido que el sonido. Los aullidos de
Labrie alcanzaban las notas mas altas de la escala. La percusión de
Portnoy (ahora Mangini) marcaba el paso, sincopada y siempre
encontrando un espacio entre cada nota, por más ínfimo. Myung, en
el bajo, narraba una historia tras bastidores con la agilidad de sus
dedos. Kevin Moore en el teclado (ahora Rudess), creaba atmósferas
y melodías evocando a Bach, Bartok o a Stravinksy. Berkely los
juntó, pero no pudo aguantarlos: virtuosismo que explotó en todas
direcciones. Lo que desde un principio fue majestuoso, se convirtió
entonces en un teatro de sueños. Se logró una semilla fértil de
música que clona a sus integrantes continuamente para proyectos
alternos de diversidad sonora aun más impredecibles. Exempli gratia:
el experimento de tensión líquida (Liquid Tension Experiment) y el
cine de pesadillas (Nightmare Cinema), su ego alterno. Brillan hoy
como ejemplo para músicos más jóvenes (o más viejos) de que el
talento, por sí solo, no enciende la mecha. Hay que trabajar muy
duro. Hay que frotar mucho y seguido las piedras. Solo arde la llama,
si se que quema el combustible en las venas, si se ama lo que se
trabaja.
Son suspiros, recuerdos, destellos, puños sobre la mesa y arcos de corriente. Son todos espectros que emanan y se enredan de una música muy especial.
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En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...
miércoles, 28 de junio de 2017
martes, 6 de junio de 2017
Del barco y la farola (06/2017)
“Moved
by desire and fear
he
takes a few steps away.”
Dream
Theater
Un pequeño bajel flotaba cómodo,
manso en su arena blanda y pegajosa, a la orilla de un mar inmenso.
Vivía así los días, enumerando aves y esculpiendo nubes, intrigado
por todas las cosas que veía a su alrededor. Desde aquella orilla,
solía cuestionar la razón de ese lugar y que había más allá de
las olas infinitas, en el horizonte, donde formas aparecían y se
desvanecían aleatoriamente. Imaginaba al mundo como una lámina
entre puesta a dos bóvedas gigantes: dos mitades de una burbuja
inmensa, ambas llenas de fluídos que no mezclan. Muchas veces
pensaba echarse al agua y remar hasta tocar el enigma de aquella raya
que separaba ambos universos. Pero, su fascinación por esos
misterios estaba subordinada a fuerzas más elementales, más
prácticas. No lo hacía por temor a sumergirse en el éter salado.
No lo intentaba por dudar de su propia boyancia, porque desconfiaba
de las corrientes y por temor a que una coriolis maligna lo dejara
ahogado debajo del menisco infinito. La oscuridad impenetrable, la
sensación desamparada de desconocer el fondo, la idea insoportable
de flotar desasido en incertidumbre, lo ataban a la orilla con más
fuerza que todas las anclas más densas.
Ocurrió que un día, en un mogote
cercano que por años estuvo desolado y que, al final de las tardes
en ciertas épocas, dibujaba una sombra fresca y tenue sobre su proa,
un carpintero y una dama emprendieron la tarea de construir una torre
sobre el promontorio desyerbado. La pequeña farola pronto creció y
comenzó a alumbrar la playa con su luz estroboscópica. Desde su
punto de vista elevado, también se maravillaba de lo inmenso que era
el universo y de los misterios que velaba el horizonte. ¿Donde
termina? ¿Donde
empieza? Imaginaba que si hubiera podido correr tras él, se alejaría
a igual velocidad, por siempre. Muchas veces teorizaba que si en
verdad el mar y el aire son infinitos y, dentro de la infinidad no se
agotan las cosas, entonces la arena, la madera y el agua serían
igualmente inagotables y pudieran construir infinidad de islas, de
barcos y farolas como ella, quizás separadas por otros horizontes.
Esa playa que ella iluminaba todas las noches, se repetiría intacta
o con pequeñas variaciones, eternamente: islas atrapadas en sus
propias esferas de cristal, flotando como un enjambre de burbujas
dentro de otro mar más infinito todavía. Todas esas vidas paralelas
serían permitidas porque no se encontraban, porque transcurrían
rectas hacia donde los hechos se vuelvan probabilidad.
Muchas páginas más tarde en el
calendario y tal vez hipnotizado por el pulso de luz, el bajel se
deslizó un día por la arena cenagosa hasta una ola que rompía.
Sobrevivió el embate de la espuma y a los arañazos de las algas.
Emergió mojado, oliendo a sal. Una vez consumado el bautismo, se
acostumbró a remar diariamente en circunferencias alrededor de la
torre, haciendo piruetas juguetonas en el agua y chapaleteando, pero
no se alejaba mucho de la arenas tibias de su orilla. A pesar de no
tocar el fondo y de sentir las corrientes retozonas halándolo por el
codaste hacia aguas más oscuras, estaba convencido de no poder
extraviarse. La luz que latía con un ritmo arrullador siempre
marcaría el camino a casa.
Así pasó los años, en órbita
alrededor de aquella luz vector, flotando seguro en el agua menos
turbia cercana a la orilla. La farola se había acostumbrado a su
compañía. Lo cotidiano se había vuelto indispensable.
Eran seres muy distintos, pero
juntos, de inmediato, por una cartografía
que ataba lazos invisibles
entre ellos. A través de esas
redes efímeras donde se
arrebujaban, se sentían
inmortales. Cada cual daba vida
al otro. La luz en el ojo de la torre tenía donde reposar: a quién
reflejar y guiar a casa. Años más tarde, persistiría el recuerdo
etéreo de ese conocimiento. Y
cuando las olas finalmente
azoten la orilla desolada y arremoline los escombros de lo que
fueron, torre y bajel, quedarían sus sombras fosilizadas sobre la
arena. Sobrevivirían en la
memoria de aquel sentimiento calcado
con la sal que alguna vez oxidó el hierro en sus venas. Eso daban
por sentado.
Todavía, de vez en cuando, el
pequeño barco se atrevía a atisbar el horizonte. Lo hacía más con
nostalgia que con deseo. Podía soñar en llegar hasta allá, pero lo
asumía como una empresa inútil, ya imposible y demasiado riesgosa.
La erosión, emisaria del tiempo, había acumulado sobre su pequeña
cubierta inmensos cristales de silicio y sal, que aumentaron mucho su
peso y su resistencia a boyar. El soplo continuo y afilado del viento
había devorado con paciencia la roda, creando astillas en el tajamar
y debilitando sus varengas. Cicatrices y manchas de herrumbre se
habían dibujado sobre su casco. Si antes desconfiaba de sobrevivir a
la aventura, ahora, de seguro se desintegraría en alta mar. Era la
excusa perfecta, una que, al igual que el horizonte, quedaba fuera de
su alcance.
Fue extraño que una mañana, igual
que todas las demás, algo era distinto. El pequeño bote no
merodeaba por la orilla, ni jugaba con la espuma de las crestas.
Tampoco reposaba en la arena. La farola continuó el sondado de las
aguas en la periferia. Comenzó a parpadear su luz más rápido y
amplificó la potencia de su rayo, pero aun así no descubrió rastro
de su compañero. Justo antes de que entrara en pánico, apareció
bailando entre las olas, como si nada hubiese ocurrido. Al cuestionar
sobre su paradero, él simplemente alegó que fue a ninguna parte,
que estuvo allí en frente toda la mañana.
Eventos similares y con el mismo
desenlace, se
comenzaron a repetir
esporádicos. El barco reaparecía sin constancia de la desaparición
e ignorando el tiempo que había transcurrido. Era como si el mar lo
tragara cuando quería y lo devolvía, al parecer, intacto, pero
disueltos pequeños fragmentos de su memoria en el agua. Un día,
durante uno de esos juegos a las escondidas, cada vez más frecuentes,
había tardado más de lo usual en reaparecer entre las olas. La
farola comenzó a imaginar lo más terrible, aunque sentía algo de
alivio mientras no veía tablas rotas ni evidencia de un naufragio en
las orillas. Decidió entonces ampliar el radio de su búsqueda y
enfocar su monóculo en regiones cada vez más distantes. Fue en el
límite del reflejo de su luz que divisó la efigie de su compañero.
Lo vió navegando errático hacia el horizonte por el cual siempre
estuvo fascinado y aterrado a la misma vez. Parecía un diminuto
caculo boca arriba, a la deriva entre olas cada vez más gigantes.
Ella permanecía allí indefensa, incapaz de poder rescatarlo. Vió su eslora dibujándose minúscula contra aquel lienzo azul
inalcanzable que poco a poco, un pintor demente iba manchando con
nubes de púrpura y sombras negras de lluvia.
Epílogo:
Una brújula ebria sirve de muy poco
en un mar interminable, donde el agua busque sumergir y diluir las
cosas. De nada tampoco le sirven las latitudes y los mapas si
desconoce que anda a la deriva, si a pesar del raspe furioso de la
lluvia y los puños del viento en la porta, está convencido de que
juega con la arena blanda en un día soleado y azul. Relámpagos
dorados seguirán escurriéndose sobre el mar con cierta frecuencia,
develando la oscura lontananza. Pero el mundo seguirá siendo lo que
fue: una orilla cómoda y segura, construida con los mejores
recuerdos rescatados al mar. Desde el horizonte, verá la vida en
estampas que se iluminan antes de cada trueno, como fotogramas de un
largometraje añejo. Entre las escenas de lejana nostalgia, seguirán
creciendo sombras que opaquen un sueño.
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