lunes
Tienes nueve años. Tu madre te arranca de la cama. Estas tarde para una cita que no quieres concretar. El desayuno está servido. Anda apúrate. Ponte el uniforme nuevo, el de la escuela nueva. Semanas atrás tus padres decidieron, unilateralmente, que te iban a cambiar de escuela; algo que ver con tus notas y con ciertas amistades que, según ellos, no te hacían bien. No hubo despedida. Se perdieron para siempre los ojos verde de Grisel, los juegos de canicas con Junito y los consejos de Ramón, que te iba a enseñar como hablar con las chicas y como robarles un beso. Se perdieron para siempre las escapadas del salón con Andy, quien era mucho mayor que tu, pero te estaba enseñando como robar boberías y como hacer maldades sin que te atrapen. Las maestras estaban hartas de halarlos por las orejas a los dos, porque seguían escondiéndose debajo de las escaleras para espiar las bragas a las niñas cuando subían. Entre ustedes, no quedó un baño sin vandalizar en aquella escuela vieja, que estaba a corta distancia de tu casa, de tus amigos y en el corazón del Monte Carlo. Bienvenido a Country Club.
Vas subiendo las escaleras hacia el vestíbulo. Hay un alacrán inmenso en la columna. Todo está mojado y húmedo. Hay mucha gente haciendo fila para la matrícula. Traes un juguete para entretener mientras tu madre completa los trámites, un muñeco de la serie de He-Man, pero no es Adam. Tu favorito es Man-at-Arms, porque tiene muchos aparatos y armas, en especial un mazo de oro sólido. Tambien te gusta Stratos porque sabe y puede volar. Alguien quiere jugar contigo. Se llama Angelito y te pide prestado el muñeco. Se lo prestas, pero con sospecha. Angelito comienza a moverle los brazos y hacer ruidos con su boca (mal hechos a tu entender). Quieres la figurita de vuelta. Temes por su seguridad. Angelito se niega. Tratas de alcanzarla pero el te esquiva. Angelito sale corriendo con tu muñeco. Vas tras de él. Eres rápido, pero no tan rápido. Angelito mide al menos seis pies cuatro pulgadas y pesa por lo menos doscientas veinte libras, pero en su mente es tan niño como tu. Su madre es maestra y el acostumbra merodear por los pasillo mientras ella da clases. Cada paso suyo atraviesa el doble de los tuyos. Angelito llega a la quebrada detrás de la escuela. Tu le estas gritando. Angelito te mira con sus ojos extraviados y arroja el muñeco a la quebrada. No te preocupes, mas tarde lo vas a recuperar, pero el mazo dorado se perdió para siempre.
martes
Esa niña no te deja de molestar. Se pasa todo el tiempo de detrás de ti y no sabes por qué. Se pasa diciendo a todo el mundo que son novios y se van a casar. Hoy trajo el coche de su hermanito y le está contando a las otras chicas que es su hijo y el tuyo. Se llama Nitza. Apenas la conoces. De cara es bonita, pero no te gustan la gorditas y menos ella, que tiene la cabeza rapada completamente. No lo entiendes. De hecho, tardarás años en entender. No puedes ver el terrible demonio que le respira en la nuca. No puedes oler el veneno que recorre su sangre ni escuchar el dolor que causa. No puedes palpar la sal en sus lágrimas cuando está en el hospital, cuando una aguja mas le penetra la piel y la radiación le arranca el cabello. Los doctores harán lo que puedan. Tratarán de salvar una vida, destruyendo un cuerpo.
miercoles
Estan en la biblioteca. Por alguna razón la clase es allí hoy. Los varones estan sentados juntos en la misma mesa. Son solo cinco contra veintitantas mujeres. La maestra esta dando clases. Habla de un tipo llamado Dewey. Un día de estos ese señor te va a yudar a encontrar tu primer libro: Las mil y una noches. En tu mesa se comienza un juego nuevo. Consiste en bajarse los pantalones y enseñar las pelotas sin que la maestra se de cuenta. El que no lo haga es maricón. Julio es el primero: cremallera abierta y el pene afuera. Los turnos se juegan a favor de las manecillas del reloj. Despues va Joel y luego Javier. Te toca. Tu no eres maricón. Eso se le llama a la gente que es traicionera, que te chotea a la menor oportunidad. Tu no vas a ser maricón. La maestra está de espaldas. Te abres los pantalones y estiras el calzoncillo. Tienes los huevos al aire, debajo de la mesa. Las niñas del al lado se están riendo. Tus compañeros también, pero se están riendo de ti. No es por el tamaño porque hasta donde puedes atisbar, estan en la misma liga. Julio te lo explica. No tienes vellos. Tienes once años y eres mas alto que todos ellos, excepto Joel, pero alla abajo eres un niño todavía. Dos años mas tarde todavía eres el chico nuevo, el tímido, ese muchacho alto y esquelético que ahora resulta que también es lampiño. Bueno, al menos no eres maricón.
jueves
Hoy se descarta el uniforme. Es "casual day". Pagas un pesito y puedes pasear por los salones en la ropa que mas te guste. Para ti es irrelevante, pero aun así te pones tus mejores pantalones: unos cordoroys verde que habías comprado en Gap hace un tiempo. Te quedan bien y no tienen ruedo. Es tu vestido de elegancia; eso y una guayabera que tu madre cosió en su vieja máquina Singer. Abres la puerta del carro y te bajas frente a la escuela. Tu madre lo sigue hacia el trabajo. La escena es bien distinta a otros días. Las niñas se quitaron las faldas y optaron por mahones. Sol vino en unos cortos que serían censurados en el cine y la televisión. Vas caminando lento hacia la entrada y te subes al vestíbulo. Los estudiantes te siguen con la mirada. Poco a poco, se van acumulando: estrañas muecas, comentarios disimulados y una que otra risa suelta. No lo entiendes. Nunca entiendes nada. El rumor llega a tu oído: “pato". Se hace cada vez mas fuerte y repetido, mas como un coro que insultos realengos. Los estudiantes se van juntando y te siguen. La risa es menos disimulada ya. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" es el estribillo que comienza a ahogar tus pensamientos. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" El eco lo hace mas insoportable. Es para tí. Es de tí que se estan riendo. Tú eres la mofa. pero tú no eres pato. Los patos son enclenques y afeminados, son cobardes y pusilánimes. Tú no eres pato. Sigues caminando, no sabes a donde. No hay donde esconderse. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" Como un virus, el canto va infectando a los otros que ni siquiera prestaban atención. Tan pronto te ven se unen a la masa y siguen cantando "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!". Estas corriendo ahora. Vas en dirección a la quebrada. Todavia desconces por qué. Parece que toda la escuela viene detrás de tí. Dos pobres maestras tratan de alcanzarlos. Cruzas por el parque de pelota, por la selva de pasto donde otro día vendrás a cazar arañas inmensas y coloridas. La yerba es tan alta como tú pero no sirve de parapeto. La hueste se acerca. "¡pato!, ¡pato!, ¡pato!" Llegaste axfisiado al puente de la quebrada. El coro esta cerca pero se detiene. Dejan de cantar. Una maestra logró llegar al frente, pero no fue ella quien los mandó a callar. Estas parado sobre la varanda. Tienes una pierna en el aire. La maestra te está gritando algo. Los niños siguen callados, atónitos. El mundo da vueltas. Sientes vértigo. Ves el fondo pedregoso de la quebrada claramente. Pero no lo haces. Estas loco, pero no eres pendejo. En cualquier caso no hay suficiente altura para hacerte justicia. Solo lograrías romperte una pierna o la dos. Te bajas de la varanda. La maestra sale corriendo y te abraza. Alguien está tratando de conseguir a tus padres. Días después se aclara el misterio: “los jueves no se viste de verde. Eso es de patos”. Así será.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario