Estoy dormido. Arrebujado con aquella manta de lana, azul turquesa, que recuerdo nunca haber lavado (de seguro otra persona lo hizo...). Tengo mis pijamas de Star Wars: Luke y Leia en la escena del trono, con sus manos sobre R2-D2; 3CPO los flanquea. También están Han Solo y el Wookie impresos en los pantalones. Mi cama queda al lado de la ventana. No hay aire acondicionado; no por muchos años todavía. Papi está en el cuarto; es de madrugada. Intenta despertarme; sutil, pero no tan sutilmente. No le estoy haciendo caso. Me enrollo aun mas en la sábana como si fuera una momia lista para dormir la eternidad en un sarcófago. No entiendo que esta pasando. Los grillos están excitados, los coquíes alborotan y la noche sigue oscura. ¿Por qué me despierta tan temprano?
Ahora está molestando a mi hermano. Su cama queda paralela a la mía, pegada a la pared opuesta. El tampoco sabe qué está pasando. Parcialmente logra despertarnos. Estamos sentados al borde de nuestras respectivas camas, todavía soñolientos y de mal humor. Ahora va por mi hermana. Ella tiene su propio cuarto. Buena suerte con eso.
Ya están los tres niños de pie en el pasillo, en fila india (en ese momento no sé por qué a los indios les gusta hacer fila. A mí nunca me gustará.) Sus ojos luchan por abrir contra lagañas bien tercas y sólidas. De un lado de mi boca se escurre un hilo, casi seco, de saliva. La niña esta enfadada. Está demandando respuestas, “ahora”.
Las dos pijamas de ciencia ficción y el camisón de los Care Bears (con todo y arcoíris), vamos desfilando por el pasillo. Pasamos por el comedor y salimos a la marquesina. Papi nos está empujando hacia afuera, hacia el patio trasero con su empinado talud, cubierto parcialmente en grama china. No sabemos por qué estamos allí, tiritando con la brisa fría. Son, tal vez, las cinco de la mañana. El sol no sale todavía pero, en el horizonte este, lo que se puede atisbar desde una loma en medio de la zona metropolitana, comienza a dibujarse una leve y difusa aura anaranjada.
-- Miren allí, allí. ¿Ven la luna? Sigan hacia abajo. – lo escuchamos pero no entendemos -- ¿Ven esas estrellas?
-- ¿Ver qué? ¡Dios! – regaña mi hermana a su padre, airada.
-- Allí, debajo de la luna. Sigan la línea de esas estrellas brillantes. – Papi trata, con paciencia, de señalar a un lugar específico del cielo, sin saber que es inútil señalar al cielo con un dedo o un brazo por el efecto del paralaje.
Yo le hago caso. Presto atención a no sé qué. Ya estoy aquí y aun medio sonámbulo, me fascina el cielo de noche. La luna es fácil de encontrar, es obvia. Lo de las estrellitas va a tomar un tiempo. El cielo de San Juan esta noche no es cómo el de ahora. Es mas oscuro y profundo. Deja pasar meteoritos mas a menudo y a veces los cucubanos, flotando en el aire, se confunden con estrellas. Ahora distingo un asterismo y después otro. Se van develando las geometrías. Identifico un punto rojizo, como cobre, estacionado debajo de la luna (Marte). Dos puntos sirven de flecha que apunta a otro un poco menos brillante y anaranjado (Saturno). Esos últimos dos, me llevan mas abajo, a una estrellita que resplandece de color amarillo (Júpiter). Todos juntos forman una fila curva hacia el este, cruzando el cielo del alba.
Desde el horizonte este, sobre la silueta de la cuidad de San Juan, surge otro, mas brillante que todos (Venus). Hay dos mas, mucho mas tenues (Urano y Neptuno), que no puedo ver a simple vista, pero que son parte del mismo arco y se confunden con las otras estrellas que son soles de verdad. Plutón, aparentemente, nunca fue un planeta. No podemos esperar a Mercurio. Mami está en la cocina y llamándonos para que nos preparemos para la escuela. Huele a café colado y farina, mi favorita.
Sé lo que son los planetas, aun con mi temprana edad. El año anterior construí una maqueta del sistema solar con esferas de poliestireno y alambre de estaño (con la ayuda de mami durante una larga noche, claro). Sé que es la madrugada del 11 de marzo de 1982. Lo que no sé, en ese momento, es que la Gran Alineación de los Planetas, algo que papi habría leído en algún National Geographic, fue causa de grandes debates y madre de varias teorías del fin del mundo. Tampoco sé, estando allí parado con el cuello estirado y las pupilas dilatadas, otra vez, gracias al esfuerzo titánico de mi padre, que no volverá a ocurrir en 180 años.


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