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El Heavy Metal nuestro de cada día:

El Heavy Metal nuestro de cada día: Endless Forms Most Beatiful
En la voz tranquila y profunda de Richard Dawkins comienza el octavo disco de la banda finlandesa Nightwish, Endless Forms Most Beautiful (2015). En el preludio; la calma antes de una explosión; el famoso biólogo reflexiona...

martes, 15 de noviembre de 2016

Airon Meiden - Parte II



La introducción a The Trooper (1983) vio a Dickinson pasar por el primero de varios disfraces. La gigantesca efigie de Eddie en el trasfondo de la tarima, uniformado como soldado y cargando la bandera del “unión Jack” mutilada y sangrienta, parecía imitar las poses del cantante diminuto abajo. ¿Quién era la marioneta y quien el titiritero? El público boricua bramó al borde de sus pulmones las primeras estrofas a cappella. Una cascada de notas ligadas, en otra armonía de las tres guitarras, inundó al coliseo. Dickinson ondulaba la bandera rubí-celeste al mismo ritmo violento, pero preciso, de las guitarras en Mi Menor y el bajo supersónico de Steve Harris. Ese ritmo galopante, patentizado por Iron Maiden, evocaba explosiones, muerte y  desesperanza, en fin, narraba la guerra. La canción fue inspirada por el poema épico de Tennyson (The Charge of the Light Brigade) que, a su vez, está basado en los hechos de la guerra de Crimea. Steve Harris vive obsesionado con el tema bélico, especialmente con la primera y segunda guerra mundial, como evidencian una larga lista de composiciones: Where Eagles Dare (1983), Run Silent, Run Deep (1990)(basadas en la novelas de Alistair McClain), Aces High (1984), Tailgunner (1990) (¿Inspirada en el breve poema de Emily Dickinson?), Afraid to Shoot Strangers (1992), Paschendale (2003), The Longest Day (2006), Mother of Mercy (2010), etc. Hace muchos años un buen amigo y yo habíamos arribado a la conclusión lógica de que Steve Harris era maestro de historia antes de cargar el bajo.
          Adrian Smith es un artista muy interesante. Aprendió a tocar guitarra por su buen amigo y vecino Dave Murray, quien le vendió una usada por cinco libras esterlinas y años más tarde lo invitó a formar parte de Iron Maiden. En el 1989 se separó de la banda por diferencias creativas y comenzó su proyecto de música progresiva en los noventa. Regresó en el 1999, gracias a la intervención de Bruce Dickinson, para integrar uno de los pocos tríos de guitarra en la historia del rock (pesado, o no). De su autoría son varios de los clásicos más queridos de la banda como 22 Acacia Avenue (1982) y The Prisoner (1982), aunque prefiero cuando explora la ciencia ficción y el futuro, a lo Stranger in a Strange Land (1986). Wasted Years (1986) fue el único éxito comercial de Iron Maiden en los años ochenta. La canción comenzó con un veloz patrón de notas sobre la cuerda prima al aire que a la larga dibujaron una de escala derivada de Mi Menor. Disfruté mucho las poses trincas que asume Smith siempre que toca en vivo. A juzgar por su cara, parece que sufre por la concentración y el esfuerzo. El bajo de Harris sonó claro y profundo contra la guitarra bien procesada y limpia de Smith. La voz de Bruce hizo el trabajo en el coro, cuya dificultad estriba en lo alto del registro. El solo de guitarra es uno de mis preferidos de todos los tiempos, principalmente por el desenlace dulcemente melódico, cuando la guitarra se disuelve con la voz del cantante en el coro final. Es Adrian Smith quien siempre trae un toque moderno, técnico y melódico, a lo que de otra manera sería la música duramente gótica y oscura de Harris y Murray. He visto en su estilo de tocar y de componer, la evidencia clara de cambio y evolución a través del tiempo. No es de extrañar que en el futuro, en algún planeta lejano, todavía sea admirado por supervillanos intergalacticos.
La oscuridad arropó al coliseo por segunda vez y se escuchó la voz tenebrosa de Barry Clayton personificando a Vincent Price, quien rehusó originalmente grabar la introducción a este tema, basada en Apocalipsis 13:18:

“Woe to You Oh Earth and Sea
for the Devil sends the beast with wrath
because he knows the time is short.
Let him who hath understanding
reckon the number of the beast
for it is a human number
and its number is six hundred and sixty-six.”

Ninguna otra estrategia de mercadeo ha sido tan exitosa en la historia de la humanidad (excepto, tal vez, el tema del fin del mundo), como lo ha sido la idea de Satanás.  En el 1982, Rod Smallwood dio cuenta de esto y tentó a los medios para que desataran una tormenta de promoción negativa, intolerante y puritana, que tuvo el efecto contrario de catapultar a Iron Maiden a la fama mundial. The Number of the Beast (1982) no es una de mis canciones preferidas de la banda. Digo esto a riesgo de desencadenar la ira de muchos fanáticos. Pero, mi juicio no tiene que ver con la controversial letra, sino con la música. De hecho, la lírica de esta canción es quizás lo más interesante que posee y ese, precisamente, es el problema. Que nadie cuestione los recursos literarios de Harris y su curiosidad temática. Muy pocas personas pueden fundir un poema de Robert Burns (Tam O’ Shanter) con una pesadilla acerca del hijo del diablo. Estrofa tras estrofa, la narración crea un suspenso aterrador. Sin embargo, en términos musicales, la canción utiliza solo los elementos más básicos y menos refinados del idioma de Harris, en esencia: la escala de Re Menor y el tono pedal al aire. La canción sirve como un espécimen efectivo del género del Heavy Metal, pero no debe ser considerada el emblema de Iron Maiden, ni por mucho.
En Run to the Hills (1982), Harris abandonó a los demonios y regresó al tema de la invasión y la guerra. En esta ocasión nos arrojó al otro lado del Atlántico, donde los nativos norteamericanos luchaban por su vida y su patria contra los invasores europeos. Desde que era pequeño podía tararear la pegajosa introducción a la canción sin saber, hasta años mas tarde, de donde provenía la melodía. En ésta, los fanáticos enloquecimos gritando el coro. A pesar de lo divertida y popular que es la canción, la clasifico igual que a The Number of the Beast: buena, pero no de lo mejor. Insisto que su hermana Invaders (1982) en el mismo disco, es mucho mejor canción.
Paul Bruce Dickinson es un hombre del renacimiento. El multifacético cantante, no solo ha actuado con Iron Maiden y de solista por más de tres décadas, sino que también volaba jets para la aerolínea Astraeus en Inglaterra. Fue él quien aterrizo el 757 de Iron Maiden en San Juan, proveniente de Chile. Ha competido internacionalmente en esgrima y fundado su propia compañía de equipo para ese deporte (Duellist). Es autor de dos novelas: The Adventures of Lord Iffy Boatrace (1990) y The Missionary Position (1992).  Se le acredita un guión para el largometraje titulado A Chemical Wedding (2007), que cuenta con la actuación Simon Callow. Ha sido locutor para la BBC y anfitrión frecuente en el Discovery Channel y ha encarnado papeles menores en series de televisión británica. En el 2011 recibió un doctorado honoris causa de su alma mater, Queens College en Londres y recientemente comenzó a experimentar con la alquimia, elaborando una nueva formulación de cerveza que lleva de nombre The Trooper. Su talento sobre y fuera de la tarima, es innegable.
Bruce Dickinson es también una persona difícil. Nadie lo ha resumido mejor que la autodenominada “verdadera dama de hierro”, Sharon Osbourne (esposa de Ozzy Osbourne), cuando se refirió a él como “this big prick of a little man.” Desde sus comienzos como músico y cantante, Dickinson, más que otros en el género, ha creado fama de altercados con su público. En una gira en Brasil, de uno de sus discos como solista, se le escucha maldecir al gerente de tarima por dejar las puertas abiertas al frío y en Detroit, hace años, lo pude ver apuntar una gigantesca linterna para alumbrar e insultar a unas pobres muchachas que aparentemente salían del espectáculo en busca de cerveza o un baño. En una entrevista en Los Angeles arremetió contra un periodista que confundió a Janick Gers con Adrian Smith: “You don’t know your ass from your elbow, do you?” En Puerto Rico, nadie se sorprendió de sus regaños y enfurecimientos contra aquellos que tomaban fotos con los teléfonos y cámaras digitales. En un momento por poco pierde la entrada a una canción por estar insultando despiadadamente a un fanático que seguía tomando fotos, en vez de, como insistía Dickinson, disfrutar de la música. Unas canciones mas adelante, el vocalista reprobó a un guardia de seguridad por no permitir que los fanáticos se acercaran a la tarima. Al parecer nadie está salvo de su ira.
Es una tradición que Bruce Dickinson aproveche el descanso de los instrumentistas, para ofrecer unos de sus discursos. El tema y la naturaleza de estos cortos interludios han variado mucho a través de los años y de concierto a concierto. En el original de 1985, Dickinson atrapa el micrófono y comienza a especular con la reina Victoria, insinuando que usaba marihuana para amortiguar los dolores de la menstruación. En otra oportunidad acusó a Samuel Taylor Coleridge de escribir bajo la influencia del opio. En Puerto Rico abordó el tema más actualizado del ambiente, narrando que la última vez que había estado en la isla (Bayamon-1992) recordaba ver muchos más pelícanos en San Felipe del Morro. En cualquier caso, la tradición fue honrada.
El monólogo de Dickinson tiene otro propósito bien conocido por los seguidores de la banda: sirve de introducción a The Rime of the Ancient Mariner (1984). Esta es una de las composiciones más complejas en la historia del grupo y tal vez del género. La canción, con sus trece minutos de duración, pertenece a una corta lista de obras maestras de larga duración como Stairway to Heaven (Led Zeppelin), Diary of a Madman (Ozzy Osbourne) y Metropolis Part I (Dream Theater). En ella Harris explora y extiende su vocabulario más pesado y melódico. La canción es una letanía de contrastes entre el galopante ritmo de los versos y las cortas, pero melódicas, intervenciones de las guitarras en armonía. Fiel al estilo de Harris, el verso transcurrió lento y pesado, solo para ser interrumpido por los cortos destellos armónicos de las guitarras. Dickinson apareció fantasmagórico, esta vez como un espectro arrebullado en trapos, un demonio del mar en frente del nuevo trasfondo de la tarima: la proa del barco.
La lírica de la canción está basada obviamente en el poema épico y homónimo de Coleridge y es nada fácil de cantar, especialmente cuando Harris, hábilmente, inyectó trozos enteros del poema original en la letra. Dickinson no decepcionó. Su dicción estuvo impecable, cantando líneas del inglés del siglo dieciocho con métricas que a veces superaban las quince silabas. El sonido de las guitarras era excepcional en las armonías, como también el bajo de Harris en el verso. En el muy esperado interludio, Harris deleitó con el sonido claro y limpio de su Fender Precision, mientras Smith y Murray hacían ruidos tenebrosos con sus guitarras frente al arpegio cristalino de Gers. Esta es una de las partes más preciadas de la composición y es un ejemplo digno del genio creativo de Harris: su habilidad de mezclar lo violento y lo oscuro, con lo suave y hermoso. El efecto que logra esta parte, sin lugar a dudas, es el de las olas de un mar pasivo y de noche. En medio de la calma, Dickinson, en una de sus muchas voces ásperas y antiguas, comenzó a recitar a Coleridge palabra por palabra, al oído de cada uno de los miles de fanáticos:

“One after one, by the star-dogged Moon,
Too quick for groan or sigh,
Each turned his face with a ghastly pang,
And cursed me with his eye.

Four times fifty living men,
(And I heard nor sigh nor groan)
With heavy thump, a lifeless lump,
They dropped down one by one.”
Samuel Taylor Coleridge
The Rime of the Ancient Mariner (1797)
Parte III, 15ta y 16ta estrofas

La noche culminó para el marino, todos sus compañeros muertos por la maldición del albatros, cuando comenzó a salir el sol a través del horizonte de agua negra. La destreza única de Steve Harris punteaba un solo; las notas del bajo eléctrico haciendo un pedal en Re Mayor:


Luego de ocho compases, se sumó Dickinson, paralelo a la melodía del bajo, exclamando la moraleja de la historia. Las guitarras comenzaron su ritmo de staccato y luego la canción estalló en una serie de temas diversos y casi sinfónicos. Siempre he acusado a Harris de tantear con la música clásica. Canciones como The Phantom of the Opera (1979), Ghengis Khan (1981), Losfer Worlds (1984) y The Sign of the Cross (1994) son solo algunos de los ejemplos que puedo conjurar. No caben dudas de que, en un futuro no muy lejano, algún director arriesgado fraguará el arreglo de esta canción para una orquesta sinfónica. La intervención terminó con Coleridge, ventrílocuo del marino, repitiendo su arrepentimiento ante los huéspedes de una boda antigua e inmemorable y conmigo de pie, con la boca abierta, aplaudiendo y gritando con toda la fuerza de mis pulmones. En algún otro concierto que escuché, y como antesala a la famosa canción, Dickinson simple y sencillamente había dicho: “This is what not to do, if a bird shits on you.”
          El tema egipcio de la gira original y de la actual, se debe a una composición de Bruce Dickinson titulada Powerslave (1984), aunque estoy seguro que Harris y Murray contribuyeron mucho a la musicalización del arreglo. Bruce es como siempre, brillante en sus letras, flotando en el ritmo sincopado:

“Into the abyss I fall, the eye of Horus.
Into the eyes of the night, watching me go.
Green is the cat’s eye that glows in this temple.
So enter the risen Osiris, risen again.”

El desesperante lamento del faraón desconocido viene cargado por un arreglo que sabe al Nilo. Murray y Smith ejecutaron efectivamente una melodía a octavas que suena al viento del Sahara y a ecos en las piedras de las pirámides, especialmente en el pre-coro:


En el interludio, los instrumentos de cuerda entraron en un plácido fluir de blues donde el guitarrista Dave Murray rindió tributo a sus raíces musicales de los años sesenta y setenta. Después, Harris y las tres guitarras se envolvieron en un complicado arreglo de armonía en oposición al bajo que es muy interesante. Los últimos compases de la canción vieron a Bruce Dickinson, enmascarado en una visión de Thoth, gritar el clamor del faraón adicto a la vida:

“Tell me why I had to be a power slave.
I don’t want to die. I’m a God. Why can’t I live on?
When the life giver dies, all around is laid waste.
And in my last hour I’m a slave to the power of death.”



(continuará)


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